Tentando a un depredador (Priesthood 4) 12 Lili #2
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12 Lili #2

Acorta la distancia un paso más. La tensión entre ambos se vuelve tan densa que ocupa sitio.

—Se trata de nosotros. De lo que ninguno de los dos está dispuesto a admitir.

—No existe ningún nosotros, Nathaniel —respondo, forzando la voz, pero las palabras salen desprovistas de la firmeza que buscaba.

—Mentira —susurra él, dando el último paso.

Ahora solo nos separan centímetros. Su perfume se mezcla con el olor a cuero de la estancia.

—Si no hay nada entre nosotros, ¿por qué te delata el pulso? —me acorrala contra el escritorio, sin llegar a tocarme, y usa su peso para reducir mi espacio—. ¿Por qué se te corta la respiración cada vez que me acerco?

El corazón me martillea las costillas con una fuerza incontrolable. Odio cómo reacciono cerca de él, odio la evidencia física de mi propia traición corporal.

—Vine a recordarte qué se siente —el susurro le raspa la garganta—. Qué se siente cuando alguien entra donde no debería. Cuando alguien destruye tu refugio.

—Tú rompiste el mío primero —levanto la barbilla, negándome a dar un solo paso atrás—. El lugar donde guardo lo único que me queda de mi padre.

Estamos tan cerca que puedo ver la dureza de su mirada, la tensión en su mandíbula y la boca que casi probé en aquella terraza.

—Entonces estamos en las mismas —murmura, bajando la vista hacia mis labios—. Porque tienes razón, los dos sabemos dónde atacar para hacer daño.

—Eso nos hace iguales —afirmo en un susurro, atrapada de lleno en su órbita.

—Peligrosamente iguales.

—Y puro veneno el uno para el otro —completo la frase.

Veo cómo una sonrisa dura, calculadora, se dibuja en sus labios.

—Pero no puedes dejar de pensar en mí.

—Eres un arrogante.

—Responde, Lili.

Nathaniel levanta la mano derecha con lentitud, dándome margen para apartarme si de verdad lo deseara.

No me muevo. Las yemas de sus dedos rozan la línea de mi mejilla.

El contraste entre ese contacto suave y la violencia del momento me tensa por completo.

Mi cuerpo me está traicionando ante su escrutinio.

—No —admito en voz baja—. No puedo dejar de pensar en ti. Por más que intente odiarte.

—Bien —hay una oscura satisfacción en su tono—. Porque yo tampoco. Me estás volviendo loco.

No veo venir el movimiento. Nathaniel me rodea la cintura y me alza sobre el escritorio. El borde se clava en la parte posterior de mis muslos.

Se acomoda entre mis piernas y las separa con la presión firme de sus caderas.

El contacto me deja sin aire.

Sus manos se posan sobre mis muslos, justo donde termina la tela del vestido. Las palmas están calientes. Demasiado cerca. Sus pulgares avanzan apenas unos centímetros y arrastran la seda hacia arriba. Mi vientre se contrae de inmediato.

—Nathaniel... —su nombre se me deshace en la boca.

Él baja la mirada hacia mis labios, pero no me besa. Se queda ahí, respirando el mismo aire que yo, dejando que cada exhalación caliente me roce sin concederme nada.

—Déjate llevar —murmura—. Es lo único que tienes que hacer.

Sus manos permanecen quietas, pero la contención que percibo en ellas se siente como otra caricia. Podría acortar la distancia. Podría imponer su fuerza.

No hace ninguna de las dos cosas.

Me deja elegir.

Sé que debería ordenarle que abandone el camarote. En lugar de eso, cierro los dedos alrededor de las solapas de su chaqueta.

—No puedo —confieso.

Tiro de él hasta borrar el último espacio entre nuestros cuerpos.

—No quiero que te vayas.

Algo oscuro y primitivo atraviesa su mirada.

Su mano derecha asciende lentamente por mi costado, sigue la curva de mis costillas y termina alrededor de mi cuello. No aprieta. El pulgar se posa justo donde el pulso me delata, como si quisiera contar, uno por uno, los latidos que me arranca.

—Maldición, Lili. ¿Sabes lo que estás aceptando?

—Sí.

La respuesta se hace añicos cuando sus caderas presionan un poco más entre mis piernas. El calor se concentra en mi vientre hasta volverse casi doloroso.

»—Créeme. Lo sé.

Nathaniel inclina la cabeza y roza mi mejilla con la nariz. La barba me raspa la piel. Inhala junto a mi cuello y el estremecimiento me hace arquearme involuntariamente en su dirección.

Su mano abandona mi garganta para cerrarse sobre mi nuca y sostenerme allí.

—Hueles a tentación —sus labios rozan el punto sensible bajo mi oreja sin llegar a besarlo—. A algo que no debería querer, pero necesito.

—Tú hueles a problemas.

Intento que suene como una advertencia, aunque mis dedos ya se han hundido en su chaqueta.

—Del tipo que debería evitar a toda costa.

—¿Te asusta?

Su boca desciende por mi mandíbula. Cada roce incompleto resulta peor que un beso.

—Me aterroriza —admito—. Pero ya intenté alejarme y fracasé.

Nathaniel levanta la cabeza. Sus ojos están tan oscuros que apenas distingo el iris.

—Entonces ya sabes lo que eres para mí.

Deslizo una mano desde la solapa de su traje hasta la nuca. El cabello corto se siente áspero bajo mis dedos. Lo sujeto, negándole la posibilidad de apartarse.

—Eres un Depredador —respondo—. Mi depredador.

Todo su cuerpo se pone rígido.

La mano que sostiene mi nuca ejerce una fracción más de presión, apenas la suficiente para recordarme su fuerza y el control brutal que necesita para contenerla.

—Dilo otra vez.

—Depredador.

Sonríe contra mi piel.

Su otra mano abandona mi muslo, recorre mi brazo y se cierra alrededor de mi muñeca. La levanta por encima de mi cabeza y la apoya contra la madera.

Podría liberarme.

No lo hago.

—Suéltame —lo desafío, aunque mi cuerpo se aprieta contra el suyo.

Nathaniel se detiene de inmediato.

—¿De verdad quieres que lo haga?

Afloja los dedos hasta dejarme espacio suficiente para retirar la mano.

—Pídelo y te suelto.

Callo.

En vez de apartarme, vuelvo a cerrar los dedos sobre su nuca y acerco su boca a la mía hasta que solo queda una respiración entre nosotros.

—Bésame —exijo—. Bésame de una puta vez.

Nathaniel se queda inmóvil.

Su boca permanece suspendida a un centímetro de la mía. Tan cerca que siento el calor de su aliento, pero no avanza el último centímetro.

Durante un instante creo que va a ceder. La mano sobre mi nuca se tensa y su cuerpo presiona el mío con más fuerza. Percibo cada músculo contenido bajo la ropa, la violencia del esfuerzo que le cuesta no besarme.

Entonces abre los dedos alrededor de mi muñeca y la libera por completo.

—No.

Tardo un segundo en comprenderla. Mis dedos siguen hundidos en su nuca y mi boca sigue inclinada hacia la suya.