12 Lili
DOCE
Lili
La música golpea directamente en mi pecho, una vibración sorda, pesada y constante que sacude el suelo de madera del tercer club nocturno que visito hoy.
Un retumbar rítmico, como el latido artificial de un corazón mecánico, está diseñado para bombear adrenalina y euforia sintética por las venas de cientos de personas que se mueven en la penumbra de la pista de baile.
Para mí, todo ese despliegue de luces y decibelios solo es un ruido que me clava agujas en las sienes y me produce un dolor punzante.
El día ha sido interminable. Tuve una reunión con los socios de la vieja guardia por la mañana, una sesión tensa en la que me vi obligada a mediar en una disputa territorial que casi termina en un baño de sangre en mitad de la oficina.
Después pasé la tarde recorriendo tres locales, verificando libros de cuentas y presionando a dos gerentes que cometieron el error de pensar que podían robarme sin que yo lo notara en los balances semanales.
Para cuando termino, el reloj ya marca las diez de la noche y lo único que mi cuerpo pide a gritos es silencio.
Lucien me espera abajo en el coche, con el motor en marcha contra la acera húmeda.
—¿A casa, jefa? —pregunta en voz baja en cuanto abro la puerta y me instalo detrás.
—Al muelle de la zona vieja —guardo el teléfono en el bolso y apoyo la cabeza en el asiento—. Conduce despacio.
Mi voz suena con un rastro de fatiga real que me desagrada admitir.
Lucien me observa un segundo a través del espejo retrovisor.
Hay algo extraño en su expresión, un matiz que va más allá de la simple preocupación profesional; el conocimiento silencioso de algo que prefiere no verbalizar para no alterarme.
—¿Está segura de ir allí a estas horas? —inquiere—. Puedo dejar un retén en la entrada de la pasarela o acompañarla hasta la cubierta.
—Completamente segura, Lucien. No quiero a nadie cerca esta noche —respondo, cerrando los ojos de forma deliberada para cortar cualquier posibilidad de réplica. Necesito estar sola de verdad.
Él asiente en silencio y arranca. Conoce a la perfección ese tono de voz seco y tajante; sabe en qué momento el apellido Blackwood se convierte en una barrera que es mejor no presionar.
El trayecto hacia el puerto transcurre en un silencio incómodo, roto únicamente por el sonido de los neumáticos sobre el asfalto mojado.
Las luces amarillas de las farolas de Quebec pasan como líneas borrosas a través de la ventanilla tintada.
No es paranoia, es puro instinto afinado tras años en este mundo.
Noto una mirada que se mantiene demasiado tiempo desde la acera de enfrente.
Una figura que desaparece de mi campo de visión periférico justo en el instante en que giro la cabeza.
Nathaniel Cloutier está cambiando de estrategia.
No he tenido noticias suyas desde hace días, desde la noche en que reduje su gimnasio principal a escombros.
La culpa me muerde el estómago cada vez que el recuerdo de las explosiones cruza mi mente, pero la rabia la sigue de inmediato, más caliente, más fácil de manejar que el remordimiento.
Llegamos al muelle privado. Lucien detiene el coche cerca de la verja de hierro forjado y apaga las luces.
—Llámame en cuanto estés lista para regresar —me pide sin girarse.
—Lo haré.
Miento. Es muy probable que me quede en el barco toda la noche, buscando el aislamiento que la ciudad me niega.
Bajo del coche y cierro la puerta con firmeza.
El aire gélido del río San Lorenzo me azota el rostro de lleno, despejando la niebla de cansancio de mis ojos.
El sonido de mi respiración se mezcla con el eco de mis tacones sobre los tablones de madera mientras avanzo hacia el final de la pasarela flotante.
Allí está amarrado L'Évasion.
El yate es un modelo clásico de cuarenta metros, de líneas sobrias y una cubierta de teca impecable.
Mi padre lo compró mucho antes de enfermar.
Pasábamos los fines de semana a bordo cuando yo era niña y todo era más simple.
Me lo dejó en herencia porque siempre fue eso para nosotros: el único sitio donde los Blackwood podíamos respirar lejos de todo.
Y necesito un escape ahora mismo, más que el aire.
Subo a bordo por pura inercia, apoyando la mano en la barandilla de acero frío. El suave balanceo de la cubierta es lo más parecido a la paz que me queda.
Bajo las escaleras hacia el camarote principal.
Me recibe el olor inconfundible a barniz marino y cuero desgastado.
Enciendo apenas dos lámparas tenues, en busca de una luz cálida que no moleste mis ojos fatigados.
Me sirvo dos dedos del whisky de mi padre —una botella intocable que reservo exclusivamente para los peores días— y me dejo caer en el sofá.
Si cierro los ojos, aún puedo percibir el débil rastro de su colonia.
Por primera vez en horas, mis hombros se relajan.
Y entonces lo siento.
Es una alteración sutil en la temperatura de la estancia. Una presencia física inconfundible que me eriza la piel de los brazos y me obliga a contener la respiración.
No estoy sola.
Abro los ojos con lentitud y noto cómo el corazón se acelera contra mis costillas.
Nathaniel Cloutier permanece de pie en el umbral, apoyado contra el marco de madera, cruzado de brazos como si fuese el dueño del lugar.
Lleva un traje oscuro impecable, sin corbata, con el primer botón de la camisa blanca desabotonado.
Su postura transmite una relajación absoluta, pero los ojos que sostiene sobre mí no se apartan ni un milímetro: un escrutinio frío que no parpadea.
El corazón me da un vuelco. Es una mezcla de miedo instintivo ante el invasor y algo mucho peor que me niego a nombrar.
—¿Cómo has entrado aquí? —pregunto, logrando que mi voz suene con una calma sorprendente, en un contraste absoluto con el frenesí de mi pulso.
—Me hice una promesa en Montreal —responde Nathaniel, y su voz baja resuena en el espacio confinado, pesada contra las paredes—. Me prometí que entraría en tu espacio personal después de lo que hiciste con mi gimnasio. Así que aquí estoy. Cumpliendo mi promesa.
Me incorporo del sofá de cuero sin prisa, sin mostrar debilidad.
Dejo el vaso de whisky sobre la mesa baja con cuidado, sin que el cristal emita el menor sonido al tocar la madera.
Necesito distancia física entre nosotros, pero la cabina es pequeña, íntima.
No hay espacio real para alejarse en este lugar.
—Esto es propiedad privada —le recuerdo, sosteniendo su mirada—. Estás invadiendo mi espacio sin autorización.
—Lo sé —dice mientras da un paso al frente, con pisadas lentas que apenas hacen crujir la madera—. Tu refugio más privado, Lili. Igual que mi gimnasio lo era para mí antes de que decidieras destruirlo.
—Tú empezaste esta guerra, Cloutier.
—¿Yo? —Nathaniel alza una ceja y se detiene a dos metros de mi posición—. Tú robaste mi cargamento. Varios millones en mercancía que desaparecieron de la noche a la mañana.
—Tú entraste en mi territorio sin permiso ni advertencia. Sabías que ese sector es mío.
—Touché —afirma con una leve inclinación de cabeza, aunque sus ojos no se apartan de mi rostro—. Y tú respondiste incendiando mi Mustang clásico.
—Y tú respondiste destruyendo mi motocicleta —mi voz pierde un grado de firmeza en la última sílaba, a pesar del esfuerzo por controlarla—. La Ducati que mi padre me regaló.
Un cambio sutil se nota en sus facciones. Su mirada se endurece. No hay burla en su expresión; parece un hombre que observa una herida concreta y la mira de frente.
—¿Esperas que me disculpe? —pregunta Nathaniel, y su tono desciende a una frecuencia más grave.
—Lo sabías, ¿no es así? —le lanzo la pregunta, aunque conozco la respuesta.
La pausa que sigue es larga, incómoda. Lo bastante larga como para escuchar el agua contra el casco del barco. Nathaniel sostiene mi mirada. No se oculta detrás de una sonrisa ni de una amenaza elegante.
—Sí —dice finalmente—. Lo sabía.
Dos palabras. No busca una excusa, no rebaja el peso, no lo envuelve en la ironía elegante que usa para todo lo demás.
Se queda ahí de pie, sosteniéndome la mirada, esperando el golpe que sabe que merece.
Y lo peor es que reconozco el gesto, porque es lo que yo habría hecho: se puede destruir a alguien y aun así negarse a mentirle al respecto.
La frase me atraviesa la boca del estómago, gélida, aunque lo hubiera esperado.
—Y aun así lo hiciste.
—Sí —repite—. Y desde entonces, no he podido quitarme de la cabeza la forma en que la tocaste antes de hacerla volar.
Se me seca la boca. Nathaniel acorta la distancia, pero esta vez no hay triunfo en su expresión. Hay algo más oscuro. Más incómodo.
—Pensé que quería romperte un poco —murmura—. Quería saber si tenía ese poder sobre ti y obligarte a elegir. Y cuando te vi hacerlo... entendí demasiado tarde qué era en realidad esa moto.
No es una disculpa. No llega ni remotamente a eso. Pero tampoco es indiferencia. Y eso lo vuelve peor. Más peligroso. Siento la tentación involuntaria de creer que el hombre que destruyó el último recuerdo de mi padre fue capaz, al menos, de comprender lo que me arrancó.
Cruzo los brazos y espero.
—Eso. Así que ahórrate el papel de víctima.
Me obligaste a destrozar mi moto, Nathaniel.
El último regalo de mi padre. Me entregó esas llaves con las manos temblorosas y nunca volví a verlo así.
Y por tu culpa tuve que volarla por los aires.
Así que sí, reduje tu gimnasio a escombros sin pestañear.
Tu santuario por el mío. Estamos a mano.
O tal vez nunca lo estemos, porque los dos sabemos exactamente dónde golpear para causar el mayor daño posible.
Nathaniel se detiene a un metro de mí. Puedo percibir el calor físico que irradia su cuerpo a pesar del frío del muelle. La luz cálida suaviza la rigidez de su perfil.
—No estamos a mano, Lili —su voz desciende a un tono bajo, letal—. Porque ambos sabemos que esto es mucho más.