Tentando a un depredador (Priesthood 4) 11 Nathaniel #2
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11 Nathaniel #2

—Ya lo hiciste al no ordenar fuego de cobertura —insiste Ilya con firmeza—. Esa nota manuscrita te tocó el orgullo de lleno. Te está provocando de manera sistemática porque sabe con exactitud qué botones presionar para ganar tiempo en sus fronteras.

Aprieto el vaso hasta que el cristal empieza a protestar en la palma de mi mano. Inspiro despacio por la nariz, reteniendo el aire helado de la habitación durante un instante eterno antes de soltar la tensión acumulada en los hombros.

—Sé exactamente lo que está haciendo en cada movimiento de sus piezas —admito, y la verdad me sabe a óxido y a hierro en la boca—. Sé que mide cada centímetro del terreno. Sé que usa su maldito luto familiar y su estructura contable para desafiar mi autoridad en esta ciudad. Me da igual.

El silencio que sigue a mis palabras es denso. Incluso Velkan borra la sonrisa cínica de su rostro por primera vez en toda la noche. Dante me observa desde el sillón con una nueva expresión de gravedad en su rostro, analizando el peso real de mi confesión.

—Explícate de una vez, Nathaniel —pide Dante en un susurro.

—Llevo cinco años gestionando este maldito mercado en total inercia —digo, y doy un paso firme sobre la alfombra en busca de sus miradas—.

Controlando las rutas aduaneras del puerto, acumulando números estúpidos en una pantalla de ordenador, liquidando traidores previsibles que cometen los mismos errores una y otra vez.

Todo gris. Todo monótono. Una rutina de muerte y dinero que no me generaba el menor estímulo.

Dejo el vaso en la barra con demasiada fuerza, provocando un eco sordo que reverbera en el despacho.

—Y luego, llega ella. Me vuela el edificio principal en mis propias narices, me mira de arriba a abajo como si fuera un maldito estorbo en sus planes y me demuestra que puede tocar mi entorno cuando se le antoje.

No voy a matarla en un coche patrulla o en un muelle como a un camello cualquiera del este.

Quiero romperle el control. Quiero ver qué queda de su sangre fría cuando le quite el suelo bajo los pies y desmonte su imperio pieza a pieza.

Me llevo la mano al pecho de la chaqueta sin pensarlo. Los dedos encuentran el nudo de papel, lo reconocen y se cierran alrededor. Cuando levanto la vista, Dante ya está mirándome la mano.

No dice nada. No le hace falta. Aparto los dedos del bolsillo, demasiado tarde.

—Voy a cercarla desde dentro —digo, y la frase suena a explicación incluso para mí—. Voy a asfixiar su entorno hasta que no le quede otra opción que responder a mi presencia.

Velkan suelta un silbido largo y sonoro, rompiendo la densa tensión acumulada en el aire.

—Estás verdaderamente jodido, hermano. Bienvenido oficialmente al infierno de los obsesivos.

Dante se pone de pie lentamente. Se acerca a mi posición con paso firme y me apoya una mano pesada y solidaria en el hombro izquierdo. Su agarre es firme, un recordatorio de nuestra alianza.

—Si vas a entrar en ese territorio, hazlo con rapidez y sin vacilaciones, Nathaniel. El orgullo de una Blackwood es un arma de doble filo que corta de raíz. No va a ceder ni un milímetro ante una simple presión superficial. Tienes que ir por el núcleo.

—¿Cuál es el plan operativo real, entonces?

—pregunta Ilya, adoptando ya su tono profesional de estratega, resignado ante la situación.

Conoce a la perfección esa expresión mía; es la misma mirada fría que utilicé cuando barrimos a toda la vieja guardia de Montreal en el invierno de hace cinco años.

Sabe que cuando fijo un objetivo estratégico, no hay fuerza de la naturaleza capaz de hacerme retroceder un solo paso.

Camino con lentitud hacia el gran ventanal, alejándome del grupo.

Mi reflejo en el cristal oscuro me devuelve la imagen del mismo hombre implacable de siempre, pero la vibración que llevaba bajo la piel se ha transformado ahora en un enfoque nítido, puramente militar.

Miro hacia el norte de la provincia, hacia la oscuridad de la autopista que conecta con Quebec.

—No voy a enviar un equipo de matones armados a las puertas de su residencia —digo, observando las luces distantes de las patrullas en los muelles—.

Eso sería caer en la trampa de la previsibilidad que ella espera de un capo de la mafia.

Voy a intervenir sus líneas prioritarias de comunicación, a auditar cada una de sus transacciones y a entrometerme en cada maldito negocio logístico que intente cerrar.

Voy a saturar su entorno diario. Quiero convertirme en alguien absolutamente imposible de ignorar para ella.

Quiero que descubra que puedo llegar a cualquier rincón de su torre y que ya no tiene ni un solo lugar limpio donde esconderse de mí.

Velkan se ríe entre dientes y niega con la cabeza mientras termina de ajustar el cargador de su arma.

—Vas a iniciar una guerra de desgaste psicológico y financiero contra la única mujer que te ha ganado la primera ronda táctica en tu propio terreno. Eres un auténtico masoquista, Nathaniel.

—Ella misma trazó la línea de fuego cuando mencionó explícitamente a sus hombres en la tarjeta —busco el nudo de papel que llevo encima desde el incendio—. Quiso demostrarme que está protegida por un ejército leal a su apellido.

Miro a mis socios de la alianza internacional y leo el compromiso en sus rostros.

—Necesito que los equipos del Priesthood me cubran las espaldas en la frontera norte de la provincia durante las próximas semanas.

Voy a violar deliberadamente los tratados de no agresión y los límites territoriales que firmamos con Quebec.

Voy a acorralarla en su propio despacho, y sé que cuando una Blackwood se siente acorralada en una esquina, dispara con todo el calibre que tiene a mano.

—La artillería pesada y las rutas seguras estarán listas en el sector del puerto antes del amanecer —dice Dante, simple, directo, sin un solo atisbo de duda en la voz.

—Yo vigilaré las redes de suministro químico de Velkan —añade Ilya—.

Si Blackwood intenta conseguir explosivos fuera de la provincia, sabremos qué compra, por dónde entra y cuál será su posible objetivo antes de que el cargamento llegue a Quebec.

Duplicaré los equipos de escolta sobre tus flancos habituales en la ciudad.

Si vas a hostigar personalmente a la jefa de la familia rival, sus perros guardianes se volverán locos de inmediato.

—Que lo intenten si tienen el valor suficiente —digo. Me sirvo el último dedo de whisky de la botella y alzo el vaso hacia ellos—. Por Quebec.

Dante y Velkan se acercan a la barra y chocan sus vasos con el mío con un golpe firme. El tintineo del cristal de roca suena limpio, marcial, rompiendo la pesadez de la madrugada. Ilya duda durante un segundo tenso, observando el líquido, pero finalmente se acerca y une su vaso al grupo.

—Por la maldita caza —murmura Ilya en un tono sombrío—. Solo espero que recuerdes accionar el freno de mano cuando la tengas encima y el coche empiece a derrapar.

Bebo el trago de una vez.

Empiezo el despliegue de las unidades mañana mismo, a primera hora. Y Lili Blackwood no sabrá qué fuerza la ha golpeado hasta que mis propias manos estén cerradas alrededor de su cuello.