Tentando a un depredador (Priesthood 4) 11 Nathaniel
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11 Nathaniel

ONCE

Nathaniel

Lleno el vaso con un Macallan de treinta años, oscuro y denso. Lo hago girar con un movimiento lento, constante, y observo cómo el líquido resbala por las paredes de cristal bajo la luz tenue de la lámpara de escritorio. Podría ser cualquier otra bebida, un veneno o agua destilada; me sabría igual.

Solo necesito que queme. Que el ardor en la garganta anestesie de una vez por todas la vibración constante que llevo instalada bajo la piel desde hace veinticuatro horas.

Una descarga hostil que se niega a disolverse desde el instante preciso en que Lili Blackwood transformó mi gimnasio en un montón de escombros humeantes y mi mente en un maldito polvorín.

Estoy en uno de los sillones Chester de mi oficina privada, en lo alto de la fortaleza.

Es de noche, pasadas las tres de la madrugada.

El ambiente es asfixiante, cargado de un silencio espeso que solo se genera entre hombres que han firmado contratos con sangre y han matado juntos para construir un imperio.

No estoy solo en este despacho.

Dante, el líder del Priesthood, está recostado en el sillón frente al mío, adoptando esa postura relajada y engañosa que desarma a los idiotas, pero que a nosotros nos pone en alerta.

Llegó esta tarde desde Sicilia en su jet privado; aterrizó en la pista privada tras recibir el aviso de Ilya.

Tiene un pie cruzado sobre la rodilla izquierda y juega con un encendedor Zippo cromado.

Lo abre y lo cierra con un movimiento mecánico del pulgar; provoca un clic rítmico, metálico, que corta el aire de la habitación una y otra vez.

Velkan ocupa el sofá lateral de la estancia, despatarrado con una familiaridad insolente, como si fuera dueño del edificio entero.

Su copa descansa sobre la mesa baja, junto a las piezas desmontadas de una Glock.

Limpia el cañón con un paño oscuro, concentrado y paciente, como un hombre acostumbrado a que la pólvora le deje marca.

Su vuelo de regreso a Rumanía sale en pocas horas desde el aeropuerto internacional, pero la explosión en mi gimnasio hizo que se presentara de todos modos.

Ilya permanece de pie junto a la gran ventana del fondo.

Nos da la espalda por completo, cruzado de brazos, observando la oscuridad de los muelles exteriores como si esperara que el ejército entero de los Blackwood apareciera en el perímetro en cualquier momento.

Él fue quien activó la señal de emergencia internacional.

Quien entendió, antes que nadie en la organización, que este ataque directo no era una simple disputa menor por esquinas o rutas locales de contrabando.

El Priesthood está sentado en mi mesa de negociación. Mis socios comerciales. Mis hermanos de armas. Los únicos hombres en este maldito planeta ante los que no necesito medir el peso de mis palabras ni fingir el control absoluto de la situación.

—Deberías haber visto la estructura de acero —comenta Velkan en voz baja, sin levantar la vista de las piezas desmontadas de su arma.

Su tono arrastra una nota de cinismo divertido que me tensa la mandíbula—.

Los cortes en las vigas maestras fueron limpios, perfectos.

C4 de grado militar en carga dirigida sobre los pilares, con detonadores de señal satelital.

Quienquiera que haya diseñado el plano técnico de demolición sabe cuánta presión de carga resiste un pilar de hormigón armado.

Ni una sola ventana rota en los bloques de oficinas colindantes. Fue un trabajo increíble.

Dante detiene en seco el encendedor. El clic desaparece. Alza una ceja y posa los ojos oscuros en el europeo.

—¿Estás admirando la técnica operativa de la mujer que acaba de volar el gimnasio personal de Nathaniel en mil pedazos, Velkan?

—Admiro la competencia técnica en un mercado infestado de mediocres —se encoge de hombros Velkan, y toma una pieza de la Glock para examinarla bajo la luz—.

La mayoría de nuestros enemigos actuales en el este son simples carniceros con ametralladoras baratas.

Ella se mueve en el terreno con elegancia y precisión. Hay que reconocerle el mérito.

—Es una declaración de guerra directa en la frontera —sentencia Ilya desde la ventana, con la voz grave, pesada, sin dignarse a girarse para mirarnos—.

Una provocación que desestabiliza los pactos de la provincia.

Y Nathaniel la está dejando jugar en nuestro propio patio trasero sin enviar una fuerza de respuesta.

Siento de inmediato cómo tres pares de ojos me buscan. Incluso la espalda rígida de Ilya, estática frente al cristal, pesa en este momento más que cualquier mirada directa o interrogatorio formal.

Bebo un trago largo de mi vaso. El líquido ámbar raspa las paredes de la garganta con un calor abrasador y se asienta como un bloque de fuego en el fondo del estómago, pero no logra disolver el frío persistente que se ha instalado en mitad de mi pecho.

Dejo el vaso de cristal grueso sobre la mesa maciza de la barra.

Dejo pasar cinco segundos de silencio antes de hablar; fuerzo a mis pulmones a encontrar un ritmo pausado y controlo mi pulso.

—No está jugando —digo por fin, y mi voz suena con una sequedad cortante que no pretendía suavizar—. Estoy midiendo el alcance real de su red de distribución y sus apoyos en el norte.

—Llevas todo el santo día midiendo coordenadas, Nathaniel —Dante deja el encendedor cromado sobre la mesa con un chasquido metálico y se inclina hacia adelante, fijando su mirada en mi rostro con una intensidad de halcón—.

Dejé Sicilia de inmediato porque la alerta perimetral indicaba un ataque crítico contra un bastión de la alianza.

Pero aquí estamos, a las tres de la madrugada, liquidando tu reserva privada de whisky y debatiendo sobre ingeniería de demolición y arquitectura de acero.

Por norma, un ataque de estas características contra el Priesthood se responde con ejecuciones sistemáticas en las siguientes veinticuatro horas.

Velkan suelta una risa corta, áspera y monta la corredera de la Glock con un doble chasquido experto que reverbera en las paredes del despacho.

—No ha ordenado las ejecuciones perimetrales porque la jefa de Quebec le interesa. Le gusta.

Levanto la vista del vaso y se la clavo encima.

—Mide tus malditas palabras, Velkan.

—Te gusta —insiste el rumano, apuntando con el cañón del arma vacía hacia el techo—.

Te gusta que haya tenido las pelotas de violar tu seguridad, burlar tus cámaras y dejarte una puta tarjeta de presentación personalizada sobre las cenizas de tu gimnasio privado.

Te saca de tus casillas, te revienta el orgullo, pero te activa el pulso como nadie lo había hecho en años.

Admítelo de una vez y dejémonos de discursos.

El vaso se detiene a medio camino de mi boca. Es medio segundo, nada más, pero en esta sala medio segundo es una confesión firmada. Velkan lo ve. Dante lo ve. Bajo el vaso despacio, como si el movimiento hubiera sido mío desde el principio, y sé que ninguno de los dos se lo traga.

—Cierra la boca de una puta vez.

—No se equivoca en el diagnóstico, hermano —interviene Dante con voz pausada, neutral—. No estás furioso como sueles estarlo cuando hay un cabo suelto en Montreal, ni buscando un cuerpo que colgar en los muelles. Estás obsesionado con cada uno de sus movimientos.

La palabra flota en el aire de la habitación, espesa, cargada de una verdad incómoda.

Me levanto del sillón de cuero, incapaz de permanecer inmóvil bajo el escrutinio de mis socios.

Camino con pasos lentos hacia la barra de caoba del fondo, tomo la botella por el cuello y me sirvo un segundo dedo de whisky en busca de una distracción física que disimule la tensión que me atenaza la mandíbula.

—Destruyó una propiedad estratégica de la organización —digo, hablando de espaldas a ellos mientras observo las botellas alineadas—. Violó la seguridad perimetral de mi fortaleza. Todo el ataque fue una distracción ejecutada al milímetro para medir nuestros tiempos de reacción.

—Y, sin embargo —Ilya se gira por fin de la ventana, se cruza de brazos y me busca la mirada en el reflejo—, tus órdenes directas a los equipos de intervención han sido de vigilancia extrema y recopilación de datos, no de eliminación inmediata.

Tienes a media organización en Montreal rastreando sus puertos de carga en el San Lorenzo, sus movimientos bancarios en las cuentas de Amberes y hasta sus malditas horas de sueño en su residencia de Quebec, pero prohibiste expresamente que mis tiradores le apunten a la cabeza.

Has blindado su vida mientras ella vuela tus bases.

Me apoyo de espaldas contra la fría barra de madera.

Los miro uno a uno, despacio. Hemos sangrado juntos en tres continentes diferentes; mentirles ahora sería un insulto directo a su lealtad e inteligencia.

Velkan sabe leer la violencia y la intención en mis silencios mejor que ningún otro hombre de la alianza; comparte la misma raíz oscura y destructiva que yo arrastro.

—No es una ejecución corriente que se pueda solucionar con un sicario en un callejón oscuro —murmuro, bajando el tono.

—No. Esto es tan viejo como el mundo —dice Velkan, dejando la Glock sobre la mesa con brusquedad—. Te pudo la curiosidad. La viste y ya estaba decidido. Nos ha pasado a todos, hermano. Mira mi historial. O el de Dante.

—Esto no es una aventura de amor, Velkan —lo corta Ilya de forma tajante, avanzando dos pasos firmes hasta plantarse en medio del despacho, con el rostro completamente rígido—.

Lili Blackwood no es una civil que puedas meter en tu cama y olvidar el lunes.

Es la cabeza operativa de la familia rival de Quebec.

Si Nathaniel baja la guardia o retrasa la respuesta militar porque le divierte el desafío psicológico, ella le va a cortar el cuello en su propio despacho.

—No voy a bajar la guardia en ningún sector —respondo, clavando la mirada en Ilya.