Tentando a un depredador (Priesthood 4) 9 Lili
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9 Lili

NUEVE

Lili

Han pasado dos días desde que Nathaniel me acorraló en el hotel del Consorcio, dos días desde que vi algo parecido al remordimiento atravesarle la mirada cuando le hablé de las cenizas de mi Ducati.

Ahora, el aire en la terraza del Velvet Room huele a ginebra cara. Es el aroma de Montreal: dinero sucio y amenaza contenida.

Me ajusto el abrigo sobre los hombros. El frío no tiene nada que ver.

Necesito el peso de algo físico contra mi piel.

Abajo, Montreal es un mapa de luces. Desde aquí arriba, las guerras parecen insignificantes y los hombres que quieren mi cabeza se vuelven invisibles.

Las calles que he recorrido con sangre en las manos se ven inocentes desde esta altura, casi hermosas.

Es una ilusión peligrosa. La distancia siempre lo es.

Pero no vine a admirar la vista.

—Equipo Alfa en posición —la voz de Cole crepita en mi auricular, un zumbido apenas perceptible bajo el cabello—. Cámaras perimetrales en bucle. Sensores térmicos del techo desactivados. Estamos en el conducto oeste. Cinco minutos para la inserción en el gimnasio.

—Copiado —apenas muevo los labios; el micrófono capta el susurro—. Mantengan el silencio de radio hasta que el paquete esté asegurado. Si los detectan, aborten. No quiero bajas.

—Entendido, jefa. Mantenlo ocupado. Si regresa antes de tiempo, estamos muertos.

El enlace se corta con un clic sordo.

«Mantenlo ocupado».

No estoy aquí para tener cuidado. He venido a meter la cabeza en la boca del lobo para que mi equipo pueda colocar explosivos bajo el ring de boxeo del gimnasio privado de Cloutier.

Soy el cebo. Mantengo al enemigo entretenido mientras mis hombres asedian su fortaleza.

Es un papel que conozco, que he ejecutado docenas de veces en estos dos años desde la muerte de mi padre, pero esta vez el estómago se me contrae con una acidez real que me quema la garganta.

El cansancio de una semana sin pegar el ojo me pasa factura.

Me giro despacio.

La terraza privada está reservada para la élite del bajo mundo, separada del resto del club por puertas de cristal insonorizadas y guardias de seguridad que soborné hace dos horas.

Aquí no llega el bajo de la música electrónica que hace vibrar los cimientos del edificio.

Solo hay silencio y el murmullo artificial de las fuentes decorativas.

Es un espacio diseñado para aquellos que no quieren ser vistos.

Y él.

Nathaniel Cloutier está de pie junto a una de las columnas de fuego encerradas en vidrio que calientan la terraza.

Las llamas le proyectan sombras sobre el rostro.

No me ha visto entrar o finge que no lo ha hecho.

Observa el fuego con una intensidad que me hiela la sangre.

Hay algo primitivo en la forma en que las llamas se le reflejan en los ojos.

Lleva un traje gris oscuro, de corte italiano, sin corbata.

La camisa blanca está desabotonada en el cuello y revela un triángulo de piel bronceada.

Se ve civilizado. Esa es la verdadera trampa de Nathaniel Cloutier.

Parece un empresario exitoso que cierra tratos en salas de juntas, pero yo sé lo que hay detrás de esa fachada.

Conozco la violencia contenida en sus manos cuando aprieta un vaso hasta que el cristal cruje. Conozco el historial que arrastra.

—Llegas tarde —dice sin girarse. Su voz es profunda, un barítono que vibra en el aire frío y me atraviesa.

—Llego cuando quiero, Cloutier —avanzo hacia él. Mis tacones golpean la madera con un ritmo constante, deliberado. Cada paso es una declaración de fuerza. Es importante controlar el ritmo de este encuentro—. Tú no trabajas con un horario, y yo tampoco.

Se gira entonces. El movimiento es fluido, desprovisto de rigidez.

Sus ojos se encuentran con los míos y noto el impacto directo en el pecho.

Nathaniel no me mira como si fuera su enemiga; me examina como si buscara las grietas de mi armadura para explotarlas en su beneficio.

Mira más allá de la heredera Blackwood, hasta una mujer que apenas recuerdo haber sido antes de que el imperio de mi padre me consumiera.

—Curiosa manera de plantearlo —una media sonrisa le curva los labios, sin nada detrás—. ¿Qué haces en mi terraza?

—¿Tu terraza? —arqueo una ceja y me detengo a una distancia segura. Tres metros exactos. Demasiado cerca para mi tranquilidad mental—. Creía que el Velvet era territorio neutral del Consorcio.

—Todo es mi territorio si estoy en él, Lili —da un paso hacia mí. No retrocedo. El orgullo me mantiene las suelas pegadas al suelo. Retroceder es admitir miedo, y no le voy a regalar esa satisfacción después de lo que hizo con mi Ducati. El recuerdo de la moto estallando me muerde el estómago.

Envié el mensaje hace tres horas a través de los canales encriptados: «Necesitamos hablar. Terraza del Velvet. Medianoche. Ven solo». Ocho palabras que podían significar una tregua o una emboscada. Y Nathaniel vino solo, sin su escolta. Eso demuestra que estamos operando más allá de la lógica.

—He venido a hablar de negocios —respondo.

La excusa sale con la facilidad que dan los años de práctica. He mentido a senadores corruptos y a los hombres de la vieja guardia, pero la forma en que él me sostiene la mirada hace que esta mentira me pese entre los dientes.

—¿Negocios? —se ríe, un sonido oscuro, rasposo, sin humor—. Quemaste mi Mustang. Me insultaste en la reunión del Consorcio hace dos días. ¿Y hoy quieres hablar de negocios?

El Mustang que dejé como una carcasa humeante en su taller fue la respuesta proporcional a mis tres camiones desmantelados. Hemos pasado el punto en el que las fronteras importan. Ahora solo importa el peso de la siguiente respuesta.

—Es precisamente por eso que necesitamos hablar —cierro los brazos, una barrera física contra su proximidad.

Mis dedos aprietan la tela del abrigo buscando un ancla—.

La situación en los muelles se está saliendo de control.

Tus hombres presionan en las líneas de carga.

Los míos responden. Si seguimos así, llamaremos la atención de los federales.

Es una excusa plausible, lo bastante lógica como para que compre ese argumento.

Los muelles son un problema real, con rumores de que el FBI está asignando recursos a la zona.

Pero no es por eso por lo que estoy aquí.

Necesito mantenerlo hablando. Necesito cinco minutos exactos para que Cole y su equipo terminen el trabajo en su gimnasio privado.

Ojo por ojo. Mi moto destruida por su santuario arrasado.

Nathaniel me observa en silencio. El momento se estira, denso.

El viento le agita el cabello oscuro y un mechón rebelde le cae sobre la frente.

Tengo el impulso absurdo de acercarme y apartarlo, de sentir el calor de su piel bajo mis manos para confirmar que es de carne y hueso, no solo la sombra que me acecha en la penumbra.

Me clavo las uñas en las palmas dentro de los bolsillos, hasta que el dolor agudo me devuelve al presente. Céntrate, Blackwood. Él es el enemigo. Él colocó la bomba bajo el asiento de tu moto.

—No te creo —habla por fin, y su voz pierde el tono de burla. Hay un peso diferente en sus palabras.

Algo salvaje se me revuelve bajo el esternón.

—¿Perdón?

—No has venido a hablar de treguas —da otro paso. Ahora está a dos metros. Huelo su colonia y mis sentidos quedan aturdidos—. Tú no pides clemencia, Lili. Tú escalas las cosas hasta que alguien termina sangrando.

Es una descripción brutalmente precisa de mi funcionamiento. Me pregunto en qué momento el dueño de Montreal empezó a estudiarme con esta intensidad obsesiva.

—Me sobreestimas.

—Te conozco —su certeza me sacude más que una amenaza de muerte—. Sé cómo piensas. Sé cómo operas. Y sé que ahora mismo, mientras charlamos como si fuéramos viejos amigos, estás tramando algo.

Se acerca más. Un metro.

El espacio entre ambos se carga de electricidad. Veo el leve movimiento de su mandíbula al apretar los dientes y cómo se le dilatan las pupilas al mirarme. Se está controlando, y eso es inusual en él. Nathaniel suele tomar lo que quiere sin calcular los daños.

—¿Qué es, Lili? —su voz baja a un susurro íntimo, posesivo. El uso de mi nombre de pila me eriza la piel de un modo que va contra toda lógica. Me obligo a no moverme—. ¿Un francotirador en el edificio de enfrente? ¿Veneno en mi bebida? ¿O tal vez algo más... explosivo?

Un sudor frío me recorre la columna. ¿Lo sabe? ¿Cómo podría saberlo? Cole aseguró que sus sistemas tenían una puerta trasera desde el robo del muelle y que era imposible detectar la intrusión. Pero con Nathaniel Cloutier empiezo a entender que la palabra imposible no existe.

—Estás paranoico, Cloutier. Es el primer signo de locura.

—O de supervivencia —su respuesta es inmediata, cortante—. En nuestro mundo, la paranoia te mantiene vivo. La confianza te mete en una tumba.

Ahora está justo frente a mí. Invade mi distancia, viola todas las reglas que mi padre me impuso.

La amplitud de sus hombros borra el resto de la terraza.

Odio cómo reacciona mi cuerpo cuando lo tengo cerca, como si mi cerebro dejara de obedecerme.

Me retumban los oídos y respiro a medias, como si el aire pesara demasiado.

—Estás demasiado cerca —las palabras se me escapan de la boca. No es una advertencia; suena como una súplica.

—Tú viniste a mí —no se mueve un milímetro. Ni siquiera parpadea.

—Para hablar.

—Estamos hablando.

—No... esto no es hablar.

El silencio que cae entre los dos pesa de una forma nueva.

Lo miro y encuentro algo que no estaba antes en sus ojos.

Un hambre pura. Me afloja las rodillas en un instante.

Y miedo. Está ahí, hundido bajo su control.

Nathaniel Cloutier me mira como si yo fuera el verdadero peligro para su imperio.

Y eso me sacude las entrañas. No me lo estoy inventando. Esto está pasando.