Tentando a un depredador (Priesthood 4) 8 Nathaniel #2
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8 Nathaniel #2

—¿Disfrutaste del video? —pregunta, con los ojos en mis labios. No es una invitación; es un escaneo de daños.

—No —admito. La palabra cae entre los cubiertos, pesada y real.

Ella parpadea, desarmada por un segundo ante mi honestidad.

—Mentiroso.

Me inclino un poco más, invadiendo su espacio.

—Te ves cansada, Lili. —Sé que no debería verbalizarlo. Muestra un interés que el Consorcio puede interpretar como un flanco débil. Se lo digo de todos modos.

Su expresión no varía, pero le detecto un destello peligroso en la mirada.

—Y tú te ves demasiado cómodo —baja la voz aún más—. Considerando que acabas de iniciar una guerra que no podrás controlar. Quemaste mi pasado, Nathaniel. No esperes que respete tu futuro.

—No quiero una guerra contigo, Lili —susurro, saboreando las sílabas de su nombre en la penumbra de la mesa.

Ella se tensa de inmediato. Las pupilas se le dilatan por la proximidad.

—No me mires así.

—Quiero... —No soy capaz de terminar la frase. ¿Qué quiero? ¿Poseerla? ¿Cerrar esto? ¿Salvarla de mis propios impulsos?

—¿Qué quieres? —me interrumpe, y la voz le tiembla una fracción de segundo.

Muevo la pierna por debajo de la mesa. No es un accidente. Es deliberado. Mi rodilla choca con la suya.

El contacto me recorre la columna vertebral, prendiendo fuego a mis nervios hasta asentarse en el vientre, espeso y caliente. Ella debería apartarse. Debería mover la pierna con asco. Es lo que haría una enemiga que planea mi destrucción.

Pero no se mueve. Se queda quieta.

Presiona su rodilla contra la mía. Un contacto firme, constante, oculto bajo el mantel blanco, en la oscuridad donde nadie más puede ver lo que ocurre.

Donde Grimaldi y Chen y el resto de estos idiotas no tienen la menor idea de la conversación real que estamos manteniendo.

Es el gesto más íntimo que hemos compartido jamás.

Una admisión de fuerza. Una conexión física en medio de una habitación llena de enemigos.

Ella no se retira. Me devuelve la presión.

Su rodilla es la mitad de la mía y aun así soy yo quien contiene el aliento.

Ella decide cuánto aprieta, cuándo afloja, cuánto me deja esperar el siguiente roce.

Podría apartarme con toda mi fuerza y no se me pasa por la cabeza.

Es ella quien manda bajo este mantel y los dos lo sabemos.

La respiración se me entrecorta. Mi mano derecha se mueve por puro instinto sobre el mantel. Mis dedos rozan los suyos. Su piel está fría, pero al tacto me quema. Lili inhala de forma brusca, un sonido audible solo para mis oídos.

Mis dedos se cierran por completo sobre su mano. La sola idea de causarle un rasguño me da náuseas, pero no es ella quien retrocede: soy yo quien apenas se sostiene.

—Señorita Blackwood, ¿cuál es su balance sobre el sector sur? —pregunta Donato de repente.

Lili retira la mano del tirón. Aparta la rodilla de mi pierna. Se gira hacia el calabrés con una sonrisa profesional, brillante y falsa.

—El sector sur es estable —dice con voz clara, proyectando la autoridad de su apellido—. A menos que alguien decida jugar con fuego. En ese caso, el incendio suele extenderse a los muelles vecinos.

Me recuesto en la silla y noto el frío que deja la pérdida de su calor. La observo mientras gesticula con elegancia, dominando la sala con datos precisos y amenazas sutiles dirigidas a los rusos. Me odia. Está herida.

Pero estuvo aquí, a mi lado, presionando su cuerpo contra el mío hace solo un segundo.

La cena concluye una hora después. Una hora en la que he registrado cada vez que cambiaba de postura, cada sorbo de agua y cada mirada de soslayo que intentaba ocultarme.

Se levanta antes de que Donato termine la frase de despedida del protocolo.

Recoge el bolso y avanza hacia la salida con pasos rápidos, decididos. Huyendo de mí.

—Lili —la llamo.

Me levanto de la silla, ignorando la mano extendida de Chen. La sigo. La alcanzo en el pasillo exterior, un corredor largo con alfombras persas y espejos antiguos, lejos de los oídos curiosos del salón de juntas.

Le agarro la muñeca.

—Espera.

Se detiene en seco. Su piel es suave bajo mis dedos ásperos. Noto el pulso disparado en la cara interna de su muñeca, un latido que contradice por completo la quietud de su espalda. No se gira. Espera. Y en esa espera hay más desafío que en cualquier grito.

—Suéltame —dice sin girarse, con la espalda rígida como una varilla de acero.

—No.

Se rota entonces con un movimiento fluido, agresivo. Su expresión brilla bajo el aplique de la pared. Una mezcla de lágrimas contenidas y de rabia pura que no sé dónde colocar.

—¿Qué quieres, Nathaniel? —escupe mi nombre—. ¿Preguntarme si lo disfruté? ¿Si me gustó ver cómo ardía lo más significativo que me quedaba de mi padre? ¿Si lloré sobre las cenizas?

La crudeza de su voz me impacta directamente.

—No —respondo, casi en un susurro—. Quería saber si estás entera.

Lili parpadea. La sorpresa le rompe la coraza durante un segundo. Su boca se entreabre, desarmada.

—¿Si estoy bien? —se ríe, un sonido roto, áspero—. Pusiste una bomba bajo mi asiento. Entraste en mi casa. Me obligaste a elegir entre mi pasado y mi orgullo.

—Te entregué el control —argumento, aunque la frase suena patética incluso para mí—. Podrías haber cortado el cable. Podrías haber elegido salvarla.

—¿Y perder esta guerra? —da un paso hacia mí y me obliga a inclinar el cuello para sostenerle la mirada. Puedo ver las motas doradas en sus iris—. No, Nathaniel. Tú sabías que no lo haría. Tú me conoces. Sabías qué tecla tocar para que mi orgullo fuera más fuerte que mi dolor.

Tiene razón. ¡Dios!, tiene razón. Lo sabía. Calculé la pérdida y orquesté su dolor porque necesitaba una reacción real de su parte. Necesitaba su atención absoluta.

—Esto no ha terminado —afirmo. No sé si es una advertencia o una súplica.

Lili baja la vista hacia mi mano, que todavía le aprisiona la muñeca. Luego sube de nuevo sus ojos hacia los míos, y veo el cambio: la tristeza se endurece, se cristaliza y se transforma en acero templado.

—No —susurra, y se acerca un centímetro más. Su aliento caliente me llega a la barbilla—. Apenas comienza, depredador.

La palabra me golpea en el pecho. Es un reconocimiento que se me posa encima con la calma de un nombre dicho al oído. Algo que, sin saber cómo, ya me pertenecía.

Tira de la muñeca y la dejo ir. No porque quiera, sino porque si la sostengo un segundo más, perderé el último gramo de cordura que me queda. La estamparé contra la pared de este pasillo y no me detendré hasta que olvide cualquier otro nombre que no sea el mío.

Lili se da la vuelta y se aleja hacia el vestíbulo. Sus tacones golpean el mármol con un ritmo constante. Un ritmo de guerra.

Me quedo allí, inmóvil, viendo cómo su figura desaparece al girar la esquina del corredor. La palma de mi mano todavía hormiguea por el contacto.

Ilya aparece de pronto, saliendo de las sombras de una de las salas de lectura donde ha estado cubriéndome la retaguardia.

—¿Estás entero? —pregunta con tono cauteloso.

Sigo mirando el pasillo vacío. Todavía huelo sus lirios en el aire. Noto la presión fantasma de su rodilla bajo el mantel.

—No —admito, y la verdad me sale con un suspiro pesado—. Creo que estoy jodido, hermano.

—¿Jodido en qué sentido? —insiste Ilya, plantándose frente a mí—. ¿Jodido de «voy a liquidarla» o de «voy a quemar Montreal por ella»?

Me paso la mano por el pelo, frustrado, caliente, con el corazón acelerado.

—Jodido de verdad —lo miro de frente. Ilya me lee la expresión y abre los ojos—. Me importó verla sufrir. Ese es el problema.

Ilya exhala un largo suspiro y niega con la cabeza.

—Te lo advertí, Nathaniel. Velkan te lo dijo. Las cuentas sentimentales siempre salen caras.

—Que se joda Velkan —gruño, y empiezo a caminar hacia la salida del hotel. Necesito aire fresco—. Y que se jodan las contemplaciones.

—¿Cuál es la siguiente fase? —pregunta Ilya, y me sigue el paso—. Porque ella no va a ceder. Le vi los ojos, Nathaniel. Tiene hambre de venganza. Viene a por ti.

Salimos a la noche helada de la ciudad. El viento me azota la cara, pero no consigue apagar el calor que me quema la piel.

—Si viene a por mí... —miro hacia la oscuridad de la calle y la imagino planeando su ataque—. Voy a dejar que me atrape.

—Eso es un suicidio —dice Ilya y me abre la puerta del coche.

—No —me siento al volante, y el peso de su mirada me asalta de nuevo—. Esto ya no es una disputa por el territorio, Ilya. Ya no se trata de quién golpea más fuerte en el muelle.

—¿Entonces de qué se trata?

—Es una guerra por ella —arranco el motor—. Y yo nunca, nunca pierdo.