8 Nathaniel
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OCHO
Nathaniel
Llego veinte minutos antes. No es una táctica ni una demostración de fuerza ante los demás. Es una necesidad física que no he podido controlar desde que el sol se ocultó sobre el río.
El salón privado del hotel Le Saint-Sulpice huele a humo de tabaco importado de contrabando y esa fragancia densa del whisky de trescientos dólares que se evapora en el aire caliente.
Es terreno del Consorcio, una pequeña isla diplomática gobernada por Grimaldi donde los líderes de las distintas organizaciones nos reunimos una vez al mes bajo una tregua.
Aquí fingimos ser civilizados. Aquí, entre candelabros de cristal y camareros mudos por contrato, estrechamos manos manchadas de sangre y les sonreímos a hombres que mañana intentaremos ejecutar.
Normalmente soy el último en aparecer. Entro cuando todos ya están sentados, dejando claro que mi tiempo vale más que el suyo. Soy el primero en irme, sin despedidas. Odio estas reuniones. Odio la hipocresía del protocolo, la danza circular de favores y las amenazas con modales de etiqueta.
Pero hoy estoy aquí, de pie junto a la ventana arqueada que da a las calles empedradas del Viejo Montreal. Miro la entrada principal y noto que el corazón me va más rápido de lo normal.
Miro el reloj por tercera vez en dos minutos. El segundero avanza despacio.
«8:45 p. m.»
Ella debería estar cruzando el umbral en cualquier momento.
Me paso una mano por la cara, frustrado conmigo mismo. ¿Qué demonios estoy haciendo? Soy Nathaniel Cloutier. Controlo las principales rutas de transporte de la Costa Este. Tengo políticos en mi nómina y jueces que me deben su carrera. Yo no espero a nadie.
Y, sin embargo, aquí estoy. Esperando a la mujer que ordenó incendiar mi Mustang. Veinte minutos antes de la hora, como un crío en su primera cita, con la vista clavada en una puerta por la que ella todavía no ha aparecido. Si Ilya me viera la cara ahora mismo, no diría nada. No haría falta.
La imagen se me reproduce en la cabeza con una nitidez insoportable. Hace dos días, cuando Adrian me confirmó que Lili había entrado al garaje de Quebec, abrí la transmisión en vivo en mi ordenador. La cámara diminuta que Ilya ocultó entre las vigas del techo seguía operativa.
Esperaba ver rabia. Esperaba verla gritar, golpear las paredes o perder esa compostura de hielo que siempre mantiene en las reuniones. Quería verla romperse, aunque fuera un poco. Necesitaba saber si tenía ese poder sobre ella.
En su lugar, encontré quietud.
La vi acariciando el asiento de cuero de su Ducati con una ternura que me revolvió el estómago. Vi sus dedos delinear el depósito. La vi dudar. Hubo un segundo, un instante suspendido en el vacío, en el que pensé que cortaría el cable. Pensé que elegiría salvar el último recuerdo de su padre.
Pero no lo hizo.
Cuando las llamas consumieron la máquina e iluminaron el garaje con un resplandor infernal, no vi a la jefa de los Blackwood calculando las pérdidas materiales.
Vi a una hija que perdía a Silas por segunda vez.
Vi cómo se abrazaba a sí misma, un gesto mínimo, casi imperceptible a través de la lente.
Y por primera vez en mi vida, experimenté algo que no pude registrar como un daño colateral ordinario.
Un sabor amargo, metálico, en el fondo de la garganta.
Una presión física que me dificultaba la respiración.
Llevo dos días viendo ese video en bucle en mi despacho.
Necesito verla hoy, ahora, en persona. Necesito asegurarme de que no la he roto de un modo que no tenga arreglo.
—Estás tenso —dice una voz a mis espaldas.
Me giro despacio, y recompongo la coraza antes de dar la cara.
Donato Grimaldi ocupa el espacio junto a la mesa de bebidas.
Es un viejo capo calabrés que ha sobrevivido a tres guerras de familias a base de mantener la neutralidad y sonreírle a todo el mundo.
Me mira ahora con unos dientes demasiado blancos, carillas de porcelana que brillan bajo la luz tenue.
—Estoy impaciente —corrijo con voz plana. Me aliso la solapa de la americana. Es un Armani hecho a medida, negro sobre negro, sin corbata. Mi armadura habitual.
—He oído rumores —afirma Donato, y se sirve un whisky con parsimonia—. Dicen que hay fricciones en el norte. Camiones que se desarman solos. Motos que explotan en sótanos privados. Parece que el clima está cálido para esta época del año.
Me observa por encima del borde del vaso, con un brillo astuto en los ojos.
—Una simple reestructuración de activos —contesto con frialdad, y tomo el vaso que me ofrece—. Limpieza de primavera adelantada.
—Por supuesto. Reestructuración —Donato suelta una risa seca—. Por cierto, cambié la disposición de los asientos para la cena. Pensé que querrían discutir sus asuntos en privado. Te puse al lado de la señorita Blackwood.
Noto el tirón en la nuca.
—¿Al lado?
—Hombro con hombro —me guiña un ojo—. Pensé que les gustaría estar cerca para negociar.
Hijo de puta. Lo ha hecho a propósito. Sabe que la tensión se siente en la sala y quiere el espectáculo en primera fila. Quiere verificar si nos matamos antes del postre.
—Muy considerado de tu parte, Donato.
—De nada, Nathaniel. De nada.
Antes de que pueda añadir otra palabra, las puertas dobles de roble se abren. El murmullo bajo del comedor —donde ya se han congregado los líderes de las otras organizaciones— se detiene en seco.
Y la veo. El aire me abandona los pulmones.
Lili Blackwood entra en el salón como si fuera la dueña del hotel, de la ciudad y de cada respiración que nos queda.
Lleva un vestido negro, un arma de precisión.
La tela se le ciñe a la piel, delineando esas curvas que se me han quedado grabadas.
El escote es una provocación profunda, elegante, y la abertura de la falda sube lo suficiente como para tentar a un monje.
El cabello le cae sobre los hombros desnudos.
Lleva los labios pintados de un rojo sangre intenso, un contraste violento con la palidez de su piel.
Es el peligro y la seducción en un solo cuerpo. Pero a mí ya no me engaña su armadura visual. Veo más allá.
Noto la tensión en la línea de su cuello, cómo los tendones se le marcan bajo la piel.
Veo cómo sus dedos aprietan el bolso de mano con demasiada fuerza, como si dentro llevara algo a punto de caérsele.
Veo la sombra del cansancio bajo sus ojos, oculta por capas de maquillaje que intenta disimular el desgaste.
Está exhausta. Está furiosa.
Nuestras miradas chocan a través de la distancia. Se detiene un microsegundo. Su expresión apenas se abre: una fractura milimétrica en su coraza, que se recompone al instante. Levanto la barbilla, la desafío con un fuego lento.
«Aquí estoy», me dice sin palabras. «Intenta romperme ahora».
Dios, es magnífica.
Camina hacia la mesa central. Los otros hombres —asesinos, traficantes de heroína, extorsionadores de los muelles— se apartan a su paso, abriéndole el camino con una reverencia que mezcla el miedo y el respeto. Lili los ignora. No existen. Se dirige directamente a su silla. Al lado de la mía.
Me muevo hacia la mesa y nos sentamos al mismo tiempo.
El espacio es ridículo. Grimaldi no bromeaba con lo de hombro con hombro.
Nuestras sillas están tan pegadas que, si respiro hondo, mi brazo rozará la seda de su vestido.
Puedo oler su perfume. Es esa fragancia floral y oscura que me persigue desde la subasta: notas profundas de lirios y, debajo, ese aroma metálico, limpio y frío que siempre parece acompañarla.
—Cloutier —saluda, sin mirarme. Su tono de voz es indiferente.
—Blackwood —respondo, y mi tono de voz es más ronco de lo que pretendo.
La cena comienza oficialmente. Donato ocupa la cabecera y golpea suavemente su copa con un cuchillo de plata. Empieza a hablar sobre las rutas del sur comprometidas, la necesidad de aumentar los sobornos a la policía portuaria y las delimitaciones territoriales del muelle.
Palabras. Ruido de fondo.
Mi mundo entero se ha encogido. El universo ya no es infinito; ahora mide con exactitud los cinco centímetros de aire cargado que separan mi brazo del suyo.
Ignoro la sopa que sirven. Ignoro el vino.
Soy hiperconsciente de su presencia. Puedo sentir el calor que irradia su piel a través de la seda de su vestido y de la lana de mi traje.
Escucho el ritmo acelerado de su respiración, que contradice su aparente quietud.
Veo, por el rabillo del ojo, el pulso que le late furioso en la base de la garganta.
Tengo un impulso salvaje de tocarla. De poner mi mano sobre la suya, que descansa tensa sobre el mantel blanco. De entrelazar mis dedos con los suyos y decirle al oído que me arrepiento. Que verla sufrir no me dio el dividendo que buscaba.
Pero no puedo moverme. No aquí, con veinte pares de ojos escaneando cada parpadeo, esperando ver sangre en el agua o una debilidad en la relación.
Noto que Chen, el líder de la Tríada, nos observa de reojo.
Volkov susurra algo a su lugarteniente mientras nos estudia a la distancia.
Todos detectan la corriente eléctrica que circula entre las dos sillas.
—... y por eso la situación en los muelles de carga es crítica —está diciendo Chen, golpeando la mesa con los nudillos—. Mis envíos se retrasan. Hay demasiadas interferencias.
—Interferencias —repite Donato, con la vista puesta en nosotros—. Quizás nuestros amigos de las provincias sepan algo sobre esas interferencias.
Lili no se inmuta. Sigue cortando la carne con naturalidad.
—¿Cómo está tu movilidad en Quebec? —le pregunto en voz baja, aprovechando que Chen empieza a gritar por sus pérdidas financieras.
Lili se detiene. El cuchillo queda suspendido sobre el plato.
—Mejor que tu colección de coches clásicos —responde ella. Su susurro lleva suficiente veneno como para liquidar a un hombre.
Sonrío. No puedo evitarlo; la comisura de la boca se me eleva por la pura adrenalina del ataque. Es rápida. Es letal. Incluso herida, muerde con fuerza.
—Touché.