7 Lili #2
El dolor me atraviesa primero. Crudo. Real. Durante un segundo quiero cancelar todo, salvar la moto y mantenerme lejos de Nathaniel Cloutier. Olvidar las rutas, olvidar el puerto, volver a ser la niña que conducía sin mirar atrás.
Pero entonces recuerdo la nota.
Puso una bomba bajo mi asiento y me dejó un trozo de papel para ver si tengo los cojones de apretar yo misma el gatillo. Quiere ver si soy capaz de quemar lo que amo con tal de seguir este juego.
Es un desafío. Un cortejo perverso.
—Vete —le ordeno a Lucien.
—Te estás volviendo loca —me responde, sin moverse—. No tienes que pasar por esto. Él gana si la destruyes.
—No —afirmo, y una sonrisa amarga me curva los labios—. Él gana si me da miedo hacerlo. Ahora vete, Lucien.
Mi mano derecha me sostiene la mirada un segundo más, mide el daño en el silencio del cobertizo. Decide no discutir. Da la vuelta y abandona el garaje a paso rápido.
Me quedo sola con mi moto y la bomba.
Me acerco una última vez. Paso la mano por el cuero frío del asiento.
—Lo siento, papá —susurro. La garganta se me cierra.
Las lágrimas me escuecen detrás de los ojos, pero no las dejo caer; no voy a darle el gusto—.
Lo siento mucho. Pero tengo que hacerlo.
Tengo que enseñarle a ese maldito que no puede arrinconarme.
Que estoy dispuesta a quemarlo todo antes de que gane. Incluso a mí misma.
Recuerdo el día en que me la dio. Yo tenía veintitrés años y acababa de terminar mi carrera en Finanzas.
Él ya estaba enfermo; los médicos le daban seis meses de vida, aunque el cáncer se lo llevó mucho antes de lo previsto.
Pero ese día, cuando me llevó al garaje y me mostró la Ducati, sus ojos recuperaron la fuerza de antaño.
Era su forma de decirme que me amaba. Que entendía el sacrificio que estaba a punto de exigirme. Sabía que heredar su imperio significaba renunciar a cualquier rastro de una vida normal.
Y ahora voy a prenderle fuego. Por un hombre al que apenas conozco. Por una obsesión que no alcanzo a explicar.
Papá, perdóname.
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Salgo del garaje. Lucien me espera en el pasillo blindado, le doy el detonador remoto que Cloutier dejó al lado de la bomba.
Nos separa del garaje una pantalla de cristal reforzado. Observo a través del vidrio. Mi Ducati parece una obra de arte solitaria en medio del hormigón gris. No se escucha nada a este lado del panel.
«Tu elección».
Lleno los pulmones de aire. El corazón me late tan fuerte que lo siento en la garganta.
—¿Lista? —pregunta Lucien, con el dedo en el botón.
No. Nunca estaré lista. Pero tengo una necesidad enfermiza de responderle. Deseo con violencia obligarlo a sentir este mismo impacto.
—Hazlo.
Lucien presiona el botón.
No hay sonido en el primer instante. Solo un destello de luz blanca que me quema los ojos. Luego, el estruendo. Grave. Profundo. La vibración sacude el suelo, me recorre los huesos. El cristal blindado tiembla bajo la presión.
El fuego llena el garaje. Naranja, rojo, negro. La moto salta partida en dos. El tanque de gasolina estalla y devora el cuero, el metal y cada uno de mis recuerdos en una sola bola de fuego.
El calor atraviesa el cristal blindado y me llega a la cara, seco, real. Trozos de cromo caen al suelo del garaje como monedas. Lo que mi padre tardó una vida en enseñarme a proteger desaparece en menos de diez segundos, y soy yo quien ha dado la orden.
Miro arder la moto. Me duele. Me causa un vacío físico en el centro del pecho que me corta la respiración.
Nathaniel organizó todo esto para mí. Y odio lo mucho que eso me afecta.
—¿Lili? —Lucien me toca el brazo. Me sobresalto; noto la piel ardiendo—. ¿Estás bien?
Me vuelvo hacia Lucien. Mi reflejo se superpone a las llamas en el cristal blindado. Tengo la mirada brillante, febril. Las mejillas encendidas. La expresión en mi rostro no es la de alguien que acaba de sufrir un atentado.
—Estoy perfecta.
Es la primera verdad que digo en siete días.
—¿Y ahora? —pregunta Lucien—. ¿Cómo respondemos?
Sonrío, y noto cómo la tensión del insomnio desaparece.
Nathaniel Cloutier pretendía meterse en mi cabeza. Lo ha conseguido. Ha arrasado mi pasado y borrado mis límites. Por fin puedo responderle.
Pienso en el material explosivo que le compramos a Velkan Rusu.
—¿Lili?
Me aparto de la ventana. El fuego ruge a mi espalda, pero el dolor que inunda mi pecho es más volátil que cualquier explosivo y Cloutier lo presenciará de primera mano.
—Prepara los explosivos —ordeno. Mi voz está carente de calidez—. Es hora de devolverle el favor.
—¿Vamos a por sus almacenes?
—Algo grande —respondo—. Una demostración de poder que le grite que no tengo miedo y golpee directamente su ego.
Me detengo un segundo, con la mirada perdida en la penumbra del pasillo.
—Y voy a estar en Montreal cuando ocurra —añado—. Quiero ver cómo se rompe su control.
Empiezo a subir las escaleras.
«Ven a buscarme, depredador. Ahora yo también tengo dientes».
—¿Qué sientes realmente, Lili? —me pregunta Lucien desde la base de los escalones, y rompe la quietud antes de que llegue al piso superior.
Me detengo en seco. Aprieto los dedos alrededor de la barandilla. Cierro los ojos y permito que la sensación me recorra el cuerpo. Una tensión oscura me aprieta el vientre, densa y prohibida. Un latido eléctrico me recuerda que sigo despierta, viva.
Es imposible admitirlo en voz alta. No puedo confesarle a mi mano derecha que, junto al dolor de perder a mi padre, experimento una excitación física que me quema las entrañas.
La forma en que Nathaniel juega, dándome incluso una opción en su venganza, no se siente como un ataque de la mafia.
Se siente como un cortejo oscuro. Como si hubiera querido tocar algo más que mi orgullo.
—Nada —miento, mirando hacia la nada.
Pero por primera vez en dos años, lo estoy sintiendo todo. Y eso me aterra más que cualquier ataque que Cloutier tenga contra mí.