7 Lili
cSE
SIETE
Lili
El silencio es peor que cualquier represalia.
Ha pasado exactamente una semana desde que mi mensaje —el incendio del Mustang de Nathaniel Cloutier— quedó sin respuesta.
Siete días de revisar el teléfono cada cinco minutos, de esperar la notificación de un almacén en llamas, de un envío secuestrado, de una amenaza de muerte o de una bala directa a mi cabeza.
Nathaniel Cloutier, el hombre que maneja toda la mierda de Montreal, el capo que no perdona una afrenta me ha regalado siete días de calma absoluta.
Y lo odio por eso. Lo odio porque sé que no es una tregua; es un castigo.
Él sabe que la espera desgasta más que un ataque frontal.
Sabe que mi propia cabeza va a trabajar en mi contra si no tengo un objetivo al que apuntar.
Durante los dos primeros días tras quemar su coche, mantuve a mis hombres en alerta máxima. Esperaba que me atacara con todo lo que tenía; me preparé para la violencia salvaje a la que todos temen en esta provincia.
Pero llegó el tercer día. El cuarto. El quinto. Y nada.
Mis hombres empezaron a relajarse. «Tal vez está calculando las pérdidas antes de moverse», decía Cole.
«O espera a que baje la marea de la policía fronteriza», sugería Derek.
Pero yo sé cómo piensa Cloutier. Nathaniel no esperaba la oportunidad perfecta.
Me dejaba cocinarme en mi propia incertidumbre, permitiendo que mi imaginación hiciera el trabajo sucio por él.
Y le funcionó.
Cualquier crujido en la madera me despierta durante la noche.
Las sombras contra el ventanal me ponen los pelos de punta.
Los mensajes de números desconocidos me aceleran el corazón en un segundo.
El estómago se me cerró por completo y ya no sé cuándo fue la última vez que dormí tres horas seguidas.
Me quedo quieta en mitad del despacho, escuchando el zumbido del aire acondicionado. Nada se mueve afuera.
Lucien me encontró anoche aquí a las tres de la madrugada, con los planos de Montreal desplegados sobre la mesa.
Intentaba adivinar por dónde vendría la respuesta.
No me dijo nada. Dejó una taza de té caliente y se retiró en silencio, pero le vi la preocupación en el rostro.
Es la misma mirada que encuentro cuando me obligo a mirarme en el espejo del baño: una línea rígida en la mandíbula, ojeras profundas que el maquillaje ya no tapa y un brillo en los ojos que empieza a parecerse a la locura.
El café es lo único que tolera mi cuerpo, y hasta eso me sabe amargo, metálico, como si masticara pólvora. Tengo los músculos tensos por el cansancio, pero la mente se niega a parar. Da vueltas obsesivas en torno a un solo nombre. De la imagen de su rostro al descubrir las cenizas en su garaje.
¿Sonrió con esa arrogancia suya? ¿Se le oscureció la mirada? ¿Pronunció mi nombre? La falta de información es su verdadera venganza. Me ha dejado a oscuras.
Bajo las escaleras hacia mi garaje privado a las siete de la mañana. Mis pasos retumban contra el hormigón frío del sótano. Sigo sin pegar el ojo. Las sábanas de seda se me hacían sofocantes arriba; la cama es un lugar del que necesito huir si no quiero terminar perdiendo los nervios.
Abro la puerta blindada con el escáner de mi huella dactilar.
El sistema emite un pitido sordo y los fluorescentes del techo se encienden uno a uno, iluminando el espacio.
El aire aquí abajo huele a aceite de motor, a cera de pulir y a caucho.
Es un lugar limpio, sin coches blindados ni furgonetas de los muchachos.
En el centro, sobre su plataforma de madera, está ella. Mi Ducati 916.
Me acerco despacio, respirando hondo para encontrar algo de tierra. Mis dedos, helados por la temperatura del sótano, rozan el depósito de fibra de carbono.
—Buenos días —murmuro.
Mi voz sale ronca, gastada por el insomnio. Hablarle a un bloque de hierro es una costumbre estúpida, pero esto no es solo una máquina. Es un pedazo de memoria real.
«Para que siempre recuerdes que eres libre, Lili. No dejes que este mundo te corte las alas».
La voz de mi padre regresa a mi mente con una nitidez que me eriza la piel.
Recuerdo el día en que me entregó las llaves, hace dos años.
Sus ojos verdes, idénticos a los míos, conservaban toda su fuerza a pesar de la enfermedad.
Fue la última vez que lo vi sonreír de verdad, antes de que el dolor borrara al hombre fuerte que levantó Quebec.
Esta moto no es solo un medio de transporte. Es mi herencia. El último fragmento de la niña que existía antes de tener que liderar una organización criminal. El único rincón del mundo donde puedo ser simplemente Lili.
Paso la pierna sobre el asiento y me acomodo.
El cuero cruje bajo mi peso. Me inclino hacia delante, agarro los manillares con fuerza y, por un segundo, el caos que me corre por las venas se detiene.
Cierro los ojos. Inhalo el olor a gasolina.
Imagino la velocidad en la carretera y el viento en la cara.
Un lugar donde Nathaniel Cloutier quede completamente en el olvido.
Aquí arriba solía sentirme invencible. Sentía que podía escapar de mi apellido, de las ejecuciones, de la soledad que viene con el poder. Mi padre lo sabía; por eso la trajo para mí. Entendía que necesitaría un refugio cuando él estuviera bajo tierra.
«Cuando el peso del imperio te resulte insoportable», me dijo aquella tarde, «cuando sientas que el aire no es suficiente, súbete a esta moto y conduce. No pienses a dónde. Solo conduce hasta que recuerdes quién eres».
He seguido su consejo en cada crisis. Cuando las decisiones de la junta se vuelven demasiado oscuras o cuando un problema me quita el sueño, bajo aquí.
—Jefa.
La voz de Lucien me sobresalta.
Abro los ojos de pronto y mi mano derecha baja por instinto hacia la cintura, buscando la pistola. Lucien está en el umbral con dos tazas de café humeante, pero su postura no es la de siempre. Mantiene los hombros rígidos, alerta.
—Sigues sin dormir —afirma, y acorta la distancia.
—Tengo los papeles de las rutas —miento, me bajo de la moto, pero mantengo la mano apoyada sobre el asiento—. ¿Hay novedades en los muelles? ¿Se ha movido la gente de Montreal?
—Todo tranquilo. Demasiado limpio —me ofrece una de las tazas, pero no estiro la mano. Se detiene a dos pasos—. ¿Sigues esperando la respuesta de Cloutier?
—Ha pasado una semana —mi tono suena más tenso de lo que pretendo admitir ante mi mano derecha.
—Eso mismo. Siete días. Te está haciendo esperar a propósito para que te desgastes sola.
—Lo sé.
—¿Y te afecta?
No respondo porque la verdad es más peligrosa que el silencio. Me enfurece, sí. Pero también me mantiene en un estado de alerta constante que se parece demasiado a la anticipación. Y odio admitir eso.
Lucien me estudia un momento más, deja las tazas en el suelo de hormigón y se acerca a la Ducati. Sus fosas nasales se ensanchan de pronto.
—Huele raro —dice en un susurro.
—Es gasolina —respondo con impaciencia—, estamos en un garaje, Lucien.
—No. Hay algo más en el aire.
Se agacha rápido, saca su teléfono y enciende la linterna bajo el chasis de la moto. Veo el segundo en el que se tensa todo su cuerpo.
—Lili —su voz cambia por completo; arrastra una urgencia que me hiela la sangre—. Aléjate de la moto. ¡Ahora!
—¿Qué pasa?
—¡Atrás!
Su grito rebota contra las paredes de hormigón. Retrocedo tres pasos por puro reflejo. El corazón me da un vuelco violento en el pecho.
—¿Qué pasa?
Lucien no se mueve. Desliza la mano con lentitud hacia la parte inferior del asiento.
—C-4 —la palabra cae en el sótano con el peso del plomo—. Un paquete pequeño. Suficiente para desintegrar la moto y a quien esté encima, pero calculado para no derribar todo el lugar.
La sangre se me hiela. He estado sentada ahí mismo. He tenido la mano a punto de girar la llave de contacto.
Nathaniel había entrado en mi santuario sin que nadie lo detectara.
Lo sé con una certeza que no necesita pruebas.
Había caminado por aquí mientras yo dormía arriba, indefensa, y había tocado la única pieza que me queda de mi padre.
Mis guardias no lo vieron. Mis sistemas no lo captaron. No hay un solo lugar seguro.
—No toques nada —ordeno. La voz me tiembla por la adrenalina.
—Hay algo más —Lucien saca con cuidado un trozo de papel doblado que estaba pegado al explosivo—. Una nota.
Se levanta y me la entrega.
Papel grueso. Color crema. El mismo tipo refinado que usaría para una invitación. Una cortesía antes de la ruina.
Lo abro. Tinta negra, caligrafía perfecta, sin un solo borrón.
«Puedes desactivarlo. O puedes ver qué pasa. Tu elección. –N»
Leo las palabras tres veces. Cada sílaba me pesa en el pecho. La respiración se me corta y es casi imposible inhalar una bocanada de aire. Esto no era un atentado normal. Ha dejado la bomba visible a propósito.
Me está obligando a elegir. El bastardo me conoce demasiado bien.
Cloutier podría haber entrado aquí con su ejército, sacarme de mi propia cama y ejecutarme en el sótano. Le bastaba una orden desde su oficina de Montreal para volar la torre entera. En su lugar, ha puesto una bomba en lo único que amo y me obliga a decidir su destino.
Si le digo a Lucien que la desactive, admito que tengo miedo. Acepto que él gana, que hay líneas que no voy a cruzar y que mi dolor familiar es una debilidad que puede explotar cuando quiera.
—Puedo desactivarlo —ofrece Lucien como si supiera el camino de mis pensamientos—. El cableado es simple. Quería que lo encontráramos a la primera.
—No.
La palabra me sale de la boca antes de pensarlo. Instintiva.
—¿Cómo dices?
—He dicho que no —una calma absoluta me inunda—. Déjalo como está.
—Lili... es la Ducati. La moto que te regaló tu padre...
—Sé perfectamente lo que es, Lucien.
La voz se me quiebra. El pecho me duele. Papá me la dio. Era lo nuestro. Perderla es enterrarlo por segunda vez. Borrar la última huella de su amor, de esos momentos robados en los que éramos solo un padre y una hija, no un líder y su heredera.