6 Nathaniel #2
—Diablos —susurra Velkan, mirando a Ilya—. Dime que estás grabando todo esto, porque quiero pruebas cuando este hombre termine de perder la cabeza por completo.
Ilya suelta una risa.
—Lo tengo todo guardado en la memoria, tranquilo.
Velkan se recuesta contra la mesa, pensativo.
—¿Blackwood has dicho? —su postura se vuelve rígida en un segundo. Su mirada brilla con diversión—. Nathaniel, me temo que tu Lili acaba de comprarme un lote de explosivos.
Ilya se tensa a mi lado. Cualquier otro tipo habría iniciado la evacuación y movilizado a los equipos de contención. Yo, en cambio, noto cómo mi sonrisa se ensancha.
—Solo espero que tenga los cojones de traerlos hasta mi puerta —digo, y la anticipación me enciende las sienes—. Quiero ver hasta dónde está dispuesta a llegar.
La habitación se queda en un silencio espeso, cargado de electricidad. Velkan me sostiene la mirada y sopesa si he perdido el juicio.
—Dios santo —murmura y se pasa la mano por la cara—. Cruzo el océano pensando que estabas bajo asedio o herido, y resulta que estás metido en un juego previo con una mujer.
—Es alta estrategia —corrijo con una sonrisa de lado.
—Te voy a matar, hermano —dice entre dientes, aunque se ríe—. Tu silencio me obligó a dejar a Nadia y a mi hijo en Bucarest para venir a ver si seguías vivo. Y te encuentro aquí, sonriendo de esa manera.
Ilya carraspea de inmediato.
—¿Mujer? ¿Has dicho mujer, Velkan?
Ladeo el cuello, interesado por primera vez en la conversación.
—¿Tú? No creía que existiera una mujer en Europa capaz de aguantarte.
La frialdad regresa a sus ojos, pero observo con fascinación cómo saca pecho con un orgullo que no le conocía.
—Créeme, no es una mujer cualquiera.
Suelto una carcajada. La situación en este comedor roza lo absurdo.
Me muevo hacia el gran ventanal. Pero hay una reina en Quebec que se niega a ceder. Y esa resistencia la vuelve jodidamente irresistible.
—Necesitarás algo más silencioso si pretendes devolverle el golpe una vez que utilice los explosivos contigo —dice Velkan, de vuelta al trabajo—.
Supongo que por eso no me impediste la entrada.
Tengo unos detonadores remotos que te van a encantar.
Funcionan mediante una señal satélite encriptada, imposible de bloquear desde tierra.
—Prepara el equipo —le ordeno a Ilya—. Quiero la posición exacta de esa Ducati antes de que termine la tarde. Planos actualizados de sus talleres, líneas de entrada y rutas de escape. Quiero un plan limpio.
—Ya tenemos una posible entrada —responde Ilya—.
La empresa que instaló el sistema de ventilación conserva una credencial de mantenimiento vinculada a los servidores antiguos de la torre.
Uno de nuestros especialistas puede clonarla y abrirnos un intervalo de cuatro minutos antes de que el sistema detecte la duplicación.
—¿Cámaras?
—Podemos repetir la señal del pasillo de servicio, pero solo una vez. Después corregirán la vulnerabilidad.
Cuatro minutos. Suficientes para entrar, llegar hasta el garaje y dejarle un mensaje que ninguna alarma podrá evitar.
—Prepara la credencial —ordeno—. Al interior entro yo. Nadie toca esa moto salvo yo.
Ilya asiente y se larga sin pedir más explicaciones. Cree que lleva la delantera. Cree que va ganando.
Velkan me observa mientras la puerta se cierra. Conoce esa quietud mía. La ha visto antes de cada movimiento que me ha costado sangre.
—No lo estás haciendo para recuperar terreno —dice. No es una pregunta.
—No.
—Entonces reza para saber pararlo cuando llegue el momento.
Regreso a la mesa de caoba y saco la carpeta de cuero que he reservado para este momento. La lanzo sobre la madera pulida; el documento se desliza hasta detenerse frente a Velkan. El rumano la abre y arquea las cejas ante la fotografía de la primera página.
—¿Una Ducati 916? —mira los datos—. Modelo del 94. Edición especial. Esta moto es una pieza de museo.
—No es solo una moto de colección —me apoyo contra el escritorio—.
Silas Blackwood se la regaló cuando cumplió veintitrés años, dos meses antes de morir de cáncer.
Mis hombres en Quebec confirman que es lo único de lo que cuida con un celo enfermizo.
La esconde en un sótano privado, con más seguridad que la casa de la propia reina de Inglaterra.
Es su libertad. Su escape. Su conexión con el único hombre que la enseñó a mandar.
—Es algo personal —señala Velkan, y cierra el expediente—. Tan personal como el incendio de tu Mustang. Igual de irreemplazable. Le vas a tocar los recuerdos.
—Justo —sonrío—. Ojo por ojo. Ella destruyó lo que yo protegía; yo voy a derretir lo que ella ama. Veremos quién se doblega primero ante el otro.
—Si reduces esa moto a cenizas, Nathaniel, esto deja de ser un estúpido juego —advierte Velkan, y su tono pierde la ironía—. Vas a golpearla donde más le duele y te saldrá caro.
—Ella me golpeó primero —digo, y me sale con demasiada prisa.
El silencio que se instala en el comedor es denso, pesado. Velkan me dirige esa mirada de confirmación que detesto. Esa expresión que dice que ya soy un hombre perdido.
—Bien —exhala un suspiro largo—. Hagámoslo. Pero no vengas pidiendo ayuda cuando esto te estalle en la cara de un modo que no puedas controlar. Las mujeres como ella no perdonan. No olvidan. Y no se rinden.
—No busco su rendición —digo, casi sin voz—. Busco que me ataque. Necesito que use todo lo que tiene. Cada paso que da la acerca un metro más a mí.
Miro de nuevo la oscura madrugada que cubre la ciudad.
—Le voy a demostrar a mi presa que, por muy rápido que corra, el depredador siempre la alcanza —susurro contra el cristal frío.
Es cuestión de paciencia. Esto va a terminar con ella en mi cama o en un ataúd. Quizá en ambos, y en ese orden.