Tentando a un depredador (Priesthood 4) 6 Nathaniel
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6 Nathaniel

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SEIS

Nathaniel

El olor a goma quemada y a gasolina de alto octanaje me raspa la garganta en cuanto bajo del coche. No es el rastro habitual de un accidente de tráfico. Huele a ejecución.

Son las seis de la mañana. El cielo de Montreal es una losa gris, pero el aire dentro de mi garaje privado —ese cobertizo que mis hombres juraban que era un secreto absoluto— todavía quema.

Ilya camina un paso por detrás. Sus botas apenas resuenan en el suelo, pero noto su tensión. Espera a que reviente. Da por hecho que voy a sacar la pistola y a volarle la cabeza al centinela que vigilaba el perímetro. Se prepara para mi propia carnicería.

Pero lo que siento no es rabia. Es un frío limpio que me recorre el cuerpo.

Avanzo hacia el centro del hangar. Allí, donde debería estar mi Ford Mustang Fastback del 67 —negro, impecable, restaurado con mis propias manos durante cinco años de insomnio y pura obsesión—, ahora solo queda un armazón de metal retorcido.

Humeante. Ceniza y chatarra.

Me detengo a un metro de los restos. El calor todavía me raspa la cara.

El bloque del motor está fundido, convertido en una masa de acero derretido que gotea al suelo.

El cuero italiano que importé de Milán es solo hollín.

El volante de madera noble que tallé y pulí yo mismo durante semanas ha desaparecido por completo, devorado por el fuego.

—Utilizaron un compuesto incendiario —dice Ilya en voz baja, con la vista en la pantalla de su tableta—. Termita modificada. La colocaron sobre el bloque del motor y el tanque de combustible. Una ignición retardada para fundir el acero sin provocar una explosión que alertara a las patrullas.

—Lo hicieron en silencio —observo. Mi voz suena extraña, plana. Demasiado calmada.

—No saltó ni una alarma —confirma Ilya, y me busca la mirada—. Sabían por dónde entrar. Iniciaron la reacción y se largaron sin dejar rastro. Dejó que el coche se consumiera durante horas.

Camino alrededor del desastre despacio. Las suelas de mis zapatos crujen sobre los pedazos de carbón y pintura derretida.

Lili Blackwood.

Su nombre se me clava entre ceja y ceja.

No envió a un matón cualquiera de los muelles.

No contrató a un mercenario barato de la frontera.

Esto lleva su firma. Lo noto en la perfección del ataque, en la salvajada tan elegante que ha montado.

Encontró mi refugio y lo ha convertido en una pira funeraria.

La ley de la calle me obliga a matarla. Debería estar llamando a mis escuadrones para que reduzcan a cenizas sus locales en Quebec o para que la borren del mapa antes de que caiga la noche.

Sin embargo, mientras miro el desastre que ha diseñado exclusivamente para mí, noto una presión pesada en el pecho que nada tiene que ver con el odio.

Es admiración pura.

Una descarga física que me acelera el corazón.

Hacía años que nada me sacaba de la rutina con tanta fuerza.

Me agacho junto al bloque fundido y toco el acero todavía tibio.

Ella estuvo aquí. Midió cada carga, calculó los tiempos, eligió el punto exacto donde el metal duele más.

Trabajó mi refugio con el mismo cuidado con el que yo lo levanté.

No hay una sola prisa en todo el destrozo. Solo intención.

—¿Nathaniel?

Ignoro a Ilya. Fijo la mirada en la pared de hormigón que queda detrás del esqueleto del vehículo. Allí, donde antes colgaban mis herramientas, ordenadas por tamaño con una disciplina enfermiza, ahora destaca un mensaje.

Pintura en espray rojo sangre. Trazos agresivos pero firmes. Incluso para destrozarme la vida, esa mujer tiene una caligrafía perfecta.

«2–1. ¿Duele, depredador? –L»

Depredador.

Una risa baja se me escapa de la garganta. Nace en el pecho y rompe el denso silencio del garaje. Un sonido áspero, oxidado.

—¿Te estás riendo? —pregunta Ilya, con el tono alterado—. Acaba de hacer pedazos tu coche favorito, Nathaniel. Lo único material que te importaba en este mundo.

—Lo sé —digo, y la risa se apaga poco a poco—. Ha sido una jugada perfecta. No intentó tocar mis rutas ni mi dinero. Fue directo al hombre que está detrás de todo esto.

—Es una declaración de guerra, hermano —Ilya apoya la palma sobre la culata de su Glock—. Una provocación que no podemos tragar.

—No, Ilya —lo encaro, con cada músculo tenso—. Es una invitación. Ella empezó cuando me vació el muelle. Yo respondí desarmando sus camiones. Ella subió la apuesta destruyendo mi Mustang. Me está retando a mover ficha.

Me acerco a la pared. Rozo la pintura roja con la yema del dedo. Todavía está fresca, pegajosa. Se me pega a la piel como si fuera sangre de verdad.

—¿Cuáles son las órdenes? —Ilya espera mi señal para mover a la gente—. ¿Enviamos a los muchachos a sus clubes de Quebec? ¿Le reventamos el próximo cargamento del río?

—No. Ninguno de nuestros hombres se va a acercar a ella. No le van a tocar ni un solo pelo —ordeno.

—¿Hablas en serio? —Ilya da un paso atrás, sin creérselo.

—¿Tengo cara de estar jugando? —limpio el rastro rojo de mis dedos con un pañuelo blanco—. Retiren esta chatarra. Envíen los restos del Mustang a un depósito privado donde nadie pueda meter las narices. Borren todo rastro de lo que ha pasado aquí. Y luego... esperen.

—¿Esperar? —Ilya frunce el ceño.

—Va a pasar las próximas horas mirando el teléfono cada cinco minutos.

Llegará la noche y seguirá despierta en su despacho de Quebec, a la espera de mi respuesta.

Imaginará qué demonios voy a hacerle. Amanecerá sin una sola noticia de Montreal.

Dudará de su propia gente. Su cabeza va a empezar a crear escenarios cada vez más oscuros, y la paranoia se la va a comer por dentro.

Ilya asiente despacio; comprende el castigo.

—Espera que la ataquemos ya. Levantó todas sus defensas en cuanto cruzó la frontera.

—Eso es —sonrío—. Dejaré que su propia mente sea su peor enemiga. La voy a dejar cocinarse en su propia incertidumbre. El miedo a lo que no ves siempre duele más que un disparo de frente. Va a descubrir que tengo toda la paciencia del mundo.

Me giro hacia las cenizas del motor y bajo la voz hasta dejarla en un susurro:

—Y cuando me cobre mi turno, ella va a saber lo que es perder lo que más ama. Algo que no se puede reemplazar. Algo que le duela en el alma.

——————✧◦♔◦✧——————

Una semana después

El silencio en el comedor es un arma a la que me he acostumbrado durante siete días enteros, pero la presencia de Velkan Rusu rompe la calma.

—Así que al fin llegas —digo, con los papeles todavía delante.

—Alguien tenía que cruzar el océano para recordarte que respondas al teléfono —contesta Velkan, mientras suelta su abrigo de lana sobre el respaldo de una silla de cuero.

Velkan Rusu. Mi hermano. Un rumano con las manos manchadas de pólvora y una lista de enemigos en los Balcanes que crece cada mes.

Un tipo capaz de demoler este edificio con una sola llamada, pero que prefiere usar su talento en cosas más rentables.

Su aparición en Montreal solo significa una cosa: mi silencio de una semana ha asustado lo suficiente a Velkan.

—He estado ocupado —me encojo de hombros—. Tú tienes a los serbios y yo tengo a los Blackwood.

La forma en que pronuncio ese apellido obliga a Velkan a estudiarme con esa atención insoportable que siempre tiene. Levanto la cabeza. El dueño de Montreal, el tipo que jamás regala un gesto, tiene una mirada peligrosa. Y eso es una señal de alarma para cualquiera que me conozca.

—Blackwood —repite Velkan, y se acerca a mi mesa con pasos lentos. Sobre la madera reposan mapas de la costa y planos del norte—. ¿Otra banda intenta meterse en tu puerto?

—No del todo —interviene Ilya desde un lado—. Digamos que la señorita Blackwood consideró buena idea robarle un cargamento al jefe.

—¿Y todavía respira? —Velkan arquea una ceja.

—No solo respira —añade Ilya con sorna—. Llevan una semana enviándose mensajes a través de explosiones y robos.

—¿Mensajes? —Velkan busca mi confirmación.

—Redujo a cenizas mi Mustang del 67 —digo. Mi tono es plano, sin pizca de dramatismo.

Velkan me mira de arriba abajo, como si intentara adivinar si me he vuelto loco.

—¿Y qué vas a hacer tú? —pregunta.

—Planeo volarle su motocicleta favorita —respondo con la misma calma con la que hablaría del tiempo.

Ilya suelta un suspiro pesado y mira a Velkan.

—Se ha obsesionado con la mujer a la que debería meterle una bala.

—No es obsesión —sentencio, y noto cómo se tensan mis músculos—. Estoy entretenido. Es la primera persona en cinco años que se me planta delante sin calcular cuántas balas le van a caer. Quiero ver cuánto aguanta antes de pedirme clemencia. Quiero saber dónde se rompe.

Velkan mantiene esa calma fría que lo caracteriza en las reuniones del Priesthood.

—¿Desde cuándo te diviertes con tus enemigos, Nathaniel?

—Desde que me di cuenta de que el aburrimiento me mata más rápido que una bala —tomo el vaso de cristal y bebo un trago largo de whisky—.

Pasé cinco años levantando este imperio.

Tengo más dinero del que podré gastar en tres vidas y el control absoluto de Montreal.

Y ella entró en mi almacén como si yo fuera un maldito novato.

Ilya le lanza una mirada elocuente a Velkan. El rumano se inclina sobre la mesa y mira los planos que llevo días revisando. Hay rutas marcadas a lápiz, accesos tachados en rojo y esquemas de los garajes de Quebec. Notas sobre explosivos y cargas de precisión.

—Conque por esto no respondes a mis llamadas —concluye Velkan.

—Ya te lo he dicho —doy otro sorbo al whisky—. Tú encárgate de tus fronteras. Yo tengo a mi Lili Blackwood.

Al pronunciar su nombre de pila, noto un cambio en mi propia voz. Un matiz más denso, más bajo. Suena demasiado personal para lo que se supone que somos. Lo suficiente como para que Velkan curve los labios con curiosidad.

—¿Lili? —repite, saboreando las sílabas.

Asiento y le aguanto el escrutinio.

—Una mujer insolente, temeraria y hermosa.