Tentando a un depredador (Priesthood 4) 5 Lili #3
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5 Lili #3

—¿Y entrar en mi territorio, desmantelar mis camiones y dejarme aquella nota sí?

—Los camiones pertenecen a la organización.

Son mercancía, hierro y dinero. Esto es distinto.

Un hombre no dedica cinco años a restaurar algo así si no significa nada para él.

Si destruyes ese coche, la disputa dejará de ser territorial.

Cloutier vendrá a por ti con todo lo que tiene, y puede arrastrar al Priesthood con él.

Me levanto y camino hasta la ventana. La lluvia golpea el patio y convierte el asfalto en una superficie negra y brillante. Mi reflejo aparece sobre el cristal, endurecido por el cansancio y por una decisión que ya estaba tomada antes de llamar a Lucien.

—Ya dejó de ser territorial —respondo—. Entró en mi casa, me provocó y convirtió cada movimiento entre nosotros en un desafío. Quiere saber si puedo seguirle el ritmo. Ahora va a descubrirlo.

Me cruzo de brazos, pero mis hombros están tensos y no tiene nada que ver con el frío.

Mi padre mantuvo la paz durante treinta años porque entendía que el poder dependía de un equilibrio frágil.

Nathaniel decidió romperlo en cuanto convirtió los negocios en algo personal.

Yo solo voy a responder en el mismo idioma.

—Localízalo esta noche y prepara un equipo pequeño. Tú, Cole, Travis y yo.

Lucien aparta la mirada de la pantalla.

—¿Vamos a robarlo?

—No. Robarlo sería demasiado fácil. Quiero que Nathaniel lo vea arder hasta que no quede nada salvo el chasis.

Durante unos segundos, Lucien no responde. Me estudia como si intentara decidir si estoy perdiendo el juicio o si detenerme sería todavía más peligroso. Finalmente asiente, aunque la preocupación no desaparece de su rostro.

—Lo prepararé.

—Hazlo. Nathaniel Cloutier quiere comprobar si olvido las ofensas. Vamos a darle una respuesta.

Lucien sale y la puerta se cierra con suavidad a su espalda. Me quedo sola frente a la imagen del Mustang. Amplío la fotografía y sigo con la mirada la curva de la carrocería, el cromado impecable y el brillo oscuro de la pintura.

Nathaniel ha tardado cinco años en devolverle la vida.

Yo solo necesitaré unos minutos para reducirlo a cenizas.

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Cruzo el garaje de la base hacia el ascensor, pero me detengo en seco frente a la lona gris de alta resistencia que ocupa la esquina del sector tres.

La levanto solo por un extremo, liberando el material.

El negro intenso de la Ducati 916 brilla bajo la tenue luz fluorescente.

Fue el último regalo que mi padre me hizo antes de morir.

Mi única vía de escape, el único lugar donde la velocidad me tapa el ruido de las obligaciones y puedo fingir, por unos minutos de carretera abierta, que soy solo una mujer normal.

Paso las yemas de los dedos por el asiento de cuero. Esta moto es más que metal y gasolina. Es lo único que me dejó Silas Blackwood que no está manchado de sangre ni indexado en los balances del imperio.

Si alguien tocara esta moto, si Nathaniel Cloutier se atreviera a ponerle un solo dedo encima a esta lona, lo buscaría por todas las provincias hasta encontrarlo.

Lo haría sufrir de formas que mantendrían despiertos a los soldados de Montreal por las noches.

No por estrategia, no por defender una ruta de contrabando, sino por dolor puro y visceral.

Y sé, con una certeza que me retuerce el estómago, que Nathaniel siente lo mismo por su Mustang del 67.

Bajo la lona con cuidado y la devuelvo a su sitio. Me tiemblan las manos por el cansancio.

¿Estoy cruzando una línea de la que no podré volver jamás? ¿Estoy transformando esto en una demolición mutua que ninguno de los dos podrá controlar?

Sí. Definitivamente, sí.

Pero Nathaniel empezó esto. Él marcó las reglas cuando dejó esa nota arrogante en mi almacén. Él decidió que esto sería personal. Yo solo estoy siguiendo su ejemplo.

Él ha marcado el 1–1 con su firma y su despiece mecánico. Yo me encargaré de que el 2–1 le duela en lo más profundo del pecho, en ese lugar secreto donde los hombres duros guardan las pocas cosas que realmente les importan.

Si él cree que esto es un simple juego de poder... va a aprender que yo también sé jugar sucio. Y mi juego no tiene reglas de cortesía. Esto solo tiene un final: la entrega total o la destrucción absoluta del oponente.

Me detengo un segundo antes de entrar al ascensor.

Imagino el fuego naranja que lame la pintura negra del Mustang, el crujido del cuero al derretirse bajo el calor y el metal del motor que se retuerce a mil grados.

Pero, sobre todo, imagino el rostro de Nathaniel cuando descubra las cenizas de su orgullo.

¿Vendrá a buscarme a Quebec, furioso y magnífico, despojado de su frialdad de hierro, para terminar lo que empezamos en carne y hueso?

Espero que sea así. Porque si voy a caer, quiero hacerlo disputándole el terreno al único hombre que parece entender lo que en realidad soy.

El único que me reconoce entera: la jefa, la amenaza y la mujer, sin pedirme que elija cuál.