5 Lili #2
Él no sabe con quién se está metiendo.
—¿Lili? —Lucien aparece en el marco de la puerta, observándome con cautela—. ¿Cuál es la respuesta? Los hombres están furiosos abajo. Quieren sangre. ¿Nos movilizamos hacia su territorio? ¿Quemamos sus muelles en Montreal?
Guardo la nota en el bolsillo interior de mi chaqueta, justo sobre mi corazón. El contacto con el papel parece quemarme a través de la blusa.
—No. Nada de ataques frontales.
—Pero, Lili, nos ha humillado en nuestro territorio. Si no respondemos con fuerza, pareceremos débiles ante el resto.
Me doy la vuelta y lo encaro de frente.
—Eso es lo que él espera, Lucien. Quiere una respuesta impulsiva, nacida de la rabia. Busca una escalada en la que él cuenta con más hombres y más armas. Quiere que yo actúe como una principiante emocional que deja que el orgullo nuble su juicio.
Camino hacia el ventanal que da a la nave. Miro la pirámide de cajas, los camiones desarmados, las herramientas perfectamente alineadas. La determinación desplaza la agitación física y se transforma en un combustible frío.
—Él atacó mi orgullo, no mi capacidad operativa —continúo, más para mí misma que para Lucien—. Los camiones se reemplazan; mañana se compra otra flota. El mensaje es lo que importa. Y el mensaje es claro: puede llegar a mí cuando quiera.
—Exacto —dice Lucien—. Por eso necesitamos responder con fuerza.
—Necesitamos responder con inteligencia.
Voy a tocar algo que él realmente valore. No su dinero; tiene demasiado. No sus hombres; llegan con un contrato nuevo. Voy a buscar algo que le duela en el ego, algo que le arranque esa coraza de control que lleva con tanto orgullo.
—Lucien, necesito que investigues algo para mí ahora mismo.
—¿El qué?
—Necesito encontrar su punto débil. Quiero saber qué hace cuando no es Nathaniel Cloutier, el líder invencible de Montreal. Quiero saber dónde guarda lo que le importa.
——————✧◦♕◦✧——————
Durante el regreso, trabajo desde la tableta en el asiento trasero del coche blindado.
Entro en los servidores encriptados y sigo cada rastro que Nathaniel podría haber dejado en sus gastos, sus viajes o sus hábitos.
Un hombre tan cuidadoso no comete errores grandes, pero incluso los hombres como él dejan pequeñas grietas cuando creen que nadie está mirando.
En cuanto llegamos, me encierro en el despacho. Rechazo llamadas, pospongo reuniones y abro los informes que mi padre acumuló durante años: recibos, rumores, registros de viaje y datos que, por separado, parecen inútiles.
De Nathaniel no hay nada.
No tiene esposa ni hijos. Sus parientes están muertos y no aparecen amantes, vicios ni excesos que puedan usarse contra él. Apenas bebe, no consume drogas y no pierde dinero en casinos. Cuanto más leo, más se parece a una pared levantada para que nadie descubra qué hay detrás.
Pero todos los hombres poderosos tienen un punto ciego. Todos guardamos un vicio, una debilidad, algo que amamos más de lo que deberíamos. Mi padre sacrificaba rutas enteras con tal de asegurar sus cajas de whisky escocés de 1943. Todos tienen algo que los humaniza.
Paso horas siguiendo el dinero a través de sus empresas pantalla, cruzando propiedades, movimientos y gastos que podrían revelar algo que Nathaniel haya intentado mantener fuera de los informes.
Casi todo conduce a callejones sin salida hasta que una partida menor llama mi atención: un pago recurrente, demasiado alto para pasar inadvertido, a un taller especializado de las afueras de Montreal.
Las facturas lo registran como «Consultoría de Ingeniería», pero L’Atelier de Fer no asesora empresas. Restaura coches clásicos.
Entro en varios foros privados de coleccionistas a través de una VPN y encuentro a un usuario llamado «NC67». Lleva años buscando piezas muy concretas: un carburador Holley de triple cuerpo, un volante de nogal, asientos de cuero color tabaco y molduras cromadas originales.
No necesito mucho más para reconocer el coche.
Un Ford Mustang Fastback de 1967. GT500.
Los registros de aduanas confirman que Nathaniel lo importó hace cinco años. No compró el primer Mustang que encontró ni delegó el trabajo en un taller para recibirlo terminado. Buscó ese modelo y no otro, y después gastó cientos de miles de dólares en devolverle cada pieza a su estado original.
Me reclino en la silla mientras una sonrisa empieza a formarse en mis labios.
Para cualquier otro hombre sería un coche caro.
Para Nathaniel, no. Él necesita controlar cada detalle de su vida, y ese Mustang es probablemente una de las pocas cosas que no construyó para ganar dinero, intimidar a alguien o consolidar su poder.
Lo restaura con sus propias manos. Durante unas horas, deja a un lado las armas, los contratos y la sangre para concentrarse en el metal, el cuero y el olor a gasolina.
No es solo una posesión. Es el lugar al que va cuando necesita dejar de ser Nathaniel Cloutier.
Me quedo un momento mirando la pantalla.
Un hombre que no bebe hasta perder el control, que no tiene amantes ni deudas de juego, que ha borrado a su propia familia de todos los registros, gasta cientos de miles en devolverle la vida a un coche que nadie más verá jamás.
No lo hace para presumir. Lo hace porque necesita un sitio donde las manos le sirvan para construir en vez de para destruir.
Yo tengo mi moto; él tiene su Mustang. Somos la misma clase de animal, criados en la misma jaula.
Y eso lo vuelve vulnerable.
Pulso el intercomunicador de la mesa.
—Lucien, ven. He encontrado algo.
Cuando Lucien entra en el despacho, giro la pantalla hacia él.
En la fotografía, el Mustang brilla bajo las luces del taller, impecable, cubierto por una pintura negra tan profunda que parece absorber el entorno.
Es hermoso, aunque me moleste admitirlo.
Una máquina restaurada con una paciencia que roza la obsesión.
—Quiero que encuentres el garaje donde lo guarda —le digo—. No estará en su residencia principal; Nathaniel no dejaría algo tan importante en un lugar evidente. Busca propiedades a nombre de sociedades inactivas dentro de un radio de veinte kilómetros del taller.
Lucien se inclina hacia la pantalla y frunce el ceño.
—Es un coche, Lili. Esto ya no tiene que ver con el negocio.