Tentando a un depredador (Priesthood 4) 4 Nathaniel
12%

4 Nathaniel

cDR

CUATRO

Nathaniel

Veinte minutos para que empiece la subasta. Y a mí me bastaron solo cinco minutos cara a cara para confirmar que Lili Blackwood no es una mujer común.

Cuando la vi entrar sola al casino L’Émeraude, sin escoltas, armada solo con ese vestido negro que se le pegaba al cuerpo con cada movimiento, mi primer pensamiento fue que se estaba suicidando.

En este negocio, venir sin respaldo es una invitación a que te devoren.

Cualquier otro capo de la frontera habría traído al menos a dos de sus mejores hombres para cubrirle las espaldas.

Ella trajo solo su audacia. Una provocación absoluta.

Crucé el salón hacia ella porque no pude evitarlo.

Verla desde el fondo, a través del humo y el ruido de las conversaciones, no era suficiente.

Necesitaba oler de cerca la determinación de la mujer que tuvo los cojones de vaciar mi almacén en Montreal.

Y cuando la tuve a medio metro, me incliné hacia ella y registré el temblor fino de su respiración y el calor súbito que le trepó por el cuello a pesar de la frialdad de sus palabras, y entendí tres cosas.

Primero: no me teme. No le importan mi reputación, ni las historias que corren sobre mí, ni el coste en sangre de lo que hizo.

Segundo: esto ya no es un simple ajuste de cuentas entre organizaciones.

Tercero: voy a disfrutar de cada segundo del territorio que vamos a quemar.

Me alejé antes de que mis propios instintos me traicionaran y decidiera ponerle una mano encima allí mismo, frente a todos esos criminales que nos escaneaban con la mirada.

El esfuerzo por mantener la distancia me dejó una tensión molesta en la espalda, pero su perfume se quedó pegado a la solapa de mi traje.

Es un aroma seco, a lirios con un filo metálico, que se me ha clavado en la memoria.

La subasta empieza. El mazo del subastador retumba en el salón de techos altos, pero esta noche el ruido se queda en el fondo, difuminado.

Mi atención está fija en la nuca de Lili Blackwood.

En la curva limpia donde el cuello se encuentra con los hombros, en la forma en que el cabello recogido expone la piel desnuda a la luz de los candelabros.

Se ha sentado en la primera fila. Una posición de poder que le permite dominar el escenario sin necesidad de girar la cabeza.

Mantiene la espalda recta, la columna alineada y las manos quietas sobre el regazo.

Pero conozco el lenguaje del cuerpo bajo estrés: veo la rigidez en la línea de sus hombros y cómo se le aprietan los dedos cada vez que presentan un nuevo lote. El control le cuesta sangre.

Los primeros once lotes pasan sin que ella levante su paleta. Evalúa cada artículo con un rostro neutral, casi aburrido, pero con atención feroz. Calcula. Mide la competencia. Descarta.

Es una actuación impresionante. La mayoría de los compradores aquí no saben ocultar el hambre; se inclinan hacia delante y alteran la respiración en cuanto aparece algo de valor en el estrado.

Son predecibles, se venden con un parpadeo.

Pero Lili Blackwood no revela un solo dato.

Ni un movimiento extra. Ni un cambio en la postura.

Ni siquiera cuando sale el lote doce —granadas de fragmentación rusas—, un material que su gente en Quebec necesita con urgencia tras las últimas fricciones con la vieja guardia.

No mueve un músculo. Deja que un traficante de tercera se las lleve por un precio ridículo.

Oculta sus cartas para que nadie pueda calcular su límite de fuerza cuando llegue el momento crucial.

Es inteligente. Y peligrosa.

—Lote número quince —anuncia el subastador—. Fusiles de asalto tácticos, modificados para operaciones urbanas. Grado militar, procedencia europea. Cincuenta unidades con munición pesada incluida.

Es el lote que ella ha venido a buscar. Lo sé por los manifiestos de carga que Ilya me puso sobre la mesa esta mañana.

Su arsenal en el norte está bajo mínimos y lo que me quitó en el muelle está marcado: no puede sacarlo a la calle sin señalarse.

Y yo voy a asegurarme de que estas armas le cuesten hasta el último dólar que tenga en la caja fuerte.

—¡Quinientos mil! —lanza Lili sin vacilar.

Su voz atraviesa el salón con una claridad que corta el aire. La voz de alguien que está acostumbrada a mandar y a ser obedecida sin réplicas.

—¡Seiscientos mil! —digo desde la penumbra de la última fila.

Ella no se gira. No me da la satisfacción de ver su reacción. Pero observo cómo se le pone la espalda rígida como el acero y cómo cuadra los hombros. Es el segundo en que reconoce mi voz.

—¡Setecientos mil! —responde sin perder un pestañeo.

—¡Ochocientos mil!

La sala se queda en un silencio sepulcral. Los otros compradores bajan las paletas y retroceden; reconocen que esto ya no es una transacción de contrabando. Es un duelo público entre Quebec y Montreal.

—¡Un millón! —proclama ella, y esta vez gira la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro.

Nuestras miradas se encuentran a través de la distancia. Siento un calor espeso en el vientre que no tiene nada que ver ni con los negocios ni con la ira. Es el hambre posesiva que me despierta su resistencia.

—¡Un millón doscientos! —respondo sin apartar los ojos de su nuca.

Mantiene el contacto visual durante tres segundos completos. Me mide el pulso. Evalúa cuánto capital estoy dispuesto a quemar solo para joderle la noche. Toma una decisión.

—¡Un millón quinientos! —contraataca.

El precio es absurdo para cincuenta fusiles. Cualquier tipo con dos dedos de frente habría liquidado la posición hace tres rondas. Pero el valor real de este acero ya no está en la pólvora; está en la voluntad. En demostrar quién tiene los recursos y la fuerza para doblegar al otro.

Y Lili Blackwood me está demostrando que tiene ambas cosas.

—¡Un millón ochocientos! —subo, obligándola a decidir cuánto está dispuesta a perder con tal de vencerme.

Se gira por completo en la silla y me encara. Hay una determinación salvaje en cada línea de su rostro, en la forma en que aprieta la mandíbula y en cómo sus manos abandonan el regazo para aferrar los reposabrazos como si fueran lo único firme de la sala.

—¡Dos millones! —exclama, y la voz no le tiembla lo más mínimo.

El salón entero contiene la respiración.

Es un desafío directo a mi autoridad. Podría subir a tres millones.

Podría llevarla hasta los cuatro y ver cómo se ahoga con su propio orgullo.

Todos mis instintos, entrenados durante años para no ceder jamás un palmo de terreno, me gritan que la aplaste.

Que le enseñe el precio de jugar en mi liga.

Pero entonces veo la línea tensa de su boca, la vena que le late en el cuello y los nudillos blancos sobre el cuero de la silla, y comprendo algo que me desarma las defensas: ella no está pujando por las armas.

Está pujando contra mí. No debería excitarme alguien que puede destruirme. Y, sin embargo, aquí estoy.

Y si la rompo ahora, el juego se termina antes de empezar.

Lo que quiero de ella no es una humillación barata. Quiero que siga en pie frente a mí. Necesito que suba las apuestas una y otra vez hasta que los dos estemos al borde del abismo.

Lili Blackwood es el caos que mis rutinas necesitaban.

Bajo la copa de whisky. El cristal tintinea contra la mesa de mármol del fondo. Todos en la sala reconocen el significado del gesto: el jefe de Montreal se retira.

Asiento con la cabeza hacia ella. Un movimiento mínimo. Una señal de respeto.

—Dos millones a la una, a las dos... ¡Vendido a la señorita Blackwood!

El mazo cae con un sonido opaco.

Lili se levanta con una naturalidad fría. No celebra, no me regala la sonrisa de suficiencia de los aficionados. Firma el documento de transferencia con el bolígrafo del casino, toma el comprobante y camina hacia la salida con la misma zancada firme con la que entró.

Cuando pasa junto a mí, tan cerca que vuelvo a respirar ese olor a lirios, no se detiene. Pero su voz me llega al oído, suave y letal.

—Gracias por la diversión, Cloutier. Guarda tu perdón. Lo vas a necesitar tú cuando terminemos este juego.

Se detiene una fracción de segundo antes de cruzar el umbral, casi como si se acordara de un detalle menor:

—Ah, y cargué el depósito inicial a tu sociedad de Ginebra. Considera que es mi forma de agradecerte que seas tan predecible.

Se va sin mirar atrás. Sin concederme el derecho a la réplica.

Me quedo helado durante un segundo completo mientras encajo lo que acaba de decir.

¿El cargo a mi nombre? Repaso la jugada hacia atrás.

La comisión del depósito se liquida en el acto, contra la cuenta del comprador registrado; ella figura como compradora, pero derivó el asiento a mi sociedad de Ginebra antes de firmar.

Lo preparó con horas de antelación, sobre el papeleo del casino, sin que ninguno de mis hombres lo detectara.

No fue un golpe de suerte en caliente. Vino con esto pensado.

Una risa corta, incrédula, me arranca de la garganta.

Muy audaz. Increíble.

Los rusos de las mesas me observan con una diversión que intentan disimular tras sus vasos. Nadie le mete la mano en los fondos a Nathaniel Cloutier y sale caminando por su propio pie de un territorio neutral. Nadie me cierra una conversación sin mi permiso.

Excepto, por lo visto, Lili Blackwood.

Me acerco al ventanal del extremo del salón. Fuera, la noche devora los bosques de la frontera. Abajo, la línea oscura de la autopista se pierde en la nada. Desde aquí, todo parece bajo control y pacífico. Una mentira.

Pienso en el ángulo de su barbilla cuando me sostuvo la mirada. En cómo dio un paso hacia mi espacio en lugar de amedrentarse. En el calor que me prendió el cuerpo en cuanto su perfume me inundó.

Llevo años sin que un movimiento en el bajo mundo me pille con la guardia baja. Y esta mujer, en una sola noche, me ha disputado el control en público, me ha cobrado una comisión en mi propia cuenta suiza y se ha retirado con el cargamento de fusiles.

El vidrio me devuelve el reflejo de mi cara. Tengo la copa en la mano derecha; el líquido ámbar permanece intacto. No he probado whisky en los últimos veinte minutos. No me había dado cuenta del cansancio ni de la sed hasta ahora.

Me doy la vuelta y busco la salida.

——————✧◦♔◦✧——————

Horas después, cuando la madrugada ha convertido a Montreal en una cuadrícula de sombras y asfalto húmedo, ocupo mi oficina privada.

El video de seguridad sigue reproduciéndose en el monitor.

Lo he visto treinta veces desde que crucé la frontera.

Quizá cuarenta. He perdido la cuenta del reproductor.

Cada vez encuentro un detalle nuevo que me clava en la silla.

No debería sentir este disparo de adrenalina en las sienes cada vez que esa cara me desafía desde la pantalla. Pero aquí estoy, con los ojos secos por la falta de sueño y la mente clavada en el mismo punto.

—¿Dos millones de dólares, Nathaniel? —la voz de Ilya interrumpe el silencio del despacho.

Camina de un lado a otro frente a mi escritorio, se frota las sienes con los dedos—.

¿Y encima permitiste que cargara el depósito en nuestra cuenta puente?

Todo el bajo mundo va a estar hablando de esto mañana a primera hora.

El consejo del Priesthood va a pedir explicaciones.

—No es una humillación, Ilya —le digo mientras pauso el video en el fotograma donde ella clava los ojos en la cámara—. Es la firma del contrato. Y las guerras de desgaste son lo que mejor se me da.

—Es una puta locura —replica él. Se detiene y me clava esa mirada de advertencia que conozco de memoria. La que me da cuando cree que estoy perdiendo el control—. Estás dejando que te gane terreno público. Estás cediendo un espacio que nos va a costar meses recuperar en el norte.

—Ella cree que ha ganado una batalla esta noche —le explico, con la vista todavía en su imagen congelada—. Cree que me manipuló y me obligó a pagar por ella. Pero lo que ha hecho, en realidad, es aceptar mi invitación. Ha entrado en un terreno en el que yo estableceré las reglas de salida.

Me sirvo un vaso de agua. El frío me quita el regusto del whisky. Una distracción física para calmar la inquietud mental que me persigue desde que ella se fue del casino.

—Mañana empiezo el siguiente movimiento —continúo—.

Ella alteró mi almacén y me robó el cargamento.

Voy a apretarle una operación. Pero no usaremos fuerza destructiva.

No tocaré a sus cinco hombres ni quemaré sus locales.

Quiero ver cómo reacciona cuando le apriete los costes.

Quiero ver en qué punto ese maldito control de hielo empieza a agrietarse.

Ilya cruza los brazos. Noto la tensión en su mandíbula bajo la luz de la lámpara.

—No te reconozco, hermano —afirma tras un largo silencio—.

En todos los años que llevo a tu lado, jamás te había visto ceder un centímetro ante nadie.

Y ahora aparece esta mujer, te roba en tu territorio, te vacila en la frontera, y tú le abres el pasillo para que se retire con la victoria y con nuestro dinero.

—Porque sus números aguantan el envite —admito, y las palabras me salen con una facilidad que me sorprende—. Porque, si fuera una operadora ordinaria, la habría liquidado tras el robo. Si no tuviera la capacidad de resistir la presión, este esfuerzo no valdría la pena.

Ilya niega con la cabeza, pero decide no discutir más. Sabe que cuando un objetivo se me mete entre ceja y ceja, deja de importarme el precio.

—Que Dios nos pille confesados si el Priesthood se entera de esto —murmura.

Se marcha. La puerta se cierra con un clic sordo.

Me quedo solo en la penumbra. El resplandor azul del monitor me tiñe la solapa del traje. Levanto el vaso hacia la pantalla, hacia esa imagen congelada de Lili Blackwood que promete tanto placer como destrucción mutua.

—Bienvenida al juego, ma proie —digo en voz baja para nadie—. La próxima vez no habrá subastadores ni un terreno neutral que te proteja. Solo estaremos nuestras dos organizaciones. Y entonces veré de qué estás hecha.

El whisky me sabe diferente esta noche. Más amargo. Más complejo. Le doy el primer trago de la noche y dejo que baje despacio, sin prisa, como todo lo que pienso hacer con ella.

Y ahora que Lili Blackwood se me ha metido bajo la piel, no pienso dejarla ir hasta averiguar cuánto aguanta antes de romperse. O hasta romperme yo primero.