3 Lili
cBV
TRES
Lili
El aire del último piso del casino L'Émeraude parece aislado del resto de la provincia.
Aquí arriba, a puerta cerrada y con guardias armados en cada esquina, cada respiración se toma con cuidado y se mide con desconfianza.
Estamos en territorio neutral, una franja de tierra de nadie a tres horas al sur de mis fronteras, pero la tensión pesa tanto como en mi propia torre.
Camino por la alfombra de felpa. Los tacones de mis stilettos se hunden apenas un milímetro, lo justo para obligarme a mantener el equilibrio firme en cada paso.
Mi vestido es de seda color medianoche y se ciñe a la piel.
El escote trasero desciende lo suficiente como para exponer la espalda: advierte sin decir nada.
Nadie toca lo que se exhibe con tanta frialdad. Esta es mi armadura para la noche.
No he traído a Lucien. Tampoco a Cole, a Derek o a Travis.
Venir sin mi equipo operativo no es descuido: declara mi autoridad ante la junta de gobernadores del bajo mundo.
La Glock pesa contra mi muslo bajo la abertura del vestido, fría y discreta.
No la necesito para mandar en esta sala.
La llevo porque mi padre me enseñó que un arma escondida vale más que diez hombres a la vista. Estoy aquí y no me muevo por miedo.
La decisión nació del orgullo. Lucien protestó durante tres horas en mi despacho.
Sus objeciones rebotaron contra las paredes mientras yo comparaba las listas de asistentes confirmados con las de la policía estatal.
«Es una provocación deliberada», me dijo, con ese tono plano y seco que arrastra desde la muerte de mi padre.
«Cloutier estará ahí. Lo sabes. Después de lo que le quitamos en el muelle, tiene que responder con sangre».
«Por eso, la delegación de Quebec soy solo yo», le respondí sin levantar la vista de los informes.
«Si llego con tres coches llenos de hombres armados, le digo al mercado que la jefa de Quebec teme las consecuencias de sus propias acciones.
Si entro sola, el asalto al almacén deja de parecer un ataque desesperado y se convierte en lo que es: un movimiento de poder».
También había dejado preparado el depósito exigido por los Orlov.
Nathaniel intentaría inflar cualquier lote que me interesara por el simple placer de obligarme a pagar de más.
Si convertía la subasta en un duelo personal, pensaba asegurarme de que parte de la factura terminara en una de sus propias sociedades.
Lucien guardó silencio. Sus ojos grises, opacos por el tabaco y por treinta años de cuidar el negocio familiar, me estudiaron las facciones en busca de la duda.
Exhaló el humo hacia el techo. «Tu padre habría hecho la misma jugada», admitió.
No busqué el elogio en sus palabras; en nuestro negocio, parecerse a los muertos suele ser una condena, no un cumplido.
Cedió porque me conoce demasiado bien. Sabe que cuando tomo una decisión, ya no hay fuerza en Quebec capaz de moverme de ahí.
Avanzo por el salón y el cansancio acumulado empieza a pasarme factura de golpe.
El ardor de los ojos por las pocas horas de sueño y la rigidez en la boca del estómago me recuerdan que soy de carne y hueso.
Cruzar una sala repleta de mafiosos, con una sola copa en la mano, agota más que tres noches en vela sobre los balances de la aduana.
Pero un paso atrás ahora arruinaría todo lo que gané al mantener mi posición tras el asalto.
Paso junto a un grupo de la facción rusa.
Los trajes de tres piezas no disimulan la anchura de unos hombros formados en las prisiones de Siberia.
Cortan la conversación. Sus ojos siguen el movimiento de mis caderas, pesados y lentos.
Los ignoro. Son lobos de frontera: calculan el coste en balas antes de morder.
Los candelabros de cristal refractan la luz sobre el nogal pulido de las mesas de apuestas. Aquí nadie sonríe. Sostienen los vasos cortos con dedos rígidos, manos que conocen el peso muerto del acero. El jazz flota de fondo, un ruido para amortiguar el roce de los maletines al abrirse.
Todos en esta sala conocen mi árbol genealógico.
Saben que Silas Blackwood está bajo tierra y que yo dirijo la organización.
Pero, sobre todo, saben lo que pasó hace cuatro días: el asalto limpio al almacén de Cloutier en los muelles de Montreal.
Lo dejamos secos, sin un solo disparo, y a la red de Nathaniel Cloutier le dolió tanto en el orgullo como en el bolsillo.
La mitad de las mesas espera ver si soy una diana andante o si ahora soy yo quien dicta las reglas del juego.
—Vino tinto, cabernet —le pido al camarero cuando llego al extremo de la barra de mármol.
No me detengo. El hombre me pasa la copa con un gesto rápido y se cuida de no rozarme los dedos en el intercambio.
Cojo la copa por el pie de cristal. Necesito un punto de apoyo.
El frío del vidrio me cala la piel y frena el temblor fino de las manos, esa vibración molesta que me sube por las muñecas y que nadie debe notar.
Saludo con un leve gesto de cabeza a Vladyslav Buzko, el ucraniano que mueve la mercancía en la Costa Este.
Dos metros más allá, cruzo un asentimiento seco con Amélie Duchamp.
Ella controla las rutas fluviales del sur desde que su marido sufrió aquel oportuno fallo cardíaco.
Nos miramos como dos rivales que conocen el precio real del negocio.
Entonces el vello de los brazos se eriza. El corazón me da un vuelco y se salta un latido. Me están vigilando. Una mirada densa, fría, apoyada en la base de mi cráneo con el peso exacto del cañón de un arma. La atención de quien acecha a una presa.
Bebo un sorbo de vino. Mantengo el mentón paralelo al suelo, la columna recta, los hombros firmes. No me giro de inmediato. Cuento en silencio para calmar el pulso y recuperar el aire. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Muevo la cabeza con lentitud milimétrica.
Lo localizo al instante.
Nathaniel Cloutier ocupa el flanco opuesto del salón.
Está apoyado contra una columna de mármol con una quietud absoluta.
Sostiene un vaso de whisky en la mano derecha, pero el nivel del líquido no baja.
No bebe. No habla con nadie. La gente lo evita sin saber que lo evita, como se rodea un cable de alta tensión. Solo me mira a mí.
Las fotos que me enseñó Lucien no le hacen justicia. Ningún informe te prepara para el peso de su presencia, para esa forma de dominar el salón sin abrir la boca.
Es más alto de lo que decía su expediente. Lleva un traje oscuro de tres piezas, de un corte tan preciso que la tela se tensa con cada respiración contra unos hombros anchos, hechos a la fuerza bruta. La línea de la mandíbula es recta, ensombrecida por una barba.
Pero son sus ojos los que detienen mi respiración. Oscuros, una masa negra e implacable. A través de la distancia, su voluntad choca con la mía con la fuerza de un impacto entre dos mundos.
No parpadea. No simula cortesía. Me desnuda con la mirada y calcula, en frío, dónde golpear para hacerme daño.
Mi cuerpo reacciona contra mi voluntad: un calor súbito e irritante me trepa por los muslos y se clava en el bajo vientre.
Respiro más corto de lo que quiero. Odio que mi cuerpo responda a su sola presencia.
Lo registro y lo guardo, igual que guardaría una grieta en un muro: un dato que usaré contra él o contra mí, según el día.
No pienso darle la satisfacción de que lo lea en mi cara.
Sostenemos el pulso visual. Cinco segundos. Diez. Los capos que flotan entre nosotros captan la tensión entre Quebec y Montreal. Se apartan por si vuelan los tiros. El pasillo se vacía en silencio y deja un corredor desnudo de alfombra entre ambos.
Cloutier se separa del mármol. Su movimiento es fluido, sin la rigidez de los matones de a pie. Camina con la seguridad de quien posee el edificio entero. Cada zancada es un avance deliberado, implacable.
Planto los talones en la felpa. Aprieto la copa hasta que el cristal se me clava en la palma. No retrocedo ni un centímetro.
Cuando se detiene a medio metro de mí, su tamaño insulta mi autoridad.
Tengo que inclinar el cuello hacia atrás para mirarlo a los ojos.
Su pecho, cubierto por el chaleco del traje, me tapa el mundo.
Huele a tabaco, a ese fondo cálido que la tensión saca de los cuerpos cuando la distancia se acorta.
—Lili —dice. Su voz llega como una vibración baja, directa al pecho. Borra el apellido Blackwood del mapa con una sola palabra. Ignora treinta años de acuerdos territoriales en dos sílabas.
—Cloutier —respondo, con un tono cortante, de hielo—. No sabía que el luto por tus camiones perdidos te dejara tiempo para fiestas.
Él eleva la comisura izquierda de la boca. Un gesto sin humor que no alcanza el fondo muerto de sus ojos.
—El mercado no se detiene por una maniobra afortunada, Lili. Aunque admito que lo que hiciste hace cuatro días fue… estimulante. Verte trabajar es un pasatiempo interesante.
Su atención baja un milímetro hasta mis labios, recorre el trazo del carmín y vuelve a mis ojos sin prisa.
—Las operaciones limpias son las más peligrosas, Cloutier. —Doy un paso corto e invado su terreno antes de que él termine de cerrarlo—. Espero que tus hombres pasen menos tiempo lamentándose y más tiempo vigilando tus muelles.
Nathaniel suelta un soplido seco por la nariz. Una risa corta, áspera.
—La seguridad no me preocupa. Pero me debes algo, Lili. Vine a cobrarme la deuda, o a llevarme algo que valga la pena de forma permanente.
—Aprende a cuidar lo tuyo, Cloutier. —Le sostengo la mirada sin un pestañeo—. O a no meter tus camiones en las carreteras de Quebec.
Algo pesado y oscuro se le instala en las facciones. Se inclina hacia delante hasta dejar escasos centímetros entre los dos. Su rostro invade mi espacio; distingo los hilos de color marrón claro que rompen la oscuridad de sus pupilas. Su aliento caliente me roza la mejilla y se queda ahí.
—No te confundas, Lili. —El susurro me eriza la piel del cuello—. No habrá más descuidos. A partir de este segundo, voy a seguir cada paso que des y cada movimiento de tus camiones. Y esta vez lo haré en persona.
—Eso nos deja al borde de una guerra, Cloutier.
—Es una promesa. —No se aparta—. El asalto al almacén fue limpio, violento. Propio de ti.
El reconocimiento me pilla con la guardia baja; el pulso se me dispara contra las costillas.
—Me alegra que aprecies la eficiencia, Nathaniel. —Uso su nombre de pila para devolverle la falta de protocolo—. El último hombre que intentó meterse en mis asuntos acabó en el fondo del río San Lorenzo. Y para ti soy la señorita Blackwood.
—Lili —insiste, y la tensión de su boca se afloja un poco, lo que vuelve mucho más peligroso estar tan cerca—. Disfruta de la noche. Presiento que la subasta decidirá quién manda aquí en las próximas semanas.
Da un paso atrás y la retirada de su cuerpo me deja un frío absurdo en el pecho. Nathaniel levanta el vaso de whisky apenas un centímetro, en un brindis seco, antes de girarse sobre sus talones y perderse entre los grupos del salón con la misma zancada tranquila con la que cruzó el pasillo.
Suelto el aire despacio y obligo al pecho a estabilizarse. La piel todavía me escuece donde el roce de su traje la marcó, y sé que lo que acaba de dejar entre nosotros no es una amenaza que se cumpla con balas. Es peor. Es la clase de promesa que un hombre como él cumple con paciencia.
A nuestro alrededor, los capos retoman las conversaciones en voz baja. El pulso se zanja por ahora, pero solo por ahora.
Miro hacia el centro de la sala. Cloutier ya está rodeado por los rusos, con las manos firmes y la sobriedad de un jefe, mientras los demás asienten. Domina la habitación sin desenfundar un arma. Es un peligro real para mi negocio.
Apuro el último trago de vino y dejo la copa vacía en la bandeja de un camarero que pasa.
La necesito lejos: las manos las quiero libres.
Veinte minutos para que empiece la subasta.
He memorizado el lote número quince: el cargamento de armas que necesito.
Sé que va a intentar reventarme la puja para asfixiarme.
Que lo intente. A mí nadie me dobla el pulso.