2 Nathaniel #2
—Mañana por la noche hay una subasta de armas en territorio neutral —explico—. Los hermanos Orlov. Acudirá todo el mundo: rusos, italianos, los cárteles del sur. Y ella también. Necesita identificar quiénes son sus aliados y sus enemigos tras el robo. Necesita medir el terreno.
—¿La subasta de los Orlov? —Ilya levanta la vista de la invitación—. ¿Quieres ir? Te reconocerá en un segundo. Estarás en una sala llena de gente armada que sabe lo que pasó. Es un suicidio logístico… y a lo mejor físico.
—Ese es el punto —respondo, y una corriente eléctrica me recorre la piel—. No quiero mandarle un mensaje desde lejos. Necesito verla. Oír su voz sin la estática del micrófono. Comprobar si esa determinación es tan intensa en persona como en mi monitor.
Ilya guarda silencio un buen rato. Le da vueltas a la información, busca alguna forma de disuadirme y no la encuentra.
—Esto va a acabar mal —murmura, aunque su postura confirma que me seguirá hasta el mismísimo infierno—. Juegas con fuego, hermano. Lili Blackwood no parece de las que se asustan.
—Espero que no. —La sonrisa que me sale es la de antes de una ejecución—. Porque si en persona es lo que sospecho, este juego no ha hecho más que empezar. Prepara al equipo. Salimos al atardecer.
Ilya sale del despacho y me deja a solas con mis informes y mis fotos.
Vuelvo a la mesa y tomo una de las imágenes de vigilancia, fechada hace dos meses.
Lili sale de un restaurante con un vestido verde oscuro que se le ciñe a las curvas con una elegancia que duele.
Está seria, la vista al frente. Es hermosa, sí.
Pero lo que me arrastra es la autoridad de su postura.
Paso la yema del dedo por el contorno de su cara en la foto. La palma me arde de pronto.
Ma proie1. Una presa huye. Se esconde. Busca el punto muerto y reza para no ser vista.
Lili Blackwood hace lo contrario: se planta en el centro del terreno y espera, quieta, con la paciencia de quien sabe que soy yo quien va a moverse primero.
He cazado durante toda mi vida y reconozco el error en el mismo instante en que lo cometo.
No estoy siguiendo un rastro. Estoy caminando hacia una trampa con los ojos abiertos, y no encuentro una sola razón para detenerme.
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La noche siguiente bajo a mi gimnasio por última vez antes de salir. Esta vez no bajo para ordenar la cabeza, como hace tres días, sino para cansar el cuerpo, quemar la descarga que llevo bajo la piel desde que sé que voy a tenerla delante. El saco encaja mis puños con una fuerza desmedida.
Izquierda. Derecha. Gancho. Uppercut2.
Respiro de forma controlada y rítmica, pero el corazón me late a un compás que no guarda relación con el ejercicio. Anticipación pura. La corriente que precede a una batalla decisiva.
Me detengo. Jadeo un momento. El sudor me empapa la camiseta y la tela se me pega a la piel.
Me arranco la prenda, la tiro al suelo y voy al baño a darme una ducha rápida.
Guardo casi todos los trajes en el vestidor del gimnasio; paso más horas aquí que en mi propia habitación.
Elijo la ropa con un cuidado que nunca he tenido para estas reuniones.
Un traje de tres piezas azul medianoche, cortado a la perfección por un sastre que sabe que la discreción es el mayor de los lujos.
La tela es suave pero resistente, lo bastante flexible para pelear si hace falta.
Me ajusto la corbata. Los dedos se me mueven solos. El espejo me devuelve una fachada de mando frío. Pero debajo hay algo nuevo. Algo que no sentía desde hacía años.
Hambre.
No es una necesidad de consumo ni un impulso corriente de poder. Es hambre de ella. De verla en persona, sin el filtro de mis propias ideas. De saber si la realidad aguanta frente a lo que he construido estos días, o si se derrumba en cuanto la tenga delante.
Me miro en el espejo por última vez. En quince años no he permitido que nadie me robe una sola noche de sueño. Ella lleva tres. Y en lugar de querer que pague por ello, lo único que quiero es tenerla cerca para averiguar cuántas más está dispuesta a quitarme.
—¿Todo preparado? —pregunto en voz alta.
La puerta se abre y la silueta de Ilya llena el marco.
—El equipo está abajo —confirma—. Adrian, Gabriel y el resto. La seguridad de la subasta es estricta, pero estaremos cerca. Por si a ella le da por mandar su siguiente mensaje de paz en forma de bala.
—No va a disparar —digo con certeza absoluta, y me ajusto los gemelos de plata—. No en territorio neutral. Es demasiado inteligente. Querrá observar cómo reaccionan los demás ante su aparición.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer cuando la tengas enfrente?
Una sonrisa lenta me curva los labios, pero esta vez no nace solo de la excitación sino de tenerlo claro.
—Voy a enfrentarla —contesto—. Necesito saber si la mujer que apareció en esa cámara existe de verdad o si todo esto ha sido una peligrosa construcción de mi propia mente. Si de verdad cree que ganó, o si solo quiere comprobar cuánto daño me hizo.
Ilya me estudia con esa atención que usa cuando cree que he cruzado una línea sin darme cuenta.
—¿Y si descubres que sí? ¿Que es exactamente lo que crees?
Sujeto el gemelo izquierdo; el gesto me centra.
—Entonces esto deja de ser una represalia pendiente y se convierte en otra clase de guerra.
Salgo del vestidor y tomo el pasillo. La energía sigue ahí, tensa y eléctrica por dentro, pero ya no se siente como ruido. Ahora tiene dirección. Cada paso hacia la salida me acerca al único punto del mapa que importa esta noche.
Lili Blackwood.
Esta noche el juego deja de ser ficticio y se vuelve real. Y si al verla descubro que es tan peligrosa en persona como lo ha sido en mi cabeza estos días, no la trataré como una fantasía pasajera ni como una enemiga más.
Me meteré en su espacio, en su atención y, si me da el menor resquicio, en su cabeza.
Porque si ella es real, si de verdad es esa mezcla imposible de hielo, inteligencia y desafío que me ha tenido despierto más noches de las que pienso admitir, entonces el juego ya no consistirá en cobrar un cargamento robado.
Consistirá en quedarme.