Tentando a un depredador (Priesthood 4) 2 Nathaniel
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2 Nathaniel

DOS

Nathaniel

Tres noches sin dormir más de cuatro horas.

Ese es el daño que me ha hecho una ladrona desde que saqueó mi almacén y, lo que es peor, se llevó con ella mi tranquilidad.

Estoy en mi despacho. En la sala se mezclan el whisky añejo, el papel de archivo y el calor metálico del servidor que zumba a toda potencia en la habitación de al lado.

Solo dejo encendida la lámpara de la mesa; un halo ámbar me recorta las sombras de la cara y se refleja en el cristal tallado del vaso que tengo entre los dedos.

El video permanece pausado en el monitor, detenido justo ahí: esa mirada.

Lili Blackwood.

Repito su nombre en voz baja. Antes de esa noche era solo una nota al pie en mis informes. La heredera de Silas, una niña que recibió un imperio por un accidente de cuna. Según las apuestas del bajo mundo, no duraría ni seis meses antes de que los lobos la devoraran de pie.

Y, sin embargo, los lobos callan. Ella sigue ahí, sentada en su trono. Mueve recursos y empuja fronteras que Silas nunca se atrevió a tocar.

Paso el pulgar por el borde de un informe impreso.

El papel grueso me raspa la piel mientras releo los datos que he acumulado en estas setenta y dos horas de búsqueda febril.

Desde entonces, apenas he cerrado los ojos.

Cancelo reuniones. Ignoro las llamadas de los socios del Priesthood.

Ethan me deja tres mensajes en el contestador.

Velkan manda un texto lacónico: «Necesito que me pongas al día sobre los serbios». No contesto a ninguno.

Porque nada me importa más que resolverla. Que desmontarla pieza por pieza hasta saber por dónde se rompe.

Veinticinco años. Solo tiene veinticinco y ya ha consolidado el poder de los Blackwood en la ciudad de Quebec con una frialdad que hace temblar a veteranos de guerra.

Sin baños de sangre inútiles, sin masacres públicas para marcar territorio.

Ella usó un recurso mucho más peligroso: la inteligencia pura.

Profesionalizó el lavado de dinero a través de redes que ni mis mejores analistas logran desenredar del todo.

Convirtió los clubes nocturnos de los Blackwood en fortalezas legales de una sofisticación que asusta.

Audaz, pero no imprudente. Letal, pero no sanguinaria.

Cada dato la vuelve más difícil reducirla a una simple heredera destinada a caer. Y eso debería preocuparme. No lo hace.

Bebo otro sorbo de whisky. El líquido me quema la garganta.

No basta con borrar la imagen que me persigue cada vez que cierro los ojos.

He visto el vídeo entero diecisiete veces.

He analizado cada palabra que pronuncia, cada inflexión de la voz, cada milímetro de su postura.

La forma en que mantiene la barbilla en alto, la seguridad con la que habla, el dominio que irradia incluso a través del archivo.

Vuelvo a darle al principio.

La puerta del despacho se abre con el crujido grave que reconozco de inmediato. No me hace falta mirar para saber que es Ilya. Su andar es pesado. El frío de la calle y el tabaco entran con él, contaminando el encierro de mi santuario.

—Sigues aquí —dice Ilya, con la voz áspera—. ¿Has dormido algo en estos tres días, Nathaniel? ¿O has decidido que Lili Blackwood es tu mayor preocupación?

Guardo silencio mientras termino de leer la última línea del informe financiero que tengo abierto en la tableta.

Operación Vena Dorada. Es el nombre en clave de su red de lavado.

Hasta la denominación tiene elegancia. Levanto la vista.

Ilya me observa con esa mezcla de lealtad y preocupación que suele anunciar un consejo que voy a ignorar.

—El sueño es un lujo para los que no tienen problemas que resolver, Ilya —respondo.

Mi voz suena más ronca de lo que pretendo. Apoyo el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Qué tienes para mí?

Ilya se apoya en el borde del escritorio y se cruza de brazos mientras su mirada cae sobre las fotos esparcidas en la madera: Lili saliendo de un coche, entrando en un edificio, mirando al horizonte con esa expresión que lleva tres días instalada en mi cabeza.

Mis hombres recopilaron esas imágenes durante los últimos seis meses como parte de un archivo rutinario, un seguimiento más sobre la heredera Blackwood.

Hace tres días no significaban nada; ahora no puedo dejar de mirarlas.

—He hablado con tres de nuestros mejores informantes en la zona sur —dice Ilya—.

La gente habla de ella, Nathaniel. Dicen que la gente de Silas la sigue porque quiere, no solo porque le teme.

Tiene un código. Esos cinco hombres que estuvieron con ella en el robo son los mejores que tiene, leales hasta la médula. Para ellos no es solo una jefa.

Una punzada golpea mi pecho. No la nombro ni para mis adentros. ¿Qué clase de mujer inspira esa lealtad en un mundo donde la traición es moneda corriente? ¿Cómo consiguió que tipos curtidos en la calle doblaran la rodilla sin sentir la carga de la humillación?

—¿Qué código? —pido.

—Míralo tú mismo.

Ilya deja un segundo informe sobre la madera y lo gira hacia mí.

Es el registro de un ajuste de cuentas de hace cuatro meses: un distribuidor del sur que le robó una partida.

En lugar de un cadáver en un contenedor, la columna muestra un traspaso.

Le compró la deuda al hombre, se quedó con su ruta y lo dejó vivo, trabajando para ella.

—No lo mató —murmuro.

—Lo convirtió en suyo. —Ilya golpetea el papel con el nudillo—. Es su patrón. Donde tu instinto pondría una bala, ella pone una correa. Sale más barato y ata más fuerte.

Leo la cifra final de la operación. Salió ganando dinero de un hombre que la traicionó. La sangre me sube un grado bajo la piel, y no es rabia.

—Sus operaciones de lavado son impecables —continúa Ilya—. He seguido el rastro de la Vena Dorada. Es un laberinto de empresas fantasma y cuentas en Singapur que desaparecen antes de que nadie pestañee. No solo heredó un imperio: lo transformó en algo mucho mayor. Más sofisticado y peligroso.

Me inclino hacia delante. Dejo que la luz de la lámpara caiga sobre el informe.

La descripción de Ilya coincide con lo que vi en el vídeo.

Su dominio durante el robo no fue casualidad.

Fue una declaración de intenciones. No quería matar a nadie.

Quería demostrarme que podía cruzar mis límites, quitarme lo mío y salir sin que pudiera hacer nada al respecto.

Y lo consiguió.

La sangre me hierve bajo la piel. Apoyo las dos manos abiertas sobre la mesa. En mis venas no hay furia ciega; tengo el calor del desafío, de la competencia, de haber encontrado por fin a alguien que puede jugar a mi nivel.

—Hay más —dice Ilya, y el tono se le vuelve más cauto—. Uno de los informantes, un tipo que trabaja en uno de sus clubes, me contó algo interesante. Que ella tiene límites. Reglas. No mata sin razón. No tortura por placer. Castiga con una calma devastadora. Igual que tú.

Esas últimas palabras se me clavan en el pecho. ¿Reglas en un mundo sin ley? Que esta mujer opere bajo los mismos principios que yo no me tranquiliza. Me tensa.

—Está expuesta en su posición —dice Ilya de pronto—. Deberíamos atacar sus almacenes de la zona norte. Una respuesta rápida, violenta. Restaurar el equilibrio de la frontera y que aprenda que robar a un Cloutier se paga con sangre.

Niego con la cabeza. Regreso al video, a esa imagen congelada en la que ella me desafía.

—No. —Hablo en un susurro letal—. Eso es lo que ella espera; lo que haría cualquier don de segunda categoría. Ella no es predecible, Ilya. Así que yo tampoco puedo serlo. No entraré en su juego. La traeré al mío.

—Estás raro, Nathaniel. —Ilya se endereza, y la voz se le endurece, sin rastro de sarcasmo—.

Te robaron. Te humillaron delante de tus hombres.

Y en vez de planear una masacre, estás aquí encerrado, con la mesa llena de fotos de ella.

Esto no es propio de ti. El Nathaniel que conozco ya habría quemado media Quebec.

Aprieto tanto los dientes que me duele la mandíbula.

Me late algo en las sienes que no es cansancio.

Que lo llame obsesión si quiere. Lo único cierto es que hace años que un enemigo no me obliga a pensar dos veces antes de mover ficha.

El mundo se había vuelto previsible, los rivales eran sombras sin cara que se rendían a la primera muestra de fuerza. Pero ella…

—Ella es un desafío, Ilya. Hace años que nadie me desafía así.

Me levanto. Voy hasta el ventanal. Al otro lado del cristal, las luces de Montreal parpadean bajo la noche, frías y ajenas.

Ella no está aquí. Está a cientos de kilómetros, en la ciudad de Quebec, encerrada en su torre, quizá ya con el próximo movimiento listo.

Y, aun así, la distancia no consigue sacármela de la cabeza.

¿Pensará en mí? ¿O el robo fue solo un mensaje sin importancia para ella, un recordatorio casual de que a los Blackwood no se les falta al respeto?

No. Es demasiado inteligente como para no saber que esto lo cambiaría todo.

Ilya deja escapar una exhalación cargada de frustración.

—Es una Blackwood. Acabas de ver volar por los aires treinta años de paz. La gente va a hablar si no respondes, Nathaniel. Van a pensar que te ablandas.

Me vuelvo. La luz del ventanal me da por la espalda; sé que tengo la cara en sombra y que eso me vuelve la expresión ilegible.

—Que hablen. Cuando responda, nadie recordará la espera. Ella juega fuerte en su propio territorio, pero acaba de meterse en el mío. Y aquí decido yo cuándo empieza la caza. Yo pongo las reglas y elijo el campo de batalla.

—¿Y cuál es el plan? —pregunta Ilya, con ese tono de quien ya sabe que voy a hacer algo imprudente pero letal.

Saco una invitación del bolsillo. Cartulina gruesa, bordes dorados. Se la lanzo. Ilya la atrapa en el aire y examina el relieve con el ceño fruncido.