1 Lili #2
—La lealtad baja de precio cuando la competencia paga más.
—Vuelvo a mi asiento, apoyo la espalda en el respaldo y lo enfrento sin pestañear—.
Al hijo de Giuseppe le han diagnosticado leucemia.
El tratamiento experimental en Newark cuesta medio millón al año.
Las facturas médicas empezaron hace seis meses.
El desvío del cuatro por ciento hacia Nueva Jersey se abrió una semana después.
Dejo que el peso de la información le triture la resistencia. Vincent traga saliva; su expresión pasa de la indignación a la aceptación forzada. Conocía al chico.
—He bloqueado todas las salidas de capital de The Onyx —sigo, sin levantar el tono—. He dividido lo que queda en catorce cuentas entre Singapur y las Islas Vírgenes. Si Cloutier intenta rastrear nuestros fondos, solo va a encontrar un laberinto.
Hago una pausa y dejo la información suspendida en el aire.
—En cuanto a Giuseppe, le di dos opciones: trabajar como doble agente bajo mis órdenes, o desaparecer con su familia a un país sin extradición con el dinero justo para el tratamiento. Eligió la primera. Ahora decido yo qué llega al despacho de Cloutier.
Observo al resto del equipo. Cole asiente y guarda los datos en su tableta. Hunter suelta un silbido bajo. En la cara de Derek hay un respeto inusual. Travis no se mueve, pero le noto un destello de aprobación en la postura. Vincent sigue clavado en la silla, los puños sobre los muslos.
—¿Entiendes ahora por qué los decimales deciden quién sobrevive, Vincent? —Mi susurro es de hielo—. Mi padre imponía la fuerza bruta. Yo impongo la precisión. No necesito un ejército para frenar una traición; me basta con saber el precio del traidor para convertirlo en algo mío.
Vincent se levanta y se lleva consigo el orgullo roto.
Me observa un segundo, a la caza de una grieta que le devuelva la relevancia.
No encuentra nada. Se gira y sale del despacho sin una palabra.
El equipo desaloja en silencio la sala detrás de él mientras mastica la purga.
Solo Lucien se queda, y cierra la puerta con un clic definitivo.
—Eficaz —dictamina, y camina hacia el ventanal.
—Necesario —corrijo.
El cansancio busca una grieta en mí. Me paso la mano por la frente y noto la presión acumulada en las sienes. Llevo demasiadas horas sin dormir, pero en esta plaza el mando se revalida cada mañana frente al fantasma de Silas Blackwood.
—Vincent se va a tragar la humillación. Su rango es todo lo que tiene.
—Su rango es un riesgo, Lucien. Si mis propios lugartenientes no asimilan el cambio de mando, la organización está muerta antes del primer choque con Montreal.
Lucien asiente, pero la comisura de los labios le delata una vacilación que conozco bien. Es el mismo gesto que hice el día que me dieron la noticia de la muerte de mi padre, cuando se acabaron las certezas y el peso del apellido me cayó entero sobre los hombros.
—¿Qué más trae tu informe? —exijo, porque algo le ronda y lo noto.
—Cloutier —suelta, y el estómago me da un tirón. Deja una carpeta sobre la mesa y la abre. Dentro hay una sola hoja: una orden de compra interceptada, emitida esta madrugada desde una pantalla en Montreal.
La leo dos veces. Cloutier ha pagado el triple del valor de mercado por el acceso a los registros portuarios de Quebec de los últimos tres años. No los del último mes, cuando le vacié el almacén. Tres años enteros.
—No busca el cargamento —murmuro.
—No. —Lucien apoya la uña sobre la fecha del encabezado—. El armamento le importa lo justo. Esto es otra cosa. Quiere reconstruir cómo respira The Onyx desde antes de que tú te sentaras en esa silla. Cada envío, cada retraso, cada cuenta que tu padre movió por los muelles.
Repaso la lista de partidas subrayadas. No hay un solo patrón reciente marcado. Todo lo que ha comprado pertenece a la etapa de Silas.
—Compara a la hija con el padre —traduzco.
—Y cuando encuentre la diferencia, la usará. —Lucien baja la voz—. Un hombre que paga el triple no busca ganar dinero. Busca conocerte lo suficiente como para anticipar tu próximo movimiento.
El vello de la nuca se me eriza solo de pensar en Nathaniel con mi historial sobre una mesa.
No es un miedo sin fundamento: sé que estoy bajo la mira de un cazador con recursos de sobra para encontrar las fisuras de mi coraza.
Y la idea de quedar expuesta ante el único hombre que no debería poder leerme me aprieta el estómago.
—Que compre lo que quiera. —Cierro la carpeta y se la devuelvo—. Los registros de esos tres años los firmó mi padre. Va a estudiar a un muerto y a creer que me conoce.
Lucien evalúa el alcance de la respuesta.
—¿Estás segura del rumbo?
—No —admito, sin maquillarlo—. Pero retirarse resulta más caro que avanzar.
Asiente y se retira sin decir palabra. La puerta encaja y la sala queda inmóvil. Me quedo sola en el sitio que Silas usó como centro de operaciones. Una torre que algunos días funciona como una celda de máxima seguridad.
Voy hasta la estantería del fondo. Presiono el mecanismo escondido detrás de los tomos de derecho penal y el panel de madera cede con un gemido mínimo. Saco el reloj de mi padre: oro viejo, macizo, con las iniciales grabadas en la tapa trasera: S.B. Silas Blackwood.
Lo dejo descansar en la palma. El metal frío contrasta con el calor de mi piel.
El tic-tac de dentro me recuerda que la cuenta atrás corre, y que cada instante que gasto en auditorías internas Cloutier lo usa para intentar acorralarme.
Silas levantó este imperio sobre hormigón y cadáveres; nunca tuvo que justificar su derecho ante sus propios hombres. Su apellido era la ley.
Me aliso la ropa y me recompongo. La calma de hierro vuelve a su sitio, limpia de dudas y de cansancio.
Voy hasta el ventanal y miro los tejados. Quebec despierta bajo la niebla, ajena a los movimientos que se ejecutan en sus sombras.
Cierro los dedos en torno al reloj hasta que el canto de la tapa se me marca en la palma. Que audite. Que investigue. Que dé por hecho que soy predecible. Que compare mis columnas con las de Silas y busque la costura en la que encajarme.
Porque cuando la distancia se acorte y el choque sea frontal, Nathaniel Cloutier comprobará que no soy una presa fácil. Ni la sombra de mi padre.
Devuelvo el reloj a su hueco y aseguro el panel. La guerra está en marcha, y solo hay algo seguro: cuando se despeje el humo, uno de los dos habrá perdido su ciudad.
El asiento es mío. Que venga a discutírmelo.