Tentando a un depredador (Priesthood 4) 1 Lili
2%
Tentando a un depredador (Priesthood 4)

Tentando a un depredador (Priesthood 4)

Por Rosibel Sequera

© inepub.com

1 Lili

UNO

Lili

Tres días.

El motor de la Ducati ruge entre mis piernas y el peso desaparece.

No se reduce. No se vuelve soportable. Desaparece.

Acelero por la carretera vacía mientras el amanecer tiñe de gris las afueras de Quebec.

El viento golpea mi chaqueta, se cuela por debajo del casco y me enfría la piel.

La vibración del motor me sube desde las botas hasta el pecho y afloja, kilómetro a kilómetro, el nudo que llevo clavado entre los hombros.

Aquí no existen los Blackwood. No hay lugartenientes esperando una orden, cuentas que revisar ni hombres que estudien cada gesto para decidir si soy digna del lugar que ocupo. Tampoco existe Nathaniel Cloutier ni la represalia que seguramente prepara en Montreal.

Solo la siguiente curva.

Inclino el cuerpo y la Ducati responde como si conociera el movimiento antes que yo. El asfalto corre bajo las ruedas. El aire me llena los pulmones sin resistencia y, durante unos minutos, vuelvo a respirar de verdad.

Una risa breve se me escapa dentro del casco. El sonido me sorprende. No recuerdo cuándo fue la última vez que me permití algo tan sencillo.

Podría seguir conduciendo. Dejar atrás Quebec, el apellido y la guerra que acabo de provocar. Pero la torre aparece de nuevo en la distancia, negra contra el cielo, reclamándome.

Reduzco la velocidad al entrar en el garaje privado. Cuando apago el motor, el silencio cae sobre mí y todo el peso regresa a su sitio: la presión en la nuca, el cansancio detrás de los ojos, la responsabilidad cerrándose alrededor de mis costillas.

Apoyo la mano sobre el depósito todavía caliente.

—Luego —murmuro.

Cubro la Ducati con la lona y camino hacia el ascensor.

Tres días.

Setenta y dos horas desde que asalté los almacenes de Montreal y rompí la línea que mi padre sostuvo con pactos y sangre durante tres décadas.

La ciudad no muestra la herida. La gente compra café en las esquinas de Sainte-Catherine, los coches resbalan sobre el pavimento húmedo.

Rutina de cualquier mañana. Pero dentro de estos muros de piedra y acero, la calma es solo el ensayo de una guerra que todavía no ha estallado.

Ocupo la silla detrás del escritorio de caoba de mi padre, Silas Blackwood.

El mueble todavía huele a cera de abejas, a tabaco viejo y a los secretos que Silas nunca puso por escrito en el testamento.

Recorro las vetas de la madera con las yemas de los dedos.

Sigo los nudos oscuros como si fueran el relieve de un mapa cuyo destino aún no termino de descifrar.

¿Sintió Silas este mismo peso en la base del cuello? ¿O este sitio le quedaba a la medida y es a mí a quien le baila grande? Aparto la pregunta de un tirón. No es momento de medirme contra un muerto.

La luz de la mañana atraviesa los ventanales blindados y cae sobre la alfombra persa en bloques pálidos y fríos. El polvo del aire brilla un instante y desaparece otra vez.

El monitor parpadea frente a mí. Las columnas de la «Operación Vena Dorada» suben y bajan en verde y rojo: el efectivo que entra cada noche por la barra de los clubes y sale al otro extremo convertido en ingresos limpios a nombre de sociedades inexistentes en ningún registro.

Es la única claridad que tengo delante. Los números no preparan emboscadas.

No tienen segundas intenciones ni me miden por el tamaño de mis puños.

Empecé la jornada a las siete de la mañana. Repaso cada transferencia, cada desvío, cada hueco del sistema de lavado. El café lleva dos horas frío en la taza de porcelana, pero le doy sorbos cortos a ese fondo amargo de todos modos. Es lo que todavía me mantiene la cabeza despierta.

Tamborileo con los dedos sobre el cuero del reposabrazos. Un ritmo breve, constante, que se apaga contra los paneles del despacho. Nathaniel Cloutier ya ha recibido el vídeo de su almacén. ¿Calcula ahora lo que valía el armamento que le quité, o ya le ha puesto precio a mi cabeza?

La idea no acelera mi pulso. Respiro despacio.

Un escalofrío baja por mi espalda, el mismo que me servía en las negociaciones de antes, cuando los socios de mi padre esperaban que cometiera un error para sacarme de la organización.

La tensión no me estorba; me avisa de que el peligro sigue en movimiento.

Ese frío constante en la nuca es lo que me mantiene un paso por delante de todos los que esperan verme caer.

La cerradura de la puerta principal se abre con un chasquido seco.

No hay una llamada de cortesía. El olor a lluvia y tabaco me anuncia a Lucien antes de que la puerta chille sobre las bisagras.

Es el único con acceso libre a mi despacho y también el único capaz de notar la rigidez de mis hombros bajo la chaqueta de lana fría y lo heladas que tengo las manos.

—Lili. —Su voz grave rompe el silencio—. Los lugartenientes esperan abajo.

No miro a Lucien de inmediato. Me obligo a terminar la última línea de datos. Un retraso deliberado. Una forma de dejar claro que el ritmo de esta casa lo marco yo, no la prisa de los que están abajo. La pausa se estira cinco segundos. Lucien aguanta junto a la puerta, acostumbrado a mis tiempos.

—Hazlos pasar —ordeno.

La orden es cortante.

La puerta doble se abre por completo. El equipo entra y el despacho se siente más pequeño.

Cole Maddox no levanta la vista de la tableta; ya está calculando los distintos desenlaces de esta reunión.

Derek Slater se planta al fondo, un bloque de músculo que empequeñece la sala aún más.

Logan Mercer toma el flanco derecho y revisa los puntos muertos detrás de las cortinas.

Travis Grayson se apoya en la pared lateral con los brazos cruzados y suelta esa amenaza silenciosa que lleva siempre en la mirada.

Hunter Callahan no se queda quieto hasta que Derek lo mira y le ordena en silencio que se detenga.

Pero mi atención se centra en el centro del grupo.

A Vincent Moreau.

Vincent encarna a la vieja guardia, una herencia de la gestión de Silas.

Tiene el rostro curtido, marcado por las líneas de guerras territoriales que ya nadie recuerda, y las manos llenas de cicatrices: el registro de décadas de violencia.

Se sienta en una de las sillas de cuero frente a mi escritorio sin esperar a que se lo indique. El material gime bajo su peso.

La postura lo delata: las piernas estiradas, los codos que ocupan todo el espacio que pueden. Hoy viene a medirme. Es el numerito clásico del veterano que confunde la antigüedad con tener razón.

—Supongo que ya habrás echado cuentas de lo que te va a costar tu… excursión a Montreal, Lili —empieza Vincent.

Lo dice suave, con ese tono paternal pensado para tratarme como a una heredera que acaba de cometer una torpeza cara. Una oleada de calor me sube por la garganta, pero no se me mueve un músculo de la cara. Mi coraza no registra la ofensa.

¿De verdad cree que la condescendencia me va a mover de sitio?

—Los daños entran en el balance del mes, Vincent —respondo, y cruzo las manos sobre el escritorio sin prisa—.

Lo que no entra en el presupuesto es que la Operación Vena Dorada se haya estancado.

He revisado los clubes del sector sur. Hay una diferencia del cuatro por ciento en el retorno de este mes que no cuadra.

Vincent se inclina hacia delante y planta los antebrazos sobre la caoba.

El olor a tabaco seco y café rancio me golpea de lleno, el mismo que flotaba en las reuniones de Silas cuando yo escuchaba escondida detrás de los paneles del pasillo, demasiado joven para estar allí y demasiado despierta para no entender.

—Tu padre no se paraba por un cuatro por ciento, niña.

Silas entendía que en este negocio a veces hay pequeñas pérdidas.

Tú gastas tiempo en los decimales mientras Cloutier mueve hombres para asfixiarnos.

Él habría reforzado los muelles y dejado un rastro de sangre en los almacenes de Montreal para recordarles quién manda.

Desde luego, no se habría sentado a mirar gráficos.

La tensión que sigue se instala en la sala.

Cole para de teclear. A Derek se le cuadran los hombros, pasa de la calma a la alerta en un parpadeo.

Logan acorta un paso hacia Vincent, casi imperceptible, pero levanto el índice izquierdo y lo dejo congelado donde está.

Vincent busca que reaccione impulsada por la ira.

Si levanto la voz, pierdo la ventaja. Si muestro rabia, le doy la razón sobre la inestabilidad que quiere colgarme.

Cuento tres segundos sin moverme. Sostengo el vacío hasta que la incomodidad cambia de lado de la mesa y veo el primer parpadeo de duda en su cara.

Me levanto. El movimiento es fluido, sin prisa. Borro la diferencia de altura. Me inclino sobre la caoba y le invado el espacio hasta que mi cara se refleja en sus pupilas.

—Mi padre está en el cementerio, Vincent.

Y sus métodos de otra época son la única razón por la que Cloutier dio por hecho que las fronteras de Quebec estaban desprotegidas.

El mercado ya no se maneja con ejecuciones ruidosas, sino con la velocidad de la información.

Ese cuatro por ciento no es una pequeña pérdida.

Es el rastro de un desvío de capital hacia una cuenta puente en Nueva Jersey.

Tecleo un comando en el panel lateral. El mapa financiero de The Onyx se despliega en el panel de la pared derecha, una telaraña de líneas naranjas y rojas sobre fondo negro.

—Mientras tú insistías en mover soldados que solo sirven para apretar un gatillo, mi oficina trazaba la ruta del fraude. No es un descuido, Vincent. Es una traición interna. Y la cuenta de Nueva Jersey tiene un nombre: Giuseppe Gallo. Tu jefe de seguridad.

Vincent palidece. La suficiencia se le deshace en la cara y no llega a tiempo de recogerla. Aprieta la mandíbula y se clava las uñas en los reposabrazos. Intenta encajar el giro, busca una salida que no aparece.

—Giuseppe es leal —suelta, pero se le quiebra el filo de la voz—. Lleva quince años conmigo. Conoce a mi gente. Es un error de tu sistema.