Capítulo 36
No es Aleksandar quien entra.
Son los dos hombres que Viktor dejó de guardia, discutiendo entre ellos en voz baja, la urgencia mal disimulada en cada gesto.
—Dice que hay que moverla ahora. Cambio de planes.
—¿Ahora? ¿Con la casa entera viniendo hacia acá?
—Es lo que dijo.
El más alto de los dos se acerca a Mila para soltar las ataduras de los tobillos, agachándose sin cuidado, la atención puesta en la discusión con el otro y no en ella.
Es el error que Mila estuvo esperando toda la noche: nadie la mira a los ojos cuando se agacha así, tan cerca, el cuello desprotegido a centímetros de su rodilla.
No lo piensa dos veces. Junta las piernas con toda la fuerza que le queda y golpea, la rodilla estrellándose contra la mandíbula del hombre con un crujido seco que la hace tambalearse hacia atrás, aturdido.
—¡Se soltó!
El segundo hombre saca el arma, pero Mila ya está en movimiento, todavía atada de las muñecas pero libre de los tobillos, arrojando todo el peso de la silla volcada contra las piernas del que se acerca.
No es un golpe limpio ni calculado, es puro instinto y desesperación, pero alcanza para que el hombre pierda el equilibrio un segundo, el tiempo suficiente para que el primero, ya recuperado, se le tire encima a ella en vez de ayudar a su compañero.
Forcejean en el piso, el peso del hombre aplastándola contra el cemento, el brazo de él buscando inmovilizarle el cuello.
Mila muerde, con toda la fuerza que puede reunir, el antebrazo que se le cierra contra la garganta.
El hombre grita, aflojando por instinto, y en ese segundo de distracción ella logra girarse lo suficiente para que la pata de la silla, todavía atada a sus muñecas, le golpee de lleno en la sien.
Cae inconsciente encima de ella.
El segundo hombre, ya de pie otra vez, apunta el arma hacia los dos, hacia el bulto confuso de cuerpos en el piso, sin poder distinguir bien dónde termina Mila y dónde empieza su compañero.
—¡No te muevas!
Es entonces cuando la puerta se abre de verdad.
Viktor entra primero, alertado por los gritos, y en el instante de confusión que sigue —su propio hombre girándose hacia él en vez de hacia la amenaza real, el cuerpo de Mila todavía medio cubierto por el hombre inconsciente— alguien dispara.
Mila nunca llega a ver quién. Solo escucha el estampido, siente el cuerpo del hombre sobre ella sacudirse una vez, y el grito de dolor que sigue es de Viktor, no del hombre armado.
El segundo guardia se queda paralizado un instante, el arma todavía en la mano, la mirada fija en Viktor sangrando contra la pared, sin entender del todo lo que acaba de hacer.
Es el instante que Mila necesita. Todavía con el hombre inconsciente encima, logra liberar un brazo lo suficiente para volver a cerrar la mano sobre la pata de la silla, y con el poco impulso que le queda, se la estrella contra la rodilla al segundo guardia.
El hombre cae de bruces, el arma resbalándole de la mano y perdiéndose bajo una de las sillas volcadas. No vuelve a levantarse.
Se hace un silencio confuso, roto solo por la respiración agitada de todos los que quedan de pie.
—Idiota —masculla Viktor, la mano ya apretando el hombro, la sangre empezando a empapar la tela—. Me diste a mí.
El hombre que disparó no llega a disculparse; ya no puede. Los pasos en la escalera se escuchan con claridad, y Viktor, todavía sangrando, se arrastra hacia el fondo de la habitación, el arma que le queda en la mano buscando una última salida.
*
Aleksandar baja los primeros escalones cuando el sonido seco de un disparo le llega desde abajo, distinto, más cerca de lo que esperaba, y el corazón se le detiene un instante antes de que el entrenamiento le gane al pánico.
El eco todavía resuena contra las paredes cuando llega al primer descanso de la escalera.
No pienses en lo peor. Muévete.
Baja el resto de la escalera casi sin registrar los propios pasos, el arma al frente, Marko cubriéndolo desde atrás, cada sentido puesto al servicio de un solo objetivo.
Al llegar abajo, la escena que encuentra no es la que temía: uno de los hombres de Viktor está en el piso, la sangre extendiéndose bajo su cuerpo, y Viktor mismo retrocede hacia el fondo de la habitación, un arma en la mano, la otra sosteniéndose contra la pared, herido en el hombro.
El segundo hombre de Viktor yace inmóvil cerca de la puerta, neutralizado en algún punto de la confusión de los últimos minutos, y Aleksandar registra, con la parte más fría de su mente, que la balanza de poder en esa habitación cambió antes de que él siquiera llegara a bajar el último escalón.
Marko se posiciona a su lado sin decir palabra, cubriendo el ángulo que Aleksandar no alcanza a ver.
Mila está a un costado, todavía atada a la silla pero volcada de lado, como si acabara de tirarse al piso para esquivar algo. El pelo le cae sobre la cara, pero está consciente, alerta, los ojos fijos en Viktor.
—¡Mila! —el nombre le sale antes de que pueda contenerlo.
—¡Estoy bien! —grita ella, la voz tensa pero firme—. ¡Cuidado, todavía tiene el arma!
—¿Cuántos más hay adentro? —pregunta Marko, sin dejar de cubrir la puerta.
—Ninguno —responde Mila—. Los otros dos ya cayeron.
—¿Puedes moverte? —pregunta Aleksandar, sin bajar el arma.
—Todavía estoy atada a la silla. Pero puedo moverme si hace falta.
Viktor levanta el brazo herido con esfuerzo, apuntando hacia Aleksandar, la desesperación reemplazando cualquier resto de la calma calculada de antes.
El sudor le corre por la frente, la respiración entrecortada, cada gesto suyo delatando a un hombre que perdió el control de la situación mucho antes de que Aleksandar bajara ese último escalón.
—Ni un paso más.
*
—Baja el arma, Viktor. Se terminó.
—No se termina hasta que yo diga que se termina.
Aleksandar mantiene la propia arma firme, calculando el ángulo, la distancia, la posibilidad real de neutralizarlo sin que la reacción del propio Viktor ponga a Mila en más riesgo del que ya corrió. Viktor retrocede otro paso, la espalda casi contra la pared del fondo.
—Herido como estás, no tienes muchas opciones. Baja el arma y esto puede terminar sin que te maten aquí mismo.
—¿Y qué garantía tengo de que no me van a matar de todas formas apenas la baje?
—Ninguna. Pero si no la bajas, la garantía de lo que va a pasar es mucho más inmediata.
Viktor se ríe, un sonido roto por el dolor del hombro, la sangre empapándole ya la manga de la camisa. La mano con el arma le tiembla apenas.
—Meses de planificación, y termina así. En un sótano, con un tiro que ni siquiera debería haber tenido que dar.
—¿Qué pasó? —pregunta Aleksandar, sin bajar la guardia ni un segundo, la voz firme pese a la tensión del momento.
—Tu mujer decidió que no iba a quedarse quieta esperando a que la salvaran.
Algo en el tono de Viktor suena casi admirado, pese al desprecio evidente detrás de las palabras.
—¿Quién más sabía del plan? —pregunta Aleksandar.
—Nadie más. Y no pienso decir una palabra más hasta saber qué pasa conmigo.
—Eso lo decide el consejo, no yo. Baja el arma y vas a tener oportunidad de defenderte frente a ellos.
—¿Y si prefiero arriesgarme aquí?
—Entonces no vas a llegar vivo al consejo.
Viktor no responde, midiendo cuánto le queda de opciones reales.
Aleksandar mira a Mila un instante, algo entre el orgullo y el terror cruzándole la expresión, antes de volver a fijar toda la atención en Viktor. Ella le sostiene la mirada apenas un segundo, la cabeza fría pese a todo.
Detrás de él, Marko se posiciona en silencio, cubriendo el ángulo lateral sin decir palabra, listo para intervenir apenas la situación lo permita sin poner en más riesgo a Mila.
—Baja el arma. Es la última vez que te lo pido con calma.
*
Mientras Viktor mantiene la atención fija en Aleksandar, Mila, todavía en el piso, nota algo que ninguno de los dos hombres parece haber registrado: la pata de la silla volcada quedó a centímetros de su mano, y con las muñecas todavía atadas pero con margen suficiente de movimiento, logra alcanzarla sin hacer ruido.
Una oportunidad. Solo una.
Espera el segundo exacto, el instante en que la atención de Viktor está puesta por completo en el intercambio verbal con Aleksandar, y con todo el impulso que puede reunir desde el piso, se incorpora lo suficiente para estrellar la pata de la silla contra el hombro herido de Viktor, justo en el punto donde la sangre ya empapó la manga de la camisa.
El grito de Viktor es inmediato, el cuerpo doblándose por el dolor, el brazo con el arma bajando por instinto una fracción de segundo antes de que pueda evitarlo.
Es todo lo que Aleksandar necesita.
Se mueve con una velocidad que borra cualquier resto de la cautela calculada de los últimos minutos, cerrando la distancia antes de que Viktor pueda reponerse.
Le arranca el arma de la mano con un golpe seco contra la muñeca, el metal cayendo lejos contra el piso de cemento, y sin soltarlo, lo estrella contra la pared con toda la fuerza que llevaba conteniendo desde que escuchó el disparo desde la escalera.
Viktor queda sin aire un instante, la herida del hombro chocando contra el ladrillo, el gemido de dolor ahogado antes de completarse.
—Le pusiste una mano encima —dice Aleksandar, la voz baja y sin ningún control ya detrás, el antebrazo cruzado contra la garganta de Viktor, el peso del propio cuerpo sosteniéndolo contra la pared—. Vas a lamentar cada segundo que la tuviste atada a esa silla.
Viktor no puede responder, el aire cortado por la presión del brazo, los ojos abriéndose con el primer destello real de miedo que muestra en toda la noche.
—Aleksandar.
La voz de Mila, todavía en el piso, corta algo en él antes de que la presión del brazo termine de hacer lo que está a punto de hacer. Aleksandar no la mira todavía, pero afloja, apenas, lo suficiente para que Viktor vuelva a respirar entre toses.
—Vivo —dice ella—. Lo necesitamos vivo, para el consejo.