Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Aleksandar se queda un segundo más de lo necesario con el brazo todavía firme contra la garganta de Viktor, la decisión pesando visiblemente antes de que la lógica le gane a la furia.

Lo suelta de golpe, dejándolo caer al piso sin ninguna delicadeza, el cuerpo de Viktor doblándose sobre sí mismo, tosiendo, la mano buscando instintivamente la herida del hombro.

—Asegúralo —le dice a Marko, que baja corriendo la escalera un segundo después, alertado por el grito.

Aleksandar se da vuelta hacia Mila de inmediato, arrodillándose a su lado, las manos temblándole apenas mientras le suelta las ataduras de las muñecas.

—¿Estás herida? ¿Te lastimó?

—Estoy bien. Un poco mareada, pero bien.

—¿Qué pasó con el disparo?

—Cuando me solté de los tobillos, se armó un caos entre los dos hombres que me vigilaban. Uno de ellos disparó sin querer, en medio de la confusión. Le dio a Viktor, no a mí.

—Podrías haber muerto.

—Podría. Pero no me quedé sentada esperando a ver qué pasaba.

Aleksandar la abraza un instante, la fuerza del abrazo contenida a propósito, consciente de que el cuerpo de ella todavía está procesando horas de tensión sostenida.

Detrás de él, escucha a Marko terminar de asegurar a Viktor contra el piso, la voz del hombre reducida ahora a quejidos de dolor mezclados con maldiciones en voz baja.

—Nunca más —dice Aleksandar, la voz apenas audible contra el pelo de Mila—. Nunca más voy a dejar que algo así vuelva a pasar.

—No fue tu culpa.

—Fue mi decisión la que te expuso desde el principio.

Se aparta apenas, lo suficiente para mirarla a los ojos, buscando confirmar con la propia vista que está entera, que no falta nada, que la tiene de verdad de vuelta.

*

Marko termina de asegurar a Viktor, las manos atadas con la misma cuerda que hasta hace minutos sostenía a Mila, la ironía no pasando desapercibida para nadie en la habitación. Viktor gime bajo, apretando los dientes contra el dolor del hombro.

—Vamos a necesitar sacarlo de aquí con cuidado —dice Marko—. La herida necesita atención si quieres que llegue con vida a donde sea que decidan llevarlo.

—Que llegue con vida. Necesitamos que responda por todo esto frente a quien corresponda.

—¿A dónde lo llevamos?

—A la casa de seguridad de siempre. Avísale a Petrovic que convoque al consejo para mañana.

—¿Y el resto de los implicados?

—Radovan sigue libre, por ahora. Es el que le facilitó la logística de la subasta desde el principio. Ya lo estamos localizando. No se va a escapar de esto.

—¿Y los cuerpos de los otros dos?

—Que se encargue el equipo de siempre.

Aleksandar ayuda a Mila a ponerse de pie, sosteniéndola con más cuidado del que usó con nadie en años, la adrenalina de los últimos minutos empezando recién ahora a bajarle del cuerpo lo suficiente como para dejar ver, con claridad, el temblor que le queda en las manos.

—¿Puedes caminar?

—Creo que sí.

Da un paso, y las piernas le fallan apenas, el cuerpo pasando factura después de horas de tensión sostenida sin descanso.

Aleksandar la sostiene antes de que llegue a tambalearse del todo, un brazo rodeándole la cintura con firmeza.

El cuerpo entero de Mila cede apenas contra el suyo, el cansancio finalmente ganándole a la voluntad.

—No hace falta que camines. Yo te llevo.

—Puedo caminar, Aleksandar.

—Lo sé. Pero déjame hacer esto de todas formas.

Ella no insiste más, dejando que el propio cuerpo confirme lo que las palabras no querían admitir.

La levanta con cuidado, el peso de ella contra su pecho una sensación que le resulta, al mismo tiempo, aliviadora y devastadora, un recordatorio físico de todo lo que estuvo a punto de perder en las últimas horas. Mila apoya la cabeza contra su hombro sin protestar más.

*

Salen del edificio hacia el auto que espera, la noche todavía oscura pero con las primeras señales lejanas de que el amanecer no está tan lejos.

Mila se apoya contra él todo el trayecto, sin decir mucho, el silencio entre los dos cargado de algo que ninguno de los dos parece listo para nombrar todavía.

El aire frío de la madrugada le hace bien después de tantas horas encerrada.

Cuando llegan al auto, Aleksandar la ayuda a sentarse, y en lugar de subir del lado del conductor, se queda un momento más agachado frente a ella, las manos sosteniéndole el rostro con una delicadeza que contrasta por completo con la violencia de los minutos anteriores.

—¿Estás bien de verdad? —pregunta él—. No la versión que le dices a todos los demás.

—Todavía no lo sé. Pero estoy aquí, y eso ya es más de lo que esperaba hace un rato.

—Pensé que te había perdido —dice, la voz quebrándose apenas, algo que Mila nunca lo escuchó hacer antes.

—No me perdiste.

—Casi.

Mila le sostiene la mirada, algo profundo pasando entre los dos que va mucho más allá del alivio simple de haber sobrevivido a la noche. Le aprieta la mano con la poca fuerza que le queda.

Afuera, el cielo empieza a clarear apenas en el horizonte, la noche entera de terror y adrenalina quedando finalmente atrás, aunque ninguno de los dos suelta del todo la mano del otro.

—Casi no cuenta —susurra ella—. Pero necesito saber algo. Si no hubiera logrado avisarte a tiempo... ¿qué ibas a hacer tú?