Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Aleksandar avanza agachado junto a Marko y dos hombres más, la cuadra final recorrida en silencio, el edificio de ladrillo cada vez más cerca, cada detalle del entorno registrado con la misma precisión fría que dedicó, años atrás, a cada operación de la que dependía una vida.

El asfalto agrietado bajo las botas, el olor a óxido de las vías cercanas, cada sombra entre los galpones examinada antes de dar el siguiente paso.

—Entrada principal confirmada, dos hombres visibles —susurra Marko—. Salida lateral este, sin movimiento en los últimos cinco minutos.

—¿Y la oeste?

—Bloqueada con escombros. No parece transitable.

Aleksandar asiente, evaluando cada ángulo posible del edificio, cada ventana tapiada, cada punto ciego que podría esconder a un hombre armado esperando el momento exacto para disparar.

El viento le trae, apenas, el sonido lejano de un tren pasando por las vías cercanas, el mismo detalle que Mila logró transmitirle por teléfono horas atrás, y por un segundo la coincidencia le resulta casi física, como si el lugar mismo confirmara que llegaron al sitio correcto.

Cada segundo que tardo en decidir es un segundo más que ella pasa ahí adentro. Pero un movimiento mal calculado ahora puede costarle la vida en lugar de salvarla.

Es la primera vez, desde que salió corriendo de su propia casa horas atrás, que se obliga a detenerse del todo, a pensar antes de actuar, y la sensación le resulta casi física, un peso que le cuesta sostener.

Los dedos cerrados con fuerza alrededor del arma, cada instinto pidiéndole avanzar ya.

El frío de la noche le cala los hombros, pero ni siquiera lo registra del todo.

Marko lo mira de reojo, algo cauteloso en la expresión, como si esperara que en cualquier momento la urgencia le gane a la disciplina que Aleksandar sostuvo durante toda la carrera hacia el lugar. Espera, sin decir nada más, dejándolo procesar la decisión a su propio ritmo.

—Necesito confirmación de cuántos hombres hay adentro antes de mover un solo pie hacia esa puerta —dice, la voz baja pero firme—. No pienso repetir el error de entrar a ciegas.

*

—Tenemos un hombre que puede acercarse por el techo del galpón vecino —informa Marko—. Nos daría visión del interior sin exponernos todavía.

—Hacelo.

—Va a tardar unos minutos en posicionarse.

—No me importa cuánto tarde, siempre que sea preciso.

Uno de los hombres más jóvenes, todavía con la adrenalina de la persecución encima, se acerca con impaciencia mal disimulada.

—Con todo respeto, cada minuto que esperamos es un minuto que ella sigue ahí adentro. Podemos entrar ahora, con la fuerza que tenemos, y resolverlo.

Aleksandar lo mira, el instinto de darle la razón peleando cuerpo a cuerpo con quince años de disciplina que le insisten lo contrario.

—Si entramos ahora, sin saber cuántos hombres hay ni dónde la tienen exactamente dentro del edificio, la ponemos en más riesgo, no en menos.

Un hombre armado y desesperado en un espacio cerrado, sorprendido por una entrada mal calculada, puede reaccionar de formas que no podemos predecir ni controlar.

—¿Y si la están lastimando ahora mismo, mientras esperamos?

La pregunta le atraviesa el pecho con una violencia que no logra ocultar del todo, pero mantiene la voz firme.

—Entonces vamos a entrar de la forma que le dé la mejor oportunidad real de salir con vida, no la que me haga sentir mejor a mí por haber actuado rápido.

Marko interviene, la voz calma, buscando cerrar la discusión.

—El hombre ya está en posición. Danos dos minutos más.

Aleksandar asiente, cada segundo de espera sintiéndose como una eternidad medida en algo mucho más pesado que el tiempo real.

El joven que cuestionó la orden se aleja unos pasos, sin insistir más, pero la tensión que dejó en el aire tarda en disolverse del todo.

Aleksandar mantiene la vista fija en el edificio, la respiración controlada por pura fuerza de voluntad, cada segundo marcado como un golpe seco en algún lugar del pecho.

Aleksandar cierra los ojos un instante, tratando de anclar la mente en algo que no sea el peor escenario posible, y lo único que encuentra es la voz de Mila por teléfono, tensa pero clara, dándole la información exacta que los trajo hasta aquí.

Si logró hacer eso atada a una silla, en medio de lo que sea que esté pasando ahí adentro, puede aguantar unos minutos más. Tiene que poder.

Se aferra a esa certeza con la misma disciplina con la que se aferra a cualquier otro cálculo, sabiendo que dudar de ella ahora no le sirve a nadie.

*

El hombre en el techo del galpón vecino reporta por radio, la voz baja, cortada por el viento.

—Veo movimiento en la planta baja. Dos hombres armados cerca de la entrada. No tengo visión del sótano desde aquí.

—¿Alguna abertura hacia abajo?

—Una rejilla de ventilación, del lado este. Podría darnos algo de sonido, no imagen.

—Lleva un hombre ahí. Necesito saber si ella sigue con vida y en qué condición.

Pasan minutos que a Aleksandar le resultan interminables, cada segundo sumándose al peso que ya siente en el pecho desde que escuchó su voz por teléfono.

Se mantiene inmóvil, la radio apretada en la mano, cada músculo del cuerpo tenso en la espera.

La humedad del ambiente se le pega a la ropa, pero ni siquiera lo registra del todo.

Cuando la radio vuelve a sonar, contiene la respiración sin darse cuenta.

—Se escuchan voces adentro. Una es de mujer. No distinguimos palabras, pero está hablando, lo cual quiere decir que...

—Que sigue con vida.

—Sí.

Algo en el pecho de Aleksandar cede apenas, el alivio tan intenso que por un segundo le cuesta mantener la expresión neutral frente a sus hombres. Cierra los ojos medio segundo, dejando que esa sola certeza le recorra el cuerpo entero.

Está viva. Está hablando. Sigue peleando, de la forma que sea que esté peleando ahí adentro.

Se permite, apenas un instante, imaginarla ahí abajo, sosteniendo alguna conversación con quien sea que la vigile, usando la misma inteligencia fría que él aprendió a admirar cada día más desde que la sacó de esa subasta.

La imagen le da el empuje que necesita para sostener la calma unos minutos más.

—¿Algo más?

—Un hombre distinto entró hace unos minutos. Traje, no la vestimenta de los otros dos. Podría ser alguien de más jerarquía.

Aleksandar procesa el dato con una frialdad que le cuesta sostener, la posibilidad de que sea Viktor mismo, ahí adentro, con ella, encendiéndole algo mucho más oscuro que la simple urgencia de antes.

Cierra la mano libre en un puño, despacio, controlando el impulso de moverse antes de tiempo.

El pulso se le acelera apenas, algo que no le pasaba desde hacía años frente a una situación de riesgo.

—Confirmen posiciones de todos los hombres. Vamos a entrar apenas tengamos claro dónde está cada uno.

*

—Perímetro confirmado del todo —informa Marko—. Dos hombres en la entrada principal, uno posible adentro con ella, salida lateral este sin movimiento reciente.

—¿Podemos neutralizar a los dos de la entrada sin generar ruido que alerte al resto?

—Con el ángulo que tenemos, sí. Sorpresa total.

Aleksandar mira el edificio una última vez, cada instinto y cada cálculo finalmente alineados en la misma dirección, la decisión tomándose sola en algún punto entre la urgencia y la disciplina que sostuvo durante los últimos minutos.

—Neutralicen a los dos de la entrada. Apenas caigan, entro yo primero, Marko detrás, el resto cubriendo salidas y perímetro.

—¿Tú primero?

—Sí.

—Aleksandar...

—No es una decisión que esté abierta a discusión.

Marko no insiste, algo en la expresión de Aleksandar dejando claro que no hay margen para ese argumento en particular, no esta vez, no con ella adentro. Se da vuelta hacia el resto de los hombres, la señal silenciosa suficiente para que todos tomen posición sin necesidad de una orden explícita.

Los dos hombres de la entrada caen en cuestión de segundos, silenciosos, eficientes, el resultado de años de entrenamiento puesto al servicio de la única cosa que ahora le importa de verdad. Ni un grito, ni un disparo, solo el ruido sordo de los cuerpos contra el suelo.

Aleksandar avanza hacia la puerta, el arma lista, cada músculo del cuerpo tenso con una mezcla de calma entrenada y urgencia que no logra, ni quiere, disimular del todo.

A su lado, Marko avanza en silencio, la mirada atenta a cada sombra, cada abertura, cada posible amenaza que todavía no lograron confirmar del todo.

El corazón le late fuerte contra el pecho, un ritmo que no siente desde hace años.

—Recuerda —dice Marko, en voz apenas audible—, sea lo que sea que encontremos ahí adentro, necesitamos que ella salga con vida. Eso es lo único que importa hoy.

—Lo sé.

*

La puerta cede con un solo golpe seco, el sonido apagado por la distancia y el viento que sopla entre los galpones vecinos.

Aleksandar entra primero, el arma al frente, los ojos adaptándose de golpe a la penumbra del interior, cada sentido puesto al servicio de encontrarla antes de que cualquier otra cosa pueda salir mal.

El pasillo se extiende frente a él, más largo de lo que esperaba desde afuera, con una escalera hacia abajo al fondo, la misma que imagina que Mila bajó horas atrás sin poder ver nada por la venda en los ojos.

Marko entra detrás, cubriendo el ángulo opuesto, la respiración controlada de ambos el único sonido real en ese primer instante dentro del edificio. El olor a encierro y a polvo viejo se le pega a la garganta apenas cruza el umbral.

Está ahí abajo. Tiene que estar ahí abajo.

Aleksandar avanza hacia la escalera, cada paso calculado, cada instinto de entrenamiento y cada fibra de urgencia personal finalmente moviéndose en la misma dirección, hacia el único lugar del mundo que le importa en este momento.

El aire se vuelve más frío a medida que se acerca al primer escalón, un olor a humedad y cemento subiendo desde abajo, el mismo tipo de espacio cerrado que aprendió a temer en la guerra, por razones muy distintas a las que siente ahora.

Pone el primer pie en el escalón hacia el sótano, el corazón latiéndole como no lo hacía desde la guerra.

No hay ninguna versión de este momento en la que esté dispuesto a retroceder.