Capítulo 33
La puerta se abre despacio, sin la brusquedad de los dos hombres anteriores.
Mila endereza la espalda contra la silla, cada músculo alerta antes de que la figura termine de cruzar el umbral.
El que entra ahora tiene otro porte, otra seguridad, un traje que no encaja del todo con el resto del escondite improvisado: las mangas planchadas, los zapatos limpios pese al polvo del sótano, como si hubiera cruzado ese mismo umbral cientos de veces sin que nada de eso le rozara.
Se mueve despacio, sin apuro, cada paso calculado para que ella lo mida antes de que diga una sola palabra.
—Mila —dice, y algo en la familiaridad con la que pronuncia su nombre le confirma, antes de que se presente, que está frente a Viktor Halep.
—Viktor.
—Veo que ya sabes quién soy. Aleksandar debe haber sido eficiente.
—Más de lo que tú esperabas, aparentemente.
Viktor sonríe, sin humor real detrás, y acerca una silla para sentarse frente a ella, la distancia calculada, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
Se acomoda el saco antes de sentarse, un gesto pequeño, casi mecánico, el tipo de detalle que solo alguien acostumbrado a que lo observen se molesta en cuidar.
—Siempre fuiste inteligente. Es una de las cosas que más admiraba de ti, en su momento.
—¿Admirabas? Qué generoso, considerando que me usaste como cebo desde el principio.
—No te usé. Te elegí. Hay una diferencia.
A Mila la rabia le sube otra vez, la misma que la recorrió al enterarse del nombre, pero la controla, apoyada en la disciplina que aprendió a fuerza de necesidad en las últimas semanas.
Cierra las manos atadas en puños sobre el regazo, clavándose las uñas en la palma para anclarse, la respiración pareja aunque el pulso le golpee fuerte contra las muñecas atadas.
Mantiene la vista fija en él sin parpadear, negándose a darle la satisfacción de ver el miedo que sabe que debería sentir.
El sótano huele a humedad y a óxido, un frío que se le mete bajo la ropa, pero mantiene el mentón levantado igual, como si la postura sola pudiera sostener algo del control que le queda.
La silla le raspa la espalda cada vez que se mueve, un recordatorio constante de dónde está y de lo poco que puede hacer al respecto.
No le des lo que busca. Todavía no.
*
—¿Por qué todo esto? —pregunta Mila, la voz calma, calculada—. Nunca me hiciste nada. ¿Por qué elegirme a mí?
—Porque necesitaba algo cercano a Aleksandar que él no viera venir. Alguien sin conexiones evidentes con mi mundo, alguien que él protegería sin dudarlo apenas la conociera.
—¿Cómo sabías que iba a protegerme?
Viktor se ríe, un sonido bajo, seguro de sí mismo.
Cruza una pierna sobre la otra, cómodo, como si estuviera en su propia oficina y no en un sótano con una mujer atada frente a él, la postura relajada de alguien que no contempla siquiera la posibilidad de estar equivocado.
Junta las manos sobre la rodilla, el gesto de quien se prepara a disfrutar de una conversación que ya cree ganada.
—Porque estudié a Aleksandar Vukovic durante años. Conozco su código mejor que la mayoría de la gente que trabaja para él. Sabía que no iba a dejarla ahí, en esa subasta, sabiendo que podía sacarla.
Mila asiente despacio, dejando que él siga hablando, notando cómo cada palabra que dice, cada detalle que revela con esa confianza excesiva, es información que ella puede usar después.
Mantiene la mirada fija en él, atenta a cada gesto, cada pausa antes de una frase, cada vez que la voz de Viktor sube apenas de volumen sin que él lo note.
Guarda cada dato en algún rincón ordenado de la memoria, como si archivara pruebas para un juicio que todavía no sabe si va a llegar a ver.
—Eres bueno planeando —dice, el tono cuidadosamente admirativo—. Meses de anticipación, cada pieza en su lugar. Debe haberte costado mucho esfuerzo.
—Más del que te imaginas.
—¿Y todo para qué? ¿Para probar que eres más inteligente que él?
Algo en la expresión de Viktor cambia apenas, un destello de orgullo herido que Mila archiva de inmediato, una grieta diminuta bajo la calma calculada que trae desde que entró.
Se acomoda el puño de la camisa, un gesto de más, la primera señal de que la pregunta le pesó más de lo que hubiera querido mostrar.
Endereza los hombros un segundo después, como si se corrigiera a sí mismo antes de que ella note demasiado.
—Para probar que nadie es intocable. Ni siquiera Vukovic.
*
—¿Qué piensas hacer conmigo ahora? —pregunta Mila, manteniendo la voz firme a pesar del miedo que le corre por debajo.
—Todavía lo estoy decidiendo.
—¿No tenías un plan para esta parte?
—Tenía varios. La situación cambió más rápido de lo que esperaba.
Mila nota la tensión detrás de esa admisión, la primera grieta real en la fachada de control que Viktor mantuvo desde que entró: un parpadeo un segundo más largo de lo normal, los dedos cerrándose apenas sobre el brazo de la silla, el peso del cuerpo desplazándose apenas hacia adelante, buscando convencerse a sí mismo tanto como a ella.
—¿Cambió cómo?
—Aleksandar reaccionó más rápido y con más recursos de los que calculé. Eso complica algunas cosas.
—Entonces no salió como lo planeaste.
—Salió parcialmente como lo planeé —dice él, la irritación asomando apenas, la voz un poco más tensa de lo que quisiera dejar ver—. Tú estás aquí. Eso es exactamente lo que quería.
—¿Y ahora?
—Ahora espero a ver qué tan lejos está dispuesto a llegar Vukovic para recuperarte. Eso me va a decir todo lo que necesito saber sobre cuánto vale realmente para él.
—Suena a que todavía no tienes certeza de nada.
—Tengo certeza de lo suficiente.
—¿La tienes? Porque hasta donde yo escucho, estás improvisando tanto como cualquiera de nosotros.
Viktor se levanta de golpe, la silla raspando contra el piso de cemento, la irritación ya visible del todo, y Mila entiende que tocó un nervio que no esperaba encontrar tan cerca de la superficie.
Se aleja dos pasos, la mano cerrándose y abriéndose junto al cuerpo, buscando en ese movimiento algo que le impida decir lo que después se arrepienta.
—Cuidado con cómo me hablas.
—Perdón. Solo trato de entender la situación.
Él la mira un momento más, respirando para recuperar la compostura, y finalmente da un paso atrás, el gesto de alguien que se obliga a recordar quién de los dos supuestamente tiene el control de la habitación.
—Voy a dejarte pensar un rato en tu situación. Capaz eso te ayuda a recordar tus modales.
Se acomoda el saco otra vez, el mismo gesto mecánico de cuando entró, buscando recuperar del todo la compostura antes de salir.
Sale de la habitación sin decir más, la puerta cerrándose con más fuerza de la necesaria, el eco del golpe quedando suspendido en el sótano un segundo más de lo que debería, y la quietud que deja atrás se siente distinta a la de antes, más pesada, cargada con algo que Mila todavía no logra nombrar del todo.
*
Sola de nuevo, Mila deja que el temblor que contuvo durante toda la conversación con Viktor finalmente le gane un poco, las manos atadas temblando apenas, la respiración más agitada de lo que se permitió mostrar frente a él.
Apoya la cabeza contra la pared fría del sótano, cerrando los ojos un segundo, el cuerpo entero pidiendo la tregua que la mente todavía no se permite del todo.
Las cuerdas le marcan la piel de las muñecas cada vez que intenta moverlas.
Aguanta. Solo un poco más.
Piensa en Aleksandar, en la llamada que logró hacer, en si habrá alcanzado a escuchar lo suficiente antes de que se cortara.
Piensa en la promesa que se hicieron en el auto, camino al escondite de Restović, apenas unos días atrás.
Vuelve a mí entero. Ahora es ella la que necesita esa promesa cumplida en sentido contrario.
Se obliga a respirar más despacio, a recuperar el control, sabiendo que necesita estar lista para lo que sea que venga después, sea rescate o algo peor.
Endereza otra vez la espalda contra la silla, las muñecas raspadas contra la cuerda, y fija la vista en la puerta cerrada, contando en silencio los segundos como si eso pudiera ordenar algo del caos que siente por dentro.
El frío del sótano ya no le importa tanto como antes; hay algo más urgente ocupando cada rincón de su atención.
Flexiona los dedos entumecidos sobre el regazo, tratando de mantener algo de circulación en las manos atadas.
Repasa mentalmente todo lo que logró: el trayecto memorizado, la llamada realizada, la ubicación aproximada transmitida, la información que le sacó a Viktor sobre su propia inseguridad, sobre lo improvisado que resultó ser el plan una vez que Aleksandar reaccionó.
Hice lo que pude. Ahora depende de él.
Esa idea, en lugar de asustarla más, le da una calma extraña, la certeza de que no está completamente indefensa, de que hizo cada cosa posible dentro de las circunstancias que tuvo. Endereza la espalda una vez más, lista para lo que venga.
*
El tiempo pasa de una forma imposible de medir con precisión, cada minuto estirándose más de lo que debería. Mila escucha, en algún momento, voces alteradas del otro lado de la puerta, palabras que no logra distinguir del todo, un tono de urgencia que no estaba ahí antes.
Se queda completamente quieta, tratando de captar cualquier detalle que le sirva.
Después, silencio. Un silencio distinto, más tenso, más cargado que cualquiera de los anteriores.
Y entonces, un sonido nuevo: algo metálico, lejano, seguido de pasos rápidos, múltiples, moviéndose con una urgencia que no tenían los hombres que la trajeron hasta aquí.
¿Son ellos? ¿Es Aleksandar?
El corazón le late con una fuerza que casi le duele, la esperanza y el miedo mezclándose en una combinación que no sabe cómo procesar.
Podría ser ayuda llegando. Podría ser, con la misma probabilidad, algo mucho peor: Viktor decidiendo que ya no vale la pena mantenerla con vida, o refuerzos llegando para reforzar la posición en lugar de romperla.
Los pasos se acercan más, del otro lado de la puerta, y Mila no tiene forma de saber, hasta que la puerta se abra, cuál de las dos posibilidades le espera del otro lado.
Contiene la respiración, la mirada fija en la puerta que está a punto de abrirse.
No sabe si lo que viene es su rescate o el final.