Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Aleksandar está en el auto, ya en movimiento, cuando el teléfono suena con un número desconocido.

Contesta antes del segundo tono, el corazón deteniéndosele un instante al reconocer la voz.

El auto avanza a toda velocidad por calles que apenas registra, la vista fija en el teléfono como si pudiera sostener la llamada con la sola fuerza de la mirada.

Dragan maneja en silencio a su lado, atento a cada palabra sin apartar del todo los ojos del camino.

—¿Hola?

—Aleksandar, soy yo.

—Mila.

—Zona industrial. Cerca de vías de tren. Un cartel dice "Ferroviaria" algo. Sótano. No tengo mucho tiempo.

—Mila, ¿estás...?

La línea se corta.

Aleksandar se queda mirando el teléfono un segundo, procesando cada palabra, grabándola en la memoria con la misma precisión con la que archivaría cualquier dato crítico de una operación de vida o muerte, porque exactamente eso es lo que es.

Adentro del auto, nadie dice nada, y esa quietud se siente más larga de lo que realmente dura, cada segundo cargado con el peso completo de lo que acaba de escuchar.

—¡Dragan! —grita hacia el asiento delantero—. Zona industrial, cerca de vías de tren, un cartel con la palabra "Ferroviaria". Necesito esa ubicación exacta, ahora.

La urgencia en su propia voz lo sorprende incluso a él, algo que rara vez se permite mostrar frente a sus hombres.

Dragan ya está tecleando en su teléfono, coordinando con el resto del equipo, la eficiencia de años de trabajo conjunto notándose en cada movimiento rápido de sus dedos sobre la pantalla.

—Hay dos zonas industriales cerca de vías que coinciden con esa descripción. Estamos verificando cuál tiene un cartel con ese nombre.

—Verifícalo rápido.

—Aleksandar, necesito que...

—Ahora, Dragan.

Dragan corta la comunicación con el resto del equipo un segundo para mirarlo, algo de la urgencia de Aleksandar contagiándosele de inmediato.

La voz de Mila, esa fracción de segundo de contacto real después de la angustia de las últimas horas, le da a Aleksandar algo que no tenía hasta ahora: no solo la certeza de que sigue con vida, sino una pista concreta que convierte la búsqueda desesperada en algo, por fin, accionable.

*

—Tenemos dos ubicaciones posibles —dice Dragan, minutos después—. Si dividimos los hombres entre las dos, cubrimos más terreno, pero con menos fuerza en cada una.

Aleksandar no duda ni un segundo antes de responder, la decisión ya tomada antes de que Dragan termine de plantear el dilema.

—Divídelos.

—Si es la ubicación equivocada, perdemos tiempo valioso.

Dragan insiste, la cautela de años de experiencia todavía intentando abrirse paso a través de la urgencia del momento.

—Si no las cubrimos las dos al mismo tiempo, perdemos más tiempo todavía esperando confirmar cuál es la correcta.

Marko, en el otro auto por radio, interviene con cautela.

—Aleksandar, si movilizamos a todos los hombres de esta forma, dejamos la propiedad prácticamente sin protección. Si esto es una distracción para atacarte a ti directamente...

La respuesta le llega antes de que termine de plantear el escenario completo.

—No me importa.

—Es un riesgo real que hay que considerar.

—Ya lo consideré. Y la respuesta sigue siendo que no me importa.

Nadie más se anima a cuestionar la orden por la radio. Ni siquiera la estática habitual interrumpe ese momento, como si toda la línea entera contuviera la respiración junto con los hombres del otro lado.

—Cada hombre disponible, ahora, en las dos ubicaciones —repite Aleksandar, la voz sin ningún rastro de la cautela que definió cada decisión suya hasta ayer—. Cualquier recurso que tengamos, cualquier favor que podamos cobrar. No estoy calculando riesgos ni ventajas políticas. Estoy buscando a Mila.

Ignorar cualquier consejo de contención, por primera vez en su carrera, no le genera a Aleksandar ninguna de las dudas que normalmente acompañarían una decisión tan expuesta.

Porque esta vez sabe, con una certeza absoluta, que no hay cálculo posible que valga más que encontrarla a tiempo.

Quince años de disciplina metódica se disuelven en cuestión de minutos, reemplazados por algo mucho más simple y mucho más urgente.

*

En medio del operativo, uno de los hombres más jóvenes, nuevo en el círculo cercano de Aleksandar, se anima a preguntar lo que varios están pensando. El resto del grupo se queda en silencio, expectante, sin animarse a decir en voz alta lo que el joven acaba de arriesgarse a preguntar.

—¿No sería más prudente negociar primero? Si quien la tiene busca algo de ti, capaz se puede resolver sin arriesgar tantos hombres de una sola vez.

Aleksandar se da vuelta hacia él, la mirada tan fría que el hombre da un paso atrás sin darse cuenta. El resto de los hombres presentes se quedan quietos, ninguno queriendo llamar la atención en ese momento.

—¿Negociar qué, exactamente?

—No sé. Lo que sea que pidan a cambio.

Aleksandar deja pasar un segundo antes de responder, cada palabra siguiente pesando el doble por la contención que le cuesta mantener.

—Ella no es moneda de cambio.

—No quise decir eso, solo...

El joven se detiene a mitad de frase, dándose cuenta demasiado tarde de que cualquier intento de aclaración solo empeora las cosas.

—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir.

Mila no es una ficha que se negocia, no es un activo que se cambia por otro activo, no es nada que se pueda intercambiar por dinero o por territorio o por cualquier otra cosa que alguien piense que tengo para ofrecer.

Nunca lo fue, desde el primer día que la saqué de esa subasta.

El hombre asiente, sin animarse a decir nada más, la mirada baja, evitando cualquier contacto visual directo con Aleksandar.

—Cualquiera que piense distinto —continúa Aleksandar, la voz ahora dirigida a todos los que alcanzan a escucharlo—, que lo piense en otro lado, porque aquí no tiene lugar.

Dragan, que escuchó todo desde unos pasos de distancia, se acerca cuando el joven se retira, la expresión seria pero sin ningún rastro de reproche en ella.

—Fuerte lo que dijiste.

—Necesitaba decirlo. No solo para él. Para todos.

—¿Y para ti también?

Dragan lo pregunta con cuidado, consciente de que está tocando algo que Aleksandar rara vez deja ver frente a otros.

Aleksandar lo mira, algo cediendo apenas en la dureza de su expresión.

—Sobre todo para mí.

Dragan se queda un momento más a su lado, sin agregar nada, dejando que el silencio compartido sea suficiente.

*

La confirmación llega minutos después: una de las dos ubicaciones coincide exactamente con la descripción, un cartel descolorido con el nombre "Estación Ferroviaria Norte", parcialmente oculto por el óxido, visible solo desde cierto ángulo.

Aleksandar mira la fotografía que le envían por teléfono, el corazón acelerándosele apenas al reconocer, en la imagen borrosa, exactamente lo que Mila describió.

—La tenemos —dice Dragan—. Convergiendo ahora.

Su voz suena, por primera vez en horas, con una liviandad casi audible, la esperanza real de que esto pueda terminar bien.

Aleksandar suelta el aire que venía conteniendo, breve, incompleto, inmediatamente reemplazado por la tensión de lo que viene después. Se guarda el teléfono en el bolsillo, ya moviéndose hacia el auto sin esperar ninguna confirmación adicional.

—¿Cuántos hombres tenemos ahí?

—Los que mandamos a esa zona más los que están redirigiendo desde la otra ubicación. Van a estar todos en posición en menos de diez minutos.

Aleksandar asiente, calculando mentalmente cada minuto que falta, cada uno sintiéndose más largo que el anterior.

—Quiero evaluación del perímetro antes de que nadie se mueva a ciegas. No pienso repetir el error de actuar sin información básica.

—Entendido.

Aleksandar cierra los ojos un segundo, la tensión de las últimas horas concentrándose entera en ese único gesto.

—Pero no quiero demoras innecesarias tampoco. Apenas tengamos el perímetro claro, entramos.

Marko, ya en el lugar según el último informe, confirma por radio que el edificio parece tener una sola entrada principal vigilada, con posibles salidas laterales sin confirmar todavía.

Su voz suena tensa a través de la radio, el mismo apuro contenido que domina a todos los que ya llegaron a la zona.

—Cubran las salidas laterales primero —ordena Aleksandar—. Después avanzamos por la entrada principal.

Marko confirma la orden por radio de inmediato, la voz clara incluso a través de la interferencia estática de la comunicación.

El equilibrio que Aleksandar encuentra ahora, entre la urgencia que lo empuja a entrar de inmediato y la disciplina táctica que todavía se impone para no ponerla en más riesgo, es la primera señal de que, incluso rompiendo con el cálculo político de siempre, no perdió del todo el criterio que lo mantuvo con vida durante años.

*

El auto de Aleksandar se detiene a una cuadra del edificio, la estructura de ladrillo viejo visible entre los galpones abandonados de la zona, exactamente como Dragan la describió. Baja del auto sin esperar a que el motor termine de apagarse, la vista fija en la construcción a lo lejos.

—Perímetro confirmado —informa Marko por radio—. Dos hombres visibles en la entrada principal. Sin movimiento visible en las salidas laterales todavía.

—¿Algún indicio de cuántos están adentro?

—No podemos confirmarlo desde aquí.

Aleksandar revisa el arma, la respiración controlada, cada instinto de los últimos quince años trabajando en conjunto con la urgencia nueva que lo domina desde que escuchó la voz de Mila por teléfono.

Los hombres se posicionan a su alrededor en silencio, cada uno esperando la señal sin necesidad de instrucciones adicionales.

—Cuando dé la señal, avanzamos todos al mismo tiempo. Nadie se mueve antes.

—Entendido.

Los hombres asienten sin necesidad de repetir la orden en voz alta, cada uno tomando posición alrededor del perímetro que Marko ya confirmó.

Se queda un momento más, mirando el edificio, la certeza de que del otro lado de esas paredes está la mujer por la que acaba de romper cada regla de cautela que se impuso durante años.

—Vamos —dice finalmente, la voz baja, la determinación total—. Que nadie se interponga entre ella y yo.