Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 31
72%

Capítulo 31

La mano que le cubre la boca huele a cigarrillo y guantes de cuero, el cuerpo de Mila apretado contra el asiento trasero de un auto que arranca antes de que termine de procesar lo que está pasando.

El motor ruge al acelerar, y por un instante todo lo que existe es el peso de un brazo ajeno sosteniéndola contra el asiento.

Piensa. No entres en pánico. Piensa.

Reconoce, casi por instinto, el mismo mecanismo que usó la noche de la subasta: separar el miedo real, que le corre por el cuerpo entero, de la necesidad urgente de observar, de reunir información, de no perder ni un solo detalle que después pueda servir.

Son dos hombres, uno manejando, otro a su lado sosteniéndola contra el asiento. Ninguno de los dos habla, lo cual, calcula Mila, significa que tienen instrucciones precisas de no darle información.

Bien. Entonces voy a tener que conseguirla sola.

Cuenta las cuadras que alcanza a percibir por el movimiento del auto, memoriza el sonido de una obra en construcción que pasan a los pocos minutos, un golpe seco de tren que cruza cerca, cualquier detalle sensorial que pueda ayudarla después a reconstruir el trayecto.

—No hace falta que me sujetes tan fuerte —dice, la voz más calma de lo que se siente por dentro—. No voy a saltar de un auto en movimiento.

El hombre no responde, pero afloja apenas la fuerza con la que la sostiene, lo suficiente para que ella empiece a evaluar el resto del entorno con más claridad.

Intenta, con cuidado de no delatar el gesto, girar apenas la muñeca para sentir el tipo de material que la sujeta. Cuerda, no precinto plástico, un dato menor pero real: cuerda significa que alguien tuvo tiempo de prepararse, no que actuaron sobre la marcha con lo primero que encontraron.

Esto estaba planeado. No es un golpe de improvisación.

El auto gira dos veces más, dobla en lo que le parece una curva cerrada, y por un instante el silencio dentro del habitáculo se rompe apenas por el sonido de una radio distante, música que no logra identificar del todo, apenas un fragmento de voz masculina cantando algo en un idioma que no reconoce.

Otro dato. Guardarlo.

Se obliga a respirar despacio, a mantener el cuerpo relajado contra el asiento aunque cada músculo quiera tensarse, porque sabe, con la misma certeza fría que aprendió noche tras noche en la mansión de Aleksandar, que cualquier signo de pánico solo le da más control a los hombres que la sostienen.

El miedo sigue ahí, corriéndole por cada nervio del cuerpo, pero Mila ya aprendió, semanas atrás, que el miedo paralizante no le sirve de nada. Elige, con la misma disciplina fría que Aleksandar admiró en ella desde la primera noche, convertir el terror en observación.

*

El auto se detiene después de lo que Mila calcula son quince o veinte minutos de viaje. La bajan con los ojos cubiertos por una tela improvisada, pero antes de que se la coloquen alcanza a ver, apenas un segundo, el exterior de un edificio industrial, ladrillo viejo, ventanas altas y estrechas.

Zona industrial. Cerca de las vías, por el sonido del tren. Al menos veinte minutos desde la propiedad.

La empujan a través de lo que parece un pasillo largo, después escalones hacia abajo, el aire cambiando, volviéndose más frío, más húmedo, con olor a cemento y humedad estancada.

Un sótano.

La sientan en una silla, le atan las manos por delante, no por detrás, un detalle que Mila archiva de inmediato como información útil: gente apurada, o gente que no espera que ella intente nada.

Le quitan la venda de los ojos recién cuando la puerta se cierra detrás de los dos hombres, dejándola sola en un espacio pequeño, iluminado apenas por una lámpara colgante, sin ventanas visibles.

Respira hondo, controlando el temblor que amenaza con ganarle, y empieza a examinar cada centímetro del lugar con la misma atención metódica que aprendió a usar en las últimas semanas.

Las paredes son de ladrillo visto, viejas, con manchas de humedad que suben desde el piso hasta más o menos la altura de su hombro.

En un rincón, cajas de cartón apiladas, algunas rotas, el contenido no visible desde donde está sentada.

Una sola puerta, metálica, sin ventana en ella, y por debajo apenas se filtra una franja delgada de luz distinta a la de la lámpara, más blanca, más fuerte.

Luz de afuera. Hay otro ambiente antes de la salida.

Cuenta los segundos entre un ruido y otro del otro lado de la puerta, tratando de establecer un patrón: pasos que van y vuelven, una voz baja que no logra distinguir del todo, el sonido metálico de algo que se arrastra sobre el piso.

Dos hombres, tal vez tres. No más.

Cada detalle que Mila logra memorizar —la distancia recorrida, el sonido del tren, la textura del aire, las manos atadas por delante— es una pieza más que, si logra transmitirla, podría ser la diferencia entre que la encuentren a tiempo o no.

*

Mila revisa la habitación con cuidado, moviéndose lo poco que las ataduras le permiten. Encuentra, en un rincón, una ventana pequeña y alta, tapiada desde afuera pero con una rendija de luz que se filtra por un costado.

Si logro llegar hasta ahí, capaz puedo ver algo del exterior.

Se arrastra la silla, centímetro a centímetro, el ruido mínimo, calculado para no alertar a nadie del otro lado de la puerta. Le toma varios minutos largos, cada movimiento cuidadoso, hasta que finalmente logra acercarse lo suficiente a la rendija de luz.

A través de ella, apenas un fragmento del exterior: un cartel descolorido, parcialmente ilegible, el nombre de una calle que alcanza a distinguir a medias. Ferroviaria. Algo Ferroviaria.

Memoriza lo que puede, repitiéndoselo en la cabeza una y otra vez para no perderlo.

La puerta se abre de golpe. Uno de los hombres que la trajo entra, la mira con sospecha al verla movida de lugar.

—¿Qué estabas haciendo?

—Tratando de ver algo. No tengo mucho más para hacer aquí atada a una silla.

El hombre la empuja de vuelta al centro de la habitación, sin violencia excesiva, pero con firmeza suficiente para dejar claro que no va a tolerar más movimientos.

—Quédate quieta.

—¿Puedo saber al menos qué está pasando? ¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?

—Eso no te lo puedo decir.

—¿Porque no lo sabes, o porque no quieres?

El hombre no responde, pero algo en su vacilación le confirma a Mila que la primera opción es más probable, un dato que archiva junto a todos los demás.

Cada intercambio, por mínimo que parezca, le da a Mila algo nuevo para trabajar. La falta de certeza del hombre que la vigila sugiere una operación armada con apuro, no con la planificación meticulosa de alguien completamente seguro de sí mismo.

*

Cuando el hombre sale de nuevo, Mila nota algo que no había visto antes: un teléfono viejo, olvidado sobre una caja en el rincón opuesto de la habitación, probablemente de alguno de sus captores, descargado de uso reciente.

Si logro llegar hasta ahí...

Vuelve a arrastrar la silla, más rápido esta vez, sabiendo que no tiene mucho tiempo antes de que alguien vuelva a controlarla. Llega hasta la caja, y con las manos todavía atadas por delante, logra tomar el teléfono entre los dedos.

Está bloqueado, pero la pantalla muestra, en la parte superior, una notificación de un mensaje sin abrir de un número guardado como "Encargado".

No puede acceder al contenido, pero sí, forcejeando con los botones laterales, logra activar la función de emergencia, la que en la mayoría de los teléfonos permite marcar un número sin desbloquear el resto del sistema.

Marca el número de Aleksandar de memoria, el corazón latiéndole con fuerza, cada segundo sintiéndose eterno.

Suena una vez. Dos veces.

—¿Hola? —la voz de él, tensa, urgente, atendiendo antes de que termine el segundo tono.

—Aleksandar, soy yo —susurra, la voz apenas audible—. Zona industrial. Cerca de vías de tren. Un cartel dice "Ferroviaria" algo. Sótano. No tengo mucho tiempo.

Pasos se acercan del otro lado de la puerta.

—Mila, ¿estás...?

Corta la llamada, guarda el teléfono de nuevo donde lo encontró, y se sienta lo más rápido que puede, la silla apenas de vuelta en su posición original cuando la puerta se abre.

El corazón de Mila late tan fuerte que teme que se le note en la cara, pero logra mantener la expresión neutral mientras el hombre entra, sin saber todavía si lo que acaba de hacer fue suficiente o si acaba de arriesgarlo todo por nada.

*

—¿Qué estabas haciendo? —pregunta el hombre, mirándola con sospecha renovada.

—Nada. Tratando de aflojar estas ataduras, sin suerte.

Él la revisa, verifica las cuerdas en sus muñecas, no encuentra nada fuera de lugar, y por un momento Mila cree que se salió con la suya del todo. La sienta de nuevo, sin más preguntas, y sale, cerrando la puerta detrás de él.

Sola otra vez, el corazón todavía acelerado, Mila repite en su cabeza la llamada que acaba de hacer, cada palabra, cada segundo, preguntándose si alcanzó a decir lo suficiente antes de cortar.

Zona industrial. Vías de tren. Ferroviaria. Sótano.

Se aferra a esas palabras como a un ancla, la única certeza que tiene en medio de todo lo demás.

No sabe cuánto tardará Aleksandar en entender lo que le dijo, ni si los datos que logró reunir alcanzan para encontrarla a tiempo.

Pero por primera vez desde que la subieron al auto, siente algo parecido a una posibilidad real.

Lo hice. Ahora depende de él.

Afuera, un motor arranca en algún punto cercano del edificio, un sonido nuevo que no había escuchado antes, y Mila no sabe si es una señal de que alguien se va, o de que algo está por empezar.

Cierra los ojos un segundo, intenta calmar el pulso, repasando una vez más cada palabra que alcanzó a decirle a Aleksandar, contando el tiempo que puede haber pasado desde el corte, preguntándose cuánto falta para que él entienda dónde buscar.

Del otro lado de la puerta, la voz de Aleksandar todavía le resuena en la cabeza.

Jugó la única carta que tenía.

Ahora solo queda esperar si alguien la escuchó.