Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 30
70%

Capítulo 30

Aleksandar pasa la noche entera evaluando opciones, mapas y informes desplegados frente a él, Dragan y Marko turnándose para traerle información nueva cada hora.

La mesa del living se convirtió, en apenas unas horas, en un centro de operaciones improvisado, papeles y fotografías cubriendo cada centímetro de la madera.

El café se le enfría dos veces sin que llegue a tocarlo, la mente puesta enteramente en las líneas rojas que marcan movimientos posibles de Viktor.

Afuera, la noche sigue su curso ajena por completo a la tensión que se acumula dentro de esa habitación.

—Podemos movernos contra Viktor ahora mismo —dice Marko—. Tenemos ubicación aproximada, tenemos hombres listos.

—Ubicación aproximada no es suficiente. Si nos movemos y fallamos, le damos exactamente la excusa que necesita para escalar.

—¿Y si esperamos y escala igual?

Aleksandar se pasa una mano por la cara, el peso de la decisión pesándole distinto a cualquier otra de su carrera. Se queda mirando el mapa desplegado frente a él, las marcas rojas señalando ubicaciones posibles, ninguna lo bastante confirmada como para justificar el riesgo.

—Necesito una prueba más. Algo que conecte a Viktor directamente con una orden, no solo con transferencias y comunicaciones indirectas.

—Eso puede tardar días.

—Lo sé.

Marko lo mira, la frente arrugándose apenas en duda, pero no dice nada más.

Se aparta hacia la ventana, dejando que Aleksandar se quede un momento a solas con el peso de su propia decisión.

Afuera, el amanecer todavía tarda en llegar del todo, el cielo apenas empezando a aclarar sobre los árboles del jardín.

Aleksandar reconoce, en algún lugar bajo la superficie de su propia certeza, que está sopesando riesgo político con la misma cautela metódica de siempre: cuánto exponerse, cuánta prueba reunir antes de actuar, cuánto tiempo puede permitirse esperar sin que el costo de esperar supere al de moverse rápido.

Se queda mirando el informe una última vez, buscando algo que confirme que está tomando la decisión correcta.

Decide esperar la confirmación completa.

La decisión suena razonable, calculada, la clase de decisión que le sirvió durante quince años. Y sin embargo, en algún lugar que todavía no reconoce del todo, algo en Aleksandar duda de la duda misma, sin saber todavía que ese instinto tiene razón.

*

Mila se despierta temprano esa mañana, la casa todavía en calma, Aleksandar por fin durmiendo algo después de la noche sin descanso.

Se mueve despacio para no despertarlo, cerrando la puerta del cuarto con cuidado detrás de ella.

Baja a la cocina a buscar café, uno de los guardias nuevos saludándola con un gesto breve desde su puesto cerca de la puerta trasera.

—¿Todo tranquilo? —pregunta ella.

—Todo tranquilo.

Sale un momento al patio lateral, la mañana fría pero despejada, necesitando aire después de días encerrada entre informes y nombres nuevos que todavía le pesan en el estómago.

Se envuelve un poco más en el suéter que se puso encima del pijama, el pasto todavía húmedo de rocío bajo sus pies descalzos.

Respira hondo dos veces, dejando que el aire frío le despeje un poco la cabeza antes de volver adentro.

El guardia que la sigue de cerca se distrae apenas un segundo, la atención puesta en el teléfono que acaba de vibrarle.

Es en ese segundo que todo cambia.

Dos hombres aparecen desde el sector menos vigilado del perímetro, el que da hacia un terreno baldío que nadie consideró una amenaza real hasta ahora.

Se mueven rápido, coordinados, con la eficiencia de gente que hizo esto antes.

No hay dudas en sus movimientos, ni la torpeza de una improvisación de último momento.

Mila alcanza a girar, alcanza a gritar una sola vez antes de que una mano le cubra la boca, el cuerpo levantado del suelo con una fuerza que no le da ningún margen para resistir.

El guardia reacciona tarde, el arma a medio sacar cuando ya es demasiado tarde para disparar sin riesgo de herirla a ella.

Grita un nombre hacia la casa, la alarma resonando por toda la propiedad, pero para cuando los primeros hombres de Aleksandar salen corriendo, el auto que esperaba en la calle lateral ya arrancó, llevándose a Mila con él.

Las llantas chirrían apenas al doblar la esquina, un sonido que se pierde rápido entre el tráfico de la mañana.

Todo pasa en menos de un minuto, la propiedad más segura que Aleksandar pudo ofrecer resultando insuficiente contra alguien que estudió cada uno de sus movimientos con la misma paciencia con la que estudió a Mila desde el principio.

La calma que cae sobre el patio lateral, apenas unos segundos después, resulta casi tan perturbadora como los gritos que la precedieron.

*

Aleksandar despierta con los gritos, todavía desorientado por las pocas horas de sueño, y para cuando baja las escaleras ya sabe, por la forma en que sus hombres se mueven, por el silencio que se instala apenas lo ven aparecer, que algo salió terriblemente mal.

Baja los últimos escalones de dos en dos, la camisa a medio poner, los pies descalzos sobre el piso frío.

El aire de la casa entera parece haber cambiado en cuestión de segundos.

—¿Qué pasó?

Dragan es quien se lo dice, la voz firme pero cargada de un peso que no logra disimular del todo. Se para frente a él, sin dar rodeos, sabiendo que cualquier demora en la información solo empeora las cosas.

—Se llevaron a Mila. Sector lateral del perímetro. Hace menos de cinco minutos.

Aleksandar no grita. No rompe nada. La reacción que lo recorre es más fría que eso, más profunda, un reconocimiento gélido que le sube desde el estómago hasta cerrarle la garganta.

Se queda un segundo entero sin moverse, la mirada fija en un punto vacío del pasillo, como si el cuerpo necesitara ese instante para procesar lo que la mente ya entendió.

Dudé.

No hay furia todavía, solo esa palabra, clara, innegable, ocupando cada espacio disponible en su mente. Se pasa una mano por la cara, tratando de organizar algo de orden en medio del caos que acaba de estallar dentro de él.

—¿Alguna pista de hacia dónde? —pregunta, la voz extrañamente controlada.

—Estamos revisando cámaras de la zona. Todavía nada confirmado.

Aleksandar asiente, el cuerpo moviéndose ya por inercia hacia la puerta, hacia la acción, mientras la mente se queda un instante más atrás, atrapada en la misma pregunta que no logra sacudirse.

Toma las llaves del auto sin pensarlo, el gesto tan automático que ni siquiera lo registra hasta que ya las tiene en la mano.

No es rabia lo que domina a Aleksandar en este momento, aunque la rabia también está ahí, esperando su turno. Es la claridad helada de entender exactamente qué decisión suya permitió que esto pasara, y cuándo la tomó.

*

Mientras camina hacia el auto, algo se le cruza por la mente con la nitidez de un recuerdo que nunca terminó de dejarlo, uno que evita casi siempre y que ahora se le impone sin permiso.

El aire frío de la mañana le pega en la cara, pero no logra sacudirle la imagen que ya empezó a formarse detrás de sus ojos.

Un puesto avanzado, años atrás. Un hombre bajo su mando pidiendo autorización para moverse, para sacar a un civil de la línea de fuego antes de que fuera tarde.

Aleksandar, calculando el riesgo político de la decisión, esperando confirmación, un minuto, después dos, sopesando en lugar de actuar.

Cuando finalmente dio la orden, ya era tarde.

El hombre murió por ese minuto de más, por esa duda calculada que en su momento pareció prudencia.

La imagen se disuelve tan rápido como llegó, pero deja algo atrás, instalado, innegable. Se detiene un segundo junto al auto, la mano apoyada en el techo, buscando ese punto de apoyo antes de subir.

Volví a hacerlo. Sopesé, calculé, esperé una prueba más. Y ahora Mila paga el precio de esa misma duda.

Sube al auto de un solo movimiento, cualquier resto de la cautela política de las últimas horas desapareciendo por completo, reemplazada por una claridad que no admite más demoras. Cierra la puerta con fuerza, el motor arrancando antes de que termine de acomodarse en el asiento.

El destello dura apenas un segundo, pero es suficiente para que Aleksandar entienda, con una certeza que no necesita repetirse dos veces, que está reviviendo el peor momento de su vida. Y que esta vez no va a permitirse el mismo error.

*

Reúne a todos sus hombres disponibles en el patio antes de que pase otro minuto, la voz ya sin ningún rastro de la cautela metódica que definió cada decisión suya hasta esta mañana.

Los diez hombres se forman frente a él en silencio, sin necesidad de que nadie los ordene, la urgencia del momento contagiándose antes de que él diga una sola palabra.

—Quiero cada recurso que tengo puesto en encontrarla. Ahora. No mañana, no en unas horas. Ahora.

—¿Y el riesgo político? —pregunta Marko, con cautela—. Si nos movemos así de rápido, sin confirmar del todo dónde está Viktor, podríamos exponernos a...

—No me importa el riesgo político.

Lo dice sin levantar la voz, pero con una firmeza que corta cualquier intento de réplica antes de que empiece.

Marko se queda en silencio, algo en la voz de Aleksandar dejando claro que no hay espacio para ninguna otra consideración. Ninguno de los hombres presentes se atreve a decir una palabra más, la orden ya resonando en el aire con el peso de algo definitivo.

—Voy a movilizar cada contacto que tengo, cada favor que me deben, cada hombre disponible en esta ciudad. Voy a romper cada acuerdo de discreción que mantuve durante años si hace falta. No me importa lo que cueste, ni a quién incomode, ni qué consecuencias tenga después.

—Entendido.

—Esto ya no es una operación calculada. Es encontrarla, sin importar el costo.

Los hombres se dispersan de inmediato, la urgencia de la orden contagiándose a toda la propiedad en segundos.

Aleksandar se queda un instante más, la imagen del hombre perdido en la guerra todavía flotando en algún lugar de su mente, mezclada ahora con el rostro de Mila.

El patio queda casi vacío a su alrededor, solo Dragan esperando en silencio a un costado, sin apurarlo.

—Nunca más dudar cuando importa —dice, para nadie en particular—. La rompí una vez, en la guerra. No pienso romperla otra vez.