Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Aleksandar no duerme esa noche. Baja a la sala apenas Mila se queda dormida, agotada después de horas de repasar nombres y fechas, y se sienta frente a los registros financieros que sus hombres vienen reuniendo desde hace días.

La casa está en silencio total, solo el zumbido bajo de la portátil rompiendo la quietud, la mayoría de las luces apagadas salvo la de su escritorio.

Toma el nombre que apareció en la hoja del escondite, el mismo que Mila conectó con el "amigo de un amigo" que la invitó al evento original, y empieza a cruzarlo con cada movimiento de dinero, cada transferencia, cada cuenta relacionada que sus contactos lograron rastrear.

Las horas pasan sin que él las note, la pantalla iluminando su cara en la penumbra de la sala vacía.

Dragan lo encuentra ahí horas después, cuando ya está amaneciendo, rodeado de papeles y una portátil con demasiadas pestañas abiertas.

Se queda parado un momento en la puerta antes de entrar, calculando el humor de Aleksandar por la postura de sus hombros.

Nunca lo vio así, tan absorto, ni siquiera en los peores momentos de la operación anterior, cuando todo parecía perdido.

—¿Dormiste algo?

—No.

—¿Encontraste algo?

Aleksandar gira la pantalla hacia él, señalando una serie de transferencias que forman un patrón demasiado ordenado para ser casualidad, cada línea resaltada en amarillo por su propia mano.

—El nombre de la hoja recibió pagos regulares durante los últimos tres meses de una cuenta intermedia. Nada que apunte directo a nadie, en un primer vistazo.

—¿Cómo diste con la conexión?

—Seguí el dinero hacia atrás, cuenta por cuenta, hasta que una de ellas dejó de ser anónima. Tomó casi toda la noche, pero al final apareció un titular real.

—¿Pero?

—Pero seguí el rastro de esa cuenta intermedia, y termina conectada a alguien que conozco.

La palabra "conozco" queda flotando en el aire con un peso que Dragan capta de inmediato. Aleksandar no dijo "alguien que investigué" ni "alguien de quien oí hablar". Dijo "conozco", y esa diferencia lo cambia todo.

*

—¿Quién es? —pregunta Dragan, la urgencia ya instalada en la voz.

Aleksandar se queda un momento en silencio, procesando lo que está a punto de decir en voz alta por primera vez, todavía esperando encontrar algún error en el razonamiento que le permita descartarlo. Repasa los papeles otra vez, línea por línea, buscando la salida que no aparece.

No lo encuentra.

—Es alguien que estuvo cerca de mis círculos hace tiempo. Alguien que nunca dio motivo para sospechar de él, que se movió siempre con la clase de cautela que hace que nadie lo mire dos veces.

Se pasa una mano por la nuca, el gesto lento, como si todavía estuviera acomodando la idea en su cabeza antes de terminar de aceptarla.

Dragan se queda callado, esperando que Aleksandar termine de decidirse a decir el nombre completo.

—¿Cercano a ti directamente?

—Cercano a mí y, por lo que estoy empezando a entender, cercano también a Mila, aunque de forma menos directa.

—¿Cuánto tiempo hace que lo conoces?

—Años. Suficientes como para haber bajado la guardia con él hace mucho tiempo. Suficientes como para haberlo invitado a mi propia mesa más de una vez sin pensarlo dos veces.

Dragan se sienta frente a él, revisando los papeles con atención renovada, la expresión cada vez más seria a medida que avanza.

—¿Cómo no lo vimos antes?

—Porque es bueno en no ser visto. Ese es exactamente el problema.

Aleksandar se pasa una mano por la cara, el cansancio de la noche entera sin dormir pesándole de golpe, mezclado con algo más filoso: la incomodidad de haber tenido, todo este tiempo, al responsable rondando cerca sin levantar ninguna alarma.

Se levanta, camina hasta la ventana y vuelve, incapaz de quedarse quieto con la idea recién asentada.

El financista no es un desconocido operando desde las sombras lejanas. Es alguien que caminó cerca de él y de Mila sin nunca despertar sospecha. La persona que buscaba no se escondía de él. Se escondía a plena vista.

*

—Necesito estar seguro antes de hacer cualquier movimiento —dice Aleksandar—. Si me equivoco con esto, no hay forma de deshacer el daño.

—¿Qué necesitas para confirmarlo?

—Más que una cuenta intermedia. Necesito algo que lo conecte directamente, sin espacio para dudas.

Se levanta, camina hasta la ventana, mirando el jardín todavía a oscuras antes del amanecer completo.

Dragan asiente, ya escribiendo instrucciones en su propio teléfono, el pulgar moviéndose rápido sobre la pantalla, la luz de la mañana entrando ya por las ventanas del living, marcando el final de la noche que ninguno de los dos durmió.

—Puedo pedir que revisen comunicaciones, encuentros recientes, cualquier contacto directo entre él y el ex socio.

—Hazlo. Pero con discreción absoluta. Si esto es lo que creo que es, no podemos darle ninguna señal de que estamos cerca.

—¿Y si se entera igual?

Aleksandar lo mira, la pregunta golpeando un punto que ya venía rondándole la cabeza desde la noche anterior. Se toma un segundo antes de responder, ordenando la respuesta en su cabeza.

—Entonces tenemos un problema mucho más grande del que tenemos ahora.

—¿Por qué dices eso?

—Porque un hombre como el ex socio, acorralado, huye. Un hombre como este, si se siente descubierto, no va a huir. Va a atacar primero.

—¿Por qué estás tan seguro de eso?

—Porque yo hubiera hecho lo mismo, en su lugar. Cuando tienes recursos de verdad, huir nunca es la primera opción.

—Entonces vamos con cuidado —dice Dragan.

—Vamos con cuidado, pero rápido. No tenemos el lujo de elegir solo una de las dos cosas.

Dragan se queda mirándolo un momento, algo incómodo con la magnitud de lo que están por poner en marcha.

—¿Estás seguro de que quieres seguir con esto solo entre nosotros dos, por ahora?

—Cuantas menos manos lo toquen, menos riesgo de que se filtre antes de tiempo.

La tensión entre la cautela necesaria y la urgencia real repite, de forma incómoda, la misma disyuntiva que Aleksandar enfrentó semanas atrás con el ex socio. Esta vez las consecuencias de dudar de más pueden ser mucho peores.

*

Sube a contarle a Mila apenas ella despierta, decidido a no repetir el error de mantenerla al margen de algo que la involucra tan directamente. Golpea suave antes de entrar, aunque la puerta ya está entreabierta, la luz de la mañana filtrándose por la ventana del cuarto.

—Creo que tenemos un nombre —dice, sentándose al borde de la cama.

Mila se incorpora de inmediato, cualquier resto de sueño desapareciendo por completo.

—¿Quién?

—Todavía no puedo decírtelo con certeza total. Estamos confirmando.

—Aleksandar.

—Lo sé. Pero si te doy un nombre a medias y resulta ser el equivocado, puede costarnos más de lo que ganamos con la información.

Mila respira hondo, aceptando la lógica aunque la impaciencia le tiña la voz. Se cruza de brazos, esperando que él siga.

—¿Es alguien que conozco?

—Es alguien que estuvo cerca de los dos, de una forma u otra.

Mila se sienta más derecha en la cama, cualquier resto de somnolencia borrado por completo de su cara.

Eso la golpea con la misma fuerza que le pegó a Aleksandar horas antes.

—¿Cerca cómo?

—Lo suficientemente cerca como para que ninguno de los dos lo haya visto venir.

Mila se queda en silencio un momento, la mente corriendo otra vez hacia atrás, buscando caras conocidas, gente de confianza, cualquier persona que encaje con esa descripción incómoda. Se pasa una mano por el pelo, el gesto tenso.

—Cuando lo confirmes, quiero saberlo de inmediato. No filtrado, no suavizado. Completo.

—Te lo prometo.

Mila lo mira un momento, como si midiera el peso real de esa promesa antes de aceptarla del todo.

La promesa marca, sin que ninguno de los dos lo diga en voz alta, cuánto cambió la dinámica entre ellos desde la discusión de días atrás. Ya no hay puertas cerradas, solo la carrera compartida contra el tiempo.

*

Esa tarde, Dragan interrumpe una reunión con una expresión que Aleksandar ya aprendió a temer, la que antecede siempre a una mala noticia. Cierra la puerta detrás de él antes de hablar.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—La revisión de comunicaciones que pedimos. Alguien la notó. No sabemos si fue una alerta automática o si tiene a alguien vigilando sus propias cuentas, pero hay actividad nueva del lado del nombre que sospechamos.

Aleksandar deja el vaso que tenía en la mano sobre la mesa más lento de lo normal, tomándose ese segundo extra para procesar lo que acaba de escuchar. El café dentro del vaso ya está frío, olvidado desde hace horas.

—¿Qué tipo de actividad?

—Cerró accesos, movió fondos de una cuenta a otra en las últimas horas, canceló una reunión que tenía programada para esta semana.

—¿Alguna otra señal?

—Dejó de responder a dos contactos que veníamos vigilando. Silencio total desde ayer a la noche.

—¿Hay forma de saber si ya sospecha de nosotros específicamente, o solo sintió el movimiento en general?

—Todavía no. Pero prefiero prepararnos para lo peor antes de confirmarlo.

Un frío conocido se le instala en el pecho a Aleksandar, el mismo que le bajó por la espalda con el ex socio pero amplificado, más peligroso por tratarse de alguien con recursos reales y sin necesidad de esconderse en un escondite improvisado.

—Se dio cuenta de que estamos cerca.

—Es lo que parece, sí.

—¿Cuánto sabe exactamente?

—No podemos confirmarlo. Pero actuó rápido. Demasiado rápido para ser coincidencia. Nadie reacciona de esa manera sin una razón concreta detrás.

—¿Qué tan rápido?

—Menos de cuatro horas desde que se abrió el pedido de revisión de comunicaciones. Nadie reacciona así a menos que ya esté esperando algo parecido.

Aleksandar se queda mirando el informe, la mente ya adelantándose a lo que un hombre así, acorralado pero con recursos de verdad, podría decidir hacer a continuación.

—Si sabe que estamos cerca de la verdad completa —dice Aleksandar, la voz baja, calculando cada palabra—, entonces ya no está pensando en cómo esconderse. Está pensando en cómo terminar esto antes de que lo hagamos nosotros.

El teléfono de Dragan vibra sobre la mesa, una sola vez, corto. Lo mira, y algo en su cara cambia antes de que llegue a leer el mensaje completo.

—Es Nikola.

Aleksandar ya está de pie.

—¿Qué pasó?

—Estaba haciendo guardia cerca del depósito que rastreamos ayer. Debía informar hace veinte minutos.

—¿Y no lo hizo?

Dragan no responde enseguida. Vuelve a mirar el teléfono, como si la pantalla fuera a decir algo distinto la segunda vez.

—Encontraron el auto. Vacío. La puerta del conductor abierta.

El silencio que sigue pesa distinto al de cualquier otra pausa de esa tarde. Aleksandar cierra los ojos un segundo, algo endureciéndose detrás de la calma que se obliga a mantener.

—¿Cuánto hace que perdimos contacto?

—Casi una hora.

—Una hora es demasiado tiempo para que sea solo un problema de señal.

—Lo sé.

Aleksandar se pasa una mano por la cara, el gesto lento, distinto al de un hombre que solo está calculando el siguiente paso. Nikola lleva ocho años con él. Fue uno de los primeros que puso al servicio de la búsqueda, apenas empezaron a tirar del hilo de Restović.

—Manda a dos hombres al depósito. Ahora. Que no se muevan de ahí hasta que yo llegue.

—Ya está hecho.

—Y Dragan.

Dragan se detiene en la puerta, la mano todavía en el picaporte.

—Si le pasó algo, esto ya no es una investigación. Es una guerra que decidieron empezar ellos.

La puerta se cierra detrás de Dragan con más fuerza de la que pretendía. Aleksandar se queda solo un momento, el vaso de café frío todavía sobre la mesa, la certeza asentándose despacio: hasta esta tarde, el precio de esta búsqueda había sido solo tiempo y nervios. Ya no.

*

Encuentran a Nikola esa misma noche, con un golpe en la cabeza y dos costillas rotas, tirado detrás de un contenedor a tres cuadras del depósito. Vivo, pero apenas consciente cuando Aleksandar llega. Alcanza a decir una sola frase antes de que lo suban a la camioneta:

—Eran dos. Sabían exactamente dónde estaba parado.

Aleksandar no dice nada en el trayecto de vuelta. No hace falta. Sabían dónde estaba parado significa que alguien filtró la posición exacta de un hombre que ni siquiera Mila conocía. El círculo se cierra más de lo que a nadie le gustaría admitir.