Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Antes de llegar a la propiedad, Aleksandar hace parar el auto media cuadra antes de un local con la persiana a medio bajar, un cartel de "cerrado por reformas" recién pegado en la vidriera.

—Dos minutos —le dice a Mila, ya con la mano en la manija.

Ella lo ve cruzar la calle sin apuro, las manos en los bolsillos, el paso de alguien que no necesita apurar nada porque el tiempo ya juega a su favor.

Un hombre sale del local antes de que Aleksandar llegue a la puerta, secándose las manos en el delantal, la sonrisa demasiado rápida para ser sincera.

Mila no alcanza a escuchar las palabras a través del vidrio del auto, pero no le hace falta: ve al dueño asentir, una y otra vez, cada vez más rápido; ve a Aleksandar señalar la persiana, después la vidriera, sin levantar nunca la voz ni el tono del cuerpo; ve al hombre estirar un sobre que Aleksandar ni siquiera mira antes de guardárselo en el bolsillo interior de la chaqueta, como si contarlo delante de él fuera, de por sí, un insulto que no piensa cometer.

Aleksandar vuelve al auto sin apurar el paso, tal como se fue.

—¿Todo en orden? —pregunta Mila, todavía con la adrenalina de la persecución en el cuerpo.

—Un local nuevo en una de las cuadras que cobramos. El dueño creyó que podía renegociar solo porque todavía no entendió cómo funciona esto.

—¿Y ahora lo entiende?

—Ahora lo entiende.

Lo dice sin ningún dramatismo, el mismo tono que usaría para comentar el clima, y a Mila la sorprende un poco lo fácil que le resulta pasar de una cosa a la otra: de la persecución de un hombre armado a la logística de un cobro de protección, sin que ninguna de las dos partes de su vida parezca pesarle más que la otra.

*

De vuelta en la propiedad, Dragan extiende sobre la mesa de la sala todo lo que lograron recuperar del escondite antes de irse: los papeles que Restović volcó en su huida, algunos arrugados, otros manchados, ninguno todavía revisado con calma.

La luz de la tarde entra por las ventanas del living, marcando franjas largas sobre la madera de la mesa.

—No tuvimos tiempo de mirar esto en el lugar —dice Dragan—. Priorizamos salir antes de que volviera con refuerzos.

Aleksandar empieza a separar las hojas, clasificándolas por tipo: recibos, notas sueltas, algún mapa dibujado a mano. Dragan se sirve un café que nadie tocó, la taza quedando olvidada sobre la mesa un momento después, el vapor disipándose despacio en el aire de la sala.

—Mila, ¿puedes revisar esto con nosotros? Capaz reconoces algo que a nosotros se nos escapa.

Ella se sienta a la mesa, todavía con la adrenalina de la mañana corriéndole por el cuerpo, y empieza a repasar los papeles uno por uno, sin apuro, buscando cualquier cosa que le resulte remotamente familiar.

Las manos le tiemblan apenas, un resto de la tensión del operativo que todavía no termina de asentarse.

Afuera se escucha a los hombres de Aleksandar moviendo cajas, guardando el resto del material recuperado.

La mayoría son números, cuentas, nombres que no le dicen nada. Pero a mitad de la pila, se detiene en una hoja doblada varias veces, casi rota en los pliegues, con una lista corta de nombres y, al lado de uno de ellos, una anotación en letra apretada.

Algo en el nombre le resulta conocido, aunque no logra ubicarlo de inmediato. Lo lee de nuevo, más despacio, la vista fija en las mismas letras como si repetirlas pudiera forzar el recuerdo a salir.

—¿Qué pasa? —pregunta Aleksandar, notando el cambio en su expresión.

—Dame un segundo.

Vuelve a leer el nombre, despacio, la mano quieta sobre el papel, el estómago apretándose sin que ella todavía sepa por qué.

Es la misma sensación que tuvo la noche que la llevaron a la subasta, cuando algo no encajaba del todo.

El nombre no le dice nada todavía de forma consciente, pero algo en el cuerpo ya reaccionó antes que la mente.

*

Mila cierra los ojos un momento, dejando que la memoria trabaje sin forzarla, tal como aprendió a hacer en los últimos días de reconstruir detalles del pasado. El resto de la sala queda en silencio, Dragan y Aleksandar esperando sin apurarla.

—Lo conozco —dice finalmente—. No de este esquema. De antes.

—¿De cuándo? —pregunta Aleksandar, acercándose, apoyando una mano en el respaldo de la silla de Mila.

—De cuando me invitaron al evento que terminó siendo la subasta. El "amigo de un amigo" que insistió tanto en que fuera, el que me convenció de que era una oportunidad que no podía dejar pasar.

Aleksandar se queda en silencio un momento, dejándola seguir sin interrumpir.

El nombre en la hoja no es exactamente el mismo que Mila escuchó esa noche, pero algo en la anotación al lado —una referencia breve, casi en código, a una comisión pagada por una "presentación"— confirma que está en el lugar correcto.

—¿Estás segura? —pregunta Aleksandar, la tensión ya instalándosele en la voz.

—No al cien por ciento. Pero es demasiada coincidencia para ser casualidad.

—¿Qué tan segura, en una escala del uno al diez?

—Ocho. Quizás nueve, si confirmamos la fecha.

Dragan se acerca también, mirando la hoja por encima del hombro de Mila, el papel amarillento crujiendo cuando ella lo gira un poco para que él vea mejor.

—Si esto es lo que pensamos que es, tenemos una conexión directa entre el ex socio y quien te reclutó para la subasta.

Mila se queda con la vista fija en el papel, algo revolviéndosele por dentro que no sabría nombrar todavía en voz alta.

El hombre que la convenció de ir a ese evento, alguien a quien trató con la confianza casual que se le da a un conocido lejano, puede estar conectado con todo esto de forma directa.

La trampa no empezó en la subasta. Empezó mucho antes, más cerca de ella de lo que quiso creer.

*

—Cuéntame todo lo que recuerdas de él —dice Aleksandar, sentándose frente a ella, la urgencia contenida detrás de una calma forzada.

—No lo conocía bien. Nos presentó Ana, la misma excompañera de trabajo que te mencioné antes, hace un par de meses. Parecía alguien normal, alguien con contactos en eventos, ese tipo de persona que siempre tiene una invitación de más.

—¿Insistió mucho para que fueras?

—Bastante. Al principio dudé, pero él lo presentó como algo exclusivo, una oportunidad que no se repetía. Insistió dos, tres veces, cada vez con más urgencia en el tono.

—¿Te ofreció algo a cambio? ¿Dinero, algún beneficio?

Mila lo piensa, la memoria reconstruyendo la conversación con más detalle del que le dio en su momento.

—No directamente. Pero mencionó que conocía gente importante, que ir podía "abrirme puertas". En su momento sonó como la charla habitual de alguien que quiere sonar más conectado de lo que es.

—¿Qué tipo de gente importante mencionó?

—Nunca dio nombres. Hablaba en general, de "contactos", de "gente que vale la pena conocer". Lo suficientemente vago como para sonar impresionante sin comprometerse a nada concreto, la clase de frase que cualquiera usa para parecer más importante de lo que en realidad es.

—¿Y ahora?

—Ahora suena a que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Aleksandar toma la hoja, estudiándola con la misma atención con la que estudiaría cualquier documento crítico de una operación, girándola hacia la luz para ver mejor la tinta desgastada.

—Esta anotación de aquí, la comisión por "presentación" —dice, señalando—, coincide con la fecha en que me dijiste que te insistió por última vez.

—¿Coincide exactamente?

—Dos días de diferencia. Suficientemente cerca para no ser casualidad.

—¿Qué monto es? ¿Alcanza a leerse?

—Una cifra chica. Nada que llame la atención si uno no sabe qué está buscando. Por eso nadie lo notó antes, ni siquiera Dragan cuando revisó todo esto la primera vez.

El estómago de Mila se cierra otra vez, la pieza encajando con una claridad que no le da ningún alivio.

—Entonces alguien le pagó a él para que me llevara ahí.

—Eso parece.

—¿Cómo se llama esa cuenta intermedia? ¿Se puede rastrear más allá de la comisión?

—Es lo primero que vamos a intentar. Pero necesito tiempo para hacerlo bien, sin que se note que estamos mirando.

Reconstruir la conexión pieza por pieza, en voz alta, frente a Aleksandar, transforma algo que hasta ahora era un recuerdo vago e incómodo en una certeza fría. A Mila no la eligieron al azar en ningún momento del proceso, ni en la subasta ni antes.

*

—Si él recibió dinero por acercarme al esquema —dice Mila, la voz más baja—, entonces la persona que lo pagó ya me tenía identificada antes de que yo supiera que existía ningún plan.

—Es lo que parece, sí.

—¿Cuánto tiempo antes?

—No lo sabemos todavía. Pero vamos a averiguarlo.

Mila se pasa las manos por la cara, el peso de la revelación asentándose de a poco, distinto al miedo abstracto de los últimos días, más íntimo, más invasivo. Se levanta, camina un par de pasos hacia la ventana y vuelve, incapaz de quedarse quieta con la idea todavía fresca.

—Alguien estuvo observando mi vida lo suficiente para saber a quién usar para acercarse a mí. Alguien que conocía mis conexiones, mis conocidos, lo que me iba a convencer. Alguien que sabía exactamente qué botón tocar.

—Eso también significa que esa persona conoce tu entorno de cerca. No es un desconocido operando desde lejos.

—¿Estás diciendo que puede ser alguien que conozco?

—Estoy diciendo que hay que considerar esa posibilidad, sí.

—¿Alguien de mi trabajo? ¿De mi vida antes de todo esto?

—No lo sé todavía. Pero cualquiera que haya tenido acceso a saber quién eras, a quién conocías, qué te iba a convencer, entra en esa categoría. Y esa lista, lamentablemente, nunca es tan corta como uno quisiera.

Mila se cruza de brazos, intentando ordenar en la cabeza a cuánta gente eso podría incluir.

Lo que queda sin decir pesa distinto al de otras veces, cargado de una sensación nueva: la de no poder confiar del todo en la familiaridad de la propia vida, en las caras conocidas, en los "amigos de amigos" que hasta ayer parecían inofensivos.

Aleksandar la observa un momento largo, algo endureciéndose en su expresión, procesando la magnitud de lo que acaban de descubrir.

Esta revelación le pesa a Mila distinto de lo que le pesó cualquier otra parte de la investigación hasta ahora.

Esta vez la amenaza no viene de afuera de su mundo. Viene de adentro.

*

Esa noche, ya tarde, Mila no logra dormir.

Se sienta en la cama con el cuaderno donde estuvo anotando todo, repasando una vez más la cronología de los últimos meses, buscando cualquier otro detalle que se le haya pasado por alto.

La casa está en silencio, solo el ruido lejano de un guardia caminando afuera rompe la quietud de vez en cuando.

Anota fechas, nombres, encuentros casuales que en su momento no significaron nada y que ahora, bajo esta luz nueva, empiezan a ordenarse en un patrón que no le gusta nada. Cada línea nueva en el cuaderno confirma un poco más lo que ya empezaba a sospechar.

¿Quién más sabía lo suficiente de mi vida para armar esto?

La lista de personas que cumplen esa condición es más corta de lo que le gustaría, y más cercana de lo que está dispuesta a admitir todavía en voz alta. Tacha un nombre, después otro, dejando solo los que de verdad tuvieron acceso a los detalles que hicieron falta para tenderle la trampa.

Golpean la puerta con suavidad. Es Aleksandar, aún vestido, la luz del pasillo iluminándolo desde atrás.

—No puedes dormir tampoco —dice, más una afirmación que una pregunta.

—Sigo dando vueltas a lo mismo.

Él se sienta a su lado, mirando el cuaderno lleno de anotaciones nuevas, el ceño apenas fruncido ante la cantidad de nombres tachados.

—¿Encontraste algo más?

Mila lo mira, la certeza asentándose fría y clara.

—Creo que la pieza que nos falta no está tan lejos como pensábamos —dice, la voz apenas un susurro—. Creo que es alguien que estuvo cerca de mí todo este tiempo, y que yo nunca até a sospechar hasta esta noche.