Capítulo 26
Aleksandar entra primero, el arma baja pero lista, dos de sus hombres cubriendo los flancos mientras avanzan por un pasillo estrecho, húmedo, con olor a encierro y cigarrillo viejo.
El piso cruje bajo cada paso, madera podrida que amenaza con delatarlos antes de llegar.
Una gotera lejana marca el ritmo del silencio, cada golpe de agua contra el metal sonando más fuerte de lo que debería.
La propiedad es más pequeña de lo que esperaba, apenas dos ambientes, ventanas tapiadas desde adentro. Un cable colgando del techo es la única fuente de luz, un foco desnudo que proyecta sombras alargadas contra las paredes descascaradas.
Encuentra a Restović en la segunda habitación, sentado junto a una mesa cubierta de papeles, la sorpresa cruzándole la cara apenas un segundo antes de que la máscara de calma vuelva a cerrarse sobre su expresión.
—Vukovic —dice el hombre, la voz forzadamente serena—. Tardaste más de lo que esperaba.
Lo dice sin levantarse, como si mantener la calma física fuera parte de la estrategia. Sus ojos, sin embargo, se mueven un instante hacia la puerta, calculando distancias que Aleksandar reconoce enseguida.
—Depende de con quién compares.
Aleksandar lo dice sin apurarse, avanzando un paso más hacia el interior de la habitación.
Restović no se mueve, las manos visibles sobre la mesa, la postura de alguien que ya calculó de antemano que la confrontación era inevitable.
—Supongo que ya sabes por qué estoy aquí.
—Tengo una idea bastante clara.
—Entonces ahorrémonos el teatro.
Restović lo dice con una calma que resulta casi ofensiva, dadas las circunstancias.
Aleksandar avanza un paso más, sus hombres cerrando la entrada detrás de él, cualquier salida fácil ya bloqueada.
—La subasta. Mila. Todo esto lo armaste tú.
Aleksandar lo dice sin levantar la voz, la certeza pesando más que cualquier grito.
La calma estudiada de Restović, la falta de sorpresa real ante la confrontación, le confirma a Aleksandar algo inquietante antes de que se diga una sola palabra más: este hombre esperaba este momento, y eso significa que también lo planeó.
*
—Parte de esto lo armé yo, sí —dice Restović, sin negar nada—. La subasta, el cebo, la elección de a quién invitar. Todo eso fue mío.
Lo dice con una tranquilidad que a Aleksandar le resulta casi más ofensiva que una mentira.
—¿Por qué ella?
Aleksandar lo pregunta con la voz baja, controlada, aunque cada palabra le cuesta más de lo que deja ver.
—Porque conocía su historia. Sabía que si algo salía mal, iba a ser fácil de descartar, una mujer más entre varias, sin conexiones que la protegieran.
Lo dice sin ningún rastro de arrepentimiento, como si describiera una decisión de logística y no una vida.
Algo en Aleksandar se tensa al escuchar eso, la frialdad con la que el hombre describe a Mila como una pieza descartable golpeándolo más de lo que esperaba. Cierra el puño a un costado, conteniendo el impulso de cerrar la distancia de un solo paso.
—Te equivocaste.
—Evidentemente.
—¿Y el rencor? Años guardando esto por una decisión de negocios que ni siquiera fue tan grave.
Aleksandar lo dice con genuina incredulidad, como si todavía no terminara de entender la desproporción.
Restović se ríe, sin humor real detrás.
—Para ti no fue grave. Para mí significó perder todo lo que había construido.
—Eso no te da derecho a arrastrar a alguien inocente.
Aleksandar lo dice con una calma que le cuesta sostener, la ira contenida apenas debajo de la superficie.
—El mundo en el que vivimos no reparte derechos, Vukovic. Tú más que nadie deberías saberlo.
Restović lo dice con una sonrisa fría, como si acabara de anotar un punto en una discusión que él mismo sabe que ya perdió de otras maneras.
La confirmación parcial le da a Aleksandar la certeza que buscaba, pero también le abre una pregunta nueva y más urgente: si este hombre puede describir a Mila con esa frialdad calculada, alguien más frío todavía podría estar detrás de él, moviendo los hilos desde más lejos.
*
—¿Actuaste solo? —pregunta Aleksandar, directo.
Restović duda, apenas un instante, pero suficiente para que Aleksandar lo note. La habitación entera parece contener el aire durante ese segundo, ninguno de los hombres apostados en la puerta moviéndose siquiera.
—¿Importa la respuesta?
—Importa muchísimo.
Aleksandar lo dice sin dudar, cada sílaba cargada de una urgencia que no se molesta en disimular.
—Digamos que tuve ayuda para financiar la parte más cara del montaje. Los guardias, la logística, el lugar.
Aleksandar lo escucha sin moverse, cada palabra sumando peso a lo que ya sospechaba.
—¿De quién?
—Eso no te lo voy a decir.
Aleksandar siente la negativa como una puerta cerrándose de golpe, aunque no lo demuestra en el rostro.
—Vas a decírmelo.
Aleksandar da un paso más, la amenaza implícita en cada palabra sin necesidad de levantar la voz.
El hombre lo mira, la barbilla levantándose apenas a pesar de la situación desventajosa en la que se encuentra.
—Si te digo un nombre y me equivoco, la persona equivocada muere por mi culpa. Si te digo un nombre y acierto, la persona correcta me mata antes de que puedas protegerme. De cualquier manera, pierdo.
Lo dice con la lógica fría de alguien que ya calculó cada escenario posible mucho antes de que Aleksandar entrara por esa puerta.
—Ya perdiste. La única pregunta es cuánto.
—Entonces no tengo nada que ganar hablando.
Aleksandar avanza otro paso, la paciencia agotándose rápido, la urgencia de la situación pesándole distinto a como pesaría cualquier otra negociación de su vida anterior. Cada segundo que pasa sin un nombre es un segundo más que Mila sigue expuesta.
—Dame un nombre.
—No.
La palabra sale seca, definitiva, sin ninguna intención de negociar.
—¿Actuaste solo o no?
Restović se queda en silencio, y ese silencio es, para Aleksandar, casi tan revelador como una confesión completa.
—No voy a repetirte la pregunta una tercera vez.
—Entonces no la repitas.
La pausa se estira más de lo cómodo, ninguno de los dos dispuesto a ceder terreno.
La negativa de Restović a confirmar si actuó solo, sostenida incluso bajo amenaza directa, le confirma a Aleksandar que hay algo, o alguien, que este hombre teme más que a él mismo. Y esa clase de miedo nunca es infundado.
*
Todo pasa demasiado rápido. Restović, en un movimiento que ninguno de los hombres de Aleksandar alcanza a anticipar del todo, vuelca la mesa hacia ellos, los papeles desparramándose por el piso, y se lanza hacia una puerta lateral que Aleksandar no había notado, oculta detrás de una cortina raída.
—¡Deténganlo!
Aleksandar grita la orden, pero ya sabe, en el mismo instante en que la palabra sale de su boca, que llegan tarde. El eco de su propia voz rebota contra las paredes desnudas del cuarto.
Sus hombres reaccionan de inmediato, pero Restović ya cruzó la puerta, un pasillo estrecho conectando con una salida trasera que claramente conocía de antemano, preparada como ruta de escape.
Para cuando Aleksandar y sus hombres llegan al callejón de atrás, el hombre ya desapareció entre las calles laterales del barrio, ningún rastro visible más que una puerta abierta y el eco de pasos alejándose.
El aire frío de la mañana le golpea la cara, el pulso todavía acelerado por la persecución.
—¡Busquen en las calles laterales, ahora!
Los hombres se dispersan, pero Aleksandar sabe, con la certeza fría de quince años de experiencia, que ya perdieron la ventana.
Este hombre planeó esa salida con el mismo cuidado con que planeó todo lo demás.
Se pasa una mano por la cara, tratando de ordenar la frustración antes de que se convierta en algo menos útil.
Se queda parado en el callejón, la respiración todavía agitada por la persecución breve, la frustración asentándose no por el escape en sí sino por todo lo que se fue con él. Uno de sus hombres se acerca, esperando instrucciones que Aleksandar tarda un momento en poder dar.
Lo que más le pesa a Aleksandar no es la huida. Es saber que el nombre que necesitaba, el que podría haberle dado la certeza completa de que Mila está a salvo, se fue con el hombre que acaba de escapar entre las sombras de un barrio que ninguno de ellos conoce bien.
*
Aleksandar vuelve al auto donde espera Mila, la frustración todavía visible en cada línea de su cuerpo, aunque se esfuerza por suavizarla apenas la ve. Ella lo mira de arriba abajo, buscando cualquier señal de daño antes de que él llegue a decir una sola palabra.
—¿Estás bien? —pregunta ella de inmediato, buscando heridas que no encuentra.
—Estoy bien. Se escapó.
Lo dice con una frustración apenas contenida, el paso todavía rápido por la persecución.
—¿Confirmaste algo, al menos?
Mila lo pregunta con cautela, todavía leyendo la tensión que él no logra ocultar del todo.
—Confirmó que él armó la subasta. Que te eligió a propósito porque pensó que nadie te iba a proteger.
Lo dice con la voz plana, tratando de sonar más controlado de lo que se siente por dentro.
Mila procesa eso, el estómago cerrándosele un poco, pero se obliga a seguir escuchando.
—¿Y lo demás?
Aleksandar duda antes de responder, sopesando cuánto decirle, y decide, como viene decidiendo desde hace días, que la honestidad completa es lo único que tiene sentido entre ellos ahora. Respira hondo antes de continuar.
—No confirmó si actuó solo. Y algo en cómo evitó la pregunta me dice que no lo hizo.
—¿Crees que hay alguien más?
—Creo que alguien financió esto. Alguien con más poder y más cautela que él, alguien que él teme más de lo que me teme a mí.
El auto arranca, alejándose del escondite ya vacío. Ninguno de los dos habla durante los primeros minutos del regreso.
—Mientras esa persona siga libre —dice Aleksandar, la vista fija en el camino—, no vas a estar a salvo. Y yo no pienso descansar hasta encontrarla.