Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Salen antes del amanecer. Dos autos, cuatro hombres además de Aleksandar y ella, todo organizado con la precisión metódica que Mila ya empieza a reconocer como su forma natural de moverse por el mundo.

Nadie levanta la voz, nadie corre; cada movimiento parece ensayado de antemano.

El aire de la madrugada todavía huele a humedad, el cielo apenas insinuando el primer gris del amanecer sobre los techos vecinos.

—Vas a quedarte en el segundo auto hasta que confirmemos que es seguro acercarse —dice Aleksandar, revisando el arma antes de guardarla—. Nada de bajarte antes de mi señal.

—Entendido.

—Digo en serio, Mila.

Aleksandar lo dice sin apartar los ojos de ella, buscando una confirmación más sólida que la anterior.

—Dije que entendido.

Mila lo dice sin levantar la voz, pero con un filo que no admite más insistencia.

Él la mira un momento, buscando en su cara la misma inquietud que sintió toda la semana anterior, y no encuentra más que una calma decidida que lo sorprende un poco. Se queda así, observándola, un segundo más de lo necesario.

—¿No tienes miedo?

—Tengo muchísimo miedo. Pero prefiero tenerlo aquí, haciendo algo, que encerrada en esa casa esperando noticias.

Lo dice sin dramatismo, con la misma firmeza tranquila que él ya empieza a esperar de ella en los momentos importantes.

Aleksandar asiente, la tensión de la cara cediendo un grado, y termina de acomodarse el chaleco bajo la campera antes de subir al auto. El motor arranca con un ronroneo bajo, casi discreto, como si el auto mismo entendiera que esa mañana no admite ruido de más.

El trayecto empieza en silencio, la ciudad todavía dormida a esa hora, las calles vacías dándole al recorrido una calidad casi irreal. Los semáforos parpadean en amarillo, sin nadie más a la vista.

El silencio del auto no es el silencio tenso de otras veces. Es el silencio compartido de dos personas que ya no necesitan llenar cada momento con palabras para sentirse acompañadas — y que sin embargo saben que lo que viene después puede cambiarlo todo otra vez.

*

A mitad de camino, Aleksandar estira la mano y encuentra la de Mila entre los dos asientos, un gesto que no calculó de antemano, que le sale casi sin pensar. El conductor mantiene la vista fija en el camino, fingiendo no notar nada.

—¿Cómo estás? —pregunta, la voz baja para no alertar al conductor de la conversación privada.

—Nerviosa. Pero bien.

—Si en cualquier momento necesitas que paremos, que retrocedamos, lo hacemos.

Aleksandar lo dice mirándola de reojo, buscando cualquier señal de duda antes de seguir.

—Lo sé. Y confío en que lo harías. Pero no quiero parar.

Mila lo dice mirando hacia adelante, la determinación tan firme como el miedo que la acompaña.

Los dedos de él se cierran un poco más fuerte alrededor de los de ella, el gesto diciendo algo que ninguno de los dos necesita convertir en palabras todavía. Afuera, la ciudad empieza apenas a clarear, el cielo pasando de negro a un gris sucio en el horizonte.

—Cuando esto termine —dice Aleksandar, mirando hacia adelante, hacia el camino que se despliega gris bajo la luz todavía tenue de la mañana—, quiero que hablemos de lo que sigue. De ti, de mí, de esto que hay entre los dos, sin la urgencia de una amenaza de fondo.

Lo dice despacio, cada palabra pesada, apurándose a decirlo antes de perder la oportunidad.

Mila lo mira, algo cálido instalándosele en el pecho a pesar del miedo, a pesar de todo lo que todavía falta resolver esa misma mañana.

—Me gustaría eso.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo si tú también.

Ella lo dice sin dudar, con una convicción que la sorprende incluso a sí misma dado todo lo que todavía pesa sobre esa mañana.

Él sonríe, apenas, la tensión del viaje aflojándose un instante gracias a esa promesa pequeña, casi ridícula considerando hacia dónde se dirigen, pero real de todos modos.

La promesa de un futuro, dicha en voz baja en medio de un auto camino a una posible confrontación, le da a Mila algo a lo que aferrarse que no tiene nada que ver con estrategia ni con peligro. Algo que es, simplemente, suyo.

*

Los autos se detienen a dos cuadras del escondite, ocultos tras un depósito abandonado.

Aleksandar se da vuelta hacia ella, la expresión ya cambiando, el hombre tierno del auto retrocediendo para dar paso al estratega.

Afuera, el sol todavía no despunta del todo, y el depósito proyecta una sombra larga sobre el auto que los cubre.

—A partir de aquí, sigues todas mis indicaciones sin dudar.

Aleksandar lo dice ya con la voz distinta, más cortante, la transición apenas perceptible pero real.

—Sin dudar —confirma Mila.

—Si algo sale mal, el conductor tiene orden de sacarte de aquí aunque yo no haya vuelto todavía.

Lo dice sin mirarla, la vista fija en el depósito abandonado, como si decirlo de frente lo volviera más difícil de sostener.

Eso la golpea distinto a cualquier otra instrucción de la mañana.

—No pienso irme sin ti.

Lo dice con una firmeza que sorprende hasta a ella misma.

—Vas a hacerlo si te lo pido.

—Aleksandar...

—Prométeme esto. Necesito saber que si algo sale mal, tú estás a salvo, sin importar qué pase conmigo.

Su voz tiembla apenas al decirlo, la primera grieta real que Mila le ve esa mañana.

Mila lo mira, el miedo real asomándose por primera vez esa mañana, no el miedo abstracto de una operación sino el miedo concreto de perder algo que recién empieza a construir.

—Te lo prometo. Pero solo porque confío en que no me vas a dar motivo para cumplirla.

Él se acerca. El beso que le da es breve pero cargado de todo lo que no alcanzan a decirse con palabras en ese momento, la mezcla exacta de peligro inminente y ternura que define cada cosa entre ellos desde hace días.

—Vuelve a mí entero —dice ella contra su boca.

—Siempre.

Se separan, y el cambio en Aleksandar es inmediato: la mirada se le afila, la postura se le endurece, la versión de él que maneja hombres y decide operaciones tomando el control por completo. Ya no queda rastro del hombre que le tomó la mano en el auto.

Ese último instante de ternura antes de que todo se vuelva estrategia y riesgo le confirma a Mila algo que ya sospechaba: que el peligro no apaga lo que siente por él. Lo intensifica. Lo vuelve más urgente, más real.

*

Los hombres se despliegan en silencio, sombras moviéndose entre los edificios bajos de la zona, Aleksandar coordinando cada paso con señas breves, casi imperceptibles. El aire de la mañana todavía tiene el frío húmedo de la madrugada.

Mila queda en el segundo auto, tal como prometió, el corazón latiéndole con una fuerza que siente en los oídos, cada segundo de espera estirándose más de lo que debería ser posible.

Ve a Aleksandar acercarse a la propiedad, agachado, cauteloso, dos de sus hombres flanqueándolo.

Los pierde de vista al doblar una esquina, y esa espera muda es lo más difícil de soportar de toda la mañana.

El motor del auto sigue encendido, un zumbido bajo que apenas logra distraerla del vacío que deja su ausencia.

Vuelve entero. Vuelve entero.

Repite la promesa como un mantra, la mano apretada contra el pecho, la mirada fija en el punto donde los vio desaparecer. El silencio de la calle desierta no ayuda; cada sombra parece moverse más de lo que debería.

Pasan minutos que se sienten como horas. El conductor, tenso a su lado, revisa el espejo retrovisor cada pocos segundos, la mano cerca del arma que lleva al cinto. Ninguno de los dos dice nada durante un rato largo.

—¿Puede ver algo? —pregunta Mila, sin apartar la vista.

El conductor tarda un segundo antes de contestar, los ojos fijos en el punto donde Aleksandar desapareció.

—Todavía no. Es buena señal, en principio. Si algo saliera mal rápido, ya habríamos escuchado.

El conductor lo dice sin apartar los ojos del espejo, la voz baja, casi como si hablara para sí mismo.

Eso la calma apenas, lo suficiente para seguir respirando sin que el pánico la gane del todo.

Cada segundo de silencio es, a la vez, alivio y tortura. Nada malo pasó todavía, pero tampoco hay ninguna señal de que lo peor ya haya quedado atrás, y Mila entiende que esa incertidumbre es, quizás, la parte más difícil de amar a un hombre como Aleksandar Vukovic.

*

La radio que el conductor lleva consigo cruje de golpe, la voz de uno de los hombres de Aleksandar sonando tensa del otro lado. El sonido la sobresalta, el corazón dándole un salto brusco en el pecho.

—Lo tenemos a la vista. Está adentro.

Mila se inclina hacia adelante, el corazón acelerándose todavía más.

—¿Es él? —pregunta, aunque el conductor no tiene forma de responderle con certeza.

La radio vuelve a crujir, esta vez con la voz de Aleksandar, baja, tensa, cargada de una calma que a Mila ya no la engaña.

Reconoce ese tono como el que usa cuando el peligro es real e inminente.

Es la misma voz que usó al despedirse en el auto, apenas unos minutos antes, aunque ahora suena a kilómetros de distancia.

—Confirmado visual. Nos acercamos a la puerta principal.

Mila siente que el aire del auto se vuelve más denso, cada palabra de la radio cayendo con un peso distinto.

El conductor se pone rígido a su lado, la mano ahora firme sobre el arma.

—¿Qué está pasando? —pregunta Mila, la voz apenas un susurro.

Se aferra al borde del asiento, los nudillos blancos.

—Están por entrar.

Un silencio distinto sigue a eso, más pesado que cualquiera de los anteriores.

Mila cierra los ojos un segundo.

La radio queda en silencio total.

Del otro lado de esa puerta, alguien está a punto de perder la calma primero.