Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Aleksandar se queda en la sala mucho después de que Mila sale al jardín, los mapas y informes frente a él ya sin ningún sentido nuevo que ofrecerle, la mente en otro lado por completo.

Pasa el pulgar por el borde de una de las fotografías de vigilancia sin mirarla realmente, el gesto más mecánico que atento.

Cada vez que la protegí encerrándola, el peligro la encontró igual.

La frase no lo deja en paz. La atraparon en la subasta estando aislada de cualquier información. La fotografiaron ayer, protegida detrás de guardias, en la casa más segura que él puede ofrecer. Y ella conoció a Restović en persona, hace años — algo que él solo tiene por informes de segunda mano.

Ella tiene algo que yo no tengo. Y se lo estoy negando a la operación por miedo.

Marko entra a la sala con un informe nuevo, lo deja sobre la mesa, notando el silencio pesado de Aleksandar.

—¿Todo bien? —pregunta, cauteloso después de la conversación de ayer.

—Voy a incluirla en la operación.

Marko levanta las cejas, pero no discute. Se cruza de brazos, dejando pasar un segundo antes de hablar.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Que aislarla nunca la protegió. Que conoce detalles de Restović que ninguno de nosotros tiene.

—Suena a que ya lo decidiste.

—Ya lo decidí.

*

Sale al jardín a buscarla, la encuentra todavía cerca del perímetro, los brazos cruzados contra el frío de la mañana, la expresión más cansada que enojada ya.

El aire sigue frío, y el sol de la mañana apenas empieza a calentar el jardín, dándole todo un tono pálido, casi gris, que combina con el ánimo de los dos.

—Pensé en lo que dijiste —dice él, sin rodeos.

—¿Y?

—Tienes razón. Cada vez que traté de mantenerte al margen para protegerte, terminó siendo al revés.

Mila se da vuelta hacia él, algo en su postura aflojándose de a poco, la guardia bajando sin del todo desaparecer. Se acomoda el pelo detrás de la oreja, un gesto pequeño que hace cuando no sabe todavía si confiar del todo en lo que está escuchando.

—¿Qué estás diciendo exactamente?

—Que quiero incluirte de hecho en la operación. No como observadora. Como parte activa, con acceso a lo que sabemos, con voz en las decisiones que te involucran directamente.

—¿Y tu miedo?

—Sigue ahí. No desapareció por decidir esto. Pero decidí que tenerte informada y activa es más seguro que tenerte protegida y ciega a todo.

Mila lo mira un momento largo. Aleksandar sostiene la mirada sin apartarse, dejando que ella se tome el tiempo que necesite para creerle. No dice nada más, dejando que el silencio hable por él.

—¿Esto es real, o es solo para que deje de insistir?

—Es real. Marko puede confirmártelo, si no me crees a mí.

La comisura de la boca se le levanta apenas a Mila, cansada pero genuina, por primera vez desde la discusión.

—Gracias por escucharme.

—Gracias por no rendirte hasta que lo hiciera.

Se quedan un momento en silencio, la tensión de la mañana disolviéndose lentamente en el terreno común que construyeron las semanas anteriores.

El guardia que Mila dejó atrás minutos antes sigue a distancia prudente, fingiendo no prestar atención a la escena.

En algún punto del jardín, un pájaro rompe el silencio con un canto breve, ajeno por completo a la tensión que acaba de disolverse entre los dos.

—Entonces, ¿por dónde empezamos? —pregunta ella.

—Por todo lo que anotaste en ese cuaderno. Quiero que se lo muestres directamente a mis hombres, no que pase filtrado por mí.

Algo en la cara de Mila cambia al registrar el peso real de lo que él acaba de ofrecerle.

*

Esa tarde, Mila se sienta por primera vez a la mesa donde Aleksandar y sus hombres despliegan mapas, informes financieros, fotografías borrosas de vigilancia.

Nadie la mira con extrañeza cuando toma asiento, algo que ella misma nota y agradece en silencio.

La mesa entera huele a papel viejo y café recalentado, un ambiente muy distinto al de las conversaciones que tuvo hasta ahora con Aleksandar a solas.

—Cuéntame de nuevo cada detalle que recuerdas de Restović —dice Aleksandar—. Esta vez, quiero que se lo digas directamente a Dragan. Él es quien está a cargo de rastrear sus movimientos.

Mila repasa lo que ya escribió en el cuaderno, agregando detalles nuevos que solo emergen cuando alguien pregunta lo correcto: una costumbre que tenía él de frecuentar cierto tipo de bares, una manera particular de hablar de negocios que en su momento no le pareció importante y ahora, en retrospectiva, cobra otro peso.

Dragan toma notas rápidas, cruzando lo que ella dice con algo en su propia carpeta. No levanta la vista ni una vez mientras escribe, la concentración total puesta en encontrar la coincidencia exacta entre lo que Mila describe y lo que ya tiene registrado.

—Esto coincide con un patrón que veníamos rastreando —dice, sin levantar la vista—. Un lugar específico que visitaba con regularidad hace años. Podría seguir teniendo alguna conexión ahí.

Aleksandar mira a Mila, la boca curvándose apenas hacia un lado. Es un gesto que ella no le conocía todavía, distinto a la seriedad habitual con la que maneja cada situación en esa casa.

—¿Ves? Esto es exactamente lo que necesitábamos.

—¿Vas a admitir que tenía razón otra vez?

—Ya lo admití una vez hoy. No pienses que se va a volver costumbre.

Ella se ríe, la primera risa real en todo el día, y por un momento, en medio de mapas y informes, algo entre los dos se siente casi liviano. Incluso Marko, del otro lado de la mesa, deja de escribir un segundo antes de volver a concentrarse en sus propias notas.

El detalle que Mila aporta, algo que a nadie más se le hubiera ocurrido preguntar, confirma de una vez por todas que incluirla no fue una concesión emocional sino una decisión estratégica acertada — y todos en la sala, incluido Marko, lo notan sin necesidad de decirlo en voz alta.

*

Ya caída la noche, Dragan vuelve a la sala con una expresión distinta a la de toda la tarde, algo urgente reemplazando la calma metódica de antes. Entra casi sin golpear, algo poco propio de él.

—Tenemos algo —dice, extendiendo una fotografía sobre la mesa—. El lugar que mencionó Mila. Todavía está activo.

Aleksandar se inclina sobre la imagen, una propiedad modesta en las afueras, nada que llamaría la atención de nadie que no supiera qué buscar. Las luces de la calle apenas iluminan la fachada en la foto, un detalle tan anodino que a simple vista podría pasar por cualquier casa del vecindario.

—¿Confirmado?

—Un contacto vio a alguien entrando anoche que coincide con la descripción. Misma altura, mismo andar que describió Mila.

—¿El ex socio?

—No podemos confirmarlo cien por ciento todavía. Pero es lo más cerca que estuvimos desde que desapareció.

Mila se acerca a la mesa, mirando la fotografía, algo helado instalándosele en el pecho al reconocer, en la estructura del lugar, un detalle que le resulta vagamente familiar. Se queda mirando la imagen más tiempo del necesario, algo del recuerdo cobrando forma despacio, todavía impreciso.

—Yo estuve ahí —dice, casi para sí misma—. Hace años. No en ese lugar exacto, pero cerca. Recuerdo la zona.

Aleksandar la mira, y después mira a Dragan, la urgencia de la situación cristalizándose de golpe en algo concreto, accionable, real por primera vez en días.

—Vamos a acercarnos —dice, la voz ya sin duda—. Con cuidado. Pero vamos.

*

La sala se vacía poco a poco, Dragan y Marko saliendo a organizar lo que hace falta para la mañana siguiente, las voces alejándose por el pasillo hasta perderse.

Aleksandar se queda un momento más, juntando los papeles sobre la mesa con movimientos lentos, la mente ya puesta en la logística de mañana.

Mila no se mueve del lugar. Lo observa ordenar la carpeta, cerrarla, dejarla a un lado.

—Mañana puede salir mal —dice ella, sin rodeos.

—Puede.

Aleksandar no le suaviza la respuesta, y eso, extrañamente, la calma más que cualquier promesa vacía lo hubiera hecho.

—Entonces no quiero pasar esta noche pensando en lo que puede salir mal.

Él la mira, algo cambiando en su expresión, la tensión del operativo cediéndole el paso, por un momento, a otra cosa completamente distinta.

—¿Qué quieres, entonces?

—A ti. Nada más complicado que eso, por esta noche.

*

Suben en silencio, la casa ya callada a esa hora, solo el eco distante de algún hombre cerrando una puerta en la planta baja.

Aleksandar cierra la puerta del cuarto detrás de los dos, y esta vez no hay la cautela de la primera noche, ni la pregunta de si esto está bien: solo la urgencia tranquila de dos personas que no saben qué va a traer el día siguiente y que deciden, por esta noche, no dejar nada sin decir con el cuerpo.

La ropa cae al piso sin el cuidado ceremonioso de la vez anterior. Hay algo más desesperado en la forma en que Mila lo busca esta vez, las manos menos pacientes, la boca encontrando la de él antes de terminar de cruzar el cuarto.

—Despacio no —dice ella, contra su boca—. Esta noche no.

Aleksandar entiende. La levanta contra la pared más cercana, el peso de ella contra su cuerpo, cada movimiento cargado con la clase de urgencia que solo existe cuando los dos saben, sin decirlo, que mañana cualquiera de los dos puede no volver.

—Mírame —dice él, la voz ronca, buscando sus ojos incluso en medio de todo lo demás—. Pase lo que pase mañana, quiero que sepas que esto es real. No es la adrenalina. Nunca lo fue.

—Lo sé.

Ella se lo dice sin apartar la mirada, la certeza tan clara como el deseo que la recorre entera.

La lleva a la cama sin soltarla del todo, el cuerpo de ella encontrando el de él con una urgencia que no deja espacio para la duda ni para el miedo, solo para esto: el peso compartido, el calor, la certeza física de que todavía están los dos, enteros, aunque mañana nadie pueda prometer nada.

Después, mucho después, se quedan enredados bajo las sábanas, la respiración recién empezando a calmarse. Afuera, la noche sigue su curso indiferente, ajena por completo a todo lo que se dijeron y no dijeron entre esas cuatro paredes.

—Vuelve a mí entero —dice ella, ya casi dormida, repitiendo la misma frase que va a decirle otra vez unas horas después, en el auto, camino al operativo.

—Siempre —responde él, la mano todavía enredada en el pelo de ella, la voz baja, segura, como si repetirlo esta noche pudiera volverlo más cierto mañana.