Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Después de la segunda foto, Aleksandar duplica la guardia en toda la propiedad antes de que termine la noche.

Hombres nuevos en el perímetro, cámaras revisadas una por una, el jardín iluminado como nunca antes lo estuvo.

El zumbido de los reflectores nuevos se filtra hasta el cuarto, un murmullo eléctrico constante que no había estado ahí ninguna otra noche.

Cada tanto se escucha, abajo, el paso ordenado de alguien haciendo la ronda, un ritmo distinto al de las noches anteriores, más tenso, más consciente de sí mismo.

Mila lo observa todo desde la ventana del cuarto, la misma ventana donde la fotografiaron horas antes, y algo en ella se endurece en silencio mientras mira.

Cuenta los hombres nuevos a simple vista, casi sin proponérselo, el mismo reflejo de contar salidas y guardias que aprendió la noche de la subasta y que ya nunca se le fue del todo.

Se pregunta, sin decirlo en voz alta todavía, cuánto tiempo más va a soportar mirar desde ahí arriba mientras otros deciden qué hacer con su propia seguridad.

No voy a quedarme mirando por una ventana el resto de esto.

A la mañana siguiente baja temprano, antes de que Aleksandar termine su primera ronda de llamadas, decidida a decir en voz alta lo que estuvo rumiando toda la noche.

No durmió demasiado, y la falta de sueño le da a la decisión un filo distinto, más terco de lo que hubiera sido con la cabeza descansada.

Lo encuentra en la sala, rodeado de mapas y informes, la tensión de los últimos días marcándole líneas nuevas alrededor de los ojos. Se detiene un segundo en el umbral, reuniendo el resto del coraje que le queda antes de cruzar el marco de la puerta.

—Necesito hablar contigo —dice ella.

—Ahora no es el mejor momento.

—Va a ser este momento o ninguno, porque no pienso esperar otra vez a que decidas cuándo es buen momento para escucharme.

Aleksandar levanta la vista de los papeles, algo en el tono de Mila captando toda su atención de inmediato.

—Te escucho.

—No quiero seguir encerrada en ese cuarto esperando que alguien más resuelva esto por mí.

La determinación en la voz de Mila no es la de alguien pidiendo permiso — es la de alguien que ya tomó una decisión y solo está avisando. Aleksandar deja de escribir a mitad de frase, la lapicera quieta sobre el papel, como si ya hubiera entendido hacia dónde va esto.

*

—Después de lo de anoche, la respuesta es no —dice Aleksandar, sin dejar lugar a dudas—. Vas a quedarte adentro, con guardia doble, hasta que esto termine.

—Eso es exactamente lo que no voy a hacer. Esconderme no impidió que me encontraran ayer. ¿Por qué esperar que funcione hoy?

—Porque hoy tenemos el doble de seguridad que ayer.

—O porque tienes miedo y estás usando la seguridad como excusa para no admitirlo.

Aleksandar se queda callado un segundo. Aprieta la mandíbula, la mano cerrándose apenas sobre el borde de la mesa, un gesto que no logra disimular del todo. Es la primera vez que Mila lo ve dudar así, frente a ella, sin intentar disfrazarlo con más argumentos.

—Tengo miedo, sí —dice finalmente—. Y no me avergüenza decirlo. Lo que no voy a hacer es dejar que ese miedo te ponga en peligro otra vez.

—¿Y encerrarme no es exactamente eso? Soy la única persona en esta casa que conoció a Restović en persona, que recuerda detalles de él que nadie más tiene. ¿Y me quieres sentada en un cuarto mientras ustedes deciden todo sin mí?

—No se trata de decidir sin ti. Se trata de que estés viva para que esto importe.

—¡Ya estoy viva ahora! Y quiero seguir siéndolo participando, no escondida. Cada vez que me protegiste encerrándome, el peligro te encontró igual. La foto de ayer lo prueba.

Silencio. Un silencio distinto a los anteriores, más incómodo, cargado de la clase de verdad que ninguno de los dos quiere escuchar del otro. Ninguno de los dos aparta la mirada, como si hacerlo fuera ceder algo más que la discusión misma.

—Perdí gente por dudar, Mila. Te lo conté. No pienso repetir ese error contigo.

—Lo sé. Y te creo cuando dices que te importo lo suficiente para tener miedo. Pero encerrarme no es protegerme, es tratarme como si ya hubiera dejado de ser una persona con criterio propio. Entonces demuéstralo. Déjame participar.

Aleksandar no responde de inmediato, la lucha interna visible en cada línea de su rostro, quince años de instinto protector chocando visiblemente contra algo nuevo. Se frota los ojos con el pulgar y el índice, un gesto de cansancio que rara vez se permite frente a otra persona.

—No puedo prometerte una respuesta ahora mismo. Pero lo voy a pensar en serio.

—¿En serio, o para que deje de insistir?

—En serio —dice él, la voz más cansada que defensiva.

Ninguno de los dos cede del todo, pero por primera vez Aleksandar no cierra la puerta de un portazo — y Mila entiende que ganó, si no la discusión completa, al menos el derecho a que él la reconsidere de verdad.

*

Mila sale de la sala sin otra palabra, necesitando aire, necesitando distancia para procesar la discusión que acaba de tener.

Camina hasta el jardín trasero, dentro del perímetro vigilado, y se queda ahí, respirando el aire frío de la mañana.

El pasto todavía tiene rocío, humedeciéndole el borde de los zapatos, un detalle tan pequeño que en cualquier otro momento ni siquiera lo hubiera notado.

Uno de los guardias nuevos se acerca, cortés pero firme.

—Aleksandar pidió que no te alejes de la casa.

—No pienso alejarme. Solo necesito un minuto.

El guardia asiente y se retira unos metros, dándole el espacio mínimo que puede darle sin desobedecer la orden. Mila mira hacia la ventana del cuarto que ocupó desde que se mudó ahí, la misma desde donde la fotografiaron, y siente algo entre la rabia y el miedo asentándose en el pecho.

Desde ahí también alcanza a ver, a través del ventanal de la sala, la silueta de Aleksandar. No se movió del lugar donde lo dejó. Sigue de pie frente a la mesa de los mapas, la espalda rígida, la vista fija en un punto que ella no puede distinguir desde tan lejos.

No hace ningún gesto. No llama a nadie. Se queda ahí, quieto, con la clase de quietud que no es calma sino su opuesto exacto.

Mila lo conoce lo suficiente para reconocer esa postura. Es la misma que tenía la noche que le contó lo de la guerra, justo antes de admitir algo que llevaba años sin decir en voz alta.

Vuelve a mirar el punto del mapa que él sigue mirando, aunque desde ahí no pueda leer qué hay marcado en él.

Por primera vez desde que lo conoce, no sabe si lo ve calcular o dudar.