Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Aleksandar reúne a su círculo cercano en la sala de abajo antes de que termine la mañana.

Cinco hombres de confianza, todos con años trabajando para él, todos acostumbrados a que sus órdenes no se discutan.

Están de pie, en semicírculo, esperando.

La luz de la mañana entra por las ventanas altas de la sala, marcando franjas claras sobre el piso de madera.

El olor a café recién hecho todavía flota desde la cocina, aunque nadie tocó ninguna taza.

Esta vez, no es del todo así.

—Quiero cada contacto, cada recurso, cada hombre disponible puesto en encontrar a este ex socio —dice, sin rodeos—. Empezando ahora.

Ninguno de los hombres se mueve todavía, esperando ver quién habla primero.

Marko, el más antiguo de todos ellos, es el primero en hablar. Se cruza de brazos antes de hacerlo, la postura de alguien que ya sabe que lo que va a decir no le va a gustar a nadie en la sala.

—¿Todos los recursos? Tenemos otras tres operaciones activas que también necesitan gente.

—Esta pasa primero.

Aleksandar lo dice sin levantar la voz, la autoridad puesta en el tono más que en el volumen. Ninguno de los otros hombres se atreve a comentar nada.

—¿Por una mujer que se suponía que había que sacar de la subasta y listo?

Aleksandar lo mira. La sala se queda en silencio de inmediato, todos sabiendo que la pregunta acaba de cruzar una línea que normalmente nadie se anima a cruzar con él. Ni siquiera el reloj de pared parece hacer ruido en ese momento.

—¿Tienes algo más que decir, Marko?

—Solo pregunto lo que varios están pensando.

Marko no retrocede ante la mirada de Aleksandar, sosteniéndola con la firmeza de quien lleva años ganándose el derecho a hablar así. Ninguno de los otros hombres interviene.

Algunos de los otros hombres cambian el peso de un pie al otro, sin decir nada, la incomodidad clara en sus posturas.

La sala se queda callada de una forma distinta a la habitual. Es hombres esperando ver si Aleksandar sigue siendo el mismo de hace un mes, o si algo en él ya cambió del todo.

*

—Voy a decir esto una sola vez —dice Aleksandar, la voz baja, controlada, más peligrosa por eso mismo—. Mila dejó de ser "la mujer de la subasta" hace semanas.

Se detiene un segundo, dejando que la frase caiga sobre la sala con todo su peso.

Nadie en la sala se mueve. Marko tampoco.

—No es un activo que rescatamos y devolvemos a su vida. No es una deuda saldada. Es alguien que decidí proteger, y esa decisión no está sujeta a debate de recursos.

Aleksandar recorre la sala con la mirada, deteniéndose un instante en cada uno de los hombres antes de volver a Marko, dejando que el peso de la frase se asiente antes de continuar.

Marko sostiene su mirada un momento más, pero algo en la certeza de Aleksandar lo hace ceder primero. Baja la vista apenas un segundo antes de responder.

—Entendido.

—¿Alguien más tiene preguntas?

Nadie responde. El silencio se estira un segundo más de lo cómodo antes de que Aleksandar vuelva a hablar, recorriendo la sala una última vez con la mirada.

—Entonces manos a la obra. Quiero movimiento en todas las direcciones que tengamos: contactos financieros, propiedades a su nombre o de terceros, cualquier persona que haya trabajado con él en los últimos cinco años.

Uno de los hombres empieza a tomar notas en su propio teléfono mientras Aleksandar habla, sin esperar a que termine.

Los hombres empiezan a moverse, a repartirse tareas, la sala llenándose otra vez del ruido eficiente de una operación en marcha.

Papeles que cambian de mano, alguien marcando un número en el pasillo.

Aleksandar se queda un momento más, observando, y solo cuando la sala queda casi vacía deja que los hombros se le aflojen un poco.

*

Marko se queda atrás cuando los demás salen, algo en su postura indicando que todavía tiene más para decir. Cierra la puerta de la sala con el pie, sin apuro.

—Puedo hacer mi trabajo sin estar de acuerdo con la razón —dice—. Pero como alguien que te conoce hace quince años, tengo que decírtelo igual: esto no es propio de ti.

Aleksandar no responde enseguida, esperando a que Marko termine de decir lo que vino a decir.

—¿Qué parte?

—Gastar la mitad de nuestros recursos por una persona. Nunca lo hiciste, ni cuando perdimos hombres, ni cuando perdimos territorio.

Marko lo dice sin acusación, solo con la franqueza de quien lleva demasiados años al lado de alguien como para andarse con rodeos. Se queda de pie, esperando la respuesta con los brazos cruzados.

Aleksandar se apoya contra el escritorio, considerando la pregunta con la seriedad que merece viniendo de quien viene. Cruza los brazos, la mirada fija en Marko, dejando que el silencio entre los dos se estire un momento antes de responder.

—Tienes razón. Nunca lo hice.

—¿Y entonces?

—Porque nunca antes tuve algo que perder de esta manera.

Lo dice sin apartar la vista de Marko, sosteniendo el peso de la frase sin suavizarla.

Marko lo mira, la desconfianza de recursos transformándose, poco a poco, en otra cosa. Se rasca la nuca, procesando la respuesta.

—¿Tan en serio es?

—Más en serio de lo que estoy dispuesto a explicarte en detalle.

Marko deja pasar un segundo antes de responder, evaluando la respuesta. Se pasa una mano por la barba corta, pensando.

—No hace falta que lo expliques. Solo dime que sabes lo que estás haciendo.

Marko lo dice con la voz más baja, casi como si no quisiera que las paredes de la sala lo escucharan.

—No lo sé del todo —admite Aleksandar, la honestidad costándole, pero saliendo igual—. Pero sé que no hacer esto sería un error que no me voy a perdonar.

Se endereza contra el escritorio, la decisión ya tomada mucho antes de esta conversación.

Marko asiente, la ceja levantándose apenas. Se pasa una mano por la cara.

—Quince años y nunca te vi así.

—Yo tampoco.

Se endereza, listo para volver al trabajo, el asunto zanjado entre los dos sin necesidad de más palabras.

—Entonces vamos a encontrarlo.

*

El resto del día transcurre en un ritmo que Aleksandar conoce bien: llamadas, contactos activados, favores cobrados, la clase de trabajo silencioso que rara vez se ve pero que decide todo lo demás.

Pasa de una habitación a otra de la casa sin sentarse del todo en ninguna, el teléfono cambiando de oreja cada pocos minutos.

Sube a ver a Mila entre una llamada y otra, el teléfono todavía caliente en el bolsillo. La encuentra sentada con las piernas cruzadas en la cama, revisando algo en un cuaderno que le prestó Zora, la luz de la tarde entrando de costado por la ventana, iluminando la página a medio llenar.

—¿Qué es eso? —pregunta él.

—Estoy anotando todo lo que recuerdo de Restović. Cada detalle, por más chico que parezca. Capaz hay algo que todavía no les serví.

Mila sigue escribiendo mientras habla, sin detener la mano.

—No tienes que hacer esto.

—Quiero hacerlo.

Lo dice sin levantar la vista, la lapicera moviéndose otra vez sobre el papel.

Aleksandar se sienta al borde de la cama, mirando las anotaciones cuidadosas, la letra apretada de alguien que está tratando de sentir que controla aunque sea una parte pequeña de todo esto.

Pasa un dedo por el borde de una página sin llegar a tocarla del todo.

Afuera, el sol de la tarde empieza a bajar, tiñendo la habitación de un naranja pálido.

—¿Cómo va la búsqueda? —pregunta ella, sin levantar la vista del cuaderno.

—En marcha. Todavía sin resultados concretos.

—¿Y eso qué significa? —pregunta ella, la lapicera quieta sobre el papel.

—Que dejó de moverse por sus propios medios desde anoche. Cuentas cerradas, propiedades vacías, ningún contacto que responda. O se escondió mejor de lo que cualquiera de mis hombres esperaba, o alguien lo sacó del tablero antes de que llegáramos.

Mila deja la lapicera a un costado.

—Eso no suena a que esto se termine.

—No. Suena a que hay alguien más grande detrás de él.

Mila asiente despacio, anotando algo más antes de volver a hablar, la lapicera pausada un segundo sobre el papel.

—¿Y tus hombres? ¿Todos de acuerdo con gastar esto en mí?

Aleksandar duda un segundo antes de responder, decidiendo que la honestidad, otra vez, es mejor que la protección fácil. Cierra el cuaderno con cuidado antes de hablar, dejándolo sobre la cama entre los dos.

—No todos al principio. Pero se lo dejé claro.

Aleksandar lo dice con calma, sin darle a la frase más peso del necesario.

—¿Qué les dijiste?

Mila lo mira de frente por primera vez desde que él entró al cuarto, esperando la respuesta con atención completa.

—Que dejaste de ser la mujer de la subasta hace semanas.

*

Ya de noche, Mila baja a la cocina a buscar agua, uno de los hombres de Aleksandar montando guardia discreta cerca de la puerta, tal como viene siendo desde la mañana. La casa está en silencio a esa hora, solo el zumbido bajo del refrigerador y algún paso ocasional en el piso de arriba.

Su teléfono, el mismo que recibió la primera foto hace unos días, vibra otra vez sobre la mesada. El mismo número desconocido.

La abre antes de terminar de servirse el agua, y el vaso queda a medio llenar, olvidado.

Es una foto de ella misma, tomada esa misma tarde, sentada junto a la ventana del cuarto que ocupa en la propiedad de Aleksandar. El ángulo es desde afuera, desde algún punto del jardín, o quizás desde la calle. La imagen es nítida, cercana, tomada sin apuro.

No es la misma foto de aquella noche en el salón. Es nueva. Es de hoy.

No hay ningún texto que acompañe la imagen. No hace falta.

Se queda mirando la pantalla, el teléfono temblándole apenas en la mano.

El guardia cerca de la puerta nota su expresión y se acerca de inmediato, la mano ya cerca del arma que lleva bajo la chaqueta por costumbre.

—¿Todo bien?

Mila no puede articular palabra por un segundo, el teléfono todavía en la mano, la foto todavía en la pantalla, la certeza instalándose de golpe: si la primera foto probaba que la había visto una vez, esta prueba que no dejó de mirarla.

La propiedad de Aleksandar, la que se suponía era el lugar más seguro que tenía, ya no lo es.

Le muestra el teléfono al guardia sin decir una palabra.

A él se le endurece la cara.

No solo sabe dónde encontrarla. Nunca dejó de vigilarla.