Capítulo 21
Mila se queda sola en la habitación después de que Aleksandar sale.
Su voz todavía suena en el pasillo, marcando números, dando órdenes que ella solo alcanza a oír a medias.
Una puerta se cierra en algún lugar de la casa.
Después, pasos rápidos que bajan una escalera.
El silencio que queda cuando los pasos se pierden del todo es distinto al de hace una hora: más denso, más atento.
Se sienta en el borde de la cama, envuelta todavía en la sábana.
Se abraza las rodillas, la tela fría contra la piel ahora que el calor de la noche anterior terminó de irse del cuarto.
Afuera, el mismo pájaro de siempre sigue cantando, ajeno a todo.
En algún lugar de la casa, una puerta vuelve a cerrarse, más lejos esta vez.
Identificarlo lo cambia todo. Ya no se va a quedar quieto.
No es un pensamiento nuevo. Hasta ahora lo tuvo siempre a un costado, subordinado a la urgencia de reunir pruebas, de armar el rompecabezas.
Ahora que el rompecabezas empieza a cerrarse, queda una sola pregunta.
Se pasa una mano por la cara, despacio, como si eso pudiera ordenar algo del caos que le sube por dentro.
¿Qué hace un hombre acorralado cuando todavía tiene algo que perder?
La mente le corre hacia atrás, hacia el hombre que conoció de pasada hace años, el que nunca pareció peligroso. El que ahora tiene su nombre, su cara, gracias a ella. Aprieta las rodillas contra el pecho un poco más, la mirada fija en la puerta cerrada del cuarto.
Golpean la puerta con suavidad. Es Zora, una de las mujeres de confianza de Aleksandar, con ropa limpia en los brazos y una expresión que intenta ser neutral y no lo logra del todo.
Entra sin esperar respuesta, deja la ropa doblada sobre la silla con cuidado, como si el gesto ordenado pudiera compensar algo de lo que no va a decir.
—Aleksandar pidió que te trajera esto —dice, dejando la ropa en la silla—. Y que te dijera que no salgas del cuarto todavía.
—¿Todavía?
—Hasta que él vuelva a hablar contigo.
Mila asiente. Zora se demora más tiempo del necesario ordenando algo que ya está ordenado sobre la silla, como buscando una excusa para no irse todavía y al mismo tiempo sin querer quedarse.
Se pasa las manos por el delantal antes de dar media vuelta hacia la puerta.
Algo en su tono, en la forma en que evita sostenerle la mirada más de un segundo, le confirma a Mila lo que ya sospechaba: que el peligro que hasta ayer era abstracto, una pieza en un mapa, ahora tiene nombre, y ese nombre ya está en movimiento.
*
Cuando Aleksandar vuelve, media hora después, ya tiene la camisa abotonada del todo.
Algo en su forma de moverse que no estaba ahí a la mañana, más medido, más cerrado.
Cierra la puerta con más cuidado del que necesita, como si el ruido de golpearla fuera una cosa más que no puede permitirse esta mañana.
Se queda un segundo con la mano todavía en el picaporte antes de soltarlo.
—Cuéntame todo —dice Mila, sin preámbulo.
—Todavía estamos confirmando.
—Aleksandar.
Ella lo dice sin levantar la voz, pero con la firmeza suficiente para que él sepa que no va a aceptar rodeos.
Él se pasa una mano por el pelo. Se sienta frente a ella en el borde de la cama, la distancia entre los dos más corta de lo que habría sido hace una semana, cargada de una tensión completamente distinta a la de anoche.
—Mis hombres cruzaron el rastreo de anoche con movimientos anteriores de Restović.
El patrón coincide. Es él quien financió la subasta, o al menos parte de ella.
Delante del servicio, de quien entra y sale de esta casa sin necesidad de saberlo, prefiero que no se diga su nombre por ahora: que quede como el ex socio, solo hasta que sepamos si tiene a alguien escuchando desde adentro.
Entre nosotros dos, y con Dragan, sigue siendo Restović.
Hay otro nombre que apareció, alguien que le facilitó la logística del evento: un tal Radovan.
Todavía no sabemos qué tan cerca trabajan los dos, pero no actuó solo.
Mila se queda con eso un segundo, la sábana apretada entre los dedos.
—¿Y él sabe que ya llegamos hasta aquí?
—Es lo que no puedo confirmarte todavía.
—Pero lo sospechas.
Mila lo dice bajo, casi como si no quisiera obligarlo a admitirlo en voz alta.
Aleksandar no responde de inmediato. Ese silencio dice más que cualquier palabra. Se queda con la vista fija en el piso un momento antes de volver a hablar, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla.
—Sospecho que si actuó con la torpeza suficiente para dejarse rastrear, también tiene la paranoia suficiente para suponer que alguien lo va a rastrear —dice finalmente—. Un hombre así no espera a confirmar. Se mueve primero.
Se pasa la mano por la nuca, la mirada fija en algún punto de la pared detrás de ella.
—¿Y eso qué significa para nosotros?
—Que si tiene algo que perder, puede decidir perderlo con ruido.
Aleksandar se queda con las manos apoyadas en las rodillas, los dedos quietos, la vista fija en un punto del piso que no dice nada.
*
—Entonces vamos ahora —dice Mila—. Antes de que tenga tiempo de reaccionar.
—No tenemos toda la información todavía. No sabemos si actúa solo o si hay alguien más financiando esto detrás de él.
Aleksandar se cruza de brazos, la postura tensa, aunque la voz se mantiene firme.
—¿Y esperar es más seguro?
—Esperar nos da certeza. Actuar rápido nos da velocidad. Nunca tuve las dos cosas al mismo tiempo, y quince años me enseñaron cuál elegir casi siempre.
Se pone de pie mientras habla, un movimiento corto, necesitando el espacio para pensar mejor.
—¿Casi siempre?
Aleksandar la mira. Algo en la expresión cede por un segundo. Se frota el pulgar contra el índice, un gesto pequeño, casi nervioso, que no encaja con el resto de su postura.
—Anoche te dije que ya no sé si puedo confiar en mi propio criterio cuando se trata de ti.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé. Porque no tengo una respuesta que me convenza a mí mismo todavía.
Se queda sentado un momento más, los codos en las rodillas, antes de ponerse de pie del todo. El silencio entre los dos se estira, incómodo, sin que ninguno lo rompa enseguida.
Mila se levanta. Camina hasta la ventana, los brazos cruzados, la sábana quedando atrás sobre la cama. El jardín que hace unos días le pareció una jaula elegante ahora se parece, de algún modo, a lo más cercano a un refugio que tuvo en meses.
—Si esperamos y él se entera igual, perdimos tiempo por nada —dice ella, sin darse vuelta—. Si actuamos y todavía no sabe, lo alertamos antes de tiempo.
—Es exactamente el problema.
Aleksandar se acerca a la ventana también, quedándose un paso detrás de ella, sin tocarla.
—¿Entonces qué hacemos?
—Reunir lo último que falta, lo más rápido que se pueda, sin dar ningún paso en falso que confirme lo que todavía no sabe con certeza.
Mila asiente despacio, sin del todo convencida.
—¿Y si ya lo sabe?
Aleksandar no tiene respuesta para eso. Lo que queda callado entre los dos pesa más que cualquier plan a medio armar. Afuera, alguno de sus hombres cruza el jardín a paso rápido, sin mirar hacia la ventana.
*
Más tarde, sola otra vez mientras Aleksandar coordina con sus hombres en el piso de abajo, Mila deja que le suba la otra parte del miedo, la que no compartió en voz alta.
Se queda de pie junto a la ventana, los dedos apoyados en el marco frío.
Abajo, en el jardín, dos de los hombres de Aleksandar caminan el perímetro con pasos medidos, revisando algo que Mila no alcanza a distinguir desde ahí.
Si él actúa con más violencia, no va a ser solo contra mí.
Se queda ahí un momento, la mirada perdida en el jardín, el pulgar rozándose contra el marco de la ventana.
Piensa en las mujeres que estaban con ella esa noche en la sala de espera.
Mujeres que quizás no tienen a nadie como Aleksandar movilizando hombres y recursos por ellas.
Piensa en cuánto de lo que está pasando ahora depende de una decisión que un hombre desesperado puede tomar en cualquier momento, sin aviso, sin patrón que seguir.
Se cruza de brazos, como si eso pudiera contener algo del frío que le sube desde el estómago.
Cuando Aleksandar vuelve a subir, la encuentra todavía junto a la ventana. Se detiene un segundo en el umbral antes de cruzar el cuarto.
—¿Qué piensas? —pregunta él, parándose detrás de ella, no lo bastante cerca como para invadir el espacio, lo bastante cerca como para que ella sienta que no está sola con esto.
—Pienso que lo identificamos demasiado rápido para estar preparados para lo que sigue.
—O lo identificamos justo a tiempo.
—¿Cómo sabes cuál de las dos es?
—No lo sé. Nunca se sabe hasta después.
Mila se da vuelta hacia él, buscando en su expresión algo de la certeza que necesita. No encuentra más que la misma incertidumbre honesta que siente ella. Se queda mirándolo un momento, midiendo si eso alcanza.
—Eso no es muy tranquilizador.
Mila cruza los brazos, esperando algo más de él, algo que la ayude a sostenerse.
—No pretendo tranquilizarte. Pretendo que confíes en que voy a hacer todo lo que esté en mí para que esto termine bien.
Le pone una mano en el hombro, breve, firme, y la deja ahí un segundo antes de soltarla. Mila cierra los ojos un instante, dejando que el gesto pese más de lo que las palabras alcanzaron a pesar.
*
El teléfono de Aleksandar suena antes de que ninguno de los dos alcance a decir nada más. Él contesta, escucha. Mila ve la expresión cambiarle otra vez, más rápido de lo que le gustaría.
—¿Qué pasó? —pregunta en cuanto él corta.
—Mandé hombres a la última dirección conocida del ex socio.
—¿Y?
—Se fue. Todo el lugar, vacío. No hace un día, ni una semana. Parece reciente.
—¿Cuán reciente?
Aleksandar se queda mirando el teléfono un segundo más de lo necesario antes de responder.
—Mis hombres calculan que se movió anoche.
El estómago de Mila se cierra de golpe.
—Anoche. Mientras nosotros...
—No sabemos si es coincidencia.
—Tú mismo dijiste que un hombre así no espera a confirmar. Se mueve primero.
Aleksandar no contradice eso. Guarda el teléfono, la mirada ya puesta en algo que Mila no alcanza a ver del todo.
—Desapareció justo cuando empezamos a acercarnos —dice, la voz baja—. No se esconde para escapar.
Se esconde para elegir el momento de volver.