Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

El mensaje sigue en la pantalla del teléfono cuando Aleksandar termina de leerlo por segunda vez. Hace apenas un rato el cuarto era otra cosa, un espacio donde el mundo entero se reducía a Mila y a él. Ahora vuelve a ser lo que siempre fue: territorio en guerra.

Aleksandar lee el informe completo dos veces, sentado en el borde de la cama, la calma de la noche anterior ya completamente disuelta.

La luz de la mañana entra por la ventana entreabierta, demasiado clara para el peso de lo que tiene en la mano.

Afuera, algún pájaro insiste con el mismo canto de siempre, ajeno a todo lo que está por cambiar dentro de esas paredes.

Mila se incorpora despacio, la sábana resbalando un centímetro del hombro, y lo ve antes de que él diga nada: la espalda recta, los hombros que hace un minuto todavía estaban sueltos, ahora cuadrados como si se preparara para algo.

—¿Qué pasó?

—Uno de mis hombres siguió a Restović anoche, mientras nosotros estábamos en el evento —dice—. Lo vio hacer una llamada justo después de vernos juntos en el salón.

—¿A quién llamó?

Aleksandar niega con la cabeza, la vista todavía fija en el teléfono.

—Todavía no lo sabemos. Pero después de la llamada, cambió de rumbo. Fue directo hacia esta zona.

—¿Hacia aquí?

—A dos cuadras de esta propiedad. Se quedó ahí casi una hora, de noche, sin ninguna razón aparente para estar en este barrio.

Mila se sienta más derecha contra el respaldo de la cama, la sábana todavía cubriéndola, algo asentándose despacio en su expresión mientras procesa la información.

—¿Estaba vigilando la casa?

—Es lo más probable.

Aleksandar aprieta el teléfono en la mano, el pulgar recorriendo el borde del aparato una y otra vez.

—Anoche, mientras tú y yo...

—No termines esa frase.

—Tengo que decirlo. Mientras tú y yo estábamos aquí, tranquilos, él estaba ahí afuera, a dos cuadras, sabiendo exactamente dónde encontrarte.

Se queda mirando el informe otra vez, como si releerlo pudiera cambiar lo que dice.

La idea de que el peligro estuvo tan cerca mientras ellos bajaban la guardia por primera vez desde que se conocieron le cae a Aleksandar con un peso que no logra sacudirse.

Su voz baja un tono, más dura, más calculadora de golpe.

Deja el informe sobre la mesa de noche con un gesto seco, casi violento para la calma que reinaba hace apenas un minuto.

El teléfono queda boca abajo sobre la madera, como si con eso pudiera apagar también lo que acaba de leer.

*

Aleksandar se levanta, empieza a vestirse con movimientos rápidos, eficientes, la mente ya en otro lugar. Toma la camisa del respaldo de la silla de un solo tirón, el cuero de sus botas todavía tirado junto a la cama de la noche anterior.

—Necesito organizar la seguridad de la casa. Doblar la guardia, revisar el perímetro.

Se pone la camisa con movimientos secos, sin la calma habitual con la que hace cualquier otra cosa, cada botón cerrado casi de golpe.

—Aleksandar.

Él sigue vistiéndose, sin detenerse, la voz ya en modo de mando.

—Y necesito que mis hombres identifiquen a quién llamó anoche. Si hay alguien más involucrado, tenemos que saberlo antes de que actúe.

—Aleksandar, mírame.

Él se detiene, la camisa a medio abrochar, y la mira. Algo en la voz de ella logra lo que ninguna urgencia táctica logró todavía esa mañana.

—Necesito que separes esto un segundo —dice Mila—. Lo de anoche, entre nosotros, de lo que está pasando con Restović.

—No puedo.

—¿Por qué no?

Deja pasar un segundo antes de responder. Se queda con la camisa a medio abotonar, la mano quieta sobre el último botón, la mirada perdida un instante en la puerta cerrada.

Mila se envuelve un poco más en la sábana, sentándose derecha, esperando la respuesta con toda la atención puesta en él, sin apurarlo esta vez.

—Porque ya no son dos cosas separadas para mí. Antes podía pensar en tu seguridad como un problema táctico. Ahora pienso en ti, en lo que sentí anoche, y el miedo que tengo no es táctico. Es otra cosa completamente distinta.

Se pasa una mano por la nuca, el gesto delatando lo poco cómodo que se siente diciendo esto en voz alta.

La honestidad de la confesión lo sorprende incluso a él mismo.

Mila lo mira luchar por mantener la compostura, algo en su propia mirada confirmando que la línea que Aleksandar siempre mantuvo entre lo profesional y lo personal acaba de desaparecer para siempre.

Él se queda ahí, la camisa todavía a medio abrochar, como si terminar de vestirse fuera de pronto lo menos urgente de la habitación.

*

—Toda mi vida operé con una regla —dice Aleksandar, terminando de abotonarse la camisa—. El miedo es información, no permiso para paralizarte. Lo uso, lo controlo, actúo a pesar de él.

Camina hasta la ventana mientras habla, la mano apoyada un momento en el marco, los dedos tensos contra la madera, la vista perdida en el jardín todavía envuelto en la bruma de la mañana.

Se queda ahí un instante más de lo necesario, como si el paisaje afuera le diera algo firme a lo que aferrarse antes de seguir hablando.

—¿Y ahora no puedes?

Se queda con los dedos quietos sobre el último botón, sin terminar de abrocharlo.

—Ahora el miedo no es sobre mí. Es sobre ti. Y esa clase de miedo no se controla igual.

Mila se sienta en el borde de la cama, envuelta en la sábana, observándolo con atención. Hay algo en la forma en que él evita mirarla directamente que le dice más que cualquier palabra. Afuera, el pájaro sigue cantando, ajeno también a esto.

—¿Qué es distinto?

Aleksandar se queda callado un segundo, buscando cómo decir algo que nunca tuvo que explicarle a nadie antes.

—Que puedo perder muchas cosas en mi vida y reconstruirlas. Dinero, territorio, una ruta de cobro entera si hace falta, hasta hombres, aunque eso me cueste más de lo que admito. Pero si te pierdo a ti...

Se detiene, la frase quedando incompleta, como si terminarla la volviera demasiado real. Los ojos fijos en un punto de la pared, evitando los de ella, la respiración un segundo más pesada de lo normal.

—Dilo —dice Mila, suave pero firme.

—Si te pierdo a ti, no sé si hay reconstrucción posible.

Lo que queda después no es incómodo, pero sí es denso, cargado del peso de una verdad que ninguno de los dos esperaba escuchar tan pronto, tan directamente. Ninguno se mueve, como si hacerlo pudiera romper algo frágil que acaba de asentarse en el aire entre ellos.

—Aleksandar, no vas a perderme.

—No puedes prometerme eso. Nadie puede.

Lo dice sin dureza, casi en un susurro, como si la sola idea le costara más de lo que está dispuesto a mostrar.

La vulnerabilidad cruda en la voz de Aleksandar, tan distinta del control que mantiene con todos los demás, le muestra a Mila el verdadero tamaño de lo que anoche cambió entre los dos, y también el tamaño del miedo que ahora carga por su culpa.

Ninguno de los dos rompe la quietud que sigue, como si hacerlo pudiera deshacer lo que recién quedó dicho.

*

—El plan original era esperar los resultados del rastreo antes de movernos —dice Aleksandar, ya más calmado, aunque la tensión no lo suelta del todo—. Confirmar quién más está involucrado, actuar con toda la información.

Se termina de atar los cordones de las botas, sentado en el borde de la cama otra vez, cada movimiento cargado de una urgencia contenida que Mila nunca le vio antes, ni siquiera en los momentos de mayor peligro de las últimas semanas.

Se pone de pie, la bota derecha golpeando el piso con un ruido seco al asentarse, y por un segundo se queda ahí, quieto, como recalculando algo que ya tenía decidido.

—¿Y ahora?

Camina hasta la ventana, corre apenas la cortina, mira hacia afuera un segundo antes de responder.

—Ahora cada día que esperamos es un día más que él tiene para acercarse a ti. Anoche estuvo a dos cuadras. Mañana puede estar más cerca todavía.

Suelta la cortina despacio, sin apartar del todo la vista de la ventana, como si pudiera ver desde ahí el punto exacto donde Restović se paró la noche anterior.

—¿Qué estás pensando hacer?

Aleksandar se queda callado un momento. Cierra el puño sobre el borde de la cortina, los nudillos blancos un segundo antes de soltarla, la tela cayendo de nuevo sobre el vidrio.

—Toda mi experiencia me dice que actuar rápido, sin toda la información, es un error. Que la paciencia gana más veces de las que pierde.

—¿Pero?

Se queda con la vista fija en el teléfono, el pulgar quieto sobre la pantalla, dejando pasar un segundo más antes de decir lo que ya decidió.

—Pero la paciencia supone que puedo permitirme perder tiempo. Y ya no estoy seguro de que pueda.

Se queda mirando el teléfono en su mano, como si la decisión ya estuviera tomada de antes y solo faltara admitirlo en voz alta.

Mila ve, en tiempo real, cómo Aleksandar pelea contra quince años de disciplina y cálculo frío, y entiende que lo que está a punto de decidir no es una simple cuestión estratégica. Es la primera vez que él elige, conscientemente, actuar contra su propio instinto de cautela por otra persona.

*

Aleksandar termina de vestirse, toma el teléfono, y por primera vez desde que se despertó, su expresión se vuelve completamente decidida.

—Voy a adelantar todo.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no voy a esperar a que mis hombres terminen de identificar a quién llamó Restović anoche. Voy a ir directamente a buscarlo, hoy, antes de que tenga tiempo de moverse de nuevo.

—Eso es justo lo que dijiste que no debías hacer. Actuar sin toda la información.

—Lo sé.

—¿Y por qué lo vas a hacer igual?

Aleksandar se detiene junto a la puerta del cuarto, la mano en el picaporte, y se da vuelta para mirarla una última vez antes de salir.

—Porque anoche entendí algo que llevo años evitando entender.

—¿Qué cosa?

—Que hay pérdidas de las que no se vuelve. Y no pienso arriesgarme a averiguar si esta es una de esas.

Sale del cuarto sin esperar respuesta, ya marcando un número.

Quince años de cautela, rotos en el tiempo que tarda en llegar al pasillo.

Falta ver qué hace ahora con las manos libres.