Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Suben los últimos escalones sin soltarse la mano, el resto de la casa quedando atrás, sumida en la oscuridad y el silencio de la madrugada. El pasillo del piso de arriba se siente más largo de lo habitual, cada paso acercándolos a algo que ninguno de los dos nombra todavía en voz alta.

La puerta se cierra detrás de ellos y por un momento ninguno de los dos se mueve, como si cruzar ese último límite mereciera un segundo de quietud antes de avanzar. El clic del cerrojo suena más fuerte de lo que debería en el silencio del cuarto.

Aleksandar la mira en la penumbra, la única luz la que entra tenue desde el pasillo, dibujándole apenas el perfil.

Mila siente el corazón todavía acelerado, aunque ya no queda rastro del peligro de la noche, solo la espera de lo que viene.

Él no se mueve todavía, buscando confirmar que ella también está viendo lo mismo que él.

—Todavía puedes decirme que pare —dice, la voz ronca, seria.

—No quiero que pares.

—Necesito que estés segura. No de esta noche solamente. De esto.

Se queda quieto, esperando, la mano todavía en la cintura de ella sin apretar, dándole el espacio para retroceder si quisiera.

Mila da un paso hacia él, cerrando la distancia que quedaba entre los dos cuerpos, el aire del cuarto pareciendo más denso con cada segundo que pasa. Le apoya una mano en el pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la palma.

—Hace días que estoy segura, Aleksandar. Solo estaba esperando que tú también lo estuvieras.

Eso rompe lo último que quedaba de su contención.

La besa, esta vez sin ninguna de las dudas de la escalera, las manos encontrando la cintura de ella con una firmeza que no deja lugar a la incertidumbre.

Mila se aferra a la camisa de él, los dedos cerrándose sobre la tela, buscando algo sólido a lo que sujetarse.

El cuarto huele apenas a madera vieja y a la colonia de él, un detalle que Mila registra sin proponérselo, como si el cuerpo quisiera guardar cada dato posible de este momento.

Afuera, en algún punto de la propiedad, todo sigue en el mismo silencio de siempre, ajeno por completo a lo que está pasando entre esas cuatro paredes.

La confianza que creció entre los dos en apenas unos días, forjada bajo presión, bajo peligro real, bajo la clase de honestidad que no admite dobleces, encuentra por fin el espacio para volverse algo físico. Ninguno de los dos vuelve a preguntarse si es demasiado pronto.

Aleksandar la guía hacia atrás, un paso a la vez, sin romper el beso, hasta que la pared del pasillo le detiene la espalda a ella y le da un segundo más de apoyo antes de seguir hacia el cuarto.

*

Se desvisten despacio, sin apuro, cada prenda que cae al suelo un pequeño acto de confianza que ninguno de los dos toma a la ligera.

Aleksandar recorre con la mirada cada parte de ella que va descubriendo, no con la avidez de quien busca solo el cuerpo, sino con la atención de quien quiere memorizar cada detalle.

La luz tenue del pasillo le alcanza apenas para trazarle el contorno del cuerpo, y aun así se toma su tiempo, como si tuviera toda la noche por delante para mirarla.

—Eres hermosa —dice, la voz baja, casi contra su piel.

—Tú tampoco estás nada mal —responde ella, y la risa breve que se les escapa a los dos alivia parte de la tensión sin quitarle intensidad al momento.

Aleksandar se detiene un instante, la mano suspendida a mitad de camino, la boca entreabriéndose apenas antes de seguir. El cuarto entero parece contener la respiración con ellos.

La lleva hasta la cama con cuidado, el peso de su cuerpo cubriendo el de ella sin aplastarla, cada movimiento medido, deliberado, buscando su reacción antes de avanzar.

—¿Esto está bien? —pregunta él, la boca cerca de su cuello.

—Está más que bien.

Ella cierra los ojos un momento, dejando que la sensación se asiente antes de seguir, la mano todavía enredada en el pelo de él.

Las manos de Mila recorren la espalda de Aleksandar, sintiendo la tensión de los músculos bajo la piel, la cicatriz vieja que le cruza el hombro izquierdo, cada marca una historia que todavía no le contó del todo.

Se detiene ahí un segundo, los dedos trazando el contorno de la cicatriz, sin preguntar todavía.

—Cuéntame si algo no te gusta —dice él.

—Te voy a decir si necesito que pares. Por ahora, sigue.

Él le besa la línea de la mandíbula, despacio, como si cada centímetro mereciera su propia atención. Mila deja escapar un suspiro bajo, casi inaudible, la mano cerrándose sobre el hombro de él.

Cada gesto entre ellos lleva la marca de días de tensión contenida, de peligro compartido, de una confianza que ninguno de los dos esperaba construir tan rápido. Esa mezcla vuelve el encuentro más intenso que cualquier cosa que cualquiera de los dos hubiera vivido antes.

*

Se unen despacio al principio, Aleksandar deteniéndose un instante para dejar que ella se acostumbre, la frente apoyada contra la de Mila, los ojos cerrados, la respiración de los dos ya alterada.

—Aleksandar...

—Aquí estoy.

El ritmo entre ellos se construye juntos, sin prisa al principio, cada movimiento buscando la reacción del otro, ajustándose, aprendiendo.

Mila enreda los dedos en el pelo de él, atrayéndolo más cerca, la necesidad de sentirlo todavía más presente creciendo con cada segundo.

Las manos de Aleksandar recorren cada curva de su cuerpo como si todavía estuviera memorizando algo que no quiere olvidar nunca.

—Más —dice ella, la voz quebrada.

Él obedece, el ritmo acelerándose, la contención que mantuvo durante días desapareciendo por completo en la forma en que la sostiene, en que la busca, en que dice su nombre contra su piel como si fuera lo único importante en ese cuarto.

El colchón cruje bajo el peso de los dos, un sonido que se pierde entre las respiraciones cada vez más entrecortadas.

—Mila.

—Sigue. No pares.

La intensidad crece entre los dos, cada respuesta del cuerpo de ella alimentando la de él, cada respiración contenida volviéndose, poco a poco, algo que ninguno de los dos intenta ya callar.

Aleksandar la sostiene con una mano en la cadera, la otra entrelazada con la de ella sobre la almohada, buscando estar lo más cerca posible en todos los sentidos a la vez.

El cuarto entero parece reducirse al espacio exacto que ocupan los dos cuerpos, cada segundo estirándose más de lo que debería.

—No voy a aguantar mucho más —dice él, la voz tensa.

—No hace falta que aguantes.

El final llega para los dos casi al mismo tiempo, la tensión acumulada de días —de peligro, de miedo, de deseo contenido— liberándose de golpe, dejando a ambos sin aliento, aferrados el uno al otro en la oscuridad del cuarto.

Cuando finalmente la respiración de ambos empieza a calmarse, Aleksandar no se aparta. Se queda ahí, el rostro hundido en el cuello de Mila, buscando ese contacto tanto como buscó, hace un rato, todo lo demás.

*

Se quedan enredados bajo las sábanas, la respiración todavía irregular, ninguno de los dos con ganas de romper el silencio. El cuarto se siente distinto ahora, más cálido, como si la tensión de la casa entera se hubiera quedado del otro lado de la puerta.

—¿Estás bien? —pregunta Aleksandar finalmente, apoyado en un codo, mirándola, la voz todavía baja por el sueño reciente.

—Mejor que bien.

Él le aparta un mechón de pelo de la cara, el gesto tan tierno que contrasta con todo lo que Mila conoció de él hasta ahora.

Le recorre el brazo con dos dedos, despacio, sin ninguna urgencia detrás del gesto.

Ella se queda quieta, dejándose mirar, algo en la actitud de él muy distinto al hombre que dirige una organización entera con mano firme.

—Hace mucho que no me sentía así con nadie —dice él, la honestidad costándole visiblemente.

—¿Así cómo?

Se toma un segundo antes de responder, la mano quieta sobre la cintura de ella.

—Sin querer estar en ningún otro lugar del mundo.

Mila se queda mirándolo un momento, sorprendida por la simpleza de la frase, por lo poco que se parece a cualquier cosa que él diría en cualquier otro contexto, sobre todo delante de otras personas.

Mila se acurruca más cerca, la cabeza sobre el pecho de él, escuchando el latido que de a poco vuelve a su ritmo normal.

—Yo tampoco quiero estar en ningún otro lugar.

Se quedan así, en silencio, el peso de las últimas semanas —la subasta, la trampa, Restović, el miedo compartido— pareciendo, por primera vez, algo lejano. Afuera, la casa entera duerme, y por unos minutos el mundo se reduce al espacio exacto que ocupan los dos bajo las sábanas.

El sueño empieza a ganarles a los dos, la calma después de la tormenta envolviéndolos por completo, sin que ninguno de los dos sospeche todavía que esa paz apenas va a durar hasta la mañana.

*

Mila se despierta primero, la luz de la mañana entrando tenue por la ventana. Aleksandar todavía duerme a su lado, el rostro relajado de una forma que ella nunca le vio despierto. Se queda un momento solo mirándolo, memorizando la escena antes de que el día vuelva a reclamarlos a los dos.

Su propio teléfono vibra sobre la mesa de luz, el que casi no usa desde que se mudó a la propiedad. Un número desconocido. Ninguna llamada, ningún mensaje de texto, solo una fotografía.

La abre sin pensarlo, y el aire se le escapa de golpe.

Es una foto de ella misma, tomada esa misma noche, en el salón del evento, de pie junto a Aleksandar mientras hablaban con Restović. El ángulo es desde lejos, entre la gente, pero nítido: alguien la enfocó a ella, no a él.

No hay ningún texto que acompañe la imagen. No hace falta.

—Aleksandar.

Algo en su voz lo despierta de inmediato, sin la desorientación habitual de la mañana. Se incorpora, ve la expresión de ella, y toma el teléfono de sus manos antes de que ella tenga que decir nada más.

A él se le endurece la cara.

—¿Qué pasa? —pregunta ella, aunque ya sabe, mirando cómo el cambio le recorre el rostro.

—Restović sabe exactamente quién eres. Y ya sabe dónde encontrarte.

Aleksandar se sienta del todo en la cama, pasándose una mano por el pelo, la tensión volviendo a cada línea de su cuerpo. Mila se incorpora también, tirando de la sábana hacia arriba, el frío de la mañana entrando de golpe donde antes solo había calidez.

Su propio teléfono suena un segundo después, sobre la otra mesa de luz. Lee el mensaje sin soltar el de ella.

—Confirmaron el rastreo de Restović —dice, la voz baja y dura—. Estaba detrás de la subasta desde el principio. Eso ya lo sabíamos. Pero esto es nuevo.