Capítulo 18
Conduce de vuelta a la propiedad con las dos manos firmes en el volante, aunque el trayecto ya no exige tanta atención.
La adrenalina de la noche sigue ahí, corriendo por debajo de la piel, negándose a bajar del todo.
Las calles pasan casi vacías a esta hora, los faroles marcando un ritmo constante contra el parabrisas, y aun así no logra concentrarse del todo en el camino.
Cada tanto, sin proponérselo, la mirada se le va hacia Mila, sentada a su lado, tan tranquila en apariencia que resulta casi desconcertante.
La ciudad va quedando atrás, las luces cada vez más espaciadas a medida que se alejan del centro, el silencio dentro del auto contrastando con el bullicio que dejaron detrás en el salón.
—¿Vas a decir algo? —pregunta Mila, después de varias calles en silencio.
—No sé qué decir.
—Eso no es propio de ti.
Él deja escapar un sonido corto, a mitad de camino entre risa y resoplido, sin humor real detrás.
Acomoda las manos sobre el volante sin necesidad de pensarlo, algo para hacer con ellas mientras ordena lo que sea que está sintiendo.
Las calles siguen pasando, cada vez más cerca de la propiedad, y con cada cuadra que dejan atrás el peso de la noche se vuelve más difícil de ignorar.
—Nada de esta noche es propio de mí. Nunca dejé que nadie se acercara tanto a alguien que me importa.
—¿Y cómo te sientes con eso?
Aleksandar la mira de reojo, un segundo, antes de volver la vista al camino. La luz de un poste callejero le ilumina el perfil apenas un instante, suficiente para que él registre la expresión tranquila que tiene, tan distinta a la tensión que él todavía siente en el pecho.
—Distinto a como pensé que me iba a sentir.
Los dedos se le cierran un poco más sobre el volante. Los afloja apenas lo nota, un movimiento pequeño, casi automático, de vuelta al control.
Mila no pregunta más. Se queda mirando la calle pasar, el corazón todavía latiendo más rápido de lo normal, aunque el peligro real ya quedó dos manzanas atrás.
Apoya la cabeza contra el vidrio de la ventanilla, dejando que el movimiento del auto la calme un poco, aunque la calma nunca termina de llegar del todo.
El silencio que se instala entre los dos no es el silencio incómodo de otras noches. Es un silencio cargado, denso, del tipo que aparece cuando dos personas están pensando exactamente lo mismo y ninguna se anima todavía a decirlo primero.
Las luces de la propiedad aparecen al final del camino, un punto fijo entre los árboles. Aleksandar reduce la velocidad sin necesidad de pensarlo, el cuerpo conociendo la maniobra de memoria aunque la cabeza siga en otro lado.
*
Entran a la propiedad casi sin hablar. Aleksandar cierra la puerta detrás de los dos, el sonido del cerrojo resonando más fuerte de lo habitual en el silencio de la casa dormida.
El resto del personal ya se retiró hace horas, y por primera vez en mucho tiempo la casa entera se siente completamente vacía, solo para los dos.
Se saca el saco, lo deja sobre el respaldo de una silla, un gesto tan automático que ni siquiera lo registra hasta que ya lo hizo.
Mila se detiene un paso más allá del umbral, los tacos todavía puestos, el peso de la noche entera cayéndole encima de golpe.
Se pasa una mano por el brazo desnudo, buscando entrar en calor aunque no tenga nada que ver con la temperatura de la casa.
Los tacos quedan tirados junto a la puerta un momento después, uno al lado del otro.
—¿Quieres algo de tomar? —pregunta él, ya caminando hacia la cocina por costumbre.
Aleksandar se detiene con un pie todavía apuntando hacia la cocina, gira apenas el torso hacia ella, esperando la respuesta.
—No. Solo quiero que esto termine de bajar.
—¿Qué cosa?
—Esto —dice Mila, señalando vagamente el espacio entre los dos—. La adrenalina. El miedo. Lo que sea que todavía sigo sintiendo.
Aleksandar se detiene a mitad de camino, se da vuelta hacia ella. La luz del living, todavía encendida desde antes de salir, le ilumina la cara, y por un segundo se queda ahí, sin decir nada, midiendo lo que ve en su expresión, los brazos todavía cruzados sobre el pecho.
—A mí tampoco se me está bajando.
—¿Y eso te preocupa?
—Me preocupa no saber qué hacer con eso.
Se queda ahí, la mirada baja un segundo antes de volver a levantarla hacia ella.
Mila da un paso hacia él, no demasiado, solo lo suficiente para acortar la distancia que normalmente mantienen entre los dos sin pensarlo.
El aire entre ambos parece más denso de repente, cargado de algo que ninguno de los dos nombra todavía en voz alta.
El reloj de pared marca casi las dos de la mañana, pero ninguno de los dos parece notarlo, ni le importaría si lo notara.
Ella cruza los brazos, se los descruza casi al instante, sin encontrar una postura que la haga sentir menos expuesta bajo la luz del living.
El gesto es pequeño, casi nada, pero ninguno de los dos retrocede ante él.
Aleksandar entiende, con una claridad que lo sorprende, que la distancia que siempre puso entre ambos, con disciplina, con cálculo, acaba de dejar de existir sin que él lo decidiera.
Se queda ahí, quieto, la respiración un poco más pesada de lo que le gustaría admitir.
*
—Estuviste increíble esta noche —dice Aleksandar, la voz más baja que de costumbre.
—Tú estuviste ahí todo el tiempo. Nunca me sentí sola.
—Igual me costó. Verte tan cerca de él, sostener el papel, sonreírle...
—Era parte del plan.
—Lo sé. Y aun así, cada segundo que duró, tuve que recordarme a mí mismo por qué no podía intervenir.
Mila lo mira, algo en ella cediendo despacio.
Estira una mano, la apoya un momento sobre la de él, breve, casi de agradecimiento silencioso, antes de retirarla.
Se sientan juntos en el sillón, más cerca de lo que se sentarían en cualquier otra noche, el espacio entre los cuerpos reducido casi sin que ninguno de los dos lo decida conscientemente.
Todavía tiene puesto el vestido de la noche, los aros ya guardados en algún bolsillo del saco de él, y la ropa formal empieza a sentirse fuera de lugar en la quietud de la casa.
—¿Por qué no interviniste, entonces? Más allá del plan.
—Porque confiaba en ti. Más de lo que confío normalmente en cualquier plan, en cualquier persona.
—¿Desde cuándo?
Aleksandar lo piensa un momento, honesto consigo mismo antes de responder.
Se pasa la mano por la nuca, buscando la palabra exacta antes de comprometerse con ella.
Es raro en él, esta clase de duda frente a una pregunta que no tiene nada que ver con estrategia ni con peligro.
Mila espera, sin apurarlo, dejando que se tome el tiempo que necesite.
En algún lugar de la casa, una cañería suena bajo el piso, un golpe seco y breve que ninguno de los dos registra del todo.
—No sabría decirte el día exacto. Pero en algún momento, sin que yo lo decidiera, empezaste a importarme de una forma que no esperaba.
Algo cambia en la cara de Mila al escuchar la frase, simple y directa, sin ninguno de los cálculos que suelen acompañar las palabras de él.
Se queda mirándolo un momento, buscando algo en su cara que contradiga lo que acaba de escuchar, y no encuentra nada.
Solo la misma seriedad de siempre, pero con algo más suave detrás de ella.
—A mí me pasó lo mismo.
La confesión, dicha en voz baja, sin dramatismo, cae entre los dos con un peso mayor que cualquier declaración elaborada. Por primera vez ninguno de los dos busca una excusa para cambiar de tema.
*
Aleksandar da el paso que falta, el espacio entre los dos reduciéndose a nada.
Se para frente a ella, la mira de una forma distinta a como la miró jamás en todos estos días de plan y estrategia compartida.
Ya no hay cálculo en la expresión, ni la evaluación constante que lo caracteriza en cualquier otra situación.
—Mila.
—¿Sí?
—Si esto es un error, dímelo ahora. Todavía puedo parar.
Ella levanta la vista hacia él, sin ninguna vacilación en la expresión.
—No quiero que pares.
Eso es todo lo que hace falta. Aleksandar levanta la mano, la apoya en la mejilla de ella, el gesto lento, deliberado, nada parecido a la urgencia de la adrenalina que todavía corre por el cuerpo de ambos.
El calor de su piel bajo la palma le confirma que esto, sea lo que sea, es completamente real.
Se queda así un instante, memorizando el momento antes de seguir.
—Llevo días conteniendo esto —dice él.
—Yo también.
El espacio entre los dos termina de cerrarse, despacio, sin ninguna de las dudas que marcaron cada acercamiento anterior. Por primera vez desde que se conocieron, ninguno de los dos mira hacia atrás buscando una razón para detenerse.
*
El beso es lento al principio, casi cauteloso, como si ambos necesitaran confirmar que esto es real antes de dejarse ir del todo.
Mila apoya las manos en el pecho de Aleksandar, sintiendo el latido acelerado bajo la palma. Él la sostiene por la cintura, atrayéndola más cerca, la distancia que mantuvo con tanta disciplina durante días deshaciéndose por completo.
—Aleksandar —dice ella, contra sus labios, el nombre casi una pregunta.
—Estoy aquí.
—No quiero pensar en Restović esta noche. No quiero pensar en nada de eso.
—Entonces no pienses.
Se separan apenas, la frente de él contra la de ella, las respiraciones mezclándose en el espacio mínimo que queda entre los dos. Ninguno de los dos suelta al otro.
—Hace días que quiero hacer esto —dice Aleksandar, la voz ronca.
—Yo también.
Él le toma la mano, entrelazando los dedos con los de ella, y da un paso hacia la escalera sin romper el contacto, sin apuro, dejándole a ella todo el margen para detenerse si quisiera.
Mila no se detiene. Camina con él, un paso detrás del otro, hacia el piso de arriba.
Ninguno dice una palabra más mientras suben la escalera juntos.
La distancia que siempre existió entre ambos, calculada, sostenida a fuerza de disciplina, termina de desaparecer.
Ninguno vuelve a dudar.