Capítulo 17
—Si vamos a hacer esto, lo hacemos a mi manera —dice Aleksandar, la mañana siguiente, extendiendo sobre la mesa la información del evento—.
Hay una reunión de negocios menor esta noche, una fachada legítima que Restović usa para lavar contactos.
Nosotros seguimos cobrando la zona del puerto sin ningún problema esta semana, así que no hay razón para que sospeche que sabemos algo. Va a estar ahí.
Mila se acerca a la mesa, revisando los papeles sin tocarlos todavía, la letra apretada de nombres y horarios ocupando cada centímetro de la hoja.
Afuera, la mañana entra clara por las ventanas del living, un contraste extraño con la tensión que ya empieza a instalarse entre los dos, distinta a la de la noche anterior, más concreta, más cercana en el tiempo.
Todavía tiene fresco en la memoria el silencio del living, la mano de él a centímetros de la de ella antes de que sonara el teléfono, y ahora todo eso queda a un lado, reemplazado por logística y horarios.
—¿Y el plan sigue siendo el mismo que hablamos anoche?
—Sí. Entras conmigo, como mi pareja. Nos acercamos lo suficiente para que te vea, sin ir directo hacia él. Mis hombres van a estar posicionados en tres puntos, observando su reacción a distancia.
—¿Y yo qué hago si se acerca?
—Deja que hable yo primero. Contesta poco, con una sonrisa si puedes. Cuanto menos digas, menos margen le das para encontrar una grieta.
Mila asiente, memorizando cada instrucción, repitiéndola en silencio para sí misma como quien fija un texto antes de un examen.
Se sienta frente a él, los papeles ahora entre las manos, releyendo un par de nombres que no reconoce del todo.
Algunos están tachados con una línea fina, otros marcados con un asterisco que no entiende del todo, pero no pregunta, confiando en que Aleksandar ya filtró lo que es relevante para ella.
Deja los papeles a un lado apenas termina de leerlos, la mente ya trabajando en cómo va a sostener cada instrucción una vez que estén ahí, rodeados de gente.
—¿Alguna otra regla?
—Cerca de mí todo el tiempo. Si te separas, uno de mis hombres va a estar a menos de diez metros en todo momento.
Aleksandar la observa un momento, la seriedad con la que repasa cada punto sin aflojar, buscando confirmar que ella entiende de verdad el peso de lo que están por hacer, más allá de la calma con la que lo está escuchando.
Se cruza de brazos, la postura firme, la voz sin un solo espacio para la duda.
No es la primera vez que Mila lo ve así, tan concentrado en cada detalle, pero sí es la primera vez que ese detalle la incluye a ella de manera tan directa.
*
—Si vamos a hacer esto bien, necesitamos que parezca real —dice Aleksandar, mientras uno de sus hombres les entrega las acreditaciones falsas para el evento.
—¿Qué tan real?
—Lo suficiente como para que nadie, ni Restović ni nadie más en esa sala, dude de que estamos juntos.
Mila revisa la acreditación un momento, el nombre falso impreso con una fuente idéntica a la de cualquier documento oficial, la fotografía tomada apenas unas horas antes por alguien del equipo sin que ella se diera cuenta del todo del propósito.
Se pone los aros que le entregan después, revisa el vestido que ya la esperaba colgado en su cuarto, elegido con precisión por alguien del equipo de Aleksandar.
La tela es oscura, sencilla, del tipo de prenda que no llama la atención por sí sola pero que tampoco pasa desapercibida.
Se mira un segundo en el espejo antes de salir del cuarto, el corazón ya latiendo un poco más rápido de lo normal, aunque todavía faltan horas para llegar al salón.
Se acomoda el pelo una última vez, un gesto mecánico más para calmar las manos que por vanidad.
—¿Alguna regla que deba seguir?
—Cerca de mí todo el tiempo. Si te separas, uno de mis hombres va a estar a menos de diez metros en todo momento. Si Restović se acerca, deja que hable yo primero.
—¿Y si me pregunta algo directamente?
—Contesta poco. Con una sonrisa, si puedes. Cuanto menos digas, menos margen le das para encontrar una grieta.
Aleksandar la mira un momento antes de que suban al auto, algo tenso en la expresión que no tenía antes, por debajo de la calma que intenta proyectar. Se ajusta los gemelos de la camisa, un gesto mecánico, repetido, las manos ocupadas en algo pequeño antes de subir.
—¿Estás segura de esto?
—Lo estuve desde que lo propuse.
El auto arranca despacio, las luces de la casa quedando atrás, y durante el trayecto ninguno de los dos vuelve a hablar, cada uno perdido en el repaso mental de lo que está por venir.
Mila mira la ciudad pasar por la ventanilla, las calles cada vez más iluminadas a medida que se acercan al centro, y siente el peso del vestido y de los aros como una armadura distinta a cualquier otra que haya usado antes.
*
El salón está lleno de gente, copas, conversación superficial de negocios.
Aleksandar la guía con una mano apenas apoyada en su espalda baja, el gesto exacto de una pareja consolidada.
Las luces bajas, la música de fondo, el murmullo constante de decenas de conversaciones cruzadas, todo contribuye a la sensación de normalidad que necesitan proyectar.
Mila reconoce, en algún rincón de la sala, un par de caras que ya vio antes en fotografías durante los días de investigación, aunque ninguna tan cargada de peso como la que están a punto de cruzar.
—Ahí está —murmura él, casi sin mover los labios.
Mila sigue la dirección de su mirada con disimulo. Restović conversa con dos hombres cerca de la barra, la copa en la mano, la postura relajada.
—¿Cómo seguimos?
—Nos acercamos lo suficiente para que nos vea, sin ir directo hacia él.
Mila respira hondo, una sola vez, antes de dar el primer paso hacia la mesa que Aleksandar eligió.
Caminan hacia ella, Aleksandar saludando a un conocido en el camino, todo movimiento calculado para parecer casual.
Mila siente la mano de él firme en su espalda, un ancla física en medio de la actuación que están sosteniendo frente a decenas de desconocidos.
Sonríe cuando corresponde, asiente cuando alguien las presenta de pasada, cada gesto ensayado la noche anterior hasta que dejó de sentirse forzado.
Restović los ve.
El cambio es instantáneo: la copa se detiene a mitad de camino hacia su boca, los ojos se abren apenas, la sonrisa que tenía un segundo antes se congela.
—Te vio —dice Mila en voz baja, sin mirar hacia allá.
—Lo sé. Sigue caminando.
Restović se recompone rápido, retoma la conversación con los hombres a su lado, pero Mila alcanza a notar cómo, cada tanto, la mirada de él vuelve hacia ellos, incapaz de sostenerse en otra parte por mucho tiempo.
El pulso se le acelera cada vez que eso pasa, un recordatorio físico de que el hombre que arruinó su plan original está a pocos metros, respirando el mismo aire.
—Está nervioso —dice ella.
—Más que nervioso. Está calculando qué significa que estemos aquí.
Mila deja pasar un instante antes de volver a mirar en esa dirección, con el mismo disimulo que usó la primera vez, y confirma que Restović sigue sin poder despegar del todo la atención de ellos, aunque finja lo contrario frente a los hombres que lo acompañan.
*
Restović se separa del grupo, camina hacia ellos con la copa todavía en la mano, la sonrisa reconstruida a medias.
Mila siente la mano de Aleksandar tensarse apenas contra su espalda, la única señal visible de que él tampoco esperaba que se acercara tan pronto.
El resto de la sala sigue su curso normal a su alrededor, ajena por completo a la tensión que se concentra en ese único punto.
—Vukovic. No esperaba verte por aquí.
—Petar. Hace tiempo.
—Mucho tiempo. —Los ojos de Restović se detienen en Mila, apenas un instante de más—. No creo haber tenido el gusto.
—Mi pareja —dice Aleksandar, sin dudar, la mano firme en la espalda de Mila.
—Un placer —dice ella, la voz controlada, la sonrisa exacta que ensayaron antes de entrar. Le tiende la mano apenas un segundo, el contacto breve, profesional, calculado para no dar ni un gramo más de información de la necesaria.
Restović le sostiene la mirada un segundo demasiado largo, algo evaluando detrás de sus ojos, antes de volver a Aleksandar.
Mila mantiene la sonrisa fija, cada músculo de la cara en su lugar, mientras por dentro cuenta los segundos que faltan para que él se vaya.
El corazón le late más rápido de lo que le gustaría admitir, pero nada de eso llega a mostrarse en su expresión.
—Me alegra verte bien acompañado.
—Gracias por decirlo.
La pausa dura apenas dos segundos, pero se siente mucho más larga. Restović inclina la cabeza, se despide con una frase genérica, y se aleja hacia la salida del salón, más rápido de lo que llegó. Mila lo sigue con la vista de reojo, sin girar del todo la cabeza, hasta que se pierde entre la gente.
*
Salen del evento apenas quince minutos después, la adrenalina todavía sin bajar del todo. En el auto, Aleksandar maneja en silencio un par de calles antes de hablar.
—No debí dejar que se acercara tanto.
—Funcionó, Aleksandar. Tú mismo lo dijiste: su reacción fue la de alguien que sabe exactamente qué está pasando.
—Lo sé. Pero verlo parado frente a ti, tan cerca...
Se detiene en un semáforo, las manos apretando el volante con más fuerza de la necesaria.
—Estoy bien —dice Mila, apoyando la mano sobre la de él.
Aleksandar la mira, la dureza aflojándose apenas en su cara ante el contacto.
—No dejé de pensar en eso durante todo el trayecto de vuelta.
—¿En qué?
—En lo cerca que estuvo de ti. En lo poco que me gustó.
El semáforo cambia, pero él no arranca enseguida. Se queda mirándola, la adrenalina de la noche todavía corriendo entre los dos, mezclada con algo que ninguno de los dos nombra todavía.
—Aleksandar.
—¿Sí?
Un bocinazo desde atrás los obliga a arrancar.
Pero la mirada que se sostiene más de lo debido deja claro que esto no se va a quedar contenido mucho más tiempo.