Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Vuelve pasada la medianoche, la casa en silencio, solo la luz del living encendida donde Mila lo espera, todavía despierta.

El resto de la propiedad está a oscuras, las ventanas cerradas, un par de sus hombres apostados afuera con la misma quietud de siempre.

Se saca el saco antes de entrar del todo, arrastrando los pies un poco más de lo que le gustaría admitir.

El auto que lo trajo se aleja por el camino de entrada, las luces perdiéndose entre los árboles, y por un segundo se queda parado en el umbral, dejando que el silencio de la casa lo asiente antes de cruzar la puerta.

Mila está sentada donde la dejó, las piernas recogidas bajo el cuerpo, una manta liviana sobre las rodillas que no usó para dormir sino para esperar.

Se endereza apenas al verlo entrar, soltando de golpe el aire que parecía estar conteniendo, como si hubiera pasado las últimas horas repasando escenarios peores.

El libro que tenía abierto sobre la falda queda olvidado a un costado, la página marcada apenas con un dedo antes de cerrarlo del todo.

—No tenías que quedarte levantada.

—No podía dormir. ¿Qué pasó?

Se deja caer en el sillón frente a ella, la corbata ya suelta, colgando torcida contra el pecho. El cuerpo le pesa distinto esta noche, no del cansancio físico de siempre sino de algo más profundo, algo que todavía no termina de nombrar ni siquiera para sí mismo.

—Uno de mis hombres detectó movimiento cerca de una de las propiedades de Restović. Falsa alarma, al final. Pero tuve que ir a confirmarlo yo mismo.

Se sienta frente a ella, dejándose caer más pesado de lo habitual contra el respaldo.

—¿Estás bien? —pregunta Mila.

—Sí. Solo... esto me hace pensar en cosas que prefiero no pensar.

—¿Qué cosas?

Aleksandar se queda callado un momento, midiendo si vale la pena abrir esa puerta.

Se pasa una mano por la cara, el gesto lento, dejando pasar ese segundo extra antes de decidir.

Afuera, algún insecto nocturno insiste contra el vidrio de la ventana, un sonido pequeño que llena el silencio que él todavía no rompe.

Nunca habló de esto con nadie en esta casa, ni con los pocos hombres que llevan años a su lado, y la idea de decirlo en voz alta ahora, frente a ella, le pesa distinto de lo que esperaba.

—¿Puedo contarte algo que no le conté a nadie en mucho tiempo?

—Puedes.

Mila se acomoda en el sillón, toda su atención puesta en él, sin apuro ni presión en la mirada. Es esa quietud, esa falta de exigencia, lo que termina de convencerlo de seguir.

*

—Antes de todo esto —dice Aleksandar, señalando vagamente la casa, el mundo que lo rodea—, estuve en un conflicto armado. Hace muchos años, en otro país, bajo otro nombre.

Mila no interrumpe, dejándolo avanzar a su propio ritmo. Tiene las manos entrelazadas sobre el regazo, quietas, como si supiera instintivamente que cualquier gesto brusco de su parte podría hacerlo cerrarse de nuevo.

—Tenía un hombre bajo mi mando. Joven, confiaba en mí más de lo que yo mismo confiaba en mis propias decisiones.

—¿Qué pasó con él?

—Hubo un momento, una emboscada, donde tuve que decidir rápido. Y dudé.

—¿Cuánto dudaste?

—Un segundo. Tal vez dos. Calculando estrategia, evaluando riesgo, pensando como me habían enseñado a pensar.

—¿Y en ese segundo?

Aleksandar cierra los ojos brevemente. Cuando los vuelve a abrir, la mirada tarda un instante en volver del todo a la habitación, como si una parte de él siguiera parada en ese otro lugar, en ese otro momento.

La mano derecha se le cierra sola sobre la rodilla, un puño flojo que se deshace apenas un segundo después.

Es un gesto pequeño, casi imperceptible, pero Mila lo nota, y algo en ella se queda quieto también, como si no quisiera interrumpir lo que sea que está pasando detrás de esos ojos cerrados.

—En ese segundo, él ya no estaba.

La quietud se estira entre los dos, distinta a cualquier otro silencio que hayan compartido hasta ahora.

Aleksandar mantiene la vista fija en un punto de la mesa, las manos quietas sobre las rodillas, apretadas para contenerlas.

La lámpara proyecta una sombra larga sobre el piso, y por un momento ninguno de los dos se mueve, como si moverse fuera a romper algo que todavía no terminó de asentarse.

Mila no dice nada, no busca llenar el silencio con una pregunta apurada ni con una frase de consuelo vacío, y esa ausencia de reacción inmediata es, de algún modo, lo que más lo sostiene.

*

—Desde entonces —continúa Aleksandar—, me prometí algo. Nunca más voy a dudar cuando pueda actuar. Nunca más voy a dejar a alguien en peligro evitable sin hacer algo, aunque el cálculo diga que esperar es más inteligente.

—¿Y lo cumpliste?

—Hasta donde pude. Es una regla difícil de sostener en mi mundo. La estrategia casi siempre pide paciencia.

—¿Por eso fuiste a la subasta esa noche?

—En parte. Sabía que era una trampa. Cualquier hombre con sentido común hubiera esperado, hubiera mandado a otro primero. Yo fui.

Mila lo mira, entendiendo recién ahora una parte de él que no había terminado de ver.

Se inclina apenas hacia adelante, como si la distancia entre los dos sillones de pronto le pesara más de lo habitual, la manta olvidada resbalando un poco de las rodillas.

Nunca lo había escuchado hablar de sí mismo con esa clase de crudeza, sin dorar nada, sin buscar que sonara mejor de lo que fue.

—¿Pensaste en mí como parte de esa regla? ¿Esa noche?

Aleksandar duda antes de responder, algo incómodo con la honestidad que está a punto de entregar. Se frota el pulgar contra el borde del sillón, un gesto pequeño, casi nervioso, que no suele permitirse. Ensaya la frase un par de veces en silencio antes de decidirse a decirla en voz alta.

—Pensé que te estaba sacando de ahí como quien retira una pieza de un tablero. Un movimiento correcto, calculado, dentro de una situación que ya estaba resolviendo de todos modos.

—¿Y ahora?

—Ahora entiendo que nunca fuiste una pieza. Ni esa noche, ni ahora.

La frase queda flotando entre los dos, más honesta de lo que Aleksandar había planeado decir.

Algo se reordena en el pecho, silencioso, mientras observa cómo Mila procesa lo que acaba de escuchar, la expresión de ella cambiando despacio, capa por capa, como quien reconstruye un recuerdo con información nueva.

Ninguno de los dos aparta la mirada, y por un instante el resto de la casa, el resto del mundo que los rodea, deja de existir del todo.

Aleksandar siente el impulso de agregar algo más, de suavizar lo que acaba de decir o de explicarlo mejor, pero se contiene.

Ya dijo lo que tenía que decir, y por primera vez en mucho tiempo no siente la necesidad de llenar el vacío que queda después.

*

—Gracias por contarme esto —dice Mila, después de un momento.

—No sé por qué lo hice. No es algo que suelo compartir.

—Quizás porque necesitabas decirlo en voz alta, aunque sea una vez.

Aleksandar asiente, despacio, como si la frase de ella acomodara algo que él no había terminado de entender sobre su propia necesidad de hablar.

Se endereza un poco en el sillón, el peso del relato aflojándose apenas, la mano soltando por fin el borde de la mesa que llevaba un rato sosteniendo sin necesidad.

Por primera vez en toda la noche, algo en su postura se parece al descanso.

—¿Puedo preguntarte algo, ahora que hablamos de esto? —dice Mila.

—Pregunta.

—¿Cómo piensas confirmar lo de Restović sin que se dé cuenta de que estamos cerca? Dijiste que ibas a mandar a un solo hombre, pero después de lo de esta noche, ¿sigues confiando en que eso alcanza?

—Todavía no tengo una forma mejor. Necesito algo directo, algo que confirme si actuó solo o con ayuda, sin que él lo note.

Mila se queda pensando, la mirada fija en algún punto de la mesa, los ojos entrecerrándose despacio, calculando.

Se muerde apenas el labio inferior, un gesto que Aleksandar ya empieza a reconocer como el preludio de algo, la clase de silencio que en ella siempre precede a una idea que todavía no terminó de convencerla del todo a sí misma.

Aleksandar la conoce lo suficiente ya como para reconocer esa expresión.

Se acomoda hacia atrás, esperando, sin apurarla, dejando que el silencio haga su trabajo mientras ella termina de ordenar lo que sea que le está dando vueltas en la cabeza.

Afuera, la noche sigue tan quieta como cuando llegó, y por un momento se permite creer que el resto de la casa, el resto del mundo, puede esperar unos minutos más antes de volver a exigirle algo.

*

—Tengo una idea —dice Mila finalmente—. Pero necesito que me escuches hasta el final antes de decir que no.

—Te escucho.

—Restović no te conoce a ti en persona, solo de nombre y reputación. Si aparezco cerca tuyo, en un contexto controlado, haciéndome pasar por alguien de tu entorno —tu pareja, por ejemplo— su reacción al verme junto a ti va a decir más de lo que cualquier pregunta indirecta consiguió hasta ahora.

—¿Cómo controlado?

—Rodeada de gente todo el tiempo, con tus hombres a metros de distancia, sin cruzar palabra con él si podemos evitarlo. No se trata de ponerme frente a él a solas, sino de que me vea a la distancia justa como para reaccionar, mientras el resto de ustedes observa cada gesto.

Aleksandar la mira, sopesando la propuesta, el instinto de protegerla chocando de frente con la lógica del plan.

—Igual me cuesta.

—Lo sé. Pero cuanta más gente y más ojos tenga encima esa sala, menos margen tiene él para hacer algo distinto a quedarse quieto y disimular. El riesgo real está en que actúe, y ahí es justo donde menos puede permitirse hacerlo.

—¿Estás segura de que puedes sostener el papel frente a él?

—Puedo sostenerlo. Lo que no sé es si tú vas a poder quedarte quieto mientras lo hago.

Aleksandar se queda en silencio un momento.

Y aun así, despacio, termina asintiendo, aunque algo en su expresión ya está calculando todas las formas en que esa promesa puede romperse antes de que termine la noche.