Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 15
35%

Capítulo 15

Están sentados en el living, ya de noche, el trabajo del día terminado.

Aleksandar tiene una copa de vino sin tocar entre las manos, la luz baja de una lámpara lateral dejando la mayor parte del cuarto en penumbra.

Afuera, el jardín está en silencio, sin guardias cruzando esta vez, la casa entera envuelta en la clase de calma que solo llega después de un día largo.

—Puedo preguntarte algo distinto —dice él—. No sobre Restović.

—Pregunta.

Aleksandar deja pasar un instante, como si todavía estuviera decidiendo cómo formular la pregunta, la copa quieta entre las manos.

—¿Por qué aceptaste la invitación? Dario te insistió, dijiste. ¿Por qué no lo rechazaste desde el principio?

Mila se queda callada un momento, sorprendida de que él le pregunte eso ahora, sin ninguna razón estratégica de por medio.

Mueve la copa que tiene en la mano, sin beber, solo para tener algo que hacer con los dedos.

Después de todo lo que hablaron esa tarde sobre Restović, la pregunta le llega desde un ángulo completamente distinto, uno que no tiene nada que ver con listas ni sospechosos.

—Porque necesitaba el dinero.

—¿Tan simple?

—No es simple. Pero sí es la verdad.

Aleksandar deja la copa sobre la mesa, dándole toda su atención.

—Cuéntame.

—Mi negocio de seguros no iba bien.

Mila baja la vista un segundo antes de seguir, los dedos jugando con el borde de la copa que sostiene sin beber. El líquido se mueve despacio dentro del vidrio, un pequeño remolino rojo que sigue con la mirada, buscando algo en qué fijarse antes de continuar.

—Había perdido dos clientes grandes seguidos, y las cuentas empezaban a no cerrar. Cuando Dario mencionó una cifra por ese "evento de coordinación", fue difícil decir que no.

—¿Nadie más sabía de esa dificultad?

—Nadie.

Aprieta los labios un momento.

—Ni mi familia. Prefería resolverlo sola.

La palabra "sola" queda flotando en el aire. Aleksandar deja de mirarla un instante, como si el peso de esa palabra le llegara de inmediato, aunque todavía no dice nada al respecto. Es la primera vez que Mila baja del todo la guardia frente a él, sin que nada se lo exija.

*

—¿Por qué preferías resolverlo sola? —pregunta Aleksandar.

Mila se acomoda en el sillón, buscando las palabras, la mirada perdida un momento en la copa que quedó sobre la mesa.

—Porque toda mi vida dependí de que otros resolvieran las cosas por mí. Mi padre, después un socio, después una relación que no funcionó. Cuando arranqué el negocio de seguros, me prometí que esta vez iba a ser distinto.

—¿Qué edad tenías, cuando arrancaste?

—Veintiséis. Con un préstamo pequeño y una oficina compartida con otras dos personas que ni siquiera hacían lo mismo que yo.

—¿Cómo era esa oficina?

—Chica. Ruidosa. Compartíamos una sola línea de teléfono entre los tres, y siempre alguien terminaba discutiendo por el turno. Había una ventana que no cerraba bien, y en invierno trabajábamos con abrigo puesto.

—¿Y lo fue? Distinto, digo.

—Por un tiempo.

Se cruza de brazos, apretando un poco los codos contra el cuerpo.

—Tuve un par de años buenos. Clientes que confiaban en mí, un ritmo de trabajo que podía sostener sola sin quebrarme. Llegué a pensar que ya estaba del otro lado, que lo peor había pasado. Me equivoqué.

—¿Qué cambió?

Mila deja escapar el aire despacio antes de responder, como si todavía le costara ordenar el recuerdo en frases cortas.

—Perdí al cliente más grande que tenía, por una fusión que no tuvo nada que ver conmigo.

Y después vino el segundo, casi encadenado al primero.

Ahí empezó todo lo demás. Las noches de calcular cuánto podía estirar cada peso antes del final del mes.

Un amigo de Ana, Viktor, me ayudó a mudarme a un departamento más chico esos meses.

Fue de los pocos gestos amables que recuerdo de esa época.

—¿Intentaste conseguir clientes nuevos, antes de llegar a esto?

—Lo intenté durante meses. Reuniones, propuestas, descuentos que no podía pagar solo para no perder el poco terreno que me quedaba. Nada funcionó lo suficientemente rápido.

—Después empezó a complicarse, y pedir ayuda iba a significar admitir que había fracasado en lo único que había hecho completamente sola.

Aleksandar la escucha sin interrumpir, sin apurar ninguna respuesta, la copa vacía olvidada sobre la mesa entre los dos.

—Entonces aceptaste el trabajo de Dario para no tener que pedir ayuda.

—Aceptaba cualquier cosa que sonara razonable, en ese momento. Y esa cifra sonaba más que razonable.

—No fue un error tuyo.

—Fue una decisión mía.

Mila lo mira directo a los ojos, la voz firme aunque el pulgar tamborilea nervioso contra el borde de la copa.

—Restović se aprovechó de eso, pero la decisión fue mía.

Aleksandar no la corrige, no insiste en la diferencia entre error y decisión, solo la deja terminar el pensamiento. Ese silencio, esa falta de juicio, es algo que Mila no esperaba de él.

*

—¿Tú también empezaste solo alguna vez? —pregunta Mila.

—Toda mi vida empecé solo. No conocí otra forma.

Aleksandar deja pasar un segundo, la copa girando despacio entre los dedos.

—¿Nadie te ayudó, ni al principio?

—Alguien siempre ayuda al principio. La pregunta es qué te cobra después por esa ayuda. Aprendí eso demasiado joven.

—¿Cómo era eso, a tu edad, sin nadie que te enseñara el camino?

—Aprendía rápido, o pagaba el precio de no aprender rápido. No había término medio en mi mundo, y menos a esa edad. Cada error se pagaba una sola vez, porque no había una segunda oportunidad para repetirlo.

—¿Y nunca pediste ayuda?

—Casi nunca.

Aleksandar hace girar la copa vacía entre los dedos, sin beber de ella.

—Pedir ayuda, en mi mundo, es mostrar una debilidad que alguien más tarde o temprano usa en tu contra.

—¿Nunca? ¿Ni con la gente que dijiste que es de confianza?

Aleksandar tarda en responder, la vista fija en un punto vacío antes de que las palabras le salgan.

—Con ellos menos que con nadie. Ahí es donde más cuidado hay que tener. La confianza de hoy puede ser la traición de mañana, y nadie te avisa cuándo cambia.

Aleksandar deja la copa vacía sobre la mesa, el gesto lento, como si el tema le costara más de lo que deja ver.

—¿Y ahora? Conmigo, quiero decir. Me estás pidiendo mi opinión, mi lectura de las cosas.

Aleksandar la mira, considerando la pregunta con seriedad.

—Contigo es distinto.

—¿Por qué?

—No lo sé todavía.

Deja la copa a un lado, del todo, liberando las dos manos para lo que va a decir. Se queda mirando la mesa un segundo antes de seguir.

—Pero no se siente como debilidad.

—¿Qué se siente, entonces?

Aleksandar tarda un segundo en responder, como si buscara la palabra exacta antes de soltarla.

—Se siente como que por primera vez en mucho tiempo no estoy resolviendo esto solo. Y no me molesta como pensé que me iba a molestar.

—Eso suena a un cambio grande, para alguien que lleva quince años haciendo las cosas de una sola manera.

—Lo es. Todavía estoy tratando de entender qué significa.

Mila deja caer las manos sobre la falda, algo que llevaba tenso desde la noche de la subasta cediendo despacio.

—Gracias por no juzgarme. Por lo de Dario, por haber aceptado.

—No hay nada que juzgar.

Aleksandar se inclina apenas hacia adelante.

—Tomaste una decisión con la información que tenías. Cualquiera en tu lugar hubiera considerado esa cifra.

—Tú no.

—Yo tengo otros recursos. Tú no los tenías.

La simpleza con la que Aleksandar lo dice, sin dramatismo ni condescendencia, es lo que finalmente hace que Mila baje del todo la guardia. Por primera vez desde que se conocieron, el silencio entre los dos no tiene nada de incómodo.

*

Se quedan en silencio un momento, la distancia entre los dos sillones de pronto más corta de lo que era al principio de la charla.

Ninguno de los dos parece haberse movido a propósito, pero Mila está más cerca de él que hace un minuto.

La lámpara lateral proyecta una luz baja sobre los dos, el resto del living a oscuras, el jardín afuera quieto detrás del vidrio.

Se escucha, muy lejos, el motor de un auto pasando por la calle exterior, algo que en cualquier otro momento no habría notado.

—¿Puedo decirte algo? —pregunta Aleksandar, la voz más baja que de costumbre.

—Dime.

—Desde que llegaste a esta casa, hay algo que cambió. No sé bien cómo nombrarlo.

—¿Cambió para bien o para mal?

—No lo tengo tan claro. Solo sé que ya no es como antes, y no estoy seguro de querer que vuelva a serlo.

Se queda mirándola un momento más de lo habitual, como si buscara algo en su cara que confirmara lo que acaba de decir, la copa olvidada del todo sobre la mesa.

—Yo tampoco sé cómo nombrarlo.

Él extiende la mano, despacio, y la apoya cerca de la de ella sobre el sillón, sin llegar a tocarla del todo, como si esperara alguna señal antes de terminar el gesto. El calor de su piel se siente incluso antes del contacto, apenas unos centímetros de aire separándolos.

Mila no se aparta. Tampoco cierra la distancia. Se queda ahí, el pulso acelerándose en la garganta, algo que no esperaría en un momento tan quieto.

—Aleksandar...

Los dedos de él están a centímetros de los de ella, el aire entre ambos cargado de algo que ninguno de los dos se anima a nombrar todavía.

Y entonces el silencio de la casa se rompe de golpe.

*

El teléfono de Aleksandar suena sobre la mesa, el timbre cortando el momento en seco. Él lo mira, la mano todavía a medio camino hacia la de Mila.

—Tengo que atender —dice, aunque no se mueve enseguida.

—Atiende.

Aleksandar retira la mano, despacio, y toma el teléfono. El nombre en la pantalla lo hace fruncir el ceño antes de contestar.

—¿Qué pasa? —dice, la voz ya cambiando de registro, más dura, más alerta.

Mila lo observa, el ritmo con que golpea el piso con el pie cada vez más rápido mientras escucha lo que sea que le están diciendo del otro lado.

—¿Cuándo? —pregunta él.

La espera de la respuesta se estira más de lo que a Mila le gustaría.

Aleksandar cierra los ojos un segundo.

—Entendido. No hagan nada todavía, voy para allá.

Corta la llamada. Se queda parado, el teléfono todavía en la mano, con una expresión que Mila no le había visto antes.

—¿Qué pasó?

—Tengo que irme ahora mismo —dice Aleksandar, ya buscando las llaves sobre la mesa—. Algo pasó con uno de mis hombres. Necesito que te quedes aquí, con la puerta cerrada, hasta que vuelva.