Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Aleksandar se queda mirando el nombre escrito en la hoja mucho después de que Mila termina de hablar.

Petar Restović. El apellido le vuelve a la memoria con más detalle del que esperaba, cada letra pesando distinto que hace media hora.

Afuera, la noche sigue cerrada sobre el jardín, y el reloj de pie marca los segundos con la misma cadencia de siempre, ajena a lo que se está reordenando en esa mesa.

—Lo eché por robo —dice, casi para sí mismo—. Pero no fue solo eso.

—¿Qué más fue?

—Le negué un ascenso, meses antes. Manejaba la logística de dos zonas de cobro en el puerto viejo, y quería que le sumara una tercera. Yo elegí a otro hombre, más joven, con mejores resultados.

—¿Cómo lo tomó?

—Mal.

Aleksandar deja pasar un silencio largo, el recuerdo todavía filoso después de tanto tiempo.

—Discutió conmigo delante de otros dos capos. Nunca me habían faltado el respeto así, delante de mi propia gente.

—¿Qué dijo, exactamente?

—No recuerdo cada palabra. Recuerdo el tono. Y recuerdo que tuve que sacarlo yo mismo de la sala, del brazo, delante de todos.

Mila lo observa desde el otro lado de la mesa, en silencio, dejándolo terminar. La lámpara de mesa deja media cara de Aleksandar en sombra, el otro medio iluminado, el gesto tenso en ambos lados por igual.

—¿Y el robo?

—Vino después. Pequeño, casi simbólico.

Se frota los ojos con el pulgar y el índice, el gesto lento.

—Como si necesitara una excusa para justificar que yo lo echara, en vez de admitir que ya estaba buscando la salida por su cuenta.

—¿O como si necesitara una excusa para vengarse después, sin que pareciera personal?

Aleksandar la mira. Se queda un momento callado, la lógica de la frase asentándose despacio, ganando terreno en su cabeza línea por línea. Apoya los codos sobre la mesa, entrelaza los dedos, la mirada fija en el nombre escrito en la hoja.

—Nunca lo había pensado así.

—¿Cómo lo pensabas hasta ahora?

—Como un hombre débil que reaccionó mal a que lo pasaran por alto. Nada más. Un problema chico, resuelto rápido.

—¿Y ahora?

—Ahora empiezo a pensar que subestimé a alguien que estuvo esperando su turno durante meses.

Se queda en silencio, la mano todavía apretando el bolígrafo, el peso de la propia frase asentándose despacio, como una revisión que preferiría no tener que hacer de sí mismo.

La pregunta de Mila reordena, otra vez, algo que él creía cerrado desde hace más de un año. Por primera vez empieza a ver el despido de Restović no como el final de un problema menor, sino como el principio de algo que recién ahora está saliendo a la luz.

*

Aleksandar se levanta. Camina hasta un armario cerrado con llave, gira la cerradura con un movimiento seco, y saca una carpeta vieja, gastada en los bordes, el olor a papel viejo saliendo apenas se abre.

—Guardo un registro de todos los que pasaron por mi organización. Por si algún día necesito volver atrás.

Vuelve a la mesa, busca entre las hojas hasta encontrar la que corresponde.

—Aquí. Restović, dado de baja hace un año y cuatro meses. Motivo oficial: robo menor. El ascenso negado no queda registrado en ningún papel. Solo en la memoria de los que estábamos en la sala ese día.

Mila se acerca, lee por encima del hombro de él.

—¿Cuántos eran, esa vez?

—Cuatro. Los dos capos, él y yo. Ninguno de los cuatro va a escribir eso en ningún lado.

Mila señala una fecha en el margen de la hoja.

—¿Esto es cuándo lo echaste?

—Sí.

—Ocho meses antes de eso me hizo la pregunta rara sobre la subasta.

Aleksandar hace la cuenta con los dedos sobre el borde de la mesa, marcando cada mes, algo endureciéndose en su expresión a medida que las cifras se acomodan.

—Ocho meses —repite, más para fijarlo que para confirmarlo.

—¿Es mucho tiempo, para algo así?

—Es tiempo suficiente para planear con calma, sin apuro, sin necesidad de improvisar nada.

El orden de las fechas empieza a formar un dibujo que ninguno de los dos había visto todavía completo. Restović no reaccionó al despido con un plan improvisado. Empezó a construir algo mucho antes de que Aleksandar decidiera echarlo.

*

—Espera —dice Mila—. Si me hizo esa pregunta ocho meses antes de que tú lo echaras, entonces él ya estaba planeando algo mientras todavía trabajaba para ti.

—¿Qué te preguntó, exactamente?

—Fue casi nada. Una tarde, mientras revisábamos la póliza de un evento, me preguntó de pasada si alguna vez habíamos asegurado "algo más privado".

Cuando le pregunté a qué se refería, se rió y dijo que no importaba, que era solo curiosidad profesional.

En ese momento no le di ninguna importancia.

Ahora no puedo dejar de pensar que me estaba midiendo.

—Eso parece.

Aleksandar se pasa una mano por el pelo, algo que rara vez hace delante de nadie.

—Y eso significa que durante ocho meses estuvo sentado en mis reuniones, comiendo de mi mesa, mientras ya armaba esto por dentro.

—¿Eso cambia lo que piensas del robo?

Aleksandar se sienta frente a ella, la carpeta abierta entre los dos, la luz de la lámpara marcando el borde gastado de las hojas.

—Cambia todo.

Lo dice despacio, como si estuviera reordenando dos años enteros en el espacio de una frase.

—El robo no fue un impulso ni una excusa después del despido. Fue parte del plan desde el principio.

—¿Para qué robaría, si ya estaba armando algo más grande?

—Dinero. Para financiar lo que fuera que estuviera preparando.

Aleksandar golpea despacio la mesa con dos dedos, el ritmo lento, pensativo.

—O para probar hasta dónde podía llegar sin que yo lo notara. Los dos motivos me sirven igual de bien para explicar por qué esperó tanto para actuar.

Mila se queda pensando, uniendo piezas en voz alta.

—Entonces el ascenso negado no fue el motivo. Fue apenas el momento en que decidió acelerar algo que ya venía pensando.

—Es posible.

Aleksandar duda un segundo, la vista fija en un punto de la carpeta.

—Me dijo que se iba a acordar de esto. En ese momento pensé que era solo orgullo herido.

—¿Y ahora?

—Ahora suena a promesa.

La palabra cae entre los dos con un peso distinto al que tuvo la primera vez que Aleksandar la escuchó, hace más de dos años, en una sala llena de sus propios hombres. La escuchó. Pero nunca la tomó en serio.

*

—Necesitamos confirmar todo esto sin que él se entere —dice Aleksandar, cerrando la carpeta con un golpe seco.

—¿Por qué la cautela? Ya sabemos que es él.

—Sabemos que probablemente sea él. No es lo mismo. Si actuamos ahora, sin pruebas sólidas, y nos equivocamos, perdemos la única ventaja que tenemos: que todavía no sabe cuánto sabemos nosotros.

—¿Y si tiene gente vigilando, esperando a ver qué hacemos?

—Por eso vamos despacio.

Se levanta, guarda la carpeta bajo el brazo.

—Voy a pedirle a un solo hombre, el más confiable que tengo, que empiece a rastrear los movimientos de Restović desde el despido hasta ahora. Discretamente. Cuantas menos personas sepan, menos riesgo de que se filtre.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, seguimos como si no supiéramos nada. Tú incluida. Nadie fuera de esta habitación puede saber que sospechamos de él todavía.

—¿Ni tus hombres de confianza?

—Ni ellos. Hasta que sepamos con certeza qué papel jugó, y si actuó solo.

La última frase queda flotando entre los dos más tiempo del necesario.

*

Aleksandar guarda la carpeta de vuelta en el armario. Gira la llave, dos vueltas, y la retira con un movimiento seco.

Se queda de espaldas al armario un momento más de lo necesario. Cuando se da vuelta, encuentra a Mila más cerca de lo que esperaba, todavía junto a la mesa, la distancia entre los dos apenas la de un paso. Ninguno de los dos retrocede.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Pregunta.

—¿Le tenías miedo? A Restović, cuando trabajaba para ti.

Aleksandar lo piensa un momento antes de responder, cruzando los brazos.

—No. Nunca le tuve miedo a nadie que trabajara para mí.

—¿Y ahora?

Aleksandar no responde con palabras. Se queda mirando el armario cerrado con llave más tiempo del necesario.

El silencio le dice más que cualquier respuesta.

Mila da un paso hacia la puerta, y al pasar junto a él, el brazo de Mila roza el de Aleksandar, apenas un segundo, el contacto tan breve que ninguno de los dos lo comenta. Ella sigue caminando. Él se queda un instante más quieto de lo normal, la manga de la camisa todavía tibia donde ella la tocó.