Capítulo 13
—Dime el apellido otra vez —pide Aleksandar.
El bolígrafo queda suspendido sobre el papel, la punta sin tocar la hoja. Afuera, el reloj de pie sigue marcando segundos que ninguno de los dos escucha ya.
—Restović. Petar Restović.
Aleksandar lo escribe. Las letras salen despacio, cada trazo firme, la mirada fija en el nombre completo antes de creerlo del todo. La lámpara de mesa proyecta la sombra de su mano sobre el papel, alargada, quieta un instante entre letra y letra.
Lo subraya. Dos veces.
Lo mira un momento, sin decir nada todavía, antes de girar la hoja hacia ella.
—¿Es este el hombre que cotizó el contrato contigo?
Mila mira la letra. El nombre completo escrito de puño y letra de Aleksandar, cada sílaba clavada en el papel como una acusación. Se le tensa el estómago, un nudo repentino ante una simple palabra escrita a mano.
—Sí. Es él.
—¿Estás segura?
—Segura.
Lo dice sin dudar, la voz firme aunque algo en el pecho se le apriete.
—Tenía una cicatriz en la ceja izquierda. Hablaba con acento marcado, más fuerte que el tuyo. Y siempre llegaba tarde a las reuniones, un detalle que en su momento me pareció solo mala educación.
Mila se pasa un dedo por la propia ceja, casi sin darse cuenta, como si el gesto pudiera traer de vuelta la cara completa de ese hombre, el modo en que entraba a una sala sin pedir permiso con la mirada, el saco siempre nuevo pese al uso, los zapatos demasiado nuevos para alguien que decía viajar tanto.
Aleksandar se queda callado. Los dedos se cierran despacio alrededor del bolígrafo, un gesto lento, calculado, de alguien que está procesando algo que todavía no dice en voz alta.
—Es el mismo hombre de la foto. El de la carpeta.
Mila tarda un segundo en unir las dos cosas, y cuando lo hace, el estómago se le vuelve a cerrar, esta vez con más fuerza que la primera.
—¿Qué?
—Petar Restović trabajó para mí. Hace años.
El aire del estudio se vuelve más pesado de golpe. La respiración de Mila se corta un segundo, como si la temperatura de la habitación hubiera bajado sin que nadie tocara una ventana.
—¿Trabajó para ti?
—Lo eché.
Aleksandar lo dice seco, sin adornos, el bolígrafo golpeando despacio contra el borde de la mesa.
—Antes de que tú lo conocieras, probablemente.
Mila fija la vista en un punto de la mesa, los dedos tamborileando despacio contra la madera, tratando de encajar fechas que nunca anotó en ningún lado, solo en la memoria, y que ahora le exigen precisión que no tiene.
—¿Por qué lo echaste? —pregunta ella.
—Eso lo vamos a hablar. Pero no ahora.
Aleksandar cierra la mano sobre el bolígrafo hasta que los dedos le blanquean.
—Primero necesito saber todo lo que recuerdas de él.
Mila mira el nombre otra vez, las letras ya no parecen inofensivas. Un recuerdo lejano de una cotización de seguros acaba de convertirse, en el espacio de una frase, en un hilo directo entre su pasado y el mundo de Aleksandar. Y ninguno de los dos sabe todavía cuánto de esa conexión fue casualidad.
*
Mila se levanta de la silla. Camina hasta la ventana, necesitando distancia física del papel con el nombre escrito, del peso que ese nombre tiene ahora encima de la mesa. El cristal frío contra la palma cuando apoya la mano, el jardín afuera reducido a formas oscuras sin contorno claro.
—¿Estás bien? —pregunta Aleksandar.
—No sé qué siento.
Se cruza de brazos, la mirada perdida en el jardín oscuro.
—Conmoción, creo. Y asco.
—¿Por qué asco?
—Porque hablé con ese hombre.
Lo dice sin volverse, la voz baja.
—Reí de algún chiste malo suyo, en una reunión de negocios, sin saber que era esto. Sin saber que estaba mirando a alguien capaz de armar algo así.
—No tenías forma de saberlo.
—Lo sé.
Se abraza un poco más fuerte a sí misma.
—Pero eso no cambia cómo se siente.
Aleksandar se acerca. Se queda de pie cerca de ella, sin invadir del todo el espacio, lo bastante cerca como para que Mila note el calor que desprende, lo bastante lejos como para dejarle salida si la necesita.
—¿Qué más recuerdas de él?
—Poco. En ese momento no me pareció relevante. Era uno más de los que iban y venían de esa agencia.
—¿Alguna vez estuvo solo contigo, sin el otro hombre presente?
Mila se queda pensando, la mirada fija en el vidrio.
—Una vez. Al final de una reunión, cuando el otro ya se había ido a buscar unos documentos.
—¿Qué pasó esa vez?
—Nada, en realidad. Habló un par de minutos de nada, del clima, de un vuelo que había tenido que tomar. Cosas sin importancia. Nada que en ese momento me hiciera pensar dos veces.
—Cualquier detalle sirve.
Mila cierra los ojos un segundo, tratando de reconstruir la imagen con más precisión, buscando en la memoria algo que en su momento pasó completamente desapercibido.
Ve el salón de la agencia, las sillas alineadas contra la pared, el olor a café recalentado en un termo compartido.
Ve la cicatriz en la ceja, el reloj caro que no combinaba con el resto del traje.
Se le corta la respiración de golpe: un detalle mínimo, casi ridículo, que ahora, a la luz de lo que sabe, pesa distinto.
No dice nada todavía. Solo abre los ojos de golpe.
*
El silencio se estira un momento entre los dos, roto solo por el tictac del reloj de pie y el crujido lejano de un guardia cruzando el jardín.
—Nunca hablé mucho con él —dice Mila, todavía de pie junto a la ventana—. Pero lo vi. Varias veces. Y hay detalles que en su momento no significaron nada.
—¿Como cuáles?
—No sé todavía. Necesito ordenar la cabeza.
—Tómate el tiempo que necesites.
Vuelve a la silla y se sienta, los dedos extendidos sobre la madera fría de la mesa, buscando algo sólido bajo las palmas para pensar con claridad.
—Hay algo que me está costando nombrar. No es un recuerdo puntual, es más una sensación. Como si hubiera algo ahí que en ese momento no le di importancia y ahora sí la tiene.
—¿Puedes intentar ponerlo en palabras?
—Puedo intentarlo. Pero necesito ir despacio, para no inventar algo que no pasó solo porque ahora busco que encaje.
Aleksandar asiente, respetando el ritmo que ella marca, el bolígrafo quieto entre los dedos.
—Está bien. Vamos despacio. ¿De dónde lo conoces exactamente?
—Trabajaba en una agencia de eventos. Coticé un contrato de seguros para ellos, hace un par de años. Estaba con otro hombre, más joven, que parecía trabajar debajo de él. Restović manejaba la logística de los eventos grandes; yo cotizaba las pólizas para el personal contratado.
Aleksandar anota, sin interrumpir el hilo, la punta del bolígrafo deslizándose rápida sobre el papel.
—¿Alguna vez mostró algún tipo de interés en ti que no fuera profesional?
—No que yo notara en ese momento.
Mila traga en seco.
—Pero eso es justamente lo que me preocupa ahora. Que no lo haya notado.