Capítulo 12
Dragan entra sin golpear, algo que solo hace cuando el asunto no puede esperar a que termine lo que sea que Aleksandar esté haciendo.
—El cargamento de la semana pasada. El que retrasamos por la subasta.
—¿Qué pasa con él?
—El comprador de siempre se echó atrás. Dice que con todo lo que está pasando, prefiere no arriesgarse este mes.
Aleksandar no levanta la vista del todo, pero algo en su mandíbula se tensa.
—¿Cuántas unidades tenemos en el depósito?
—Ciento veinte. La mitad todavía sin desprecintar de la última entrega del puerto.
—¿Cuánto perdemos si se cae el trato?
—Bastante. Y si no las movemos esta semana, empieza a ser un problema de espacio, no solo de dinero. Un cargamento de ese tamaño no se guarda indefinidamente sin que alguien empiece a hacer preguntas.
—Búscame otro comprador. Uno de los de siempre, no alguien nuevo. No es momento de meter caras que no conocemos cerca de un depósito lleno de armas con mi nombre puesto encima.
—¿Y si nadie de los de siempre quiere tocarlo con la casa bajo vigilancia?
Aleksandar deja el bolígrafo sobre la mesa, la paciencia agotándose en el gesto.
—Entonces bájale el precio lo que haga falta. Prefiero perder margen que quedarme con el inventario parado. Y dile a los del puerto que la próxima entrega la retrasen hasta que esto se resuelva. No necesito dos problemas al mismo tiempo.
Dragan asiente, anota algo en su propio teléfono, y se queda un segundo más en la puerta, como si algo más le pesara.
—¿Algo más?
—No. Me ocupo.
Sale sin agregar nada. Aleksandar se queda un momento con la vista fija en la puerta cerrada, algo en la expresión que no estaba ahí un minuto antes, antes de volver a los papeles desplegados sobre la mesa como si la interrupción no hubiera pasado.
*
La mesa del estudio está cubierta de papeles: mapas de horarios, agendas impresas, carpetas a medio abrir.
Aleksandar traza una línea horizontal sobre una hoja en blanco y empieza a marcar fechas, el bolígrafo dejando marcas cortas y firmes.
Afuera ya es de noche, el estudio iluminado solo por la lámpara de mesa y el reflejo azulado de una pantalla apagada en el rincón.
El reloj de pie marca cada segundo con un tictac que ninguno de los dos parece escuchar.
—Necesitamos saber quién conocía nuestros movimientos con suficiente anticipación como para armar esto —dice.
Mila se sienta frente a él, revisando una de las agendas, pasando las páginas despacio, el papel crujiendo cada vez que gira una hoja.
—¿Nuestros? Recién nos conocimos esa noche.
Mila lo dice sin ironía, solo constatando el hecho en voz alta.
—Por eso digo que la lista es corta. Quien organizó esto necesitaba saber mis hábitos y, al mismo tiempo, encontrar una forma de ponerte a ti en el camino.
—Eso significa que alguien conocía a los dos, aunque nosotros no nos conociéramos.
Aleksandar asiente. Marca un punto en la línea de tiempo, la punta del bolígrafo hundiéndose un poco en el papel, el gesto casi mecánico de alguien acostumbrado a ordenar el caos en columnas y fechas.
—Exacto. Empecemos por ti. ¿Quién sabía que ibas a ir a ese evento?
—Solo la persona que me invitó.
Mila lo dice sin dudar, la certeza de haberlo repasado ya muchas veces en su cabeza.
—¿Y quién sabía que tú ibas a estar ahí, además de esa persona?
Mila se queda pensando, repasando mentalmente los días previos, la mirada fija en un punto de la mesa que no está mirando nada en realidad. Cuenta con los dedos, casi sin darse cuenta, los mismos días que separaron el mensaje de Dario de la noche de la subasta.
—Nadie más, que yo sepa.
—Entonces empecemos por mí. ¿Quién sabía que yo iba a asistir?
—¿Cuánta gente maneja esa información?
—Menos de la que debería.
Aleksandar se apoya contra el respaldo de la silla, cruzando los brazos, dejando que el peso de la frase se instale antes de seguir.
Mila levanta la vista de golpe, la agenda quedando quieta entre sus manos.
—El círculo de sospechosos no es un grupo externo —dice ella—. Es gente dentro de tu propia casa.
*
Trabajan durante casi una hora. Tachan nombres de una lista que se achica más rápido de lo que Aleksandar esperaba.
Cada nombre descartado lleva una razón escrita al margen: coartada, ausencia esa semana, falta de acceso a la agenda.
El silencio entre una pregunta y la siguiente se llena solo con el rasgar del bolígrafo sobre el papel.
—Quedan cuatro —dice Mila, repasando la hoja con el dedo, deteniéndose un segundo en cada nombre antes de pasar al siguiente.
—Tres.
—¿Por qué tres?
—Porque uno de ellos murió hace dos años.
Mila levanta la vista, sorprendida por lo seco del comentario, el bolígrafo quieto entre sus dedos.
—¿Y seguía en la lista?
—Costumbre. Nadie lo sacó.
Ella tacha el nombre con una línea firme, casi con fastidio, el papel arrugándose apenas bajo la presión del bolígrafo.
—De los tres que quedan, dos tienen acceso directo a tu agenda. El tercero no debería tenerlo.
—El tercero es de mi círculo más cercano. Confío en él desde hace quince años.
Lo dice con una firmeza que casi parece defensiva, como si la sola mención bastara para cerrar la discusión.
—Eso no significa que no tenga acceso. Solo significa que no lo pensaste.
Aleksandar se queda mirando el nombre un momento sin parpadear.
El apellido le resulta tan familiar que durante un segundo la sola idea de dudar de él le suena absurda.
Piensa en las veces que ese hombre estuvo en esa misma mesa, tomando el mismo café, sin que nunca antes le pesara la confianza que le tenía.
No dice nada más sobre ese nombre en particular. Pero anota, sin que ella lo vea del todo, una pregunta al margen que no pensaba tener que hacerse esa noche.
*
—¿Cuál de los tres actuaría distinto si supiera que lo estamos investigando? —pregunta Mila.
—¿Por qué eso importa?
Aleksandar deja el bolígrafo sobre la mesa, esperando la respuesta con más atención de la que muestra.
—Porque si mandas a alguien a confirmar en persona, la reacción de cada uno te va a decir más que cualquier documento.
Mila lo dice con la calma de quien ya lo pensó antes de decirlo, sin necesidad de convencerlo dos veces.
Aleksandar la mira, evaluando la lógica, la cabeza apenas inclinada hacia un costado.
—¿Y cómo sabes cuál reaccionaría distinto?
—No lo sé con certeza. Pero de los tres, el que tiene acceso a tu agenda y además maneja logística de eventos es el que tiene más motivo para que esto no llegue a buen puerto.
—¿Por qué?
—Porque si tú confirmas la trampa, él pierde control sobre cómo se cuenta la historia. Los otros dos solo pierden acceso.
Aleksandar se recuesta contra el respaldo de la silla, mirándola con una atención distinta.
El razonamiento tiene una lógica que no esperaba de ella, ni de nadie que no llevara años trabajando en esto, y por un momento se pregunta cuántas cosas más se le habrán escapado sin que nadie las nombrara en voz alta.
—Eso no está en ningún documento que tengamos.
—No, es solo cómo se comporta la gente cuando algo los amenaza de verdad.
—¿Vendías seguros o leías personas?
—Las dos cosas. No se puede vender nada sin la segunda.
Mila lo dice sin sonreír, con la certeza tranquila de alguien que ya lo comprobó muchas veces.
Él se queda callado un momento, incómodo con la pausa que se instala entre los dos, la punta del bolígrafo golpeando despacio contra el papel.
—Normalmente soy yo el que hace este tipo de lectura.
—¿Y ahora?
—Ahora te estoy escuchando a ti antes de decidir qué pienso yo.
La frase sale de él casi sin querer, como si el pensamiento se le adelantara a la boca antes de poder filtrarlo.
Se corrige la postura apenas termina de decirla, un ajuste mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que Mila entienda que acaba de nombrar algo que él mismo no había notado hasta ese momento.
*
Aleksandar se levanta. Camina hasta la ventana, la mira sin verla realmente, el jardín a oscuras devolviéndole apenas su propio reflejo. Se queda un momento así, las manos apoyadas en el marco, el peso de quince años de costumbre pesándole distinto esa noche.
—Hace quince años que tomo este tipo de decisiones solo. Escucho a mi gente, pero al final decido con mi propio criterio.
Lo dice sin volverse hacia ella, la voz baja, casi para sí mismo.
—¿Y hoy no?
—Hoy estuve a punto de descartar al tercer nombre por costumbre, no por lógica. Tú lo viste antes que yo.
Aleksandar lo dice sin apartar los ojos del jardín, como si fuera más fácil admitirlo mirando hacia afuera que mirándola a ella.
Mila no dice nada, dejándolo terminar el pensamiento.
—No me pasa seguido que alguien vea algo que a mí se me escapa.
Lo dice sin la aspereza que tendría en boca de cualquier otro hombre en su posición, casi como una admisión que le cuesta.
—Puede que no estés acostumbrado a que alguien te lo diga directamente.
—Puede ser.
Se hace un silencio breve, no incómodo esta vez. Afuera, uno de los guardias cruza el jardín con una linterna, el haz de luz recortando un instante las sombras del pasto. Aleksandar sigue el movimiento con los ojos sin apartarse del todo de la conversación.
—¿Te molesta? —pregunta ella.
—Todavía no lo sé.
La honestidad de la respuesta, sin la defensa habitual de él, deja flotando en el aire una pregunta que ninguno de los dos formula en voz alta: qué tanto está cambiando Aleksandar desde que ella entró a esa casa.
Mila se acerca hasta la ventana, quedándose de pie junto a él, la misma vista del jardín a oscuras compartida entre los dos.
El hombro de ella queda a centímetros del brazo de Aleksandar, ninguno de los dos retrocediendo el paso que los dejaría a una distancia más cómoda.
El calor que desprende él se siente incluso a través de la tela de la camisa, un detalle que Mila nota y decide no comentar.
Ninguno de los dos se mueve durante un momento que se estira más de lo que debería para ser solo dos personas mirando un jardín vacío.
—Deberíamos volver a la lista —dice él, sin moverse todavía.
—Deberíamos.
Ninguno de los dos da el primer paso hacia la mesa.
*
Vuelven a la mesa. Retoman la lista. Aleksandar marca el nombre del hombre de logística con un círculo, el trazo apretando el papel más de lo necesario, como si el gesto pudiera fijar de alguna manera la sospecha que todavía no puede probar.
—Voy a pedir los registros de comunicación de las últimas semanas. Si hay algo, ahí va a estar.
—¿Cuánto tarda eso?
—Un par de días.
Aleksandar cierra la carpeta a medias, todavía sin terminar de asentar el gesto, y se queda con la mirada perdida en el círculo que acaba de trazar sobre el papel.
Mila revisa la lista una vez más antes de que él la guarde en la carpeta, los ojos deteniéndose en un punto de la hoja, la respiración volviéndose más lenta poco a poco, como si estuviera reconstruyendo un recuerdo lejano pieza por pieza.
—Aleksandar.
—¿Qué?
—Este nombre. El de logística.
—¿Qué tiene?
—No es la primera vez que lo escucho.
Él levanta la vista de golpe, la mano quieta sobre la carpeta a medio cerrar, el resto de la lista olvidada por completo.
—¿De dónde lo conoces?
Mila se queda mirando el nombre escrito en la hoja, la respiración deteniéndose un segundo antes de hablar.
—Trabajaba en una agencia de eventos. Hace años, antes de todo esto, coticé un contrato de seguros para esa agencia.
Se queda un instante callada, como si todavía estuviera ordenando el recuerdo antes de terminar de decirlo en voz alta.
Aleksandar clava la vista en la pared un instante, la carpeta olvidada bajo el brazo.
—¿Estás segura de que es el mismo?
—El apellido es poco común.
Mila aprieta los labios, como si la idea recién le cayera encima con todo su peso. Se lleva una mano al borde de la mesa, buscando apoyo antes de terminar la frase.
—Y ahora que lo pienso, alguien de esa agencia fue quien me pasó el contacto de Dario.
Aleksandar y Mila se quedan mirando el mismo nombre en silencio.
El círculo de sospechosos ya no es solo el de él.
Es el de los dos.