Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

—No es una sugerencia —dice Aleksandar.

Está de pie en el pasillo mientras dos de sus hombres suben una valija que no es de ella hasta el segundo piso, cargando entre los dos como si pesara más de lo que parece. El eco de los pasos rebota contra el mármol del recibidor, un sonido que a Mila todavía le resulta ajeno en esa casa.

—Es una condición.

—Tengo mi propio departamento.

—Tenías un departamento que ya no es seguro. Alguien conectado con la subasta sabe dónde vives.

Lo dice sin dramatismo, como quien enuncia un hecho y no una amenaza, y eso mismo hace que el peso de la frase caiga más fuerte.

Mila cruza los brazos, lista para discutir, pero algo en la cara de Aleksandar la detiene. Ojeras que no tenía la noche anterior. Un cansancio que no es solo físico.

—¿Pasó algo?

Aleksandar tarda en responder, la mandíbula tensándose antes de decidir que ella merece saberlo.

—Anoche mandé a dos hombres a investigar los nombres que encontraste. Cayeron en una emboscada.

El estómago de Mila se cierra de golpe.

—¿Están bien?

—Uno de ellos no.

El silencio que sigue pesa distinto a cualquier otro de esa mañana.

—Se llamaba Bogdan. Tenía veintitrés años y dos con nosotros.

—Yo señalé esos nombres —dice ella, la voz apenas un hilo.

—Y yo mandé a los hombres. La decisión fue mía, no tuya.

—Pero si yo no hubiera...

—Si tú no hubieras encontrado esos nombres, seguiríamos completamente a ciegas, y el peligro real seguiría siendo el mismo o peor. Lo que le pasó a Bogdan no es tu culpa. Es la razón por la que esta casa, a partir de hoy, tiene un nivel de seguridad que no tenía ayer.

Mila se queda mirándolo, algo en el pecho todavía apretado, la abstracción de la investigación convertida, de golpe, en un nombre y una edad.

—¿Por eso la valija?

—Por eso la valija.

Busca un argumento real para contradecirlo y no encuentra ninguno, y eso la irrita casi tanto como la situación misma.

Se queda mirando la valija ajena que sigue subiendo escalón por escalón, cada golpe seco contra la madera un recordatorio de que la decisión ya estaba tomada antes de que ella llegara.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que sepamos quién más estaba detrás de esto.

—Eso podría ser una semana o podría ser un mes.

—Podría ser.

Ella mira hacia la escalera. La valija sigue subiendo, un escalón tras otro, sin que nadie le haya preguntado si estaba de acuerdo con nada de esto.

—No soy tu empleada, ni tu propiedad, ni nada que hayas comprado esa noche.

Lo dice con la voz firme, sin gritarlo, sin necesidad de gritarlo.

Aleksandar la mira entonces. Directo. Sin la frialdad calculada de los primeros días, algo distinto asomando debajo.

—Lo sé. Por eso te lo estoy pidiendo, no ordenando.

—Sonó bastante a orden.

—Es la primera vez que lo intento de otra forma.

Tarda más de lo habitual en responder, el primer gesto de duda que ella le ve desde que la sacó de esa sala.

—Dame margen.

Mila lo mira un momento más, midiendo si la frase es sincera o solo otra forma de conseguir lo mismo que quería desde el principio.

Sube detrás de la valija sin decir que acepta del todo. No dice nada más, en realidad. Solo empieza a caminar, un pie después del otro sobre los escalones de madera, la mano rozando apenas la baranda, el nombre de Bogdan quedándose con ella más tiempo del que hubiera esperado.

*

El cuarto que le asignan está lejos del de él, en el ala opuesta de la casa.

Una puerta que cierra con llave desde adentro.

Mila lo nota enseguida y no sabe si es cortesía o distancia deliberada.

Las paredes son de un blanco frío, casi de hotel, sin ningún objeto personal que delate quién ocupó esa habitación antes.

Deja la valija sobre la cama sin abrirla todavía.

Camina hasta la ventana. El jardín cercado se extiende hasta un muro de piedra, y dos hombres patrullan el perímetro con una regularidad que no parece casual: siempre el mismo recorrido, siempre el mismo intervalo entre una vuelta y la otra.

Cuenta los segundos entre un cruce y el siguiente, un hábito que no sabía que tenía hasta esa noche en la subasta.

Deja caer la cortina apenas un poco, lo justo para seguir mirando sin sentirse expuesta desde afuera.

Golpean la puerta.

Es una mujer de mediana edad, delantal simple, el pelo recogido en un rodete prolijo. Se presenta como Vesna, encargada de la casa.

—Si necesita algo, avíseme a mí. No a los guardias.

—Gracias.

Vesna recorre el cuarto con la mirada, como calculando si algo falta, antes de volver a fijarse en ella. Hay algo evaluativo en esos ojos, algo que no termina de ser hostil pero tampoco cálido.

Vesna se queda demorada en el marco de la puerta, la mano todavía sobre el picaporte.

—El señor Vukovic no suele traer a nadie a esta parte de la casa.

Mila no sabe qué responder a eso. Se queda con la mano suspendida sobre la valija cerrada, sin abrirla todavía. Así que no responde nada.

Vesna asiente, como si esperara justamente ese silencio, y cierra la puerta despacio al salir.

El comentario se queda flotando en el cuarto mucho después de que la mujer se va. No es la primera vez que alguien en esa casa insinúa, sin decirlo del todo, que su lugar ahí significa algo más de lo que Aleksandar admite en voz alta.

*

Cenan juntos esa noche, en una mesa demasiado grande para dos personas.

Aleksandar se sienta en la cabecera. Ella, a su derecha, con tres sillas vacías de por medio que nadie ocupa, el mantel blanco extendiéndose entre los dos como una distancia que nadie decidió acortar.

La vajilla es de porcelana pesada, el peso del tenedor en su mano más grande de lo que está acostumbrada.

—¿Siempre cenas así? —pregunta Mila.

—¿Así cómo?

—Solo. En una mesa para diez.

—Antes no lo notaba.

Lo dice bajando la vista al plato, como si la respuesta lo incomodara más de lo que esperaba.

—¿Y ahora?

Él no responde enseguida. Corta un pedazo de comida que no se lleva a la boca, el cuchillo raspando apenas contra el plato. Afuera, uno de los guardias cruza frente a la ventana del comedor, una sombra rápida que desaparece enseguida.

—Ahora sí.

Mila deja los cubiertos quietos un momento, midiendo si vale la pena decir lo que está pensando. Afuera, algo golpea contra una ventana, tal vez una rama, tal vez el viento. Decide que sí.

—La gente de esta casa me mira raro.

—¿Cómo raro?

—Como si yo fuera algo que todavía no terminan de entender. Ni empleada, ni invitada, ni...

—¿Ni qué?

—Ni lo que se supone que soy, según cómo llegué aquí.

Aleksandar deja el tenedor sobre el plato con un golpe seco, apenas perceptible, pero suficiente para que ella lo note.

—Nunca fuiste eso.

—La subasta dice lo contrario.

Él sostiene su mirada sin bajar la voz.

—La subasta fue una trampa armada para llegar a mí. Tú no fuiste comprada. Fuiste rescatada.

—Pujaste por mí, Aleksandar. Delante de todos.

Él la mira fijo, los nudillos blancos apoyados contra el mantel.

—Para sacarte de ahí. No hay otra versión.

—Puede que no la haya para ti. Pero yo estuve parada en esa sala mientras hombres decían un número por mí.

Mila siente el peso de sus propias palabras apenas las dice, pero no las retira.

Lo que queda entre los dos no es hostil. Tampoco es cómodo. Es la quietud de dos personas que entienden lo mismo de formas completamente distintas, y ninguna de las dos sabe todavía cómo achicar esa distancia. Mila baja la vista al plato. Aleksandar no vuelve a tocar los cubiertos.

*

Después de la cena, Aleksandar se levanta primero. La servilleta queda doblada junto al plato, un gesto ordenado, casi mecánico. Afuera, el jardín ya está a oscuras, solo iluminado por los reflectores del perímetro.

—Mañana mis hombres van a seguir con el rastreo de los dos nombres. Tú quédate aquí, tranquila, mientras tanto.

—No.

Él se detiene a mitad de camino hacia la puerta, la mano suspendida sobre el picaporte.

—¿No qué?

—No me voy a quedar aquí tranquila mientras otros deciden qué hacer con la información que yo conseguí.

—Es peligroso.

—Ya lo es. Estar en esta casa ya me pone en el radar de quien sea que armó esto. Prefiero estar dentro de la investigación que esperando resultados en un cuarto con la puerta cerrada.

Mila no baja la vista mientras lo dice, sosteniendo el peso de la frase con toda la firmeza que puede reunir.

Aleksandar la mira un largo momento, evaluando algo que no dice en voz alta. Los dedos tamborilean una sola vez contra el respaldo de la silla, el sonido seco marcando el segundo de indecisión.

—Dijiste que ibas a preguntarme antes de mover una pieza —agrega Mila—. Esto es lo que pienso: no soy víctima protegida en silencio. No lo fui en la subasta y no lo voy a ser aquí.

Aleksandar no responde con una negativa ni con una aceptación inmediata. Solo asiente, despacio, como si estuviera recalculando otra vez cuánto espacio darle a alguien que se niega, con cada frase, a quedarse quieta.

*

—Está bien —dice finalmente—. Mañana vienes con nosotros al rastreo.

—¿En serio?

Aleksandar asiente, sin la vacilación de un momento antes. Cruza los brazos, el gesto de alguien que acaba de tomar una decisión que todavía está probando en voz alta.

—Dijiste que prefieres estar dentro. Te tomo la palabra.

A Mila se le destraba el aire que venía conteniendo. Un alivio a medias: lo que viene todavía no promete ser cómodo.

—Una condición —agrega él—. Haces lo que digo cuando lo digo, sin discutir en el momento. Discutimos después, si hace falta.

—Puedo vivir con eso.

Aleksandar la observa un momento, como si esperara que ella agregara alguna objeción de último minuto. No llega ninguna.

Se quedan un momento así, de pie cerca de la puerta del comedor, más cerca de lo que estuvieron en toda la cena. El silencio, esta vez, pesa distinto —no incómodo, no hostil, algo nuevo que ninguno de los dos nombra.

—Vesna me dijo que no sueles traer a nadie a esta parte de la casa —dice Mila, casi sin pensarlo.

Aleksandar se queda callado más tiempo del que debería.

—Vesna habla demasiado.

—¿Es cierto?

—Es cierto.

Mila no aparta la vista de él, esperando algo más. Alguna explicación que no llega.

—¿Por qué yo?

—Todavía no lo sé —dice él.

Y por primera vez suena tan incómodo con la propia respuesta como ella con la pregunta. Se queda de pie, las manos metidas en los bolsillos, sin agregar nada más que pueda suavizar lo que acaba de admitir.

Mila asiente, despacio, aceptando que esa es toda la honestidad que va a conseguir esa noche. Se da vuelta hacia la escalera, hacia el cuarto que sigue sin sentir del todo suyo, los pasos resonando otra vez contra el mármol frío.

—Buenas noches, Aleksandar.

—Mila.

Ella se detiene a mitad de la escalera. La mano apoyada en la baranda, el cuerpo girado apenas hacia atrás, esperando.

—Mañana, cuando estemos con mis hombres, hablas tú primero. Yo escucho.

Ningún hombre le había prometido eso antes.

La pregunta es si él va a poder sostenerlo cuando de verdad importe.