Capítulo 10
Marko conduce despacio por la calle sin nombre que rodea el depósito, las luces del auto apagadas desde dos cuadras atrás.
A su lado, un hombre más joven —Bogdan, dos años en la organización, el primero que se ofreció cuando Aleksandar pidió voluntarios para el rastreo esa misma noche— revisa el arma bajo la chaqueta sin necesidad, un gesto nervioso que Marko reconoce de sus propios primeros años.
—Tranquilo —dice Marko, sin apartar los ojos de la calle—. Solo vamos a confirmar si el nombre vive ahí. Nada más.
—¿Y si no está solo?
—Entonces nos vamos. No es una entrada, es una foto.
El depósito aparece al final de la calle, un galpón de chapa oxidada con una sola luz encendida en la oficina del fondo, la silueta de un hombre moviéndose detrás de la ventana sucia. Marko detiene el auto a media cuadra, el motor apagándose con un chasquido seco.
—Tú te quedas aquí. Yo me acerco.
—Aleksandar dijo que fuéramos los dos.
—Aleksandar no está viendo lo que yo veo.
Marko señala con la barbilla hacia el costado del galpón, donde dos autos están estacionados de forma que ninguno de los dos apunta hacia la salida, las puertas del acompañante mirando hacia la pared. Nadie estaciona así por accidente.
*
Bogdan no se queda en el auto.
Lo sigue a quince metros de distancia, agachado detrás de los tambores oxidados apilados junto al alambrado, el corazón latiéndole con una fuerza que nunca sintió en los ejercicios de entrenamiento.
Marko avanza pegado a la pared del galpón, el arma baja pero lista, cada paso medido contra el ruido de sus propias botas sobre la grava.
Llega a la ventana. Se asoma apenas un segundo.
Y entonces la puerta lateral del galpón se abre de golpe.
No hay tiempo para nada más que el instinto. El primer disparo sale desde adentro, la bala astillando el marco de chapa a centímetros de la cabeza de Marko, que se tira al piso rodando hacia la sombra de los tambores.
—¡Bogdan, cúbreme!
El segundo disparo viene de otro ángulo, desde detrás de uno de los autos mal estacionados, confirmando lo que Marko ya sospechaba: no era un hombre solo en una oficina. Era una emboscada esperando a que alguien mordiera el anzuelo del nombre filtrado.
Bogdan dispara hacia el auto, dos tiros rápidos, sin apuntar bien, más para obligar al otro hombre a agacharse que para acertar.
Funciona. El disparo que le llega a cambio pasa a menos de un metro de su hombro, el sonido metálico contra los tambores vacíos detrás de él, ensordecedor a esa distancia.
—¡Retrocede hacia el auto! —grita Marko, ya de pie, cubriendo la retirada de Bogdan con dos disparos hacia la puerta del galpón.
Bogdan retrocede agachado, un paso, dos, la respiración cortada por el pánico y la adrenalina mezclados.
Está a diez metros del auto cuando el tercer disparo, el que nadie escuchó venir porque salió del techo del galpón y no de ninguno de los dos ángulos que estaban cubriendo, lo alcanza en el costado.
Cae de rodillas primero. Después de lado, contra la grava.
—¡Bogdan!
Marko llega hasta él en tres zancadas, disparando a ciegas hacia el techo mientras se agacha, la mano libre buscando el pulso en el cuello de Bogdan con una desesperación que no se permite mostrar en la voz.
No hay pulso.
No hay tiempo tampoco. Los disparos siguen viniendo, más cerca ahora, y Marko toma la única decisión que puede tomar: arrastra el cuerpo de Bogdan los últimos metros hasta el auto, lo sube como puede al asiento trasero, y arranca antes de que el motor termine de encenderse del todo, las balas golpeando la carrocería trasera mientras acelera calle abajo.
*
Aleksandar recibe la llamada a las tres de la madrugada, la voz de Marko quebrada de una forma que nunca le escuchó antes en quince años.
—Lo perdimos. Bogdan. No llegamos a tiempo.
El silencio que sigue en la línea pesa más que cualquier grito.
—¿Dónde estás?
—Volviendo. El depósito estaba armado como trampa. Sabían que íbamos.
Aleksandar cierra los ojos un segundo, la mano apretando el teléfono con más fuerza de la necesaria.
—¿Cuántos eran?
—Al menos tres. Uno en el techo. No fue improvisado.
—Vuelve a la casa. Ahora. Y Marko.
—¿Sí?
—Hiciste lo que pudiste.
Marko no responde nada a eso. Corta la llamada.
Aleksandar se queda de pie en el pasillo a oscuras, el teléfono todavía en la mano, algo endureciéndose en su expresión que no estaba ahí una hora antes.
Un hombre suyo, uno de los más jóvenes, acaba de morir por seguir el rastro de dos nombres que Mila señaló esa misma tarde con el dedo sobre un papel.
La investigación dejó de ser abstracta en el espacio de una llamada telefónica.