Capítulo 9
—No vas a bajar a esa reunión.
Aleksandar no levanta la vista de los papeles desplegados sobre el escritorio.
Mila se detiene en el marco de la puerta del estudio. Los brazos cruzados, el peso apoyado en una sola cadera, la postura de alguien que ya decidió no moverse de ahí sin pelear.
—¿Por qué no?
—Porque cuantas más caras vean la tuya asociada a esto, más peligro corres.
—Ya estoy asociada a esto. Me sacaste de una subasta hace tres días.
—Eso es distinto.
—No lo es.
Mila no se mueve del marco de la puerta. No avanza, no retrocede. Se queda ahí, sosteniéndole la mirada, esperando a que él sea el primero en ceder terreno.
Aleksandar deja el bolígrafo sobre la mesa. Despacio. Se demora antes de contestar, el tiempo justo para no dejar salir la frase cortante que se le arma en la garganta.
—Quiero que estés lejos de las partes feas de esto. El resto puede esperar.
—El resto no puede esperar si yo tengo información que ustedes no tienen.
El estudio huele a papel viejo y a café frío, la lámpara de la mesa proyectando un círculo amarillo sobre el escritorio y dejando el resto de la habitación en penumbra. Afuera, unos pasos cruzan el pasillo y se alejan.
Levanta la cabeza. La mira de verdad esta vez, no de reojo, no como quien espera que la otra persona se canse de insistir. Mide la firmeza detrás de la frase, el modo en que ella no baja los brazos ni desvía los ojos.
—¿Qué información?
Mila entra al estudio. Cruza los tres pasos hasta el escritorio sin pedir permiso, sin esperar a que él la invite, y gira uno de los papeles hacia ella con dos dedos.
—Esta lista de nombres. La de los organizadores del evento.
—¿Qué tiene?
—Que hay dos que no encajan con el resto.
El bolígrafo sigue quieto sobre la mesa. Aleksandar no lo toca.
Cierra con la mano libre la carpeta que tenía abierta al lado, un gesto reflejo, viejo, de años de no dejar ver más de lo necesario. Pero algo en la seguridad con la que ella señaló esa lista —sin dudar, sin mirarlo pidiendo aprobación— se le queda clavado un momento de más.
Es la primera vez desde que la sacó de esa sala que se pregunta si la está subestimando.
Se recuesta contra el respaldo de la silla, la carpeta cerrada todavía bajo la palma de la mano.
—Siéntate —dice.
*
—Explícame.
Empuja la lista hacia ella sobre la mesa, el papel deslizándose hasta quedar frente a Mila.
Ella apoya el índice sobre un nombre. Después sobre otro, uno debajo del primero.
—Estos dos aparecen como organizadores. Pero nunca los vi dando órdenes esa noche. Los otros sí. Estos dos solo miraban.
—Miraban qué.
—A la gente. No a la sala, no a la puerta. A la gente.
Aleksandar apoya los codos en el escritorio. Espera.
—Como si estuvieran contando algo —dice ella—. O esperando a alguien puntual.
Toma la lista entre los dedos. La estudia un momento, los ojos yendo de un nombre al otro, mientras repasa lo que ya había descartado media hora antes sin pensarlo dos veces. El papel cruje entre sus manos, el único sonido en el estudio además del reloj de pie contra la pared.
—Puede ser nada.
—Puede ser.
Mila no retrocede.
—Pero en toda mi vida vendiendo seguros aprendí a reconocer cuándo alguien está actuando un papel y cuándo está ahí de verdad por trabajo.
Él no contesta.
—Esos dos actuaban —termina ella.
Aleksandar toma el bolígrafo. Anota algo al margen del papel, cerca de los dos nombres que ella señaló. Solo esos dos: a la mitad de la lista la había tachado sin escribir una sola palabra, un rato antes, con el mismo gesto de quien descarta ruido.
—¿Algo más?
—Uno de ellos tenía un auricular distinto al de los demás. Más chico. Más nuevo.
Aleksandar frunce el ceño, tratando de ubicar ese detalle entre todo lo que sus propios hombres le informaron esa misma semana. No aparece en ninguna parte.
El bolígrafo se detiene sobre el papel.
Mila lo ve: el gesto de anotar justo esos dos nombres, sin barrerlos como al resto de la lista, la mano quieta más tiempo del necesario sobre el margen. Le confirma, sin que él diga una palabra, que acaba de señalar algo que él no había visto.
*
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Aleksandar no aparta los ojos de la lista mientras habla.
—Porque no me preguntaste.
Eso lo hace levantar la vista.
—Te saqué de ahí hace tres días. Tuviste tiempo.
—Tú tuviste tiempo de preguntarme qué vi. No lo hiciste.
Aleksandar apoya las manos sobre el escritorio, el peso del cuerpo inclinado hacia adelante, los nudillos blancos contra la madera.
—Tienes razón.
—¿Perdón?
—Dije que tienes razón.
Se endereza. La mirada fija en ella, sin nada detrás que suavice la frase.
—Asumí que ibas a estar demasiado alterada para notar algo útil.
Silencio. Un segundo. Dos.
—Me equivoqué.
Mila no responde enseguida. La frase le llega demasiado directa, sin vueltas, sin ninguna justificación de más pegada atrás, y algo en la quietud de sus manos sobre la falda delata que no esperaba escuchar eso, ni así, ni de él.
—¿Y ahora qué?
—Ahora te pregunto. ¿Qué más viste esa noche que no me contaste porque no te lo pregunté?
Ella rodea el escritorio. No se sienta al costado, en la silla que él le señaló antes con la mano.
Cruza hasta el otro lado y se sienta frente a él, la madera del escritorio entre los dos como una línea trazada a propósito.
El roce de la tela contra la madera, el chirrido breve de la silla al acomodarse.
De igual a igual. Por primera vez desde que llegó a esa casa.
Aleksandar nota el cambio antes de que ella diga nada más. Nadie se sienta así frente a él sin que se lo indiquen. Nadie, salvo ella.
—La sala tenía dos salidas marcadas. Yo conté tres puertas.
—¿Dónde estaba la tercera?
—Detrás de una cortina, al fondo. Cerca de donde estaban los dos hombres del auricular.
Aleksandar ya está escribiendo antes de que ella termine la frase, la mano moviéndose rápido sobre el papel.
—Eso no estaba en el informe de mis hombres.
—Porque tus hombres no estuvieron adentro de la sala como "mercancía".
Aleksandar cierra el puño sobre la rodilla al escuchar la palabra, pero no dice nada. La deja terminar.
Pausa. Un latido.
—Yo sí.
La palabra queda flotando entre los dos con un peso distinto al que tenía un minuto antes. Aleksandar deja de escribir. La mano quieta sobre el papel, los ojos en ella y no en la lista.
Ninguno de los dos sabe qué hacer con el silencio que deja.
*
Aleksandar lo rompe primero.
—Necesito que hagas algo por mí.
—¿Qué cosa?
—Quiero que te sientes con mi gente de seguridad y repitas todo esto. Cada detalle, por chico que te parezca.
Mila lo mira. Algo en la formalidad del pedido la descoloca, un parpadeo de más, la espalda enderezándose contra el respaldo de la silla. Se cruza un mechón de pelo detrás de la oreja, gesto que hace siempre que necesita un segundo antes de contestar.
—¿Vas a dejar que hable con ellos directamente?
—Vas a dirigir la reunión. No a estar sentada mientras otro habla por ti.
Es la primera vez que le pide su opinión sin que ella tenga que exigirla primero, sin que tenga que pararse en un marco de puerta con los brazos cruzados para conseguirlo.
Algo en su postura se afloja. No del todo, pero se afloja.
—¿Por qué el cambio?
Aleksandar tarda un segundo en contestar, como si estuviera reordenando algo dentro de sí mismo antes de decirlo en voz alta.
—Porque acabas de encontrar en cinco minutos algo que a mis hombres se les pasó en tres días.
—Podría haber sido suerte.
—No lo fue.
Aleksandar se endereza en la silla, la voz más firme que un momento antes.
—Fue atención. Y yo necesito gente que preste atención. No gente que solo obedezca.
Se queda mirándola, esperando a ver si ella entiende el tamaño real de lo que acaba de decirle. La mayoría de sus hombres tardarían años en escuchar algo parecido de su boca.
Mila asiente. Un gesto breve de cabeza, casi nada hacia afuera. Por dentro pesa algo más grande que el pedido en sí: es la primera vez que Aleksandar le habla como si su criterio valiera tanto como el de cualquiera de sus hombres.
Eso la asusta casi tanto como la alivia.
*
Junta los papeles de la mesa. Los ordena en una carpeta nueva, los bordes parejos entre sus manos.
Se queda un instante mirando los dos nombres subrayados antes de cerrarla del todo.
—Voy a mandar a alguien a rastrear esos dos nombres esta misma noche. Si tienes razón, vamos a saberlo antes del amanecer.
—¿Y si tengo razón?
—Entonces esos dos hombres no estaban ahí para vigilar a las mujeres de la subasta.
—Estaban ahí para vigilarte a ti.
Aleksandar no lo confirma en voz alta. Tampoco lo desmiente.
Se queda de pie junto al escritorio, la carpeta cerrada bajo el brazo, mirándola con una atención distinta a la de hace una hora. Afuera ya oscureció del todo; la lámpara de la mesa es la única luz que queda encendida en todo el estudio.
—Eres más útil de lo que planeé cuando te saqué de esa sala.
—¿Eso es un cumplido?
—Es un hecho.
Mila no responde enseguida. Mide el peso real de la frase, los dedos quietos sobre el borde del escritorio.
—Entonces pregúntame en serio —dice—. No solo por esta lista. Pregúntame qué pienso de todo esto, de aquí en adelante.
Aleksandar la mira un momento antes de contestar. Como si estuviera decidiendo algo que va mucho más allá de la reunión con su gente de seguridad.
—Está bien.
—¿Está bien qué?
—A partir de ahora, antes de mover una pieza, te pregunto a ti primero.
No es protección. No es una orden.
Es una decisión compartida.
Ninguno de los dos lo dice en voz alta todavía.