Capítulo 3
Bajan una escalera de piedra hacia un salón amplio. Techos altos. Lámparas de cristal que no combinan con las cámaras de seguridad atornilladas a las esquinas.
Mila registra el contraste sin detenerse.
El aire huele a cera derretida y a perfume caro, mezclados sin combinar del todo, como el resto de esa casa.
Los escalones de piedra son fríos incluso a través de los zapatos, gastados en el centro por pasos que no son los suyos.
Sillas dispuestas en semicírculo. Un pequeño podio al frente. Meseros con bandejas de copas circulan entre hombres trajeados que no se miran entre sí, como si cada uno hubiera llegado por una puerta distinta a propósito.
El brillo de las lámparas de cristal cae justo sobre el semicírculo de sillas, dejando el resto del salón en una penumbra deliberada.
Ninguno de los hombres sentados habla con el de al lado. Todos miran al frente, hacia el podio vacío, con la misma paciencia forzada.
Alguien tose al fondo de la sala. Nadie gira a ver quién ha sido.
Otras dos mujeres bajan la escalera detrás de ellas, los tacones resonando distinto sobre la piedra, más despacio, más inseguros.
Cuenta las salidas visibles. Dos puertas laterales. Una escalera de servicio al fondo, medio escondida detrás de una cortina.
Memoriza el orden. Puerta lateral izquierda, puerta lateral derecha, cortina al fondo, la escalera por la que acaban de bajar.
Graba también la distancia entre cada una, contada en pasos, no en metros — la única medida que le va a servir si tiene que moverse rápido.
La mujer del rímel corrido llega a su lado, la copa todavía intacta en la mano, los dedos apretados alrededor del vidrio con más fuerza de la necesaria.
—¿Ves cámaras apuntando al podio?
—Sí.
—¿Y a la gente sentada?
—No. Ninguna.
Silencio entre las dos.
A quien filman no es a las mujeres.
Una de las lámparas de cristal parpadea apenas, un segundo, antes de estabilizarse otra vez. Nadie más parece notarlo.
Un mesero pasa cerca, sin ofrecerles nada, la vista fija en la puerta principal como todos los demás en esa sala.
Un hombre entra por la puerta principal.
Todos los presentes —sin excepción, sin coordinarse— giran la cabeza hacia él antes de que diga una sola palabra.
*
Mila estudia al hombre del podio mientras acomoda su propia postura. Espalda recta. Manos entrelazadas al frente. Gesto de calma entrenada, no real.
El presentador tropieza con una palabra al leer la lista de piezas desde una tarjeta. Se corrige. Mira hacia un costado antes de continuar.
Hacia alguien fuera de su campo de visión.
La tarjeta le tiembla apenas entre los dedos, un movimiento tan pequeño que solo alguien que buscara nervios lo hubiera notado.
Detalle tras detalle, arma el cuadro.
Los micrófonos inalámbricos, con cinta adhesiva mal disimulada en la base.
Un guardia que revisa el mismo pasillo tres veces en cinco minutos.
El precio de salida anunciado para la primera pieza. Una cifra que ni un comprador serio pagaría por una persona.
Ni siquiera el atril del podio combina con el resto de la sala, madera barata pintada para parecer antigua, un detalle que solo alguien que buscara fallas notaría.
Las lámparas de cristal, en cambio, son auténticas — la única pieza real en todo ese decorado.
Los compradores sentados en las primeras filas ni siquiera levantan la vista al escuchar la cifra. Como si ya supieran que ese número no importa.
Uno de los meseros pasa demasiado cerca del podio, más lento de lo necesario, mirando al presentador más tiempo del que debería antes de seguir su recorrido.
La primera mujer baja del podio sin que nadie puje en serio. Nadie parece sorprendido.
El guardia del pasillo vuelve a pasar por tercera vez, la mano rozando la funda del arma bajo la chaqueta, gesto que repite como un tic.
Se acerca, discreta, a la mujer mayor, ahora a un paso de distancia.
—Esto no es una subasta de personas.
—¿Entonces qué es?
—Un cebo. Alguien armó todo esto para atraer a una persona en particular. Nosotras somos el decorado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nadie que vende algo de verdad tropieza leyendo el precio.
La mujer mayor no contesta. Mira hacia el podio con otros ojos, el abanico cerrado de golpe entre los dedos.
Un segundo guardia, cerca de la puerta lateral, imita sin darse cuenta el mismo gesto del primero, la mano rozando la funda del arma.
El presentador, nervioso, deja caer sin querer el nombre completo del comprador al que están esperando.
Lo corta a mitad de la palabra. Se tapa la boca con la mano.
Demasiado tarde.
*
Murmullo entre los compradores sentados. Alguien repite en voz baja, casi con respeto: «Vukovic».
Mila no reconoce el apellido. Pero registra cómo cambia el aire en la sala apenas se pronuncia. Hombres que se enderezan en sus asientos. Uno que revisa el teléfono con más urgencia que antes.
El murmullo se apaga tan rápido como había empezado, como si nadie quisiera ser el último en callarse.
Hasta los meseros reducen el paso, bandejas quietas un instante de más antes de retomar el recorrido entre las mesas.
Se inclina hacia la mujer del rímel corrido.
—¿Sabes quién es?
—Alguien peligroso. Eso es todo lo que sé.
—¿Peligroso para quién?
—Para quien lo invitó sin que él supiera de qué se trataba, imagino.
Un guardia, más nervioso que los demás, cruza el fondo de la sala hablando por radio, la mano libre tapándole la boca. Otro le hace un gesto seco. Silencio.
El nombre sigue flotando en el aire, aunque nadie más lo repita en voz alta.
Mila observa el podio. El semicírculo de sillas. La disposición exacta de las cámaras.
Todo apunta hacia el centro de la sala. No hacia el público.
Hacia donde va a pararse la próxima pieza.
Repasa las caras de las otras dos mujeres cerca de ella. Ninguna ha registrado el mismo detalle.
Uno de los compradores en primera fila se gira hacia la puerta principal, después vuelve a girar hacia el podio, sin ningún motivo aparente más que el nombre recién dicho.
—Van a usarnos para atraerlo.
—¿A todas?
—No. A la que él elija.
El presentador retoma la lista, la mano libre alisando el borde de la tarjeta contra la tela del pantalón.
La voz se le quiebra apenas un segundo al leer el nombre de la siguiente mujer en salir al podio.
El de Mila.
*
El presentador baja de la tarima un momento. Se acerca a un hombre de traje azul apostado junto a la puerta lateral. El que hasta ahora dirige cada movimiento desde la sombra, sin subir nunca al frente.
Intercambian dos frases. Demasiado bajas para oírlas.
El gesto final es claro: el hombre del traje azul asiente una sola vez. Vuelve a mirar hacia la puerta principal.
Mila registra el gesto sin mover la cabeza. Sin cambiar el ritmo de la respiración.
Otra confirmación silenciosa. Nadie en esa sala espera a la siguiente pieza. Esperan a alguien que todavía no cruza esa puerta.
El hombre de traje azul se acomoda la corbata, un gesto mecánico, y vuelve a fijar la vista en la entrada, como quien monta guardia sin decirlo.
Detrás de él, dos guardias más cambian posiciones sin que nadie se los ordene en voz alta, como si ya conocieran el paso siguiente.
Cerca de la cortina, un tercero se lleva la mano al auricular, escucha algo, y no dice nada al resto.
El silencio de ese guardia pesa más que cualquier palabra que hubiera podido decir.
Se acerca medio paso a la mujer del rímel corrido.
—¿Ves eso? El de la corbata roja no decide nada. Mira hacia la puerta antes de cada anuncio, como esperando permiso.
—¿Permiso de quién?
—De quien sea que esté por llegar.
El presentador vuelve al podio. Ordena las tarjetas con las manos. Las vuelve a ordenar.
Un guardia cerca de la escalera de servicio consulta la hora dos veces en menos de un minuto.
Otro, junto a la puerta lateral, cambia el peso del cuerpo de un pie al otro, sin apartar los ojos de la entrada.
Uno de los meseros, al fondo, deja de circular del todo. Se queda parado junto a la pared, la bandeja todavía en la mano, esperando lo mismo que todos.
Las copas de champán, intactas sobre las mesas auxiliares, empiezan a perder la espuma en el borde, señal de cuánto tiempo lleva parada esa sala entera.
—Va a decir mi nombre pronto —dice Mila, la voz bajísima, casi sin mover los labios.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy la única de las tres a las que no dejó de mirar mientras hablaba de Vukovic.
El presentador carraspea. Toma la tarjeta de arriba de la pila. La más nueva. Sin dobleces.
Mira hacia la puerta principal una última vez.
Antes de acercarse al micrófono.
*
Mila cuenta, otra vez, las salidas. Dos puertas laterales.
La escalera de servicio detrás de la cortina.
La puerta principal, por la que todavía no entra nadie que valga la tensión acumulada en esa sala.
Repasa la distancia hasta cada una, el mismo cálculo de pasos que hizo al bajar la escalera, ahora reforzado por la certeza de que en algún momento va a necesitarlo de verdad.
El aire de la sala se ha espesado, como si todos hubieran dejado de respirar al mismo ritmo que antes.
Ni siquiera los meseros se mueven ya entre las mesas. Las bandejas quedan quietas en sus manos, el brillo de las copas de champán reflejando la luz de las lámparas de cristal sin que nadie las toque.
El presentador se aclara la garganta.
El gesto ya no parece nervios. Parece ensayo.
—¿Vas a hacer algo? —pregunta la mujer del rímel corrido, apenas un hilo de voz.
—Todavía no. Primero necesito saber para quién es esto.
Un guardia cruza el fondo con la mano en el auricular, la boca tapada, hablando rápido con alguien que no está en la sala. Otro le hace un gesto seco: silencio.
Las otras dos mujeres a su lado se ponen de pie sin que nadie se lo pida todavía, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la mente.
Mila junta las manos al frente. Uñas contra la palma. La espalda recta por decisión, no por costumbre.
—Sea quien sea, todavía no llegó.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque nadie en esta sala respira normal todavía. Y eso solo pasa antes de que pase algo, no durante.
El presentador levanta la tarjeta nueva con las dos manos. Demasiado firme. Demasiado ensayada.
—Siguiente pieza —dice, la voz recuperando por un segundo el aplomo perdido.
Baja la vista a la tarjeta.
Abre la boca.
No va a nombrar a una mujer.
Va a nombrar un cebo.