Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 2
5%

Capítulo 2

El sobre está sobre el escritorio.

Papel grueso. Sello de cera todavía intacto en una esquina.

Eso le llama la atención antes que el contenido. Nadie sella nada a mano ya. Salvo quien quiere parecer de otra época.

La lámpara del escritorio zumba bajo, apenas audible. Afuera, un auto entra al patio delantero y se apaga.

La oficina huele a madera vieja y a café frío, la taza de la tarde todavía sobre el borde del escritorio, sin tocar desde hace horas.

Dragan entra con el teléfono todavía en la oreja, terminando otra llamada. Cuelga antes de hablar, se lo guarda en el bolsillo trasero del pantalón.

—Llegó por Nikola. Insiste en que es legítimo.

—Nikola no verifica nada. Solo entrega.

—Dice que la invitación viene de gente seria. Subasta privada, solo por invitación, en la propiedad de los Kovač.

Aleksandar rompe el sello con el pulgar. No con un abrecartas. Gesto brusco, casi personal, como si el objeto le debiera una respuesta más rápida.

La cera se parte en dos pedazos. Caen sobre la madera del escritorio con un golpe seco.

Saca la tarjeta del sobre. Cartulina rígida, bordes cortados a mano, sin la precisión de una imprenta industrial.

Lee la tarjeta dos veces.

La deja boca abajo sobre el escritorio. La mano se queda tapándola más tiempo del que hace falta.

—¿La familia Kovač organiza subastas ahora?

—Según Nikola, alquilaron la propiedad. No es de ellos el negocio.

—Entonces alguien pagó para usar su nombre y su casa.

Golpea la tarjeta dos veces con el índice. Ritmo seco, calculado. No nervioso.

El papel apenas vibra bajo el golpe. Demasiado grueso.

Se queda mirando la tarjeta un momento más antes de hablar, como si todavía estuviera decidiendo cuánto vale la pena preguntar.

—Dame el nombre completo de cada invitado confirmado hasta el momento.

Dragan gira el monitor hacia él.

La luz del monitor le ilumina la mitad de la cara, el resto del despacho quedando más oscuro en contraste.

Aleksandar lee la lista, nombre tras nombre. Uno. Otro. Otro más.

Al tercero, se detiene con la mano sobre el ratón.

Sin tocarlo.

Un nombre entre varios, igual de anónimo que los demás en la pantalla, pero algo en él basta para frenarlo en seco.

La pantalla sigue iluminada, esperando. Él no aparta la vista del tercer nombre.

*

Dragan despliega en la pantalla lo que consiguieron en dos horas. Fotos del perímetro. Matrículas de autos. Un plano parcial sacado de un permiso de reforma viejo.

Las fotos están tomadas desde distintos ángulos, algunas borrosas, tomadas rápido desde un auto en movimiento.

—Cámaras nuevas, mal instaladas. Ángulos que se pisan entre sí en vez de cubrir todo el terreno.

—Trabajo apurado.

—Guardias contratados esta semana, no de planta. Dos de ellos trabajaron para gente que le debe favores a los Kovač. No al revés.

Dragan señala dos rostros en las fotos, marcados con un círculo rojo hecho a mano sobre el papel impreso.

Otras matrículas quedan tachadas, descartadas, sin explicación visible en la pantalla.

Aleksandar recorre las fotos una por una. Se detiene en la fila de autos de alta gama, estacionados en ángulo. Cuenta con la vista, no en voz alta.

Ocho autos.

La misma cantidad que las piezas ofrecidas.

—¿Cuántas piezas ofrecen?

—Ocho, según la lista. Ninguna con nombre completo. Solo descripciones.

—¿Y el precio de salida?

—Absurdo. Más alto que cualquier subasta real que hayamos visto en cinco años.

Se cruza de brazos. Mira la pantalla con la cabeza ligeramente inclinada. El reflejo de las fotos se mueve despacio en sus ojos.

—Esto no vende personas, Dragan. Esto vende una excusa para reunir gente en un solo lugar.

—¿La tuya?

—Todavía no lo sé. Por eso voy a ir.

Dragan no discute la decisión. Se pasa el pulgar por el borde del vaso antes de contestar.

—Si es una trampa para ti, entrar solo es entregarte en bandeja.

—No voy a ir solo. Voy a ir visible.

Dragan baja la voz. Más baja de lo habitual.

—¿Esto tiene que ver con lo de Sarajevo?

Aleksandar cierra la portátil de golpe.

No responde.

*

Se queda de pie frente a la ventana. Copa sin tocar en la mano. Dragan detrás de él, todavía esperando una respuesta que no llega fácil.

El vidrio está frío contra la palma libre, apoyada apenas contra el marco.

Afuera, las luces del jardín delantero marcan el perímetro de la propiedad, punto tras punto, hasta perderse en la oscuridad del camino de entrada.

—No tiene que ver con Sarajevo. Tiene que ver con lo que aprendí ahí.

Se da vuelta. Deja la copa sobre el borde de la mesa con más cuidado del necesario.

—Si hay una casa llena de gente que no eligió estar ahí, y yo tengo los medios para sacarlos, y no voy... entonces la próxima vez que pierda a alguien, va a ser porque decidí no ir. No porque no pude.

Dragan conoce la historia a medias. Lo suficiente como para no pedir el resto.

—Perdiste gente en la guerra por dudar.

—Perdí a un hombre por calcular en vez de actuar. Una fracción de segundo pensando en la jugada correcta, mientras él esperaba que yo me moviera.

Golpea el borde de la mesa con dos dedos. Gesto seco, cerrado. El sonido queda suspendido un momento en el silencio de la oficina.

Dragan no aparta los ojos de él, esperando que termine la frase.

—No vuelvo a hacer esa cuenta.

—Esto no es lo mismo. No conoces a esa gente.

—No necesito conocerlos.

Se aleja de la ventana. Camina hacia el escritorio, toma la tarjeta otra vez. La mira sin leerla. Ya se la sabe de memoria.

—Voy a ir como comprador. Voy a mirar cada cara en esa sala. Y si alguien montó esto para atraerme, va a tener que decidir si mueve la primera pieza conmigo ahí adentro, delante de todos, o si se acobarda.

Dragan asiente, despacio, sin del todo convencido. No agrega nada más.

—¿Y si hay algo más grande detrás? ¿Si esto no es solo un cebo para ti?

Aleksandar guarda la tarjeta en el bolsillo interior de la chaqueta. La palma se queda apoyada ahí más tiempo del necesario.

—Entonces mejor que esté yo adentro cuando se descubra qué es.

Dragan sale de la oficina sin decir nada más.

Aleksandar saca el teléfono. Se desplaza hasta un contacto guardado sin nombre. Solo un número.

Lo mira fijo.

El pulgar queda suspendido sobre la pantalla, sin llegar a tocarla.

No lo llama todavía.

*

Reúne a cuatro de sus hombres en la sala de mapas. Planos de la propiedad Kovač extendidos sobre la mesa. Marcadores de colores para accesos, puntos ciegos, rutas de salida.

Los cuatro se acomodan alrededor de la mesa sin que nadie tenga que indicarles dónde pararse.

Nadie habla hasta que él toma el primer marcador de la mesa.

La luz blanca del techo cae directa sobre el papel, sin sombras, cada línea del plano nítida bajo esa claridad de sala de operaciones.

—Nadie entra conmigo. Ustedes rodean el perímetro, discreción total. Si algo sale mal adentro, entran sin esperar mi señal.

—¿Y si los organizadores notan movimiento afuera?

—No lo van a notar. Ustedes no son los que van a estar mirando la sala.

Marca tres puntos en el plano con el dedo. Rápido. Sin dudar. La tinta del marcador queda fresca sobre el papel.

—Aquí, aquí y aquí. Visibilidad completa del portón principal y de la salida trasera que da al viñedo.

—¿Vamos armados de forma visible o encubierta?

—Encubierta. Si esto es lo que creo, ya nos están esperando. No les demos más información de la que ya tienen.

Uno de los hombres asiente, sin preguntar más, y empieza a doblar una copia del plano para llevársela. Los otros dos memorizan las rutas en silencio, sin tocar el papel.

Dragan traza una línea sobre el plano. Marca el punto exacto donde vieron la fila de autos en las fotos.

—¿Y si te reconocen antes de que pujes por nadie?

—Van a reconocerme. Cuento con eso.

Luka, el más joven de los cuatro, levanta la vista del plano. Duda antes de hablar.

—¿Por qué entrar a comprar, entonces? ¿Por qué no directamente...?

Aleksandar lo corta con una mirada.

Luka baja la vista de nuevo al plano.

—Porque quiero ver quién se pone nervioso cuando levante la mano por la persona equivocada.

—¿Cómo vamos a saber cuál es la persona equivocada antes de que empiece la subasta? —pregunta Dragan.

—No lo vamos a saber. Lo vamos a sentir en la sala. En quién deja de respirar normal cuando yo entre.

*

Última reunión antes de salir. Aleksandar se ajusta los gemelos de la camisa frente al espejo del vestíbulo.

Movimiento mecánico, ensayado mil veces antes de entrar a lugares peores que este.

El reflejo le devuelve una cara serena, entrenada durante años para no delatar nada más allá de lo que él decida mostrar.

El vestíbulo está en penumbra, solo la luz del porche filtrándose por los vidrios laterales de la puerta.

Sus propios pasos sobre el mármol son el único sonido durante un momento, antes de que el resto del equipo empiece a moverse detrás de él.

El resto del equipo espera junto a la puerta principal, ya armados bajo las chaquetas. Nadie habla. El silencio previo a salir es siempre igual, sin importar cuántas veces lo hayan repetido antes.

Dragan aparece detrás de él en el reflejo. Chaqueta puesta. Listo para salir con el resto del equipo.

—Última oportunidad de decir que no vamos.

—No es una opción.

—Nunca lo es, contigo.

Aleksandar termina de ajustarse el puño. Se mira al espejo más tiempo del habitual. No para acomodarse el pelo, sino para memorizar la propia cara antes de entrar a un lugar donde tal vez tenga que ponerla en juego.

—Si alguien montó esto para mí, esta noche lo sabemos.

—¿Y si no es solo para ti?

Aleksandar se guarda el teléfono en el bolsillo interior, junto a la tarjeta de invitación. Ambos objetos golpeando el mismo lado del pecho, un peso doble contra las costillas que no lo abandona mientras camina hacia la puerta.

—Entonces alguien más está a punto de tener una noche mucho peor que la mía.

Sale hacia el auto sin mirar atrás. Dragan lo sigue. Hace una seña con dos dedos al resto del equipo, que se dispersa hacia los vehículos de apoyo en silencio, cada uno ocupando su posición sin necesidad de instrucciones adicionales.

A quince kilómetros de ahí, alguien está a punto de decir su apellido en voz alta.