Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3) Capítulo 1
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Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3)

Subastada en el Remate del Mafioso Serbio (Imperios de la Mafia Libro 3)

Por Sophia Belmonte

© inepub.com

Capítulo 1

El mensaje sigue abierto en la pantalla.

Coordinadora de eventos. Esta noche. Pago en efectivo al finalizar. Dirección se envía una hora antes.

Mila lo relee otra vez. Guarda el teléfono en el bolso con más fuerza de la necesaria, el cierre atascándose un segundo antes de ceder.

Se acomoda el vestido sobre las rodillas, un gesto repetido tres veces en menos de un minuto, aunque la tela ya está bien puesta desde la primera.

Las luces de la carretera pasan cada vez más espaciadas, ventana tras ventana de oscuridad entre poste y poste. El motor del auto es el único sonido constante, un zumbido bajo que llena cada silencio que nadie se molesta en romper.

—¿Falta mucho?

—Veinte minutos.

—¿Y la dirección exacta? Para tenerla, por si mi hermana pregunta.

—Ya casi llegamos.

Zoran tamborilea los dedos sobre el volante. Ella gira la cara hacia la ventanilla y encuentra su propio reflejo en vez de mirarlo a él.

No insiste.

El auto huele a cuero nuevo y a algo dulce, un ambientador que no logra tapar del todo un olor de fondo. Afuera, la ciudad ya quedó atrás. Solo campo abierto, postes de luz cada vez más separados entre sí, y la ventanilla devolviéndole su propio reflejo cada vez que pasan entre dos postes.

Abre el bolso, saca un espejo y se retoca los labios sin necesitarlo. El ángulo del espejo le da el asiento delantero: una radio, y bajo la chaqueta del segundo hombre, un arma apenas visible. El copiloto se gira un segundo, la mira de reojo, y vuelve a mirar al frente sin decir nada.

Ella cierra el espejo despacio, sin ruido, y lo guarda en el bolso junto al resto de las cosas que llevó esa noche.

Toca la pantalla del teléfono. 41% de batería, parpadeando. Lo gira boca abajo contra su pierna, la palma cubriendo la pantalla como si eso pudiera esconder algo más que la luz.

Marca cada giro del auto con un toquecito silencioso sobre la pierna, como quien cuenta ovejas. Pasan un cartel de carretera roto, sin nombre legible. Después otro, y otro más, todos igual de ilegibles, como si alguien se hubiera encargado de que nadie pudiera reconstruir el camino de vuelta.

El auto reduce la velocidad. Vuelve a acelerar. El silencio adentro se hace más denso con cada minuto que pasa sin que nadie diga nada. Zoran ajusta el espejo retrovisor sin necesidad, un gesto mecánico que no cambia nada del ángulo.

El auto frena de golpe.

Frente a ellos, un portón de metal se abre solo. Alguien ya los espera. Nadie en el auto dice una palabra mientras cruzan la entrada.

*

Bajan del auto. El muro mide dos metros, alambre disimulado entre enredaderas. La fila de autos de alta gama estacionados en ángulo. Un hombre con radio portátil habla en voz baja apenas la ve bajar.

El motor de otro auto se apaga detrás de ellos, en algún punto del camino de entrada que Mila no llega a ver.

El aire huele a césped recién cortado. Focos ocultos entre los arbustos iluminan el camino hacia la entrada y dejan los bordes del jardín completamente a oscuras.

Mila mantiene la vista al frente, sin girar la cabeza hacia esos bordes oscuros, aunque el impulso de mirar le corta el paso un segundo antes de que ella lo termine.

Mila cuenta con los dedos, escondida detrás del bolso: uno, dos, tres, cuatro guardias visibles solo en el trayecto de quince metros hasta la puerta.

Todos con la misma postura, el peso repartido en ambos pies, listos para moverse rápido si hace falta.

Ninguno la mira directamente. Todos la registran igual.

Una mujer de vestido la recibe. Tacones altos, postura recta, la mano señalando el camino antes de que nadie pregunte nada.

—Por aquí.

—¿Y las demás que llegan?

—Por aquí.

No responde. La mujer no la mira a los ojos ni una vez mientras caminan. Mira hacia el pasillo, como esperando ver a alguien aparecer.

Sus tacones suenan distinto a los de Mila sobre el mármol, un paso más rápido, más acostumbrado a ese piso.

El interior de la casa contradice el jardín de afuera: pisos de mármol pulido, arañas de cristal en el techo, paredes que huelen a pintura fresca. Todo nuevo. Todo puesto ahí en las últimas semanas.

Voces bajas se filtran desde alguna sala que Mila no llega a ver, apagadas apenas doblan el primer recodo del pasillo.

Pasan junto a una puerta entreabierta.

Dos segundos. Eso es todo lo que tiene. Una sala, del otro lado, con monitores de seguridad. Demasiados monitores para una simple entrevista de trabajo. Mila cuenta cuatro pantallas antes de que la vista se le corte.

La puerta se cierra antes de que pueda contarlas todas.

*

Entra a la sala de espera. Una mujer joven se muerde el borde del pulgar hasta dejarlo rojo; otra tiene el rímel corrido en un solo ojo; una tercera, mayor que las demás, mira fijo la puerta sin parpadear.

Ninguna de las tres levanta la vista cuando Mila entra.

La sala huele a flores recién cortadas y algo debajo, algo que las flores no logran tapar del todo.

Sillones de terciopelo, demasiado nuevos para la casa que los rodea.

Una mesa baja de vidrio, sin una sola huella, como si nadie hubiera usado esa sala antes esa misma noche.

Un espejo grande en la pared de enfrente, del tipo que alguien compra para impresionar, no para mirarse.

Una lámpara de pie, encendida en un rincón, proyecta una luz cálida que no combina con nada de lo que esa luz está iluminando.

Mila se sienta. Ninguna de las tres habla durante un momento largo, cada una mirando un punto distinto de la sala, como si hablar primero fuera ceder algo.

—¿Tú también viniste por lo de coordinadora de eventos?

—Sí. ¿Y tú?

—Modelo. Campaña de joyería.

—¿Cuándo te llamaron?

—Ayer por la tarde. ¿A ti?

—Igual.

La mayor no participa del intercambio. Escucha sin apartar la vista de la madera oscura.

—¿No te pareció raro que fuera tan rápido?

—Todo esto me parece raro.

La modelo se cruza de brazos, la mirada bajando un momento hacia sus propias manos antes de volver a levantarla.

La del pulgar rojo deja de morderse un segundo, mira hacia la puerta, y vuelve a llevarse la mano a la boca. Nadie dice nada más durante un rato.

Afuera de la sala, pasos. Adentro, silencio. El tipo de silencio que se instala cuando cuatro personas están pensando exactamente lo mismo y ninguna se anima a decirlo primero.

Un mesero pasa con una bandeja. Mila levanta la copa de champán que le ofrecen, la huele, no bebe. La deja intacta sobre la mesa, los dedos soltando el vidrio despacio, sin sonido.

La modelo toma la suya y bebe un sorbo largo, como si eso pudiera disolver algo de la tensión que nadie nombra en voz alta.

La mujer mayor observa el gesto. Lo copia en silencio, la copa quedando también intacta frente a ella.

—Tú no tienes miedo.

—Sí tengo.

—No se te nota.

—Por eso sigo respirando.

La mujer vuelve a mirar hacia la puerta, esta vez sin decir nada más.

Uno de los guardias, del otro lado del vidrio esmerilado de la puerta, saca un arma de la funda solo para acomodarla mejor contra el cuerpo. Gesto rutinario para él. Aterrador para quien lo ve desde adentro, cuatro pares de ojos siguiendo el movimiento sin decir una palabra.

La forma vuelve a guardar el arma en la funda con la misma calma con la que la había sacado.

Nadie en la sala dice nada durante un momento largo después de eso.

*

Entra el hombre del traje prestado. Se ajusta las mangas dos veces en diez segundos. Tablet en mano, el dedo temblando levemente sobre la pantalla.

La puerta queda entornada detrás de él, un hilo de luz distinto filtrándose por la abertura.

Revisa la pantalla antes de empezar, tomándose un segundo para prepararse él también.

Pasa lista, nombre por nombre. Cada mujer responde, él marca, avanza, sin levantar del todo la vista de la tableta. Al llegar a Mila:

—¿Mila...?

Duda. Mira el apellido en la pantalla. Después mira hacia la puerta cerrada del fondo, como buscando a alguien. El silencio se estira más de lo necesario antes de que él vuelva a hablar.

Ella no baja la mano. Sostiene la mirada, la espalda recta, sin moverse.

—Presente.

Él marca la pantalla, pero no guarda la tableta todavía. Se queda mirándola un instante más de lo necesario, como memorizando su cara para repetírsela a otro.

Detrás de él, ninguna de las otras tres se mueve ni un centímetro.

—¿Hay algún problema?

Él duda antes de contestar, la mano quieta sobre la pantalla.

—No. —Traga saliva, visible en el cuello—. Protocolo.

—¿Protocolo para qué exactamente?

—Van abajo. Ahí les explican todo.

Su voz suena más apurada al terminar la frase que al empezarla.

Cierra la tableta contra el pecho, gesto defensivo, los nudillos blancos contra el borde del aparato. Sale casi caminando de espaldas, sin dejar de mirarla hasta que la puerta se cierra.

El clic de la puerta suena más fuerte de lo que debería sonar.

Por la rendija de la puerta, antes de que se cierre del todo, se filtra una frase corta, en otro idioma, de un hombre que no ven. Solo dos palabras, urgentes, dirigidas a otro.

La puerta termina de cerrarse. Nadie en la sala dice nada durante un largo minuto.

*

Dos guardias entran, sin anunciar nada, y hacen un gesto: es hora de bajar. Las mujeres se ponen de pie; algunas caminan con las piernas visiblemente temblorosas.

Mila se acerca un paso a la mujer mayor, voz apenas audible, tapada por el ruido de tacones sobre mármol:

—Esto es demasiado. Para nosotras.

—¿Qué quieres decir?

—Cuatro guardias afuera. Ocho autos. Cámaras que no son para vigilarnos a nosotras.

La mujer mayor se detiene un segundo, mirando hacia la escalera que las espera.

—¿Entonces qué es esto?

Mila no contesta con palabras. Aprieta el bolso contra el cuerpo, cada dato guardado ahí adentro con la misma fuerza que la tela contra sus dedos.

Endereza la espalda. Cuenta otra vez, en silencio, las salidas que ya tiene memorizadas: la escalera detrás, dos puertas laterales, una cortina al fondo.

Da el primer paso hacia la escalera que las espera.

Detrás de ella, los tacones de las otras dos mujeres empiezan a moverse también, uno detrás de otro, sin que nadie dé la orden en voz alta.

Alguien va a llegar tarde a su propia trampa.