Capítulo 4
Aleksandar baja del auto sin esperar a que el chofer le abra la puerta. Se ajusta un solo botón de la chaqueta, el del medio. Gesto mecánico, repetido cientos de veces antes de entrar a cualquier sitio que no controla del todo.
El aire de la noche huele a tierra húmeda y a motor recién apagado, el auto todavía crujiendo detrás de él mientras el capó se enfría.
Auricular discreto en el oído. Voz de Dragan, apenas un murmullo.
—Perímetro cubierto. Norte y sur. Nadie entra ni sale sin que lo sepamos.
—¿Los de adentro lo notaron?
—No.
—Que siga así.
Corta la comunicación tocándose la oreja. Gesto que podría confundirse con acomodarse el pelo.
Un auto más se detiene detrás del suyo, faros apagándose casi al mismo tiempo que el motor, otro invitado que llega con la misma puntualidad calculada.
En la entrada, un hombre con guantes blancos revisa una lista en una tableta vieja, de esas con la pantalla rayada en una esquina. Le pregunta el nombre dos veces, como si no confiara en su propia lectura.
Detrás de él, la fila de invitados avanza despacio, cada uno esperando su turno sin conversar entre sí.
—Vukovic. Aleksandar Vukovic.
—Un momento. —Desliza el dedo por la pantalla. Se detiene. Mira hacia atrás, hacia una puerta cerrada, antes de volver a mirarlo a él—. Sí. Adelante. Lo estábamos... esperando.
La pausa antes de «esperando» dura una fracción de más.
Aleksandar no la deja pasar sin registrarla. Memoriza la cara del hombre. El número bordado en el guante derecho. El ángulo exacto de la cámara sobre la puerta, apuntando no a la fila de invitados sino a él en particular, medio segundo antes de que llegara.
Entra. El vestíbulo huele a flores recién cortadas y algo debajo, más ácido. Sudor de alguien que suda por miedo, no por calor.
Las flores están dispuestas en jarrones demasiado nuevos para una casa que se anuncia antigua, otro detalle que no encaja del todo con el resto.
Dos guardias jóvenes, apostados a ambos lados del arco de seguridad, se cruzan una mirada al verlo pasar.
La clase de mirada que se da entre dos personas a las que ya les avisaron quién iba a llegar.
*
La sala es más grande de lo que el edificio prometía desde afuera. Sillas dispuestas en semicírculo frente a una tarima. Copas de champán en bandejas que nadie toca. Un hombre con esmoquin mal cortado en los hombros —alquilado, no propio— reparte tarjetas numeradas.
El techo alto devuelve cada murmullo de la sala con un eco apenas perceptible, como si el lugar no estuviera hecho para tantas voces bajas al mismo tiempo.
Aleksandar cuenta cámaras sin mover la cabeza, solo los ojos. Una sobre la tarima. Dos en las esquinas del techo. Una cuarta mal fijada, colgando apenas torcida sobre un ángulo que no cubre nada útil.
Apunta a una pared vacía.
Alguien, en algún momento, decidió esa cámara sin pensarla del todo, o la movieron y nunca la corrigieron.
Un comprador conocido, dueño de una naviera, se le acerca con la copa en la mano.
—No esperaba verte en algo así, Vukovic.
—Ni yo a ti.
—Dicen que hay piezas interesantes esta noche.
—Dicen muchas cosas.
El hombre ríe, incómodo, y se aleja hacia otro grupo.
Aleksandar no lo sigue con la mirada. Sigue, en cambio, a uno de los guardias, que revisa su propia arma bajo la chaqueta cada noventa segundos, como quien no confía en el cierre de la funda.
Otro guardia, cerca de la tarima, se pasa la lengua por los labios secos cada vez que el organizador se acerca al micrófono.
Ninguno de los meseros se detiene frente a él por más de un segundo, como si también a ellos les hubieran dado instrucciones sobre quién era.
Un organizador con tarjeta numerada 07 tropieza al subir el primer escalón de la tarima. Se endereza rápido. Mira hacia el fondo de la sala antes que a la gente sentada.
Buscando aprobación de alguien que no está a la vista.
En la nuca de ese mismo organizador, Aleksandar reconoce una cicatriz.
Ya la ha visto antes. En otro contexto. Con otro nombre.
*
Un hombre mayor, traje impecable —el único traje de la noche que no parece prestado— se acerca directamente a él, sin pasar por nadie más antes.
Camina distinto al resto de los organizadores, sin la prisa nerviosa de los otros, como si esa sala completa le respondiera a él y no al revés.
—Señor Vukovic. Qué honor. Sabíamos que un hombre de su... criterio, apreciaría lo que tenemos preparado hoy.
El uso de «sabíamos» no se le escapa.
Nadie anuncia una subasta clandestina esperando a un comprador específico por nombre, salvo que el comprador específico sea el motivo real del evento.
—¿Nos conocemos?
—Por reputación, nada más. —El hombre sonríe con la boca, no con los ojos—. Tome asiento donde guste. Lo mejor está por verse.
Se aleja antes de que Aleksandar pueda hacer la siguiente pregunta.
Retirada calculada. No cortesía.
Los pasos del hombre se pierden entre la gente sin que nadie más parezca notar la conversación que acaba de terminar.
Toca el auricular otra vez.
—Dragan. Necesito nombre y antecedentes del organizador principal. Traje azul, corbata roja, se mueve como si esto no fuera la primera vez que arma algo así.
—Dame diez minutos.
—Tienes cinco.
Un mesero pasa cerca, bandeja vacía, y en el instante en que se agacha para recoger una copa olvidada bajo una silla, dos guardias intercambian una seña con la mano.
Corta. Casi invisible. La clase de gesto que se ensaya, no que sale natural la primera vez.
El mesero se aleja enseguida, la bandeja otra vez a la altura del pecho, sin mirar hacia donde habían mirado los guardias.
Aleksandar se sienta en la última fila, espalda contra la pared, todas las salidas dentro del campo de visión. Cuenta ocho guardias visibles.
Ninguno mira a los compradores con la atención de alguien que custodia mercancía cara.
Todos, en cambio, vigilan las puertas. Como si esperaran a alguien que todavía no ha llegado, o algo que todavía no ha pasado.
Ninguno de los ocho cambia de posición sin que otro lo reemplace primero, coreografía silenciosa que solo alguien acostumbrado a leerla notaría.
El organizador de la cicatriz en la nuca sube de nuevo a la tarima, tarjeta en mano.
Antes de leer el número, mira directamente hacia donde está sentado Aleksandar.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
*
Empieza la subasta. Dos mujeres pasan por la tarima antes de que ocurra nada de interés real. Descripciones leídas de una tarjeta. Cifras de apertura bajas. Pujas mecánicas de compradores que Aleksandar no reconoce y no le importan.
Ninguna de las dos mujeres levanta la vista del suelo mientras el organizador habla de ellas como si no estuvieran ahí.
Estudia, en cambio, el ritmo. Cada pieza sale exactamente cuando el organizador termina de mirar hacia el fondo del salón, como quien espera luz verde de alguien fuera de escena.
Se inclina hacia el comprador de la naviera, sentado dos filas más adelante.
—¿Sabes el orden de la lista?
—Nadie lo sabe. Dicen que lo deciden ahí mismo, según cómo reacciona la sala.
—¿Tú le crees eso?
El hombre no contesta. Se limita a beber lo que queda de su copa.
Nadie dice nada durante un rato lo bastante largo como para que Aleksandar entienda que no va a decir nada más al respecto.
Aleksandar vuelve a tocar el auricular.
—Dragan.
—Nombre confirmado. Financiado rápido, mal armado. Alguien montó esto en menos de dos semanas.
—¿Alguien con recursos para tanto guardia en dos semanas?
—O alguien que ya tenía los guardias.
Corta.
El dato encaja con algo que todavía no termina de nombrar del todo. La velocidad, el amateurismo en los detalles pequeños —cámara torcida, esmoquin alquilado, tropezón en el escalón— contra la precisión en los detalles grandes: el perímetro, las armas, el nombre suyo ya anotado antes de llegar.
Un segundo comprador, más joven, revisa su teléfono sin disimulo, como si esperara un mensaje que todavía no llega.
Un tercer nombre sube a la tarima. Aleksandar no lo escucha completo.
El organizador principal —traje azul, corbata roja, cicatriz en la nuca— se acerca al micrófono con una hoja distinta a las anteriores. Más nueva. Sin dobleces. Como si la hubieran impreso hace minutos y no horas.
Carraspea. Mira hacia el fondo del salón una vez más.
Esta vez, alguien invisible le hace una seña de que continúe.
El organizador traga saliva, visible incluso desde la última fila.
El hombre despliega la hoja nueva con las dos manos.
Demasiado firme. Demasiado ensayada.
Nada en esa forma de sostener un papel se improvisa la misma noche.
Aleksandar no aparta los ojos de la hoja. Escrita para él. Mucho antes de que él decidiera venir.
*
El organizador se aclara la garganta por segunda vez. Gesto que ya no parece nervios, sino teatro.
—Siguiente pieza. —Pausa. Mirada rápida hacia el fondo, luego de vuelta al papel—. Coordinadora de eventos. Sin experiencia previa en este tipo de... encuentros.
Aleksandar endereza la espalda contra la pared. Ambas manos quietas sobre las rodillas.
—Un nombre poco común, para lo que estamos acostumbrados a escuchar aquí esta noche.
El hombre levanta la vista del papel. Por primera vez en toda la noche, mira directo hacia la última fila.
Hacia él.
Antes de terminar la frase.
—Mila.
El nombre cae en la sala como algo que no debería pronunciarse en voz alta y sin embargo acaba de serlo, deliberadamente, frente a él.
Aleksandar no se mueve.
No hace falta.
Cuenta, en el tiempo que tarda la mujer en aparecer al costado de la tarima, tres cosas al mismo tiempo.
La sonrisa contenida del organizador. La forma en que dos guardias giran la cabeza hacia él y no hacia ella.
Y el hecho de que nadie en esa sala —salvo él— parece esperar una reacción de nadie más que la suya.
Toca el auricular una última vez. Voz baja. Sin urgencia todavía. Pero sin margen tampoco.
—Dragan. Cambio de plan.
—¿Qué pasó?
—Todavía no sé. Pero acaban de decirme, sin decírmelo, para quién armaron esto.
No han montado una subasta.
Han montado una invitación con su nombre en tinta invisible.
Y acaban de leerla frente a él, con la cara de otra mujer.